7
Seguimos a los demás pasajeros hasta un ascensor de cristal que nos sube a través de un pozo en el que se ven estalactitas y estalagmitas, también todo tipo de rocas brillantes.
Cuando llegamos a la superficie y salimos de la estación, estamos en un pequeño pueblo cerca del agua.
No puedo ver directamente el océano, pero la sal en el aire y el graznido de las gaviotas me dicen que está cerca.
El viento es fresco, pero no hace tanto frío como en Nueva York; a la velocidad a la que viajamos podríamos estar en cualquier parte del mundo.
—¿Dónde estamos? —le pregunto a Michael.
—En Arcadia.
—¿Y dónde está eso? —pregunto pensando que si les pudiera proporcionar coordenadas GPS específicas sería de mucha ayuda.
—En el océano Atlántico...
Michael se calla cuando el chico desconcertantemente guapo del tren nos adelanta. Detiene el paso y me mira con desprecio antes de dirigirse a Michael.
—¿Otra vez sacando las malas hierbas, maestro Loew? —dice con una voz suave en la que se intuye un tono hiriente.
Michael se tensa y responde:
—Oficial Vanguard, tratarás a todos los miembros de esta institución con respeto.
—Por supuesto, mis disculpas —dice el chico con sarcasmo mientras se aleja.
Se acerca a una maraña de gente guapa, que inmediatamente se pone en órbita a su alrededor. Imagino que una de las chicas debe de ser su novia al besarlo en la boca, pero entonces otra se apodera de sus bíceps y se pone de puntillas para hacerlo también. Me obligo a apartar la mirada.
—Debería advertirte —dice Michael con rigidez mientras seguimos caminando—, hay algunos en nuestra sociedad que no aprueban que se acepte a aquellos criados en el mundo provinciano. Si alguien te da algún problema, ven a verme inmediatamente.
Ah. Así que incluso la utopía tiene racistas. ¿Por qué no me sorprende?
—Qué raro —murmura Michael entrecerrando los ojos ante dos guardias que observan impasibles a los que salen de la estación.
Parecen superhéroes medievales, con chaquetas de cuero debajo de capas negras hasta la rodilla, con botones plateados en la pechera y un dragón del mismo color bordado a la izquierda.
—¿No suelen estar aquí? —digo pensando que tener guardias en la estación de tren de una isla secreta me parece normal, aunque sus largas espadas atadas a las espaldas resultan muy inquietantes.
—No, la Guardia Avant es un grupo militar entrenado para proteger los territorios de las amenazas provinciales. Suelen tener su base en Avant, donde los Hacedores que no quisieron viajar al Nuevo Mundo fundaron otra academia.
Debería estar tomando nota. ¿Saben las Familias de la existencia de Avant?
A pesar de los guardias, el pueblo en sí no puede ser más acogedor.
Una franja de pintorescas tiendas de distintos tamaños, formas y colores, como si un niño hubiera recortado con sus tijeras edificios de distintas épocas y los hubiera pegado, bordean desordenadamente una plaza central con una gran fuente.
La zona está llena de transeúntes, muchos de ellos visten la misma mezcla de ropa antigua y moderna que la pareja del tren.
Otros pasajeros de nuestro tren se unen a una fila de personas a la espera de subir a unos planeadores, que parecen el resultado de un cruce entre una bicicleta y un avión de papel hecho de pergamino viejo.
Se me revuelve el estómago al ver cómo uno baja por una pequeña pista, se eleva en el aire y sale volando.
Es endeble, como si pudiera ser derribado por una gaviota agresiva. Será mejor que no nos subamos a uno.
—No es Nueva York ni Florencia —dice Michael mirando hacia el pueblo—, pero es el hogar de las mejores galletas y del mejor té del mundo —añade señalando hacia una tetería construida en un vagón rehabilitado de tren. El brillo de sus ojos me dice que está feliz de estar en casa.
Al pasar por la plaza central, hay un hueco en la fila de tiendas y una verja de hierro da a una cascada lejana.
Me apresuro hacia allí y recupero el aliento al darme cuenta de que no hay nada al otro al otro lado, solo una caída en picado de cientos de metros hasta la cala de abajo, donde el agua choca violentamente contra las rocas.
Desde aquí, veo que el pueblo se ha construido en el borde de un acantilado, que se curva para formar la cala aislada.
La cascada bloquea el punto en el que los lados del acantilado casi se unen en un estrecho barranco, el único paso de la cala al océano.
El viento me revuelve el pelo en la cara, cierro los ojos e inhalo el olor de la brisa.
—Me encantaría bajar al agua —le digo a Michael, quien me ha seguido y observa mi asombro con una sonrisa.
—Eso sería un reto —responde—. Los fundadores de Génesis eligieron esta isla por la protección que ofrecían sus escarpados acantilados. No es fácil bajar hasta la playa.
Correcto, esta isla es para esconderse de gente como yo.
—Vamos al instituto —dice Michael—. ¿Prefieres ir a pie o subir a un ornitóptero? —pregunta señalando los planeadores.
—No hay forma humana de que me meta en uno de esos aviones de papel de gran tamaño. Por favor, caminemos.
Michael tose para reprimir una carcajada.
—Es la primera vez que oigo el diseño original de Da Vinci descrito de ese modo.
Después me lleva por un sendero de árboles, donde me rodea el olor fresco de muchos tonos verdosos.
Un sabueso baboso corre hacia nosotros desde la dirección opuesta, seguido por un hombre que sonríe ampliamente cuando ve a Michael.
El tipo lleva un pendiente de piedra preciosa azul como el de Michael, aunque parece un poco mayor.
Su camiseta y sus pantalones de pana son bastante normales, o lo serían si no los acompañara de una capa de terciopelo rojo y unas botas de cordones hasta la rodilla. Voy a tener que practicar para no reírme cuando vea a adultos con capas. Pero, además, quiero esas botas.
Los dos hombres se cogen de los brazos por debajo del codo en señal de saludo y Michael rasca al perro detrás de las orejas.
—Ada, te presento al maestro Ravi Bose. Será tu profesor de Testamentos de los Aprendices.
Asiento cortésmente como si supiera qué diablos es un testamento y emplear palabras como «maestro» o «aprendiz» fuera normal.
—¿Sabes por qué la Guardia vigila la estación? —le pregunta Michael a su amigo. El hombre me mira de reojo antes de responder.
—No sé nada seguro —dice—. Pero parece que ha habido más secuestros de sire provinciales, así como la alerta de un informante en Avant, por lo que están tomando medidas para evitar infiltraciones.
El perro olisquea mis pies. Se me contrae el pecho. ¿Sus militares andan buscando espías? Mi llegada no podría ser en peor momento. El hombre me mira mientras dice:
—De hecho, me sorprende que permitan recién llegados.
—Solo en casos especiales —responde Michael.
Siento un temblor de culpa, pero parece que los Hacedores tienen a alguien mucho más peligroso que yo de quien preocuparse. Como la persona que me secuestró. Aparto el recuerdo antes de que el temor familiar se me instale.
—Pues bien —me dice el hombre—, bienvenida, Caso Especial. Yo, por mi parte, estoy contento de ver sangre nueva en esta isla. Con suerte, todo se resolverá pronto y la Guardia Avant con sus posturas agresivas volverá a su torre sombría.
Le da una palmada en la espalda a Michael y luego silba al perro.
—¡Vamos, Munch! —le grita mientras se dirigen hacia el pueblo.
A medida que Michael y yo continuamos por el camino, el follaje se espesa y el aire se llena de niebla.
—Los provincianos piensan que esto es solo una isla de propiedad privada, así que usamos la niebla para ocultar el instituto.
Ala humedad le gusta acumularse en el bosque —explica Michael.
Se acaricia el pelo, que se le ha alborotado una barbaridad.
Estoy segura de que la humedad me ha dejado el mío mucho peor.
Finalmente, la fila de árboles se rompe y el instituto aparece a la vista, grandioso e imponente.
La mitad delantera del edificio tiene un majestuoso techo acristalado con paneles, una gran cúpula en su centro y torres que se levantan a su alrededor.
El pináculo más alto queda oculto por una niebla lechosa que filtra la luz del sol y hace que parezca un decorado pintado con acuarelas.
Cruzamos el patio y entramos en el edificio a través de unas imponentes puertas de roble.
La luz del sol se cuela por el techo de cristal del vestíbulo e ilumina las paredes cubiertas de frescos de colores.
Un gran árbol crece y sus raíces se extienden por toda la sala, incrustándose entre las baldosas de mármol.
Me detengo en seco y contemplo un colosal mural que es una recreación perfecta de uno de mis cuadros favoritos.
— La Escuela de Atenas —murmuro acercándome para examinarlo. Siempre me ha cautivado el fresco de Raphael que representa a los más brillantes matemáticos, científicos y filósofos de la Antigüedad clásica, compartiendo sus ideas y aprendiendo unos de otros.
—Ese no era su nombre original —dice Michael. Lo miro con rostro interrogante—. En realidad, se llama Causarum Cognitio , Conocimiento de las causas , pero antes de la Inquisición se conocía como L’Accademia delle Muse, La Academia de las musas.
Respiro profundo.
—¿Estás diciendo que se supone que este es el instituto que fue destruido durante la Inquisición?
Asiente con la cabeza.
—Se dice que la academia fue fundada por Alejandro Magno, pero cobró importancia durante el Renacimiento, cuando las mentes más creativas de todo el mundo viajaron hasta allí para formar a los Hacedores, o le muse, como se los conocía en aquella época.
Entre ellos Raphael, quien inmortalizó la academia en su mayor obra maestra.
—Pero Platón, Aristóteles, Sócrates... ¿Pitágoras? Todos los representados en la pintura son de la antigua Grecia y no del Renacimiento.
—Tienes razón, por supuesto. Pero mira otra vez. Fíjate en la cara de Platón —dice, y examino la figura central del cuadro—, ¿a quién más se parece?