Academia de musas 1. Exilio 17
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Tal y como Hypatia y Georgie predijeron, pronto me invitan a las pruebas para el equipo de aerojustas de los alquimistas.

Estaba indecisa al principio, ya que necesito estar concentrada y no llamar la atención innecesariamente, pero Hypatia señaló que sería una buena forma de integrarme de forma rápida en nuestro gremio.

No le costó mucho convencerme, porque quería hacerlo de todos modos.

La pista de las aerojustas está excavada en el lecho rocoso del lado occidental de la isla.

Su diseño se inspira en el antiguo teatro de Epidauro y la gradería de piedra con asientos concéntricos forma tres cuartas partes de una curva abierta al océano.

En su centro, hay un foso de tierra dividido por una valla en el que se celebran las justas.

Me acerco a los demás con inquietud, pero el equipo es cálido y acogedor, y se presentan chocando los cinco. Aquí no se choca así, pero les parece un saludo provincial y lo hacen con entusiasmo, queriendo que me sienta bienvenida.

—¡Esperaba que te aliaras como alquimista desde que vi tus movimientos en el aeroparque! —dice un chico moreno con el pelo teñido de verde y unos bíceps muy grandes que creo que se llama Sebastian.

—¿Estabas en un equipo de aerojustas en el mundo provincial? —pregunta una chica llamada Carlota.

Me río.

—No existe nada tan guay como las aerojustas en el mundo provincial.

Miriam, la capitana del equipo alquimista, da unas palmas para que guarden silencio.

—¡Vamos a ver si eres apta para el equipo! Ya sabes cómo usar esto, ¿verdad? —pregunta señalando la aerotabla de Georgie de debajo de mi brazo.

Asiento con la cabeza. He estado practicando más e incluso he empezado a dar en la diana con la lanza.

Miriam rebusca en una cesta llena de equipo de protección y me tira un chaleco acolchado, unas rodilleras, un escudo y un casco. La mayoría de estas cosas están hechas de seda de araña del mismo tono verde esmeralda de los alquimistas y se asemeja a una armadura medieval.

Me pongo el equipo y monto sobre mi tabla. Mientras que el suelo es de tierra compacta, la superficie magnética de debajo se acopla con la levitación magnética de la tabla con un zumbido ya familiar.

Me siento bien en mi primer combate de práctica contra Carlota, hasta que se dirige hacia mí con una enorme lanza apuntando al escudo de mi brazo izquierdo, que de repente siento demasiado pequeño.

Aprieto los ojos y hago todo lo que está en mi mano para no seguir el instinto de apartarme.

La lanza de Carlota choca con fuerza contra mi escudo, mi cuerpo se estremece con el impacto mientras paso por su lado a toda velocidad hacia el otro extremo del foso.

Al menos, sigo y no suelto la lanza. Carlota me gana 3-0.

Miriam nos enseña varios ejercicios de equilibrio y puntería. Después nos va rotando con más partidos de práctica, en los que pierdo estrepitosamente.

De momento, la experiencia resulta dolorosa.

El equipo está formado por atletas competitivos y bien entrenados, que juegan a este deporte casi desde siempre.

Cuando hacemos una pausa para descansar, me he caído ya varias veces, me duelen partes que ni siquiera sabía que existían, y estoy bastante segura de que no estoy lista para entrar en el equipo a corto plazo. Pero Miriam sí que está satisfecha.

—¿Para una completa novata? No esperábamos nada diferente, de hecho, esperábamos algo peor. Bienvenida al equipo.

—Significa que tendrás que trabajar en mantener los ojos abiertos y en controlar tu lanza —interviene Carlota.

—¿A quién le importa el control de la lanza cuando mantiene el equilibrio mientras se mueve así de rápido? —responde Sebastian con un guiño.

Un gong indica que el tiempo de uso del foso por parte del equipo ha terminado y todos recogen sus cosas mientras los jugadores de otro equipo entran en tropel para entrenar.

Me deslizo hacia la salida, pero calculo mal mi capacidad para saltar una barrera y me estrello contra ella, aterrizando de cabeza y con la cara arañando el suelo. Gimo y ruedo sobre mi espalda.

Una risa áspera resuena por encima de mí y alzo la vista para ver a Rafe. Está perfecto con su armadura acolchada y ajustada —toda en tonos ámbar de los bio—, con el casco en la mano y el pelo rubio suelto como una especie de Lancelot de punkrock .

—¿Tú eres la novedad que ha entusiasmado a los alquimistas? —dice sin parecer impresionado—. Supongo que los codificadores serán nuestros únicos rivales por el título este año.

Se sube a su aerotabla y se desliza, sin hacer ningún esfuerzo por reducir la cantidad de tierra y suciedad que me rocía en la cara.

—¡Eh! —le grita Carlota, corriendo tras él, pero Sebastian y otro chico cuyo nombre he olvidado la detienen.

—¿Qué te ha dicho? —me pregunta Carlota—. Ya lo denunciaron una vez a la logia de aerojustas y con mucho gusto lo haré de nuevo si está siendo un prejuicioso...

—Ignóralo —dice Sebastian—, está intentando sacarnos de quicio a propósito.

—No, no lo ignoréis —objeta Miriam—. Raphael Vanguard era el capitán del equipo de la ciencia de la sangre en Avant antes de ser transferido aquí.

Tenemos que tomarlo en serio. Es nuestra mayor competencia: él y Hera.

Él sabe cómo usar la vergüenza y la intimidación contra nosotros.

Así que no ignores ese tipo de cosas —dice con fuego en los ojos—.

Deja que te enfade y usa el cabreo para alimentar tu juego.

Nos abrazamos y veo mi determinación reflejada en las caras de mis nuevos compañeros de equipo. Vamos a derribar a ese arrogante príncipe cuando empiece la temporada de torneos.

He llamado a casa cada domingo, así que después del entrenamiento toco a la puerta de Georgie, con la esperanza de usar su internet.

—¡Adelante!

Cuando entro, la encuentro tecleando excitada y mirando de un lado a otro sus monitores.

—Iba a preguntarte si podía llamar a mi familia, pero pareces ocupada.

—No demasiado, estoy trabajando en uno de mis pequeños proyectos. En realidad, esto te va a gustar —dice con un gesto con la mano. Sus dedos repiquetean una sinfonía en su teclado—. He estado rastreando diferentes foros en busca de teorías conspirativas sobre nuestra existencia.

—¿Te refieres a la existencia de los Hacedores?

—Mmm... Creen que estamos muy bien escondidos, y en su mayor parte lo estamos, pero de vez en cuando sobresalen ciertos asuntos.

Eso llama mi atención, por razones obvias.

—Mira esto.

Ha abierto una página web. Es un foro de conspiraciones dedicado al ocultismo.

Algunas informaciones son espantosamente exactas, es imposible que solo sean especulaciones.

El moderador principal se hace llamar Cicerón.

Parece ser quien más sabe. Me inclino sobre el hombro de Georgie y ojeo los mensajes: « VENENO QUE HACE OLVIDAR.

.. NACIDOS CON ALAS... UBICACIÓN OCULTA DURANTE CIENTOS DE AÑOS. .. MUERTE FINGIDA... » .

Georgie tiene razón; esto es definitivamente algo más que una simple especulación. Al mismo tiempo, hay otros tantos mensajes que mean fuera de tiesto. Veo más de una entrada sobre vampiros o la piedra filosofal, estoy bastante segura de que las dos cosas son ficticias.

Cuando doy con una sección dedicada a las enfermedades, ralentizo el arrastre del ratón. Según los rumores, «los Ocultos» pueden curar casi cualquier cosa, incluido el cáncer. Más de una persona afirma haberse tratado con la milagrosa medicación de un misterioso benefactor.

—¿Has avisado a alguien de esto? —le pregunto a Georgie.

—No, no he encontrado nada lo suficientemente preocupante, pero pensé que era divertido rebuscar en este material. Tienes todo preparado para llamar a tu familia cuando estés lista.

Una vez que Georgie sale de la habitación, mi primer impulso es revisar las redes sociales, pero decido no hacerlo.

La última vez que miré mis feeds me deprimí con la superficialidad de lo que solía importarme.

No sé si mi distanciamiento forzoso de esas partes de mi antigua vida es un alivio o una pérdida.

Cuando Kor responde a mi llamada, está claro que lo he despertado.

Me dice que se ha encontrado mal durante unos días y que debo informar a Alfie Avellino.

En su pálida piel sus venas azuladas se transparentan, tiene ojeras, y su pelo, del que suele presumir, necesita un corte. Le pregunto si está bien.

—Todo bien. Es solo un resfriado que cogí mientras hacía de voluntario en un hospital.

Pienso con culpa en mi propio invierno sin frío ni gripe debido a las vacunas de los Hacedores. ¿Por qué está enfermo si aquí existen las curas?

Nos despedimos y llamo a Alfie, quien apenas tarda un minuto en empezar a cabrearme. Me da órdenes sobre cosas que quiere que haga, incluso aunque no sabe nada de lo que pasa aquí, y se niega a contestar a ninguna de mis preguntas.

El acalorado tono de nuestras voces atrae la atención del doctor Ambrose, quien aparece en pantalla y aparta con un gesto a un enfurecido Alfie, que se despide haciéndome la peineta con las dos manos, para encargarse él de la llamada.

El doctor Ambrose me escucha pacientemente, mirando a través de sus gafas de montura dorada mientras lo pongo al día de los cambios ahora que pertenezco a un gremio.

Tras cada Quórum, el instituto comienza un nuevo mandato y ahora, como oficial, mis clases son totalmente diferentes de cuando era aprendiz.

Es agradable estar rodeada de gente más cercana a mi edad, los oficiales son en su mayoría adolescentes tardíos y veinteañeros.