16
Estoy de pie en el escenario del Quórum y siento la presión de innumerables miradas expectantes de mi decisión.
Otros aprendices han tenido todas sus vidas para prepararse para esta elección, pero yo todo lo que tengo es el ahora.
Me han rechazado mi primera opción, pero ahora hay varias ofertas más, incluida la tentadora nueva opción que acaba de aparecer.
¿Debería considerar la oferta de los místicos?
Hypatia dijo que estudiar misticismo es peligroso.
Sin embargo, no puedo negar sentirme atraída.
Aria Loew me ha fascinado, por no mencionar que quiero averiguar desesperadamente por qué ese misterioso gremio es tan selectivo.
Esta idea me hace creerme de la élite, tal vez incluso poderosa.
Mentiría si dijera que no siento cierta tentación de enviar mis planes al garete y experimentar lo que significaría aprender de los místicos.
Pero no. Las Familias me necesitan en Génesis, ¿verdad? Ytodo lo que he oído sobre Avant me ha dejado claro que no serán hospitalarios con una recluta. Ojalá tuviera a Kor cerca para estar más segura.
Todo el mundo sigue esperando mi respuesta en silencio y siento que debería tomar una decisión impulsiva, como hago siempre que viene un camarero a tomar nota.
Uf. Si soy incapaz de elegir un plato principal, ¿cómo se supone que voy a tomar esta decisión que no hay que tomársela a la ligera?
Cierro los ojos y trato de pensar con claridad.
Pienso en cómo Aria Loew parecía saber algunas cosas. La idea de que el gremio místico tiene probablemente miembros que podrían adivinar mis secretos refuerza mi decisión de que no es seguro.
Tengo que elegir entre los artesanos, los sofistas o los alquimistas.
Michael me dijo que confiara en mi instinto.
Así que lo intento. Ycuando lo hago, extrañamente, la dificultad de la elección se desvanece.
Hay un gremio que casa tanto con mis talentos como con mis prioridades. Abro los ojos antes de hablar.
—Sería un honor unirme al gremio de los alquimistas —digo con mi tono de voz más firme.
Y entonces me ensordece el sonido de los vítores. Los alquimistas del público están de pie aplaudiendo y rugiendo con su aprobación.
Me sorprende ver todas esas caras radiantes.
No me esperaba sus gritos de bienvenida.
Me quieren. Insisto en que no me lo esperaba.
Soy una forastera, un extraña que ha estado compartiendo clase junto a niños.
Veo a Hypatia y a Mbali de pie entre los alquimistas, aplaudiendo como todos, y sé que tengo un lugar a su lado.
Michael se me acerca cuando termina el Quórum.
—¡Tu canción ha sido magnífica! Me encanta el giro radical que has hecho del tono en el puente.
Eso fue un error, pero supongo que funcionó.
—Gracias —digo tocando la nueva gema gremial esmeralda de mi oreja. Mis emociones todavía siguen algo confusas tras la experiencia.
Todo el mundo se dirige a la feria del pueblo y nosotros seguimos a la multitud. Como viene tanta gente de las distintas comunidades de Hacedores para cada Quórum, se ha convertido en tradición que artesanos, comerciantes y artistas viajen con sus mercancías a la feria.
—Tengo que esperar muchos meses mi dulce de leche favorito —parlotea Michael mientras caminamos por el abarrotado sendero del bosque—. Esta anciana de las Islas Brumosas lo hace con una receta secreta, pero es ya mayor, espero que la receta no muera con ella.
—Si eres lo bastante encantador, quizá te deje la receta en su testamento —le sugiero.
—No creas que no lo he considerado. La mayoría de la gente que me molesto en encantar tiene algo que espero heredar.
Lo miro con una ceja levantada.
—Tus calcetines de lunares —responde a mi tácita pregunta—. Los que llevabas cuando viajamos desde Nueva York.
—Tus pies son casi el doble de grandes que los míos. Mis calcetines no te servirán.
—Pero me cabrán en las manos, que es lo único que importa, ya que los usaré como manoplas. Siempre he querido unas de lunares.
—Tomo nota —digo riendo.
Cuando llegamos al pueblo está irreconocible. El habitual tramo somnoliento de la calle ahora bulle de gente. Hay cientos de puestos con coloridos toldos brillantes y juntos crean un túnel de actividad ruidosa y que huele a especias.
Pensé que nos separaríamos una vez que llegáramos a la feria, pero Michael se queda a mi lado.
—¡Hoy seré el guía en tu primera feria del Quórum y juntos celebraremos tu logro!
Estoy segura de que solo quiere vigilarme, ya que la feria está repleta de feriantes extranjeros, que pueden incomodarse con los reclutas provinciales. Pero, desde luego, no protestaré por su compañía.
Hay artistas por todas partes —mimos, músicos, magos—, además de productos caseros y alimentos que emiten dulces aromas.
Veo ropa, partituras, pigmentos y marionetas.
En el aire se respira todo tipo de olores: pan recién horneado, carnes chisporroteantes, perfumes especiados, arcillas terrosas, madera y cera.
Y el ruido resulta armonioso en su ensordecedora discordia. Se escuchan instrumentos, cantos, risas, campanas, etc.
Iba a dirigirme hacia un puesto de hermosas máscaras venecianas —todas laboriosas y delicadas, hechas completamente de vidriado—, pero Michael va en dirección opuesta.
—¡Eureka! —exclama, dirigiéndose a un pequeño puesto repleto de dulces de chocolate.
Ahí está la anciana y su dulce de leche.
Veo cómo intercambian una flauta que él ha tallado con una caña por un bloque de dulce de leche envuelto en lino encerado.
Por la forma en que la viejecita anciana le sonríe y le acaricia la mejilla, no me sorprendería que le dejara su preciada receta.
Seguimos recorriendo el arcoíris de puestos, parando a menudo para ver actuaciones o charlar con los amigos. Hay una fuerte presencia de la Guardia Avant. Me mantengo alejada en la medida de lo posible, aunque con Michael a mi lado no me preocupa demasiado.
Vemos a Hypatia, quien me presenta a un grupo de alquimistas de los que ya se ha hecho amiga. Supongo que debería hacer nuevos amigos de nuestro gremio, pero, bueno, nunca es tarde. Olo haré en cualquier otro momento en el que no tenga la atención de Michael.
Me aseguro de visitar a Georgie, quien ayuda a Elsa, la principal sastra de la isla, a cambio de que le permita vender algunos de sus diseños.
Georgie está teniendo mucho éxito. Ha vendido más de la mitad de sus productos y su mirada rebosa de satisfacción.
Paso las manos por un montón de mitones de seda.
—Son preciosos —le digo. Entonces, golpeada por un pensamiento, le pregunto—: ¿Tuviste que abrir una caja gremial cuando te reclutaron?
—Sí. Eso fue un verdadero rompecabezas.
—¿Cómo lo hiciste?
—Escribí un programa que introduce cada combinación de las notas musicales hasta crear una melodía que finalmente la abrió. Tardé tres días.
Georgie me asombra. Ella es tan talentosa con su diseño de ropa, su arte y su habilidad con la programación. Sería una mujer del Renacimiento si fuera posible. Me pregunto si seré más como ella tras pasar más tiempo en el instituto.
Una mujer elegante viene a ver algunos de los productos de Georgie, pero otra mujer se acerca corriendo y le susurra algo al oído. La clienta mira a Georgie con una mezcla de miedo y desagrado, suelta el pañuelo que lleva en la mano y dice:
—No lo quiero. No haré ningún trueque con una forastera.
Georgie enrojece.
Estoy indignada y empiezo a seguir a la mujer que se va, pero Georgie me retiene.
—La confrontación no es buena para los negocios.
—¿Ha pasado mucho?
—Afortunadamente no demasiado. Ysolo con los no locales.
Cojo el pañuelo desechado y lo doblo.
—¿Alguna vez has deseado volver atrás? ¿A tu antigua vida?
—No —responde sin vacilar.
—¿Incluso después de lidiar con...? —pregunto haciendo un gesto con la mano en dirección a la clienta maleducada.
—Incluso con todo eso, estar aquí merece la pena. Las oportunidades que puedo lograr en este mundo, a pesar de la incomodidad y los prejuicios, son cien veces mejores que cualquier cosa en el mundo provincial.
Dice mundo provincial, y no normal. Georgie ya ha aceptado que este lugar es su nuevo hogar. Yen unos meses el maestro rector Bloche querrá que yo haga lo mismo. Pero esa nunca ha sido una opción real para mí.
Michael curiosea entre las mercancías de un librero y me dirijo hacia él, pero las agradables notas de un carillón de viento atraen mi atención hacia un pequeño puesto escondido detrás de los demás.
Me pica la curiosidad y, cuando me acerco, veo un cartel que dice: « HELIOANTORCHAS ».
Debería comprarme una de esas multiusos personalizables conocidas como cucharas que todos usan.
Hace tiempo que quiero una. Una herramienta a mano siempre disponible para cualquier ocasión.
Un anciano con una calva brillante atiende el puesto, murmurando malhumorado para sí.
—¿Hola? —digo con cautela, preguntándome si quiere recibir clientes.
—¿Qué pasa?
—Me gustaría comprar una helioantorcha.
El hombre suspira, saca un gran cajón y lo deja sobre la mesa. Hay una gran variedad de herramientas.
—¿Qué complementos estás buscando?
Sus manos se mueven entre los distintos objetos. Lleva un anillo de ónice, bien grande, que indica que es un maestro del gremio místico.
—¿Qué recomiendas?
—Todo el mundo necesita una navaja, un lápiz y una linterna.
Saca lo pertinente de la caja: una hoja afilada de la longitud de mi dedo medio, un palo de grafito y lo que parece una aguja de coser, aunque sé muy bien, por haber visto la de Georgie, que su punta se ilumina para convertirse en una potente linterna. Me mira el diamante de la oreja.
—Eres una sire, así que querrás algo que haga chispas —dice descartando instrumental desconocido de la bandeja.
En el cajón veo que hay una lima de uñas y me miro las mías, demasiado largas.
—Me llevo esto. Yesto otro, por favor —añado señalando unas tijeras en miniatura.