Academia de musas 1. Exilio 19
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Un par de días después, estoy en el vagón biblioteca del Atlas, explorando las estanterías. Michael se sienta rígido, su rodilla derecha sube y baja más rápido que el latido de un corazón.

Es la primera vez que estamos a solas desde nuestra pelea y no sé si debo estar incómoda e insegura. Me concentro en revisar las estanterías para no tener que mirarlo a la cara, pero el sonido de su rodilla me pone nerviosa.

—¿Por qué estás tan ansioso?

—¿Por qué? Oh, hace tiempo que no veo a Hilde —dice con un suspiro—. Estar con ella puede resultar agotador emocionalmente.

—¿Y eso?

—Es muy intensa y tiene una peculiar manera de cuestionarte tus decisiones. También, bueno, solíamos...

—Oh.

—Fue hace mucho tiempo.

Le sigue la más incómoda de las pausas.

—¿Todavía sientes algo por ella?

—Sí, pero no de ese modo —dice con la mirada puesta en la lejanía—. Ya verás a lo que me refiero. Tú también la amarás.

¿Quién ha hablado de amor?

Pronto el Atlas llega a Marruecos, donde cogemos un avión que nos lleva hasta un desierto.

Michael ha conseguido un jeep y conducimos a través de tramos de dunas, también cruzamos pueblos pobres.

Las zonas por las que pasamos son completamente extrañas y por primera vez pienso en que la mayor parte del mundo provincial es también un misterio para mí, igual que el mundo de los Hacedores.

Después de mucho más desierto, el jeep se detiene cuando avistamos un pequeño campamento. Al salir, me envuelve un aire caliente y seco; al instante siento sed y picor. Una chica con unos sucios pantalones de cargo viene caminando desde el campamento.

—Déjame adivinar —le dice a Michael—, estás aquí para presentarme como un mal ejemplo al que no hay que imitar.

Me resulta increíblemente familiar, aunque estoy segura de que jamás la he visto.

Intento adivinar dónde podría haberla visto antes.

Tiene una belleza única, fruto de una mezcla de varias ascendencias, que es común entre muchos Hacedores.

Unos sueltos rizos castaños blanqueados por el sol enmarcan su pecoso rostro de color teja.

Michael camina hacia ella y la envuelve en un abrazo.

Ella no se lo devuelve, pero tampoco se aparta.

Una vez que la suelta, se distancia y la examina.

—¿Estás bien?

—Claro que no.

Michael suspira y baja los brazos en señal de rendición. Me hace señas.

—Hilde, esta es Ada. Es una reciente recluta sire.

Hilde me hace un gesto con la cabeza a modo de un rápido saludo.

—Escucha, Michael, necesito que hables con Ari y le pidas que pare con sus juegos.

—¿Qué? —pregunta Michael, claramente perplejo.

Hilde se levanta la camisa en un ágil movimiento que le provoca contener a él la respiración y a mí congelarme en mi sitio.

Tiene un tatuaje en el abdomen, con las palabras garabateadas en una caligrafía enjuta.

La piel del alrededor de cada letra está rosada y sensible.

Las palabras están invertidas como en un espejo, así que tardo un momento en descifrar lo que dice.

«¡Hildegard, vuelve a casa!».

—Reconocería la letra de Ari en cualquier parte. Intercambiamos palomas en clase durante nuestros años como aprendices —dice Hilde—. No hace falta que te diga que esto duele mucho.

Pero Michael no mira el tatuaje. Un sentimiento agrio se revuelve en mis entrañas mientras su mirada recorre su figura expuesta. Sin embargo, es solo preocupación lo que llena sus ojos.

—No comes lo suficiente —dice con ternura—. ¿Qué ha pasado con los panecillos nutritivos que te envié?

—Oh, no seas ridículo —dice ella—. Estoy bien. Hay otros que necesitan más esa nutrición que yo —remarca, y luego señala su tatuaje—. ¿Hola, Michael? Tu hermana está escribiendo en mi cuerpo a océanos de distancia y me duele mucho.

—No sabía que podía hacerlo —admite.

—Es alguna cosa mística rara, estoy segura. Probablemente implique una piedra ha'i, cábala, o algo así.

—Hablaré con ella —dice él con un suspiro—, aunque no se equivoca. Deberías volver a casa.

Hilde se baja la camisa y pone los ojos en blanco.

—Tengo niños moribundos que ver. ¿Estás aquí para ayudarme o solo para darme la lata?

Ella camina de regreso al campamento y la seguimos cada uno con una bolsa de los suministros de Kaylie.

Nada podría haberme preparado para los horrores del campo de refugiados.

Hilde me explica que es relativamente nuevo, así que me sorprende su tamaño.

Es horrible el número de desplazados que viven en condiciones paupérrimas.

Muchos tuvieron que abandonar su aldea a causa de la guerra unos meses antes, la enfermedad no tardó en llegar debido a la falta de agua potable.

Los médicos más cercanos son los trabajadores humanitarios de un campamento más grande, a dos días de camino.

Hilde envía a Michael a ayudar a los niños sanos y da instrucciones en un idioma que no entiendo a una adolescente, Asha, sobre qué hacer con los suministros que hemos traído. Luego me lleva a otra parte del campamento.

—¿Te han dicho que me he vuelto loca? —me pregunta por encima del hombro.

El silencio es mi respuesta—. Ala gente le gusta llamar locas a las mujeres cuando no nos entienden.

Dicen que sentimos las cosas con demasiada intensidad, que somos hormonales, que exageramos.

Bueno, si vislumbrar la verdad del mundo nos vuelve locas, quizá el problema sea el mundo y no nosotras.

Detrás de una de las tiendas hay un pequeño jardín verde que destaca sobre la interminable arena.

—¿Cómo viven estas plantas en este entorno? —pregunto.

—No lo hacen. Apesar de que todas son de familias resistentes, las malas hierbas suelen crecer en cualquier sitio y a diario tengo que revivirlas con mis habilidades. Pero son muy importantes para la medicina y la alimentación.

—Se me dan bien las plantas.

—Excelente, entonces puedes ayudarme a cultivar lo que necesito. Hay que ser un poco delicado en estas duras condiciones, pero te enseñaré lo que me funciona.

Después de cuidar y cosechar el huerto, Hilde me lleva a visitar a sus pacientes moribundos. Muchos están bastante enfermos y tengo que reprimir el horror, el asco y el miedo. También me pide que la ayude a sacarse sangre.

—Tengo el grupo sanguíneo universal, viene bien aquí.

Afortunadamente, ella hace todo lo relativo a las agujas, pero incluso ayudar en el proceso me marea y me entran náuseas.

—Quizá es mejor que no menciones esto en Génesis —advierte—. Pueden ser raros con las cosas relacionadas con la sangre.

Mientras veo cómo Hilde ordena una nevera llena de su propia sangre, pienso que no me parece «tonta e imprudente», ni «loca». De hecho, puede que sea la persona más cuerda que he conocido.

—Deberíamos analizar tu sangre. Los sire pueden donar con frecuencia, además, si eres del tipo universal, también estaría bien tener sangre extra a mano para concederme un respiro.

Mientras me extrae un poco de sangre, me dice:

—¿Así que Michael te reclutó del mundo provincial?

—Sí.

—Está extrañamente obsesionado con los provinciales. Solíamos burlarnos de él diciendo que terminaría reclutando a una amante.

El calor me sube por las mejillas.

—No es así —digo.

—Siempre es así con Michelangelo Loew —dice mientras me mira de arriba abajo—. Yya he pasado por esto antes. Conozco las señales.

Ojalá el desierto me tragara.

Unos gritos nos hacen salir corriendo de la tienda. Asha está corriendo hacia Hilde, con los ojos llenos de lágrimas de pánico.

Hilde entra en acción.

—Sígueme —me ordena.

—¿Qué sucede?

—Su hermanito bebé.

Llegamos a una tienda de campaña con el suelo de tierra, cubierto por colchones que ocupan casi todo el espacio. Una mujer que llora nos tiende a un niño pequeño. Hilde lo coge, maldice en voz baja mientras le toma la temperatura y escucha los latidos de su corazón. Me lo tiende y me dice:

—Tienes que usar tu ha'i para darle una descarga al corazón mientras le administro fluidos.

Me niego a coger al niño, aterrorizada.

—Hazlo tú. Yo no... No se me da bien la conducción.

—No, tengo ha'i hiperactivo y acostumbro a quemar a la gente si siento muchas emociones. Es muy pequeño, así que es más seguro contigo.

Lo cojo en brazos y siento el corazón palpitante. Parece tan frágil.

—Venga, haz shiin en su pecho —me anima. Lo hago con la mano temblorosa. Siento de nuevo el latido errático de su corazón bajo mis dedos—. Necesita solo un ligero pulso.

—No puedo hacerlo.

Estoy demasiado asustada, demasiado nerviosa; no tengo el control.

—Sí que puedes —me dice Hilde con calma—. Te he visto florecer las pamplinas en el desierto; puedes ayudar a este niño. Dime lo que estás pensando, cómo estás intentando acceder a tu ha'i.

Ella habla calmada, pero al mismo tiempo inyecta una vía intravenosa en la pequeña mano del niño.

—Intento sacarlo del pozo que llevo dentro —digo pensando en lo que la maestra Liu me enseñó. Saboreo la sal en mis labios y me doy cuenta de que estoy llorando.

—De acuerdo. El problema es que un pozo extrae agua de una fuente preexistente, así que, si tu fuente se seca, te quedas sin nada. Como sire, tú eres la fuente. Haces algo de la nada. No pienses en ti tirando del ha'i. Imagina que lo haces nacer.

Conteniendo la respiración, cierro los ojos e imagino mi vientre como un vacío negro y luego imagino un pequeño estallido de luz que explota en rayos dorados. Tiro a través de mis manos y siento cómo el calor del ha'i se extiende por el cuerpo del bebé.

—Eso es —anima Hilde—. Ahora una vez más.

Conduzco el pulso de ha'i y siento cómo los latidos erráticos del niño se detienen, luego vuelven a empezar con un ritmo más natural. Solo entonces respiro.

En cuanto el bebé está estable, Hilde me hace devolvérselo a su madre, quien no para de llorar y de besarme. Yluego seguimos adelante, porque hay más cosas que hacer y no hay tiempo para descansar.

Ayudo a Hilde durante horas triturando plantas en mezclas, distribuyendo comida, purificando el agua, administrando medicamentos... y cavando tumbas.

Trabajo con el piloto automático activado, como un gólem, superada por tanto que me impide sentir algo más.

—Estás aguantando bien —me dice Hilde en un momento dado—. Estoy impresionada. Pensé que saldrías llorando pasada la primera hora.

—Si esta es tu vida cotidiana, ¿qué derecho tengo a huir el primer día?

Ella asiente con aprobación.

—No entiendo cómo el mundo permite que esto ocurra... —digo—. No entiendo cómo pueden desatender a toda esta gente.

Pienso en la enorme riqueza del mundo y la mucha comida, agua y medicinas que se desperdician a diario.

—Esto no es solo fruto de la negligencia —explica Hilde—.

Las personas responsables de esta y otras tantas crisis humanitarias están aliadas con los dirigentes de países poderosos y empresas multinacionales.

¿Eres de Estados Unidos? Ellos financian a los gobiernos corruptos que deberían estar cuidando de estas personas y no exigen detener la crueldad.

Es demasiado fácil dejar que la tragedia ocurra lejos cuando no eres tú quien la sufre y cuando la intervención repercutiría directamente en la accesibilidad tanto de recursos como de productos de los que dependes en tu vida diaria.

Hay una parte de mí que quiere cerrar los ojos y no ver más, que desea volver a la ignorancia.

—¿Por qué los de Génesis pensarían que al enseñarme esto entendería la razón por la no se esfuerzan por ayudar más?

—Quieren que veas que tu mundo no se arregla con soluciones fáciles.

¿Acceso a agua potable, raciones escasas de alimentos, condiciones de vida dignas y atención básica sanitaria?

Tu mundo ya tiene todo eso y, sin embargo, estas personas siguen sufriendo.

Hay unos pocos que pueden ser ayudados por gente como tú, como yo y los cooperantes, pero siempre habrá más necesitados.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

—Porque no puedo no estar —dice simplemente—. Pero sé que no todos pueden venir hasta aquí. Génesis está resolviendo nuevos problemas y eso también es necesario.

—Pero ¿no crees que deberían hacer las cosas de otra manera?

—Algunas cosas —dice, y se encoge de hombros—. Ninguna sociedad ni ningún individuo es perfecto.

Cuando vivía en Nueva York esta horrible realidad me resultaba muy ajena.

No encontraba el sentido de preocuparme por catástrofes tan lejanas cuando había personas sin hogar en mi puerta, a veces literalmente.

Pero ahora que he estado viviendo entre los Hacedores de Arcadia, venir aquí es como volver a estar con mi gente.

Puede que no hablen mi idioma ni se me parezcan en nada, pero este es mi mundo en ruinas.

Quizá venir aquí me ha hecho darme cuenta de que no existe ninguna solución sencilla, pero sigo convencida de que los Hacedores mejorarían las cosas si compartieran sus conocimientos.

No solo de medicina y tecnología, sino también de filosofía, y las estructuras de gobierno podrían conducir a un cambio generalizado.

Hilde me desinfecta antes de irme, pero siento que nunca me quitaré el olor a muerte. El hedor de la apatía del mundo.

Antes de acompañarme de vuelta al jeep , Michael le coge las manos a Hilde.

—Sé que has recibido nuestros mensajes. Sabes que persiguen a los sire. Si todavía te niegas a regresar a casa, tienes que esconderte mejor.

—Estoy bien escondida.

—Te encontré fácilmente.

—Tal vez sea porque quería que me encontraras.

—Hills, hablo en serio. Están secuestrando a los sire por todo el mundo. Necesitas desaparecer. Incluso de mí. Dime que lo entiendes.

Ella estrecha la mirada.

—¿Qué estás planeando?

—No estoy planeando nada. Solo hago lo que es debido.

Ella lo mira fijamente durante un largo momento, con las manos todavía unidas.

—Te crees muy diferente a mí, Michelangelo Loew, pero te equivocas.

Estoy de acuerdo con ella. Él estaría haciendo lo mismo si no estuviera tan empeñado en confiar en su precioso Consejo. Me pregunto si eso fue el motivo que los separó. Esa pregunta ata mis sentimientos en un complicado nudo de decepción y alivio.

En el viaje de vuelta a Arcadia, no puedo dejar de pensar en las caras de los niños, en sus castigados cuerpos.

—¿Lo entiendes ahora? —me pregunta Michael.

—Sí —le digo.

Sí, lo entiendo. Pero definitivamente no he cambiado de opinión. De hecho, todo lo contrario. Más que nunca culpo a los Hacedores por dejar que mi mundo se autodestruya.