Academia de musas 1. Exilio 18 #2
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18 #2

—Noticias de última hora, maestro sofista —digo clavando mi dedo en su pecho, donde me encuentro con la sólida resistencia de un hombre testarudo—.

La mayoría de la gente no puede usar todo su potencial creativo, porque cada día están demasiado ocupados dedicando toda su energía a sobrevivir.

Es fácil que te felicites por mejorar la sociedad cuando tienes todas las necesidades básicas cubiertas gratuitamente.

Cuando no tienes que dedicar la mayor parte del tiempo a cualquier empleo desalmado que pague el alquiler.

—Es un sistema roto. No es que no esté de acuerdo.

—¡Un sistema roto al que puedes ayudar! Yesta debería ser tu máxima prioridad. No importa el sufrimiento individual. Piensa en el planeta. Vi esos pergaminos, Michael. Esa información podría usarse para combatir la contaminación, las pandemias y el cambio climático.

Pienso en toda la información que el abuelo me hizo leer sobre el sufrimiento de nuestro planeta al que no quería enfrentarme cuando me sentía impotente.

Pero ya no soy impotente.

—Si el mundo provinciano empieza a desmoronarse, ¿crees que las comunidades ocultas seguirán siendo seguras? Si ignoras sus problemas, se convertirán en tus problemas.

—¿Crees que no lo sabemos? —responde Michael alzando la voz—.

¿Crees que mentes más informadas que la tuya no han estado debatiendo estas mismas cuestiones durante décadas?

¿Crees que no hemos intentado compartir información sobre sostenibilidad, medicamentos o vacunas?

Eso no mejora nada. Dar soluciones rápidas al mundo provincial no cambiará nada hasta que resuelvan las desigualdades y la corrupción.

—¡También tienes soluciones para estas!

—¡No quieren ponerlas en práctica!

Kaylie levanta las manos e intenta intervenir.

—¿Por qué no nos relajamos un poco?

Pero la ignoramos. Prácticamente me había olvidado de que estaba aquí, el mundo se ha reducido a Michael y a mí, de pie demasiado cerca el uno del otro. Sin embargo, existe un abismo entre nosotros que tal vez es demasiado grande de superar.

Michael lo intenta un poco más calmado:

—Si me dejaras explicarme...

—No hay explicación para el egoísmo.

Me alejo de él. Antes tenía dudas acerca de si los Hacedores no sabían realmente lo mala que era la situación, pero lo han sabido todo este tiempo y siguen sin ayudar.

—Quizá debería conocer a Hilde —le dice Kaylie a Michael.

—Supongo que sí —dice él exasperado.

Ella me mira.

—Hilde es una amiga nuestra que siente algo parecido a ti. Ha dedicado su vida a ayudar a los que sufren en el mundo provincial. Lo último que sé es que estaba en un campo de refugiados con un brote de... —Se vuelve hacia Michael y le pregunta—: ¿Malaria?

—Cólera, creo —dice con un suspiro.

—¿Por qué no hay más Hacedores haciendo lo mismo que ella? —pregunto con curiosidad.

—Bueno, sus métodos no son muy prácticos... —comenta Kaylie.

—Es tonta e imprudente —interviene Michael.

—Yo no lo diría así —dice Kaylie.

—Ella estaba perfectamente bien, entonces un día se salió completamente de tono —dice negando con la cabeza—. Pero creo que te iría bien conocerla, te ayudaría a comprenderlo —apunta dolido—. Haré los trámites necesarios.

—Voy a recoger algunos suministros para que se los envíes —dice Kaylie dirigiéndose a la puerta.

La conversación sigue cuando la puerta se cierra:

—Lo siento, no debería haber levantado la voz —dice Michael, y, al no decir nada, se me acerca—. Ada, no quiero pelearme contigo.

Yo tampoco quiero pelearme con él, con este hombre que siempre me ha parecido un aliado, quien tuvo fe en mí incluso cuando yo no la tenía.

Pero lo he idealizado en mi cabeza como alguien que no es.

Puede que sea guapo, generoso y amable, pero no es el paradigma del idealismo.

Es tan hipócrita como todos los demás aquí.

Ydefinitivamente no está de mi lado. Lo miro a los ojos.

—Esto no es una pelea, Michael. Esto soy yo recibiendo una dosis de realidad. Has pasado mucho tiempo tratando de demostrarme lo especiales, lo superiores que son los Hacedores por su dedicación y voluntad de marcar la diferencia. Pero ese idealismo no es nada si ignoras a la mayoría del mundo.

—Ada, todo mi trabajo como enlace consiste en hacer avances para un eventual cambio en nuestra relación con el mundo provincial. No ignoro a nadie. Mejorar esta situación es a lo que he dedicado mi vida.

—Sigue diciéndotelo si te hace sentir mejor —respondo.

Michael se estremece. No debería exponer así mis verdaderos sentimientos. Necesito que confíe en mí. Pero, como de costumbre, Michael me sonsaca la verdad, incluso cuando me sobreesfuerzo por mentir a todos.

—Puede que respetes más a mi gente que otros Hacedores. Puede que estés más dispuesto a traer extraviados para que se unan a ti para guardar tus secretos, pero ninguna de las dos cosas es un cambio real.

—No depende de mí, Ada —dice cansado y resignado—. Estoy limitado por los permisos del Consejo...

—No, no muevas el foco de la culpa. No me importa el Consejo. Ellos se limitan a esperar el nacimiento de un bebé profético en vez de hacer algo.

Me acerco a la estantería de discos provinciales y paso mis manos por las fundas: Elvis, los Beatles, Nirvana.

.. En Florencia, Michael me confesó que tenía miedo de defraudar a la gente al cuestionar lo que le habían enseñado que era correcto.

El recuerdo me estremece ahora, resulta sorprendentemente hiriente.

—Tú no eres como ellos —digo. No sé si es una afirmación o un deseo—. No estás del todo corrompido por la propaganda de los Hacedores, temiendo a un enemigo sobredimensionado. Sabes que la mayoría de los provinciales no son ninguna amenaza.

Me ha seguido y, cuando me doy la vuelta, está tan cerca que tengo que levantar la vista para encontrarme con su mirada.

—¿Dices que lo has intentado? ¿Qué has hecho realmente? —pregunto. Él tiene la mandíbula apretada y las manos en puños a los lados—. ¿Osolo te muerdes las uñas y sigues interpretando el papel para el maestro rector hasta la próxima vez que te recuerden que tendrías que sentirte culpable?

Traga saliva, con los ojos encendidos. Quizá no es justo que le diga estas cosas. Después de todo, soy una experta en ignorar el dolor del resto para no sentirme culpable. Pero estoy lista para despertar.

Nos miramos en silencio. Estamos demasiado cerca.

Él separa los labios como si quisiera decir algo.

Siento el resoplido de su frustración, pero se traga las palabras.

Su nuez de Adán recorre la base de su garganta e incluso ahora una parte de mí quiere tocarla.

Sus ojos y la forma en que hunde los dientes en el labio inferior me anima a pensar que él también quiere tocarme.

Pero, cuando lo esquivo y me dirijo hacia la puerta, no me detiene.

Voy a conocer a esa tal Hilde, pero no creo que me haga cambiar de opinión. Las Familias acertaron al enviarme aquí, al querer una parte del conocimiento de los Hacedores. Yya he superado mi temor por engañarlos. Ellos no se merecen ningún tipo de remordimiento.