7 #2
De repente es imposible obviarlo.
—A Leonardo da Vinci —digo.
Michael asiente.
—¿Y Heráclito?
Tiene que señalarme la figura esta vez, ya que no sé a quién se refiere. Pero cuando escudriño el rostro que indica, veo el claro parecido.
—A Michelangelo.
Michael vuelve a asentir.
—Y aquí —añade apuntando una figura en el lado derecho, el más apartado— es el mismísimo Raphael.
Es definitivamente él, prácticamente idéntico al autorretrato que vi expuesto en la Galería Uffizi la semana pasada.
Observo el fresco con nuevos ojos, viendo ahora la representación de Raphael de sí mismo y de sus contemporáneos, aprendiendo unos de otros en una gran academia, cuya memoria ha sido robada al mundo. Pero el corazón de ese centro de aprendizaje aún existe, aquí en este edificio.
Donde voy a tener la oportunidad de aprender. Se me hace un nudo en la garganta.
—Vamos a ver al director —dice Michael.
Caminamos por pasillos decorados con magníficos cuadros y a través de escaleras de caracol y extraños laboratorios.
El director nos espera en un despacho que huele a hojas de menta y a papel envejecido.
Es un hombre imponente con corbata y chaqueta hasta la rodilla como la de Michael.
Lleva un monóculo de cristal ahumado sobre el ojo izquierdo. El otro me mira fijamente.
Tiene tres aros en la oreja: un zafiro, una esmeralda y una perla. Los mismos que debía encontrar en Florencia. Apuesto a que esto es lo que Prometeo había predicho que yo encontraría.
Michael se acerca a él y le da un medio abrazo rápido.
—Bienvenido, muchacho —dice con la cara llena de afecto mientras le devuelve el abrazo.
—Ada —dice Michael girándose hacia mí—, este es el maestro rector Bloche.
—Bienvenida a Génesis —dice el director, con una voz grave y severa.
Después, me hace un gesto para que me siente. Me hundo en un sofá bordado y trato activamente de no mirar su monóculo con descaro.
—¿Qué tal con Chorus? —pregunta Michael en voz baja, lo que me indica que no se dirige a mí, aunque sabe que puedo oírle.
—Ella simplemente fue... Chorus —dice Bloche con un suspiro.
—¿Qué dijo?
—Que enseñar a la chica es la voluntad del Conductor.
Michael me mira y luego al maestro rector.
—¿Eso satisfará al resto del Consejo?
—Tendrá que hacerlo.
Me pregunto si yo soy «la chica». ¿Yquiénes son Chorus y el Conductor?
Pero mi atención se desvía al ver un gran óleo sobre el escritorio del maestro rector.
Es un barco atrapado en una tormenta y se parece mucho a un original de Rembrandt.
La perfección en el contraste de la sombra y la luz coincide con su estilo característico.
Es impresionante. Pero Rembrandt solo pintó un paisaje marino, que fue famoso y trágicamente robado.
Una burbuja de inquietud flota en la parte posterior de mi garganta.
El maestro rector se acomoda y asiente al verme admirar el paisaje marino. Hago lo que puedo para acallar las preguntas que tengo sobre el tema. En su lugar, trago saliva y sonrío al maestro rector.
—Señorita Castle, ha sido invitada a unirse a esta ilustre institución para comprometerse con nuestra misión de hacer avanzar a la sociedad, a través de todo tipo de arte, filosofía y ciencia.
—¿Avanzar a la sociedad? —pregunto—. ¿Osolo a su sociedad secreta?
Frunce los labios y dice:
—Ya veo por qué ella le cae tan bien, maestro Loew.
—Tras un momento de contemplación continúa—: Señorita Castle, venir aquí significa dejar atrás su pasado.
La mayoría de los reclutas cortan todos los lazos con cualquiera del mundo provincial.
El Consejo está dispuesto a permitir que se quede aquí debido al peligro que corren actualmente los sire como usted —dice con la mirada fija, y el cristal del monóculo se vuelve completamente negro—, pero, al final, tendrá que elegir entre su mundo y el nuestro. ¿Lo entiende?
Me doy cuenta de que en realidad no ha respondido a mi pregunta. Michael está parado cerca de un reloj de pie con grabados de planetas y constelaciones, pero sin números.
En la punta de la lengua, mi respuesta es que todo esto ha sido muy rápido y que aún no puedo comprometerme con nada. Pero no estoy aquí para ser sincera. Estoy aquí para hacer que esta gente confíe en mí. Así que, en su lugar, digo:
—Por supuesto, señor. Estoy emocionada por la oportunidad de aprender.
—Gracias, señorita Castle. Dispondrá hasta el próximo aniversario del Éxodo. En ese momento, tendrá que decidir si desea establecer su hogar aquí y renunciar a su antigua vida o si desea marcharse para no volver jamás.
Asiento y trago saliva, sin saber cuánto tiempo me da eso exactamente. ¿Yqué me van a hacer cuando les diga que quiero irme? ¿Me dejarían ir después de saber todos sus secretos? No estoy muy segura.
—Nuestra comunidad funciona con un sistema de gremios —continúa él—. Tendrá que montar una galería para que la acepten en un gremio en el Quórum.
—Una galería es un porfolio de tus habilidades e intereses —explica Michael—.
El Quórum es cuando los aprendices las presentan a los maestros del gremio para convertirse en oficiales.
Tu gremio te proporcionará toda la formación, orientación y recursos necesarios para tus actividades artísticas y científicas y, a cambio, tú compartirás tus investigaciones e innovaciones con tu gremio.
Todo esto suena complicado. Pensé que había hecho lo que debía para entrar en esta escuela, pero ¿ahora también tendré que presentarme y ser aceptada en un gremio? Siento los coletazos del trauma de las admisiones a la universidad que creía haber dejado atrás. Michael continúa:
—Los cinco gremios de Génesis son los sofistas, los artesanos, los alquimistas, los codificadores y los biocientíficos. En los próximos meses te ayudaremos a familiarizarte con cada uno para que, en el Quórum, puedas elegir entre todas tus opciones.
Hago lo posible por ocultar mi horror ante el carácter intimidatorio de la lista. Bloche prosigue:
—Como aprendiz la mayoría de tus necesidades estarán cubiertas, pero deberías tener algo de dinero para imprevistos. —Busca en un cajón y saca una bolsa que me entrega—. Esto debería ser suficiente para mantenerte hasta que cobres un estipendio del gremio.
Miro en su interior y veo monedas de oro un poco más pequeñas y gruesas que una moneda de diez centavos. Su forma y textura son imperfectas, inconsistentes, aunque todas tienen la misma huella, un elaborado diseño de un circuito como un laberinto.
—Dones —dice Michael por mí.
—¿Dongs? ¿Como la moneda vietnamita?
—No, dones de don. —Se da golpecitos en la sien—. Como donación o superdotado .
—Consérvalos. Te serán útiles para algo más que para las transacciones —dice el maestro rector.
—¿Puedo cambiar dólares por dones? —pregunto nerviosa. No había considerado que las divisas fueran distintas.
—No, pero no hace falta —me asegura Michael—. Recibirás un estipendio del instituto como aprendiz y todas las necesidades se cubren gratuitamente: solo se necesitan dones para comprar lujos.
¿Las necesidades son gratuitas? ¿Cuándo el país más poderoso del mundo no puede ni siquiera proporcionar una asistencia sanitaria asequible? Quizá esto sea una utopía después de todo.
Pero no puedo permitirme pensar así. Cualquier atisbo de ideales utópicos solo dura hasta los límites de esta isla y tengo que prepararme para poder robar a esta gente.
El maestro rector se levanta, así que supongo que yo también debería hacerlo. Le dice a Michael:
—Tengo que viajar otra vez, así que te pediré que me sustituyas en alguna de mis reuniones que no se puede aplazar, alguien debe tener la llave del Consejo en caso de emergencia en la isla.
Michael parece muy inquieto.
—Tal vez uno de los maestros del gremio...
—Sé que te preocupas demasiado —le interrumpe el director— porque eres joven y sabes que los maestros del gremio cuestionarán tu autoridad, pero ninguno de ellos ha trabajado como mi aprendiz directo.
Sé que puedo confiar en ti y eso es más importante que los celos profesionales de tus colegas.
Has demostrado tu valía una y otra vez, y los que todavía no la han visto pronto lo harán —añade antes de sacar una gran llave adornada del bolsillo y entregársela a Michael—.
Ahora, por favor, acompaña a la aprendiz Castle hasta su apartamento.
—Sí, maestro Bloche —dice Michael con un suspiro.
Antes de salir, echo un último vistazo al cuadro que podría tener un valor incalculable, el Rembrandt robado. Quiero preguntarle a Michael sobre eso, pero no sé cómo hacerlo sin sonar acusadora. Necesito parecer emocionada de estar aquí, no suspicaz. Así que sonrío y le sigo.
De camino hacia mi habitación, Michael me da una pequeña vuelta por el instituto.
El vestíbulo se llama Equinoccio y se ramifica en cinco alas periféricas.
Un ala es la biblioteca, el corazón del instituto.
Las alas de otoño y primavera albergan aulas, oficinas e instalaciones comunes.
Las de verano e invierno son principalmente para los residentes. Mi habitación está en esta última.
Sé que hemos entrado en el ala de invierno cuando los tonos cálidos del papel pintado y la ornamentación de las ventanas pasan a azules más fríos y a verdes más oscuros.
Hay adornos y lámparas de cristal que recuerdan al hielo e incluso las escenas de los cuadros de la pared han cambiado de estación y de tono.
Entramos en un pasillo cuyas paredes tienen el mismo color del crepúsculo tras una nevada y nos detenemos ante una puerta de arco. Hay una aldaba de latón en forma de ramas de árbol y una pequeña hendidura en lugar de pomo.
—Tu huella dactilar está vinculada con la cerradura —dice Michael indicando el pequeño agujero y moviendo el dedo índice.
Presenté un juego completo de mis huellas en la solicitud. Meto el índice en la ranura y la puerta se abre a una zona común.