7 #3
El apartamento tiene el aire de una cabaña de invierno, con paredes de madera envejecida llena de vetas y nudos y en el suelo una alfombra de terciopelo en tonos rojos profundos y ocres suaves.
Numerosas esferas de cristal cuelgan de las vigas de obra vista del techo, iluminando el espacio con el resplandor de las cálidas bombillas.
Un gran ventanal da a la niebla y una chimenea hace crepitar la leña.
Mi torre de maletas ya está aquí, apilada ordenadamente delante de una de las dos puertas cerradas; la tercera da a un pequeño cuarto de baño.
—¿Hola? —grita Michael, pero nadie responde.
Me quedo en la entrada, sin saber qué va a pasar. Él también parece inseguro y se toca incómodo el aro de zafiro de la oreja. Todos los Hacedores que he conocido hasta ahora llevan piedras preciosas en las orejas.
—¿Qué os pasa con los pendientes? —le pregunto. Parece confuso un momento, luego sigue los movimientos de su mano y da con la solución.
—Ah, las gemas gremiales. Obtendrás una en cuanto te unas a un gremio en el Quórum. Las gemas comunican gremio y rango. Así, un aro de zafiro indica que soy un maestro del gremio de los sofistas...
Una de las puertas se abre y sale corriendo una adolescente con una espectacular nube de pelo rubio y morado.
—¡Estáis aquí! ¡Hola! ¡Pasad! —nos saluda.
—Ella es Georgia Vega, tu compañera de apartamento —dice Michael.
—Llámame Georgie —dice con una sonrisa amplia y contagiosa de brillantes dientes blancos y ligeramente torcidos.
Viste una camisa de cuadros, un tutú negro con medias a juego y botas militares de color púrpura—.
Hola, maestro Loew —añade mirando a Michael como si fuera raro que estuviera en nuestro apartamento.
Y supongo que lo es.
—Os dejo para que os conozcáis —dice Michael.
Me dedica una sonrisa alentadora y se va.
—¡Bienvenida! Ponte cómoda.
Georgie se deja caer en un sofá, se aparta el pelo de la cara y se lo ata torpemente con una cinta.
Además de una gema gremial púrpura, de los lóbulos de sus orejas cuelgan unos hombrecillos que parecen haber tenido una vida anterior como clips de papel.
Me siento en el segundo sofá enfrente de ella y de repente me doy cuenta de lo cansada que estoy tras el largo día.
—Hay tan poca gente del mundo provincial aquí... Es muy agradable conocer a alguien que lo sea —dice Georgie.
—Espera, ¿tú también eres del... mundo normal?
—Sí, vine aquí hace tres años cuando reclutaron a mi madre. Ella no quería venir sin mí ni sin mi padre. Fue toda una movida. No suelen aceptar a nadie que no sea especial de alguna manera.
—¿Qué hace de especial a tu madre? —formulo, preguntándome si es una sire como yo.
—Ella es historiadora del arte, y se supone que el gremio de los sofistas quería que formara parte de su investigación esotérica.
Pero creo que es porque los Hacedores estaban más preocupados por la publicación de sus resultados, que podría provocar que la gente comenzase a hacerse preguntas equivocadas.
Así que... ¿cuántas veces se han metido contigo hasta ahora?
¿Mala hierba? —pregunta con algo oscuro en su tono.
Recuerdo el comentario de Raphael que enfureció a Michael: «¿Otra vez sacando las malas hierbas, maestro Loew?».
—Una vez —respondo.
—¿Fue Rafe?
—Eh...
—¿Un chico tan hermoso que duele? ¿Más arrogante que Zeus? ¿Con apariencia de creerse un regalo divino para todas las vaginas?
Me rio.
—Sí, eso suena al tipo que conocí.
—Me lo figuraba.
—¿Qué significa aquí mala hierba? —le pregunto.
Ella frunce la nariz.
—Alguien que no fue criado como parte de la sociedad de los Hacedores. Como algo que crece en el lugar equivocado.
Empieza a acariciar un mullido cojín azul que desentona con el resto de la decoración. Luego añade:
—Hay quien piensa que, cuando los Hacedores dejaron atrás el mundo provincial, todos los que allí vivían dejaron de importar. Yexiste mucha animosidad y miedo en torno a la gente provincial.
—Pero todos los que he conocido hasta ahora han sido muy amables —digo.
—Sí, la mayoría de la gente de aquí es estupenda. Pero también es cierto que la mayoría no entiende el mundo provincial como él.
—¿Te refieres a Michael? —le pregunto.
Ella me mira con condescendencia.
—El maestro Loew —aclara.
Claro, es un profesor. Me va a costar acostumbrarme. Pero quizá ahora que tengo una nueva amiga para ayudarme a navegar por este mundo, no me pegaré a Michael como un percebe.
El cojín azul de Georgie levanta la cabeza, abre la boca y bosteza. Luego, dos ojos de color verde esmeralda parpadean y la no-almohada me mira con desconfianza.
—Buenos días, bella durmiente —dice Georgie antes de rascarlo detrás de las orejas.
Esto cierra los ojos y emite un zumbido.
—¿Qué es eso? —pregunto, aunque está claro que es un gato. Pero... azul.
—Esta es Bastet —dice Georgie besando la nariz del gato—.
La encontré escarbando, buscando comida en el jardín de compostaje.
Ella debió de ser un experimento de los biocientíficos, aunque sea ilegal experimentar con seres vivos.
Probablemente llegó de Avant, como Raphe.
Allí todavía hacen cosas crueles con la ciencia de la sangre.
Todo ha empeorado desde que llegaron aquí.
—¿Cómo pueden volver azul a un gato? —digo obsesionada con el peculiar felino.
Georgie me mira con las cejas arqueadas.
—No lo volvieron azul. Probablemente nació así con una alteración genética basada en un semental. Pero un gato azul es lo mínimo que pueden hacer aquí. Si esto te sorprende... vaya. Espera hasta que conozcas a las valquirias, vas a flipar.
Georgie alcanza su bolsillo y saca una navaja igual que la de Michael, excepto porque esta es rosa y con joyas incrustadas.
Abre una herramienta y apunta con un pequeño puntero del láser rosa a la pared.
Bastet salta del sofá tratando de atrapar la luz mientras Georgie mantiene el láser que rebota por la habitación.
Me planteo preguntarle si los unicornios son reales, pero me acobardo porque me parece demasiado ridículo decirlo en voz alta.
—Me dieron mucha más información que a ti antes de venir aquí —dice Georgie—. Pero no te preocupes, te ayudaré.
No podría haber pedido otra mejor compañera de habitación. Yestar cerca de alguien de mi mundo me permite respirar con tranquilidad, cosa que no he podido hacer durante todo el día.
Estoy aquí, en este lugar donde puedo aprender a usar mis habilidades, en el mismo instituto al que asistieron grandes mentes como Ada Lovelace. Sé que tengo un trabajo que hacer para las Familias, pero, por un momento, me permito imaginar que estoy aquí solo para aprender de esta gente.
Estoy impaciente por empezar.