Academia de musas 1. Exilio 11 #2
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Recuerdo vagamente haber oído hablar de la hoguera de las vanidades, que tuvo lugar en Florencia, y hago una nota mental para averiguar cómo encaja con la Inquisición siendo la responsable del exilio de los Hacedores.

—Pero tenía valquirias que a menudo actuaban como sus musas antes de que se escondieran durante el Éxodo.

—Espera —digo cuando sus palabras calan hondo—, ¿innovaciones de los Hacedores? Así que estás diciendo que los Hacedores...

—Crearon a las valquirias, sí. Son un ejemplo del tipo de ciencia por la que los Hacedores fueron exiliados en su afán de mejorar la creación original del mundo.

Kor había dicho que los unicornios también eran experimentos de los Hacedores, y ahora que sé que existen seres humanos alados, parece lógico formular la siguiente pregunta:

—¿Son reales los unicornios?

Georgie se ríe.

—Deberías ver la cara que pones. Son reales, pero extinguidos. Creo que el último unicornio murió hace unos ochenta años.

¿Por qué me siento triste por la pérdida de algo que ni siquiera sabía que existía hasta ahora?

—Pero los caballos de viento siguen por aquí. Tienes que pedirle al maestro Botticelli que te presente a Peggy.

—Así que si los Hacedores pueden hacer de todo —digo con un gesto hacia la gente alada que está encima de nosotros—, entonces, ¿pueden curar el cáncer también?

—Supongo que algunos tipos.

—¿No te molesta que no hayan compartido eso con nuestro mundo normal?

Se queda pensativa un minuto y contesta:

—Antes de conocer la existencia de los Hacedores, mi abuela tenía una forma de cáncer muy curable.

El coste del tratamiento, eso sí, era tan alto que dilapidó los ahorros de toda su vida en un año.

No se lo dijo a mis padres, pero descubrimos tras su muerte que, cuando se le acabó el dinero, empezó a reducir y dosificar los medicamentos, e incluso dejó de tomar los que necesitaba para combatir los graves efectos secundarios.

Había farmacias llenas de la medicación que podrían haber reducido su sufrimiento y haberle salvado la vida, pero no podía permitírselo y murió a los cincuenta años de algo totalmente tratable.

—Lo siento mucho.

Sé lo que es tener un abuelo enfermo. Su historia es muy trágica y definitivamente no es la primera vez que oigo hablar de situaciones como esta. ¿Por qué nuestro mundo es tan cruel?

—Así que lo que quiero decir es que mi experiencia con la sanidad era que existían muchas curas a las que solo algunos podían acceder. Yal menos aquí tratan a cualquiera que lo necesite.

Tengo mil preguntas más, pero me distrae el aullido de Simon. Levanto la vista y lo veo resbalar de un pie. Se agarra a una rama y queda colgado, sus pies patalean, tratando de encontrar algo de apoyo abajo, pero no hay nada.

Kaylie lo ayuda a sujetarse, pero la rama está medio muerta y a punto de astillarse. Ella se agacha para agarrarlo, pero sus alas flaquean tan pronto como lo intenta.

—No parece tan pesado —digo.

—Oh, ella podría levantarlo en el suelo —explica Georgie—, pero las alas de las valquirias solo son lo suficientemente fuertes para llevar el propio peso corporal y tienen que ser ligeras para eso.

La rama de la que cuelga Simon es alta. Si se cae, se romperá algunos huesos, o algo mucho peor.

Tengo una idea.

Corro hacia el árbol. Nunca he hecho nada como esto antes, pero siempre se me han dado bien las plantas.

Si entiendo mis habilidades correctamente, debería ser capaz de conducir ha'i a través del árbol para fortalecer lo suficiente sus ramas para que sostengan el peso de Simon hasta que llegue más ayuda.

Al formar con mis dedos el shiin, siento la aspereza de la corteza bajo mi palma. Cierro los ojos e intento encontrar el pozo de ha'i dentro de mí, como me enseñó la maestra Liu. Imagino que canalizo la línea de energía hacia el árbol. Kaylie grita apoyándome, cree que puedo hacerlo.

Pero no ocurre nada.

¿Quizá las hojas de las ramas inferiores son más verdes? Esto no es suficiente para curar una rama moribunda.

A estas alturas Simon está sollozando.

—Solo un poco más —le dice Kaylie—. Tu hermano está en camino.

—¡Aguanta, Simon! —dice una voz profunda que retumba mientras un hombre sin camiseta viene a toda velocidad a través del cielo desde la dirección del pueblo.

Con una complexión delgada que marca sus ondulantes músculos, bate un par de alas mucho más grandes que las de Kaylie.

Este debe de ser Grey, el hermano de Simon.

Tardo un momento en reconocerlo a lo lejos, pero es el guardia canoso que me registró el otro día.

Oigo un sonido como el chasquido de un látigo cuando la rama se rompe.

Simon está cayendo a cámara lenta directamente encima de mí.

—¡Simon! —grita Grey, volando hacia nosotros. Pero no hay manera de que llegue hasta aquí tan rápido. Apenas hay tiempo para que ordene a mi cuerpo que se mueva fuera de la trayectoria.

Simon choca contra mí y mis pulmones se quedan sin aliento, colapsamos en una maraña de alas y extremidades.

Se me nubla la visión cuando mi cabeza se estrella contra el suelo, nuestras caras chocan y mis dientes parten su mejilla abierta como un melocotón demasiado maduro.

El sabor metálico de la sangre me llena la boca.

Intento escupir la sangre, pero hay demasiada. Un poco es mía y otro poco, de Simon. Siento cómo esta me va ahogando.

Oigo voces, pero suenan lejanas, como si estuviera debajo del agua.

—¡No los toques! —chilla Kaylie mientras se abalanza sobre nosotros.

—Simon, ¿estás bien? —ruge Grey. Después su voz suena más cercana a mi cara, aunque borrosa a través de los ruidos en mi cabeza—. Gracias por detener su caída. Puede que le hayas salvado la vida.