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El día siguiente es un caleidoscopio de novedades.
Mi mañana comienza en la enfermería, donde una esbelta pelirroja, con la espalda un tanto encorvada, llamada Kaylie Botticelli me inyecta una serie de vacunas.
Kaylie es una maestra del gremio de biociencia (la gema gremial es un aro de ámbar, por lo visto), y es amable y extremadamente paciente con todas mis preguntas.
También me regala un pendiente de diamantes, que es algo que llevan todos los sire.
Nunca he tenido nada tan valioso en mi vida y no dejo de comprobar que no lo he perdido todavía.
La primera clase a la que asisto es Testamentos, impartida por el maestro Bose, a quien conocí ayer en el bosque.
Los Testamentos son los registros escritos de los Hacedores, incluyendo los Testamentos de la Historia (registro de la historia de los Hacedores), los Testamentos del Consejo (las leyes de los Hacedores) y los Testamentos de los Profetas (profecías porque, oh sí, aparentemente la habilidad profética existe, y ser un profeta es también una «condición genética perfectamente normal»).
La clase está estudiando las profecías de una mujer llamada Psalm, así como las de su hija, Chorus, la última Profeta conocida, que tiene el mismo nombre que la mujer sobre la que Michael y el director charlaban ayer.
Reconozco que todos los Testamentos están llenos de información de gran utilidad para las Familias, pero irrelevante para ayudar al abuelo, así que estoy ansiosa por pasar a la siguiente clase, que podría marcar la diferencia.
La clase de ha'i es específica para que los aprendices de sire dominen el control, un dato crucial para las Familias y para mí. Cuanto antes aprenda a usar mi ha'i, antes podré aprender a usarlo para curar.
La clase se imparte en una sala iluminada con velas, suelo de hierba y un hombre que toca una combinación de lira y cuencos tibetanos en una esquina.
La instructora, la maestra Liu, es una señora mayor elegante con el pelo recogido en una larga trenza plateada que guía a través de varias meditaciones con movimientos parecidos al taichí.
La cabeza me da vueltas al saber que todos los presentes tienen habilidades como las mías.
Jamás había conocido a otra persona que compartiera mi condición y mi corazón se acelera por la emoción de ya no estar sola.
Cierro los ojos y respiro profundamente, escuchando el eco de los cuencos y sintiendo la hierba bajo mis pies.
Pero la ensoñación da paso a la frustración por lo poco prácticos que resultan estos lentos movimientos.
Lo que quiero es aprender a utilizar mis habilidades con rapidez.
La maestra Liu me hace practicar una configuración de manos llamada «shiin», que es ideal para dirigir el ha'i.
El shiin se hace apretando los dedos medio, anular y meñique juntos, con el índice y el pulgar estirados a lo ancho, de modo que la mano forme una uve inclinada.
Cuando lo hago, siento cómo el ha'i me atraviesa y calienta la piel que une los dedos pulgar e índice en el mismo lugar que mi cicatriz de media luna.
Pero, aunque sienta su calor, parece que no puedo manipular el ha'i igual que los otros.
Observo a los demás jóvenes aprendices encender las llamas de las velas, crear bolas brillantes de luz y hacer brotar plantas del suelo terroso.
Es asombroso y no estoy convencida de que alguna vez sea yo capaz de hacer algo así.
Todavía dudo si Michael no se habrá equivocado al decirme que soy una sire y que mis rarezas no son un síntoma de algo totalmente distinto.
Mi sentimiento de incompetencia se dispara cuando hago repetidamente un gesto tonto con la mano sin resultado visible.
—No tengas prisa en aprender la lengua de tu ha'i —me tranquiliza la maestra Liu—. Céntrate en encontrar el pozo dentro de ti.
Pero tengo que darme prisa. Mi tiempo aquí es limitado y mi abuelo está enfermo. Cierro los ojos, fingiendo concentrarme en ese estúpido pozo interior, pero en realidad estoy conteniendo lágrimas de frustración.
Después de la clase de ha'i, una de mis compañeras se me acerca.
Ella es una adolescente de unos trece o catorce años, y definitivamente está pasando por su fase menos agraciada, con el pelo rubio peinado en una trenza torcida y unos grandes ojos avellanados demasiado desproporcionados para su cara delgada y pálida.
—¡Hola! Soy Hypatia, también soy nueva aquí. ¿Es verdad que eres de Nueva York?
Se alegra mucho cuando asiento con la cabeza.
—Nunca había conocido a alguien del mundo provincial. Tengo muchas preguntas. —Como habla rápido sus palabras salen con un ligero y adorable ceceo—. ¿De verdad hay islas hechas de basura?
—Mmm, creo que he oído hablar de algo así. Se formó por accidente en el océano —digo.
Antes de que pueda terminar, Hypatia ya ha pasado al siguiente tema.
—Los otros aprendices tienen muchas preguntas también, pero están demasiado intimidados para preguntar.
Estoy bastante segura de que ellos me intimidan más a mí. Le lanzo una pregunta:
—¿No les parece raro que sea mucho mayor que los demás?
—Lo dudo. En Génesis están mucho más acostumbrados a los reclutas que en Avant. De allí vengo yo.
—Es un alivio. Me siento bastante incompetente.
—Bueno, estaré encantada de ayudarte. Soy muy competente —dice Hypatia mientras levanta la mano, y, sin siquiera hacer el shiin, suelta una sarta de chispas.
Me quedo impresionada y los ojos se me agrandan.
—Es precioso —digo alargando la mano e intentando atrapar la luz que se desvanece—. ¿Qué es exactamente?
—¿El ha'i? —Se encoge de hombros—. Fuerza vital, energía creativa.
—Sí, claro, pero ¿qué significa eso en realidad? Todo el mundo tiene fuerza vital, así que ¿qué tiene de diferente una sire?
Tal vez si soy capaz comprenderlo de manera más tangible sea capaz de moverla a voluntad. Hypatia se queda pensativa, se pasa la lengua por los dientes.
—Bueno, el ha'i está en todas partes y la mayoría de la gente se limita a moverlo.
Pero los sire crean nuevo ha'i dentro de sus cuerpos y lo conducen hacia el exterior —dice moviendo la mano como si dirigiera una orquesta y haciendo más de esas luces encantadoras—.
Cualquier persona puede cultivar energía creativa, pero solo un sire puede crearla desde la nada.
—¿Hay alguna manera de que alguien que no es un sire pueda crear ha'i? —pregunto pensando en el dispositivo o lo que sea que Kor quiere que encuentre.
Hypatia niega con la cabeza, pero ella es solo una aprendiz, tal vez lo desconoce todavía. Intento imitar el movimiento de su mano, pero no aparece ninguna luz.
—Déjame que te enseñe —me pide.
Nos sentamos juntas en el aula vacía. Es una buena profesora, porque puedo hacer chispas una de cada tres veces que lo intento, así que me siento mucho mejor. Aunque mi viejo instinto de ocultar cualquier signo de mis habilidades me sigue nublando la cabeza.
—Tienes una paloma —dice Hypatia, y me giro para ver un gólem revoloteando sobre mi hombro.
Lo atrapo al aire, lo despliego y leo el mensaje escrito a mano que contiene en su interior.
Por favor, ven a verme a mi oficina cuando te vaya bien. La paloma te guiará – M. Loew
Hago todo lo posible por ignorar el aumento de mi pulso.
—Tengo que irme —le digo a Hypatia.
—Vale. Espero que practiques, y mañana tendremos otra lección después de la clase de ha'i —dice con determinación.
—Sí, señora —digo con una sonrisa. Después me miro con impotencia las manos—: Pero, antes, ¿puedes ayudarme a volver a doblar esta paloma?
Sigo a la paloma a través del ala de primavera hasta una puerta al final de un luminoso pasillo que huele a madreselvas. Hago una pausa para peinar mis largas ondas y morderme los labios para darles color.
Nada de esto es porque me importe mi aspecto delante de Michael, por supuesto. Solo soy consciente de que vengo de una clase que implicó mucha actividad física y quiero verme bien al reunirme con un miembro de la facultad.
La puerta del despacho de Michael está abierta.
Él está sentado mordiéndose las uñas mientras estudia un gran libro que ocupa la mitad del escritorio.
El despacho es pequeño, con muchas estanterías repletas que le dan un aspecto serio.
Contra la pared hay un sofá de un tono amarillo verdoso alarmante y junto a él hay una mesa con un viejo tocadiscos, un candelabro de plata de siete brazos y un shofar.
¿Michael es judío? El instinto me hace comprobar el marco de la puerta y está clavada una mezuzá, como las que mi padre colgaba en todas las jambas del antiguo apartamento.
—Oh, Ada, hola —dice Michael después de levantar la vista de su libro—. Gracias por venir.
Sonríe cálidamente y me hace un gesto para que tome asiento enfrente de él. Me siento y resisto el impulso de ajustarme la ropa o atusarme el pelo.
—¿Te estás adaptando bien?
No puedo evitar notar lo distante y profesional que parece detrás de su escritorio.
Sin embargo, tampoco se me olvida la cálida presión de su muslo, la forma en que su respiración se detuvo cuando nuestros dedos se entrelazaron, la certeza de saber que iba a conocer la textura de sus labios.
Bueno, esto es incómodo. Me aclaro la garganta.
—Mmm, sí, bastante bien. Georgie es muy agradable y mi apartamento es genial.
Me he prometido que intentaré mantenerlo limpio. Llevo prometiéndome eso mismo durante la última década. Tal vez este nuevo inicio me ayude.
Se le dibuja una sonrisa en la cara, con hoyuelos y todo.
—Sabía que te gustaría estar aquí. Espero que, cuando llegue el momento, elijas quedarte.
¿Cómo se supone que debo responder a eso? No puedo decir la verdad sobre mis intenciones. En su lugar, cambio de tema.
—¿Hay muchos Hacedores judíos? —pregunto echando un vistazo al candelabro, a los mezuzot y al shofar.
—Los judíos constituyen solo el cero coma dos por ciento de la población mundial y esa proporción es casi la misma entre los Hacedores.
—Mi padre es judío —le digo.