Academia de musas 1. Exilio 18
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Le pedí a Hypatia que me acompañara en mi primera visita al Testamento del Gremio de los alquimistas y nos programó para hoy un hueco en el Arca.

Al acercarme a la escalera de caracol que conduce al Arca, me sorprende ver que, junto al guardia de rostro inexpresivo que siempre lo vela, está Simon, quien viste un uniforme negro a juego. Tiene los relucientes botones plateados manchados.

—¿Qué haces aquí? —le pregunto.

—Mi familia no quiere que me retrase en el adiestramiento como miembro de la Guardia mientras no estoy en Avant, así que me entreno un poco aquí. Enhorabuena por unirte a los alquimistas, por cierto.

Tengo que parpadear para alejar una vívida imagen de él sobrevolando sobre un campo de flores... ¿Por qué sigo teniendo recuerdos de ese molesto sueño?

—Gracias —le respondo—. Me gustó mucho tu actuación con la zanfona y tu bote.

Su rostro se ilumina.

—¡Gracias! ¿Estás aquí para consultar el Testamento de tu gremio?

—Sí, espero a Hypatia.

—¡Ya estoy aquí! —canta Hypatia acercándose por detrás. El otro guardia musita algo para que nos movamos.

Nos registran —Simon se sonroja mientras palmea los bolsillos de Hypatia— y cogen lo que llevamos encima, incluyendo nuestras dos cucharas. Después subimos por una escalera tortuosa.

En lo alto del rellano hay un gran escritorio circular. El ama de llaves embarazada de la que me he hecho amiga, Xander, está de servicio.

—¡Ada! ¡Hypatia! Enhorabuena a las dos por convertiros en oficiales.

Al ver la cálida sonrisa de Xander, me atraviesa un fragmento helado de culpa. Hypatia, Simon, Xander... todos confían en mí, y yo estoy planeando usar esa confianza para robar.

Pero sé que es lo correcto.

Xander nos escolta hasta la sala de cristal del Arca y recupera el Testamento del Gremio de los alquimistas con cuidado.

Quita la sobrecubierta aterciopelada verde esmeralda con el emblema alquimista de un mortero enfrente del Árbol de la Vida bordado y nos enseña cómo desenrollar los pergaminos y cómo funciona el sistema de índices para encontrar lo que necesitamos.

Nos enfundamos unos guantes protectores para no manchar el pergamino con la grasa de las manos y utilizamos un puntero para reseguir con la mirada la apretada caligrafía.

Tocar uno de los Testamentos es algo imponente.

No es más que un pergamino escrito por humanos, pero parece sagrado.

Sé que algunos Hacedores dirían que es sagrado.

Que la innovación humana es divina, la continuación del trabajo del Conductor.

Es fácil creer en esta ideología cuando uno está rodeado de la evolución del avance humano tan cuidadosamente preservada y atesorada aquí dentro del Arca.

Pensar que es sagrado no alivia mi sentimiento de culpa por querer apropiármelo.

—¿Qué quieres consultar primero? —pregunta Hypatia cuando Xander deja la habitación.

—Medicinas —digo con decisión.

Aunque no veo absolutamente nada sobre transmitir habilidades de sire a los no sire, ninguna conversación con Kor o foro en línea podría haberme preparado para lo que nos encontramos.

El detallado y extenso índice es alucinante.

Solo he mirado una sección en los Testamentos , y ya tengo la mente mareada.

Por las recetas, las pruebas, los experimentos y los resultados.

La magnitud de lo mucho que los Hacedores han resuelto, lo mucho que pueden prevenir y lo mucho que pueden curar resulta abrumadora.

Bajo mis manos enguantadas se despliegan curas para enfermedades genéticas, infecciones, cánceres; también referencias a procedimientos quirúrgicos de biociencia que utilizan la curación con sire.

No sé cómo voy a conseguir meter mi teléfono aquí, pero tendré que encontrar una manera. Hay que compartir esta información.

Las palabras que tengo ante mis ojos se emborronan cuando pienso en pabellones infantiles abarrotados, unidades de cuidados intensivos desbordadas, pandemias globales que han matado a tantos.

.. Los Hacedores podrían detenerlo todo.

Supongo que siempre lo he sabido. Pero ahora lo sé con absoluta certeza. Yeso lo hace mucho peor.

Mi ira crece hasta que mis manos tiemblan tanto que Hypatia me quita el puntero antes de que raje accidentalmente el delicado pergamino.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Estoy bien —respondo—. Bueno, en realidad no —añado, y cierro los ojos, respirando hondo—. No me encuentro muy bien. Creo que debería irme.

—Por supuesto —dice ella—. Volveremos en otro momento. Le diré a Xander que me ayude a guardarlo todo. Acuéstate. Estás pálida.

Me quedo helada durante un minuto, luego salgo de la habitación acristalada.

Necesito hablar con alguien sobre esto.

«Somos esclavos de los virus y las enfermedades», pienso con rabia.

Kor me advirtió que los Hacedores atesoraban más de lo que podría imaginar, pero, incluso estando aquí durante meses, no entendía cuánta razón tenía.

He estado perdiendo un tiempo valioso. Me quito los guantes y los dejo sobre el escritorio de la entrada, ignorando a una sorprendida Xander.

Me apresuro a bajar las escaleras pasando por delante de Simon, quien me persigue y me devuelve mis cosas, pero ni siquiera se lo agradezco. Voy derecha al ala de primavera.

Aporreo la puerta del despacho de Michael, con los ojos ardiendo por las lágrimas contenidas. No todos los de aquí saben del resto del mundo, pero él sí. Además, es maestro y cercano al maestro rector Bloche; tiene influencia para hacer cambios. Michael abre la puerta.

—¿Ada? ¿Qué haces aquí?

Kaylie también está.

—¿Estás bien? —pregunta levantándose del ridículo sofá colorido—. Ven y siéntate, no tienes buen aspecto.

Hago contacto visual directo con Michael y, sin enmascarar la acusación en mi tono, digo:

—He visto el Testamento del Gremio de los alquimistas .

—¿Y? —pregunta Kaylie sorprendida y preocupada. Sin embargo, Michael mira hacia abajo. Sabe por qué estoy enfadada.

—¿Cómo permitís que tanta gente sufra si tenéis los medios para ayudarlos?

—¿Ayudar a quiénes, Ada? —añade Kaylie, quien me pone una mano tranquilizadora en el hombro.

Me vuelvo hacia ella, suavizando mi tono:

—Al mundo —digo—. Atodos los demás. Hay tantas cosas mal en el mundo provincial que podrían resolverse con los conocimientos de los Hacedores, pero os quedáis en vuestra burbuja, ayudándoos solo entre vosotros.

Kaylie me mira con lástima.

—No es tan sencillo —dice.

—No es así como va —suelta Michael al mismo tiempo.

Levanto exasperada las manos y lo miro.

—Estamos hablando de todo un mundo de sufrimiento.

Me preparo para recibir indiferencia u oír más excusas, pero en su lugar dice algo que no me esperaba:

—Tienes razón. Ojalá pudiera ser diferente —añade dándose la vuelta y golpeando con sus manos el escritorio—.

¿Crees que no me duele a mí también? Mi abuela solo escapó del genocidio, porque fue una época en la que los Hacedores interfirieron.

Pero hoy en día no hacemos lo suficiente. Siempre me preocupa.

Se levanta de la mesa, se pasa las manos por el pelo y empieza a andar. Kaylie parece sorprendida por su arrebato y Michael intenta explicárselo:

—No lo entiendes; no lo has visto. Su mundo.

.. Hay tantas cosas que podríamos mejorar.

.. —dice, y se da por vencido. Luego se vuelve hacia mí con una mirada desesperada—.

Pero tú tampoco lo entiendes. ¿Crees que todo estaría resuelto si nos limitáramos a enviar cajas de medicinas?

Los sofistas lo han debatido durante años.

Yo mismo se he lo pedido al Consejo. Pero no vale la pena arriesgarse por lo poco que podemos hacer.

—Nuestros avances —continúa Kaylie— conllevan conocimientos extremadamente sensibles que pueden ser mal utilizados. Toda innovación que cae en manos provinciales se emplea eventualmente para la violencia y la guerra. No podemos confiar en ellos.

Sé que Kaylie ha crecido con el cerebro lavado por estas ideas, pero me sigue siendo difícil ocultar mi indignación en la voz cuando prosigo:

—Tú no los conoces. ¿Cómo sabes que tú eres más de fiar que ellos?

—No importa, Ada —dice Michael, resignado—. Tu mundo ya tiene muchas soluciones y sigue siendo incapaz de resolver las cosas importantes.

Es mi mundo, no el suyo. Quiero gritarlo, recordarle que esto es personal para mí.

Pero me aguanto. Acabo de unirme a un gremio, me he comprometido a aceptar tácitamente esta sociedad como propia.

Yno dejaré que nadie, ni siquiera Michael, dude de mi lealtad.

Necesito que mi tapadera siga siendo impecable porque, en última instancia, si no logro convencer a los Hacedores de que compartan sus conocimientos voluntariamente, tendré que robarlos.

Ynecesito que confíen en mí para conseguirlo.

—Siempre que lo hemos intentado, han encontrado la forma de acaparar los conocimientos, crear escasez, subir los precios y obtener beneficios —dice Michael.

—¿A diferencia de acapararlos para una única sociedad minúscula e insular? — le pregunto.

Los ojos marrones de Michael brillan a la defensiva mientras se me acerca imponente.

—Apenas sabes nada de nosotros, Ada. Nos hemos expandido más allá de nuestra sociedad insular muchas veces a lo largo de la historia.

Lo hemos compartido todo con el Matriarcado de las Islas Brumosas y con los Profetas de Naiot.

Compartimos con aquellos que anteponen las necesidades de la humanidad a sus propios deseos.

Con aquellos que realmente se esfuerzan en aprovechar su potencial creativo para contribuir al avance del mundo.

¡Qué cara que tiene!