16 #2
Ya debería haberme cortado el pelo. Hace tiempo que quiero pedírselo a Georgie, pero al menos puedo recortarme algunas puntas mientras tanto.
Hago girar un mechón alrededor de mi dedo.
Ya casi me llega a los codos. Pienso con pesar en lo molesto que estaría mi padre.
Siempre le gustó que mi pelo estuviera perfecto y solía cortármelo cada viernes por la tarde.
El hombre observa mi pelo y se relame los dientes, sus ojos acuosos son afilados.
—Ahora, sobre la cuchara en sí... —dice con lo que a mí me parece un tono menos gruñón que el de antes—.
Tengo algo que creo que te gustará —dice arrodillándose para buscar en los recovecos de un viejo cofre.
Luego se levanta sosteniendo una anodina caja—.
En lugar de una nueva helioantorcha, tal vez deberías considerar esta que necesita un nuevo dueño.
Abre la caja y mis ojos se abren como platos. La cuchara, que es del tamaño de una armónica pequeña, tiene incrustaciones de un mosaico de piedra verde oscuro alrededor de un arpa de nácar. La quiero.
—No tengo mucha experiencia, pero parece caro.
—El coste es un mechón de tu pelo, de cinco centímetros de largo y uno de ancho.
Se me eriza el vello.
—Mmm, eso es superespeluznante.
—Ese es el precio si la quieres.
No quiero darle a este cascarrabias mi pelo para que haga quién sabe qué, pero la cuchara es preciosa.
—¿De quién era? —le pregunto.
—De un viejo amigo. Me dijo que la guardara hasta que volviera, pero tengo la sensación de que no regresará pronto.
Debería comprar una cuchara nueva y sencilla por un precio normal, pero me pica mi mano al sostenerla, como si estuviera destinada a tenerla.
—Vale, me la llevo —digo terminando de decidirme.
El hombre monta y fija todas mis modificaciones a la cuchara y luego utiliza las nuevas tijeras para recortar discretamente su pago de una capa inferior de mi pelo.
Con la mano en el bolsillo agarrando mi cuchara nueva, me uno a Michael, quien sigue distraído en el puesto de libros.
Entre los montones de libros encuentro una baraja de cartas pintadas a mano con dragones, caballos de viento y unicornios.
Me hace pensar en Izzy. Siempre se le han dado genial los trucos de cartas.
La echo mucho de menos. Tendré que preguntarle a Kor si se ha enterado de algo nuevo acerca de lo que está haciendo y ver si puede convencer a Roman para ponerla en contacto conmigo.
Cuando Michael me ve con las cartas dice que quiere enseñarme un juego de Hacedores llamado ADios rogando y compra la baraja.
—Un regalo del Quórum —dice.
Encontramos una mesa cerca de la fuente y una chica con un vestido de gasa nos trae vasos de zumo recién exprimido. Escucho las instrucciones del juego un poco ausente y jugamos mientras charlamos, pero pierdo varias veces, porque estoy demasiado distraída por lo perfecto que está siendo el día.
Michael me pregunta un poco sobre por qué no elegí a los sofistas.
Lo que no digo es que me siento aliviada de estar en un gremio en el que, aparte de en la clase de Fundamentos, resulta fácil evitarlo de profesor.
No es que eso importe ya. Hemos encontrado cierto equilibrio en el que Michael es mi mentor, a quien aprecio más bien como a un hermano mayor, dejando la incomodidad atrás.
Sus ojos brillan cuando gana otra ronda del juego y mi corazón se acelera al rozar su mano con la mía al recoger mis cartas. ¿De una manera fraternal? Va, ¿a quién quiero engañar?
Algo que ninguno de los dos ha mencionado todavía ha sido mi invitación al gremio místico. Hay una duda en lo profundo de mi estómago sobre si debería haber tomado su propuesta más en serio. Michael me reparte de nuevo cartas de la baraja, pero en lugar de empezar otra ronda, le digo:
—No me di cuenta de que tu hermana era una mística.
Sonríe.
—Sí, sorprendió a mucha gente cuando abandonó Génesis.
Pero la física y el misticismo tienen más en común de lo que se podría pensar.
Sobre todo, en lo que se refiere a las teorías sobre el Tapiz Universal, similar a la que se conoce como teoría de cuerdas en el mundo provincial.
¿Has oído hablar de ella? Por lo que recuerdo, eres una fan de la física teórica —dice guiñándome un ojo.
Sacudo la cabeza, insegura de si me siento cómoda con el hecho de que haya sacado a colación el recuerdo de nuestra primera cita.
Es decir, nuestra única cita. Esto no es una cita.
Michael continúa—: Los místicos no habían invitado a un aprendiz de Génesis en su vida.
Ari fue uno de los pocos maestros que aplicó por aquel entonces.
—No lo entiendo. Pues, ¿por qué me invitaron?
—Supongo que no soy el único que se da cuenta de que eres especial.
Siento un rubor que se extiende por mi cuello en una sensación placentera y se transforma rápidamente en irritación. Se supone que debemos tener límites. Ese tipo de bromas cruza los límites.
—En serio, ¿debería haber considerado su oferta?
—Absolutamente no. Avant no es lugar para ti y el misticismo es peligroso.
—Pero tu hermana...
—Ari siempre ha pintado usando colores que nadie más puede ver. Entiendo por qué hace lo que hace, pero eso no evita que me preocupe mucho por ella.
Se mordisquea la uña del pulgar e instintivamente le aparto la mano de la boca. ¿Por qué lo he hecho? No me corresponde vigilar sus hábitos. Aparto la mano al darme cuenta de que sigo tocando la suya.
A medida que el crepúsculo tiñe el cielo de color lavanda, la feria cobra nueva vida. Más puestos empiezan a servir comida y bebida, y el ambiente se vuelve de fiesta y baile.
—¡Ada! ¡Digno de un Hacedor! —grita Kaylie, quien pasa por nuestra mesa y me abraza. La invitamos a sentarse con nosotros y Michael trae más bebidas y un plato de pastelitos enrollados (masa hojaldrada con chocolate, canela y mermelada en deliciosos espirales).
Una joven valquiria corre hacia Kaylie. Creía que me había acostumbrado a ver a humanos alados, pero esta pequeña niña con sus mejillas sonrosadas, mechones rubios y las alas desplegadas parece exactamente el querubín de un cuadro.
Kaylie baila con ella y con otros niños.
Michael los hace reír a todos tocando una tonta canción con un laúd prestado.
Pronto, una banda —la de Simon, el resto de los miembros vinieron a la ciudad para el Quórum— empieza a tocar, y Kaylie saca a Michael a bailar. Giran en círculos felices.
Veo a Rafe entre los cuerpos que bailan.
Está con una chica preciosa vestida con un sari azulado, aunque bailar no es la palabra adecuada para su lento y sensual abrazo.
Rafe levanta la vista y nuestros ojos se cruzan un instante antes de que yo pueda apartar rápidamente la mirada, solo para captar la de Michael.
Me sonríe y vuelve a estar pendiente de Kaylie, a quien inclina teatralmente hacia el suelo. Sus caras brillan de alegría.
Me levanto de la mesa y camino hacia la valla con vistas a la cala. Miro hacia abajo, donde el agua se agita en una danza feroz, pienso en años de olas rompiendo y esculpiendo una bella escultura en los acantilados.
Michael me sigue unos minutos después y al acercarse saca su paquete de dulce de leche.
—Es la hora —dice dramáticamente. Despliega con cuidado el envoltorio de lino y me da una onza.
Le doy un mordisco: es pura felicidad.
—Definitivamente no hacen dulces como estos en mi mundo —digo.
Michael lame el dulce de leche de su pulgar de una manera que realmente no debería ser tan atractiva.
—Allí también tienen muy buena comida.
Michael es el único Hacedor que he conocido que tiene algo positivo que decir de la sociedad provincial.
—¿Qué te hizo querer trabajar como enlace provincial?
—Solo pertenezco a la tercera generación de Hacedores —dice Michael—.
Mi abuela llegó a esta cultura siendo adolescente en un cargamento de niños que fue desviado a Avant durante el Holocausto.
Muchos de esos niños volvieron después de la guerra, sin saber nunca quiénes habían sido sus cuidadores.
Pero mi bubbe había conocido a mi abuelo y se quedó para casarse con él.
Las heridas del Holocausto parecen perseguir a todos los judíos que conozco, pero no esperaba que esas heridas se extenderían en la burbuja utópica de los Hacedores.
Supongo que es un leve alivio saber que los Hacedores ayudaron a los perseguidos durante el Holocausto.
Me alegra saber que de vez en cuando son capaces de una mínima intervención.
Mi padre no tiene mucha familia viva, y nunca ha sido capaz de hablar de ellos, pero sé que la abuela fue sobreviviente del Holocausto. Siento el eco del trauma generacional compartido con Michael. Nunca pensé que podría compartir ningún tipo de historia con un Hacedor. Michael continúa:
—Mi madre siempre trató de ocultar su herencia, no quería llamar la atención sobre su ascendencia provincial, y a menudo hablaba de las atrocidades del mundo que había permitido tanto odio y destrucción, pero bubbe quería que yo supiera que, aunque lo había dejado atrás, había aspectos hermosos de su antigua vida.
Me dijo que, aunque había visto lo peor del mundo durante la guerra, eso no era todo lo que la vida provincial podía ofrecer.
Yo era un espectador sediento de todos sus recuerdos del lugar que había amado y que a nadie más parecía importarle, ni mucho menos querer recordarlo.
Los sonidos de risas y charlas flotan en la brisa.
—¿Tu hermana siente la misma devoción por el mundo provincial?
Michael se ríe.
—En absoluto. Siempre estuvo más enamorada del lado de la familia de mi abuelo. Mi tatara-tatara-unos-pocos-más-tatara-tatarabuelo era un cabalista religioso reclutado por los místicos.
—Oh, ¿era más común que los gremios de Avant reclutaran del mundo provincial por aquel entonces?
Se ríe de nuevo, pero esta vez con cierto pesar.
—Sí, nuestra sociedad está compuesta de reclutas.
Somos un pueblo definido por el exilio. Un pueblo de desterrados que querían una vida mejor que la que nos ofrecían los imperialistas de los que huimos.
Pero intenta reivindicarlo a los que se resisten a los nuevos reclutas ahora y te toparás siempre con la misma retórica sobre que nuestra sociedad se fundó para combatir.
Suspira, me mira el rostro y ahí se queda su mirada.
Nos sumergimos en un tipo de comunicación silenciosa en la que solo intervienen nuestros ojos y mi acelerado corazón. El sol casi ha desaparecido y es una de esas horas mágicas en las que los bordes de la realidad empiezan a desvanecerse y adquieren la textura de los recuerdos.
—¿Te lo has pasado bien hoy? —pregunta rompiendo el silencio. Ya no sé hacia dónde mira, porque he dejado de mirarle a los ojos para mirarle a la boca. Hay tensión en sus labios, en su mandíbula, en su garganta.
—Sí —le digo.
—Me alegro.
Las palabras son casi un susurro y más íntimas que el tacto. Michael parpadea y aparta la mirada.
—Es tarde —dice—. Debería volver.
Asiento con la cabeza y hace una pequeña reverencia.
—Nos vemos mañana, oficial Castle.
El distanciamiento en su voz casi me hace olvidar el momento y empiezo a dudar de que fuera real.
—Nos vemos.
Le sonrío y se marcha.
Vuelvo la cara hacia la brisa, cierro los ojos y escucho el relajante murmullo del viento, el sonido de las olas arrancando violentamente su escultura a las rocas de abajo. Respiro el aire de este lugar que, si un millón de cosas fueran diferentes, podría empezar a llamar hogar.