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Una semana más tarde, estoy de nuevo en el Atlas, esta vez con Georgie y casi todos los residentes de Arcadia mayores de quince años, camino al Carnaval.
Han retirado mucho mobiliario para acomodar a tanta gente.
Nuestro vagón está especialmente concurrido, porque el bar está en el vagón contiguo.
Me duele el cuello de tanto mirar los espléndidos disfraces, que van desde lo más elaborado y elegante a lo más informal, pasando por la era espacial.
Hay estilos de todas las épocas y culturas: las maravillas de la moda que huyen de su propia dictadura.
Es exactamente el tipo de distracción que necesito.
Los días transcurridos desde que conocí a Hilde han sido intensos y cargados de mucha emoción.
Pero también he empezado a relacionarme más con mis compañeros Hacedores.
Antes me limitaba a meterlos en el mismo saco de culpables por no compartir sus recursos con mi mundo.
Pero el tiempo con Hilde me ha hecho ser consciente de que la mayoría no son muy diferentes a mí.
Siempre me he beneficiado de recursos y privilegios negados a muchos y nunca había sabido hasta qué punto.
Entiendo que gran parte de los aprendices y oficiales con quienes interactúo diariamente no son responsables de las decisiones de los Hacedores.
Son los que dirigen desde las altas esferas quienes han mantenido mi ira burbujeando y han alimentado un nuevo enfoque clave en mi misión.
Yel Carnaval ha sido el estímulo perfecto.
Si bien he sido capaz de mostrar a Kor algunas cosas por videollamada, sabiendo lo buena que es Georgie con los ordenadores no he podido arriesgarme a enviarles nada a las Familias sin que ella lo supiera.
Así que estaba deseando salir de la isla hasta zonas con mayor cobertura donde poder enviar los materiales recogidos.
Con mi nuevo enfoque y el Carnaval a la vuelta de la esquina, me he volcado en analizar toda la información que he podido: notas detalladas de todas mis nuevas clases de oficial, bocetos de la disposición de la isla y del instituto, fotos de muestras del laboratorio alquimista.
La semana pasada acampé en la biblioteca durante toda una noche para observar los protocolos de seguridad del Arca y los cambios rotativos y los horarios de la Guardia.
Eso ha sido mucho. Estoy agotada y lista para un descanso.
No veo la hora de divertirme y bailar sin pensar en las atrocidades del mundo, o en mis responsabilidades, o en los chicos a los que no les gusto.
Michael nos ha explicado la historia del Carnaval en clase de Fundamentos.
Durante el Renacimiento, el Carnaval, una de las principales fiestas de Venecia para celebrar el hedonismo, dio la oportunidad de salir de su escondite a los creadores de Avant y de celebrarlo con viejos amigos.
La práctica de llevar máscaras facilitaba ocultar sus identidades.
Cientos de años después, cuando la Iglesia la prohibió, los Hacedores continuaron bajo las calles de Venecia como acto de rebelión.
Hoy en día, pasados tantos años desde que los Hacedores dejaron de preocuparse por los tejemanejes del mundo provincial, y con la invención de que el Atlas permite unirse a los Hacedores de Génesis, el Carnaval se ha convertido en una tradición en la que los jóvenes celebran su libertad creativa.
Las máscaras siguen siendo un accesorio habitual, pero son de vidriado para no ocultar la identidad del portador, una señal de que nadie tiene por qué ocultar su creatividad en la sociedad de los Hacedores.
—Me encanta tu nuevo yo —dice Georgie. Se refiere a mi atuendo, que no es en absoluto de mi estilo habitual.
Carlota, de mi equipo de aerojustas, me ha prestado un vestido blanco de estilo griego que muestra la espalda y tiene una generosa abertura lateral.
Es apretado y revela más de lo que estoy acostumbrada, pero sin duda acentúa las curvas correctas.
Incluso tiene bolsillos. Mbali me ha dado la receta de un elixir que ha transformado mis ondas rebeldes en una ingeniosa masa de rizos sueltos, que he remado con un delicado collar de hojas de oro (hecho por mí).
Me siento guapa, como si quisiera que me miren.
Le hago un gesto a Georgie.
—Estás increíble. Todavía no puedo creer que lo hayas diseñado tú, y hecho desde cero.
Su atuendo es resplandeciente: un abrigo ocre entallado que cae hasta el suelo.
La parte delantera del abrigo queda abierta, dejando a la vista una blusa blanca de cuello alto, un pantalón de terciopelo púrpura y unos zapatos de tacón.
Un sombrero Homburg negro corona el gran nido de pájaros de su pelo, peinado y recogido como un hilado de azúcar dorado y púrpura.
Está preciosa, extravagante, y totalmente Georgie.
Las risitas susurradas y las posturas que se enderezan expectantes me informan de que alguien atractivo ha entrado en nuestro coche.
Me giro para ver a Rafe mientras pasa con una rubia despampanante del brazo.
Les sigue su habitual procesión de gente guapa, todos con la misma expresión de santidad.
Pero Rafe destaca. Muchos pares de ojos siguen sus movimientos y, a medida que se acerca, mis ojos me traicionan y también lo buscan.
Su cabello dorado al aire roza apenas sus anchos hombros.
Rara vez lo lleva suelto. No me gusta el pelo largo en los hombres, pero él sabe llevarlo.
De hecho, se me seca la boca cuando se acerca a nuestros asientos.
Tiene un aire majestuoso con una corbata burdeos y una chaqueta que parece sacada directamente de la milicia victoriana, con un espléndido terciopelo azul marino y doble botonadura de botones dorados.
Completa el conjunto con unos vaqueros ajustados.
La cita de Rafe es una valquiria, su vestido sin espalda deja al descubierto un elegante par de alas, que brillan bajo la iluminación del tren.
No me fijo mucho más en el vestido, ya que estoy demasiado distraída por lo poco que cubre sus infinitas piernas bronceadas con curvas y su piel tersa que ella aprieta contra Rafe de todas las formas posibles.
Me resulta vagamente familiar de la pandilla de Rafe en el instituto, pero no es una de las chicas con las que ha estado flirteando últimamente (no es que lleve la cuenta). Supongo que la han ascendido.
Mientras se acercan a nosotros en una nube de aire perfumado, Rafe me pilla mirándole.
No espero respuesta, pero él arquea con elegancia una ceja y recorre lánguidamente mi cuerpo con la mirada.
Me sube el calor a la cara y, cuando nuestras miradas se cruzan, sus gélidos iris destellan con un conocido brillo depredador.
Luego su expresión vuelve a ser aburrida y sus ojos se deslizan hacia la multitud que los adora.
Georgie observa la interacción, ignorando las burlas que le dirigen los lacayos de Rafe, con las cejas enarcadas en una pregunta que flota en el aire incluso cuando todo el grupo de guapos ha entrado en el siguiente vagón.
Podría escribir un soneto de cómo detesto lo sexi que es Raphael Vanguard. Aunque no nos odiáramos el uno al otro, ya he aprendido la lección sobre los chicos que tienen esa clase de magnetismo. Tener una estrella brillante con su propia fuerza gravitacional en mi vida es más que suficiente.
Al pensar en Kor, agarro el móvil de mi bolsillo. He venido preparada para entrar en el reino del dulce, dulce servicio móvil. Cuando viajamos a ver a Hilde, cronometré la distancia de Arcadia a la estación de Nueva York. Llevo la cuenta y deberíamos estar cerca.
—Ahora vuelvo —le digo a Georgie.
Todo lo que necesito es una mínima conexión para enviar mis materiales.
Me meto en un lavabo justo cuando el tren atraviesa las esclusas de la estación del Ayuntamiento.
Compruebo mi teléfono y, al aparecer dos barras de servicio, una retahíla de mensajes ilumina la pantalla.
Son de amigos de la escuela, la mayoría no saben dónde estoy.
Los revisaré más tarde y usaré el ordenador de Georgie para responder a la gente que se merece algo más que dejarla en visto.
Por ahora me concentro en preparar y enviar rápidamente todo lo que necesitan las Familias, y vuelvo con Georgie.
Cuando estoy en el pasillo, me empuja una persona bajita con la máscara de un murciélago.
Es raro que ya la lleve puesta, y que sea negra y opaca en lugar de vidriado.
Me giro con curiosidad para echar otro vistazo y veo una trenza rubia torcida terriblemente familiar que desaparece en el vagón contiguo.
¡Esa pequeña descarada! Creía que Hypatia había renunciado a sus planes de viajar de polizona. Cambio de dirección para alcanzarla, pero al llegar al vagón bar, ya la he perdido de vista entre la multitud.
—Disculpe, disculpe, perdón —digo mientras me abro paso entre la ruidosa muchedumbre.
Hypatia sigue sin aparecer. Me dirijo hacia la salida al siguiente vagón, pero me sobresalto, cegada por la oscuridad repentina, cuando se va la luz y el tren se detiene bruscamente.
Oigo más de un grito de dolor. No me duele, porque me he desplomado en algo sólido y cálido. Una mano me sostiene y evita que me caiga. Sé al instante quién me ha cogido por la forma en que mi piel se eriza cuando su mano roza mi espalda al descubierto.
Rafe.
Está claro, porque al darse cuenta de que soy yo, su cuerpo se pone rígido.
Me suelta y se aleja, e inmediatamente me empuja un enjambre preso de pánico.
Me tambaleo y trato de alcanzar a ciegas la barandilla del techo, pero soy demasiado baja para llegar a ella y la aglomeración de cuerpos me hace caer de rodillas.
Suelto un chillido, rezando para que no me pisoteen.
A medida que se calma el pánico inicial, la gente va sacando sus cucharas para encender sus linternas.
Rafe y algunos de los otros sire producen llamaradas de ha'i, iluminando el coche con un brillo espeluznante.
Cuando Rafe me ve en el suelo, suspira exasperado y vuelve a acercarse.
Murmura algo que suena como: «Ni siquiera puede valerse por sí misma».
Ignoro las palabras y respiro aliviada por no tener que preocuparme de morir por un taconazo a destiempo.
—Gracias —le digo a Rafe, e intento hacer mi propia llamarada sire, pero solo consigo un destello.
—Deja de liarla —dice sujetándome la mano—. Algo va mal. Nada debería causar un apagón como este —apunta. Sus ojos se entrecierran y me mira acusadoramente—: ¿Has hecho algo?
—¿En serio? ¿Sigues con esas? Pensaba que habíamos superado la desconfianza hacia un odio poco intenso.
Antes de que pueda responder, las luces se encienden y el caos se calma cuando el tren recobra lentamente la vida. Entonces se me ocurre decirle a Rafe que Hypatia se ha colado a bordo para que la busque, pero ya me ha soltado y se marcha sin despedirse.
Veo a Georgie entre la multitud y me dirijo hacia ella, pero aunque los empujones han cesado, me siento inestable por la ausencia del fuerte cuerpo de Rafe apoyando el mío.