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Cuando más tarde viene Hypatia a arrastrarme al aeroparque, casi me niego en redondo.
Por muy guay que suenen las aerojustas, no estoy aquí para divertirme, y lo que tenía en mente era hojear el libro de anatomía, que me han dado en unas de mis clases de esta mañana, para ver si encuentro alguna pista de mis próximos pasos en la búsqueda de una cura para el abuelo.
Pero entonces recuerdo a Rafe diciéndome que me mantenga alejada de Hypatia, y quiero que se fastidie: voy a ir a aprender sobre las aerojustas con mi amiga.
Sigo a Hypatia a través de la niebla del bosque hasta donde Georgie nos espera, a la entrada de un claro.
Georgie está sosteniendo algo muy parecido a una tabla de snowboard y me apresuro a examinarla con excitación.
Me encanta el snowboard . Es algo que se me da realmente bien y esto supera cualquiera de sus tablas.
Siento que mi pecho se hincha de agradecimiento cuando ella me pasa la aerotabla.
De todas las cosas que he visto desde que llegué a este lugar, que incluyen palomas voladoras de origami y la visión de chicos muy hot en calzones medievales, nada se le iguala.
Al adentrarnos en el claro, hay una gran sección plana con carriles separados que Hypatia me dice que se llama aerotatami. El resto de la zona parece un elaborado parque de skate construido dentro del bosque con pendientes, puentes y toda clase de obstáculos.
Admiro la aerotabla entre mis manos, ansiosa por montarme.
—Es un gran modelo —dice Georgie—. Mi madre me la regaló como consuelo por mi dificultad para adaptarme aquí. Me hizo sentir mejor durante un minuto hasta que me di cuenta de que no podía montar en esta sin... ¡cuidado! Vas a...
Pero ya estoy en la aerotabla y subo disparada una de las rampas. Hay una sutil tensión de magnetismo que reverbera a mi alrededor con un zumbido suave, pero audible.
—Cada vez que me subo a esa cosa acabo torciéndome una parte de mi cuerpo y, por lo general, también la de otra persona. ¡¿Cómo se te da tan bien?! —grita Georgie.
—Suelo practicar snowboard —respondo mientras inclino la tabla para darle el impulso necesario para atravesar el túnel, y luego cambio fácilmente de un lado de la cadera al otro para desviarme por un laberinto de setos. Georgie, Hypatia y los demás quedan ahora fuera de mi vista.
La aerotabla es muy intuitiva. Voy jugando, viendo lo que puede hacer y cuáles son sus límites. No puede ir más allá de unos pocos metros de la superficie magnética, pero es increíblemente sensible al tacto.
Tengo la cabeza despejada por primera vez en mucho tiempo.
No estoy pensando en mis obligaciones con las Familias, ni en lo decepcionado que estará Michael cuando no pueda entrar en un gremio, tampoco en el miedo y la humillación de ser detenida y registrada por guardias, porque un guapo imbécil quiere intimidarme.
Simplemente disfruto de existir. Salgo del laberinto y me deslizo por un puente.
Mi pelo se suelta de su atadura y me da latigazos en la cara, oscureciéndome la visión y colándose en mi boca.
Me arden los pulmones por el escozor del aire fresco.
Mientras hago un truco con la tabla oigo vítores.
—¡Por el Conductor! ¡Mírala!
—Debe de haber hecho esto antes, ningún novato es tan bueno con una aerotabla.
Cuando por fin me detengo enfrente de Georgie e Hypatia, se ha congregado una multitud alrededor. Llamar la atención no era mi intención y es lo último que necesito. Pero no tengo tiempo para preocuparme, porque ya lo están Georgie e Hypatia.
—¡Ha sido increíble! —exclama Georgie—. Tienes que enseñarme algunos de esos trucos. Bueno, primero tienes que enseñarme a mantener el equilibrio y deslizarme en línea recta.
Todas nos reímos.
—¡Seguro que te reclutan para el equipo de tu gremio después del Quórum! —dice Hypatia con los ojos color avellana brillando de emoción—. Yentonces viviré la emoción indirectamente a través de ti.
Hypatia también se presentará en el próximo Quórum, ya que acaba de cumplir la mayoría de edad para unirse a un gremio, aunque ella me ha explicado que su familia no le permite participar en las aerojustas por el problema de salud.
Tengo curiosidad por su misteriosa enfermedad, sobre todo porque las dolencias son poco comunes entre los Hacedores con su avanzada medicina.
Supongo que si quiere que sepa algo ya me lo dirá con el tiempo.
—Veamos cómo lo haces con una lanza —dice Georgie—. No puedo esperar a ver cómo te va en una justa. Tienes que usar casco en el aerotatami.
El casco que me lanza tiene la forma de los que usaban los antiguos caballeros, pero el material no es el de una armadura brillante. La pieza principal está acolchada de seda de araña y la visera de vidriado es totalmente transparente.
Hypatia suspira del esfuerzo mientras me entrega una lanza. Es más alta que yo y más pesada e incómoda de sostener. Colocan una diana en el centro de uno de los carriles del aerotatami, para que practique con la lanza antes de un combate real contra otra persona.
Puede dárseme bien la aerotabla, pero apenas logro sostener la lanza. Se me cae en mi primer y segundo intento. En el tercero llego al final del carril sosteniendo la lanza, aunque no acierto a ninguna parte cerca del objetivo.
Me quito el casco tras varios intentos infructuosos, dispuesta a dar un descanso a mi brazo armado. Hypatia parece cautivada con algo que está más allá de mi hombro, así que me giro para mirar.
Ah, ahora lo entiendo. En el borde del claro, un sudoroso Simon Sanzio está entrenando brazos y hombros con mancuernas.
Es Kaylie quien lo entrena, ayudándolo a trabajar un músculo específico de su espalda.
De repente, tengo algunas preguntas sobre por qué Hypatia insistió en que viniéramos aquí a una hora concreta del día.
Hay que respetar el empeño que le mete.. .
—Es un lugar extraño para un entrenamiento. ¿Por qué no van al gimnasio? —pregunto.
—Necesitan el cielo abierto —explica Hypatia mientras entrelaza una flor en su rubia trenza—. Simon necesita trabajar la fuerza de sus alas.
Me quedo bloqueada por unos instantes, preguntándome si he oído bien.
Resulta que sí.
Mientras lo observo, Simon extiende sus alas. Sí. Alas.
No son alas plumosas de ángel o de gasa de hada. Son grandes y lo suficientemente fuertes para sostener un cuerpo humano. Están compuestas de músculo y huesos, cubiertas de piel.
Valquirias. Entendido.
No estoy segura de poder creer lo que ven mis ojos cuando Simon bate las alas y se eleva del suelo.
Kor se moriría por ver esto. Siempre ha estado obsesionado con las criaturas mitológicas, cosa que no entendí hasta que me enteré de la historia de los Hacedores y la creencia de Kor de que algunas de esas criaturas pueden ser reales.
—¡Puedes hacerlo, Simon! —lo anima Kaylie—. ¡Te estás haciendo más fuerte!
Pero se nota cómo Simon no se siente muy seguro en el arte de volar. Con la cara roja por el esfuerzo, empieza a subir más y más alto, hasta que coge una corriente y sale planeando con una alegre exclamación hacia las copas de los árboles.
Saluda con la mano a Hypatia.
Ella se lo devuelve con un rubor complacido y se tapa la boca para ocultar una amplia sonrisa.
—¡No tan alto, Simon! —grita Kaylie.
Justo en ese momento, sus alas flaquean y se estrella contra un árbol cercano.
Un árbol muy alto.
Una de sus alas está torcida en un ángulo extraño y su cara se contorsiona con una mueca.
—No te preocupes, voy a buscarte —le grita Kaylie. Luego se dirige a Hypatia—: Puedo estabilizarlo, pero ve a por Grey. Necesitaré ayuda para bajarlo.
Hypatia sale corriendo con cara de preocupación. Se reúnen más curiosos, animando a Simon.
Kaylie se quita la chaqueta y me doy cuenta de que está mucho más delgada de lo que creía. Debajo de la chaqueta, lleva una camisola con la espalda al aire y observo con asombro cómo despliega sus alas.
Las agita y revolotean.
Kaylie tiene alas.
No puedo evitar mirarla. Incluso a unos metros de distancia, percibo que la piel de las alas parece más dura que el resto de la de Kaylie, y que es ligeramente iridiscente.
Las alas son hermosas de una extraña manera.
Todavía más hermoso es ver a Kaylie saltar con gracia, batir las alas y elevarse hasta las copas de los árboles, con el pelo cobrizo ondeando a sus espaldas como llamas danzantes.
Todos observamos cómo Kaylie aterriza en una rama encima de Simon. Enseguida pienso en los ángeles de El nacimiento de Venus de Botticelli. Me preguntaba si Kaylie no sería descendiente suyo por su apellido. Incluso se parece a Venus por su tez pálida y su pelo rojizo.
—Parecen sacados de un cuadro —le digo a Georgie con asombro.
—Literalmente —responde ella—. La mitad de los cuadros que has visto de ángeles eran valquirias originales, a quienes se les llamó ángeles solo después de que las valquirias vivas se escondieran.
Algunos cuadros, como los de Botticelli, fueron alterados para que las alas parecieran más angelicales y resaltar así ese cambio.
Lo aprendimos en el seminario de Fundamentos.
Hay un transferido de Avant, uno de los amigos de Rafe, cerca de nosotros, y no para de hacerle miraditas a Georgie, porque al parecer una recluta que respira el mismo aire que él es una indignidad.
Le hago un gesto con el dedo corazón. No sé si saben lo que eso significa por aquí, pero parece captar el mensaje y se aleja.
—Ni te molestes —refunfuña Georgie—. Es mejor ignorarlos.
—Si tú lo dices —respondo a regañadientes—. ¿Así que asumo que Botticelli era un Hacedor?
—No, no lo fue. No solo eso, sino que fue testigo para denunciarlos. Incluso quemó algunas de sus obras que representan las innovaciones heréticas de los Hacedores durante la hoguera de las vanidades.