Academia de musas 1. Exilio 6 #3
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De acuerdo. Esto es bastante alucinante. Me pregunto cuándo me daré cuenta de que todo esto es real.

Mi atención se centra en la pareja sentada delante de nosotros.

La mujer lleva un sofisticado peinado trenzado y viste un corpiño con mangas abullonadas, pero en lugar de vestir una falda ancha, como es lo habitual, lo tiene metido dentro de unos vaqueros y calza unas botas altas de montar.

El hombre, a su lado, lleva una chupa de cuero sobre un jersey de cuello alto, unos bombachos cortos sobre unas mallas ajustadas y botas militares.

Me muerdo el labio para no jadear. Están guapísimos.

El choque de estilos es, de algún modo, increíblemente chic.

Una mezcla de clásico y moderno que rivaliza con cualquier cosa que haya visto durante la semana de la moda de Nueva York.

Me muero por sacar una foto del peinado de la mujer para hacérmelo.

—¿Mi ropa no encajará? —le pregunto a Michael, fijándome de nuevo en su chaqueta larga, en la pareja tan bien vestida y luego en mi conjunto de vaqueros y sudadera con capucha, con el que suelo ir.

—No te preocupes. La moda de los Hacedores es tan variada que lo que lleves estará bien —dice, y se mira la ropa con un leve desagrado—. Este es el código de vestimenta del instituto. Quien no esté de servicio lleva lo que quiere.

Cierto. Es un profesor.

También una distracción para mí aquí.

—¿Puedo explorar un poco? —pregunto levantándome de la silla. Debería investigar el tren, por lo del espionaje y todo eso.

—Claro, ahora te lo enseño —dice a punto de desplegar sus largas extremidades.

—No, tranquilo, está bien —insisto rápidamente—. Me has estado guiando durante todo el día. Puedo pasear por mi cuenta. —Luego, para estar segura, añado—: Además, necesito ir al lavabo.

Uf, ¿por qué he dicho esto? Ahora pensará que siempre necesito ir al baño.

Pensará que tengo problemas estomacales y me asociará con la diarrea.

—Tengo la vejiga pequeña —aclaro para luego arrepentirme de inmediato.

«Cállate, Ada».

Se aclara la garganta y vuelve a sentarse.

—Hay un lavabo por allí —dice señalando el vagón contiguo. Cojo la mochila y salgo corriendo por la puerta con la cara encendida.

Me tomo mi tiempo para explorar el tren.

Cada vagón tiene su propia personalidad.

Hay un vagón cafetería con una preciosa barra de madera y mesas a la luz de las velas, e incluso un vagón biblioteca con estanterías de libros y cómodos rincones de lectura.

Aprovecho el vacío de la biblioteca y saco el móvil.

Quiero ver hasta dónde puedo seguir teniendo cobertura.

Cuando desbloqueo la pantalla, la última barra parpadea. Sin servicio, sin internet, sin GPS.

Estoy oficialmente sola.

Escribo algunas notas rápidas con detalles del tren y de la estación para que no se me olviden, guardo el teléfono en su escondite y me voy a curiosear un poco más.

Cerca del final del tren, entro en un vagón no muy diferente al de Michael, pero la decoración es más oscura y severa, casi de estilo militar.

Está vacío, salvo por dos chicos. Uno parece más joven, con el pelo desgreñado y la piel con granos.

Lleva pantalones de chándal, lo que me hace sentir mucho mejor con mi ropa, y está profundamente dormido, con las piernas apoyadas sobre una funda de música con la forma de lágrima.

El otro chico está sentado en un escritorio, escribiendo un pergamino con una pluma estilográfica y.

.. Así, sí. Así es cómo esperaba que fuera la gente de una utopía.

Él es el tipo de espécimen exquisito que rara vez he visto en la vida real.

Su pelo es de un tono rubio cobrizo, recogido en una coleta corta.

La inclinación de su nariz y el ángulo de su mandíbula están perfectamente proporcionados, parecen haber estado tallados en piedra y salidos de un museo.

Izzy puede llamarme ansiosa y todo lo que quiera por querer tener un nuevo crush cada semestre, pero con Michael fuera de la ecuación, me merezco un caramelo para los ojos.

No es que este caramelo vaya a estar nunca en el menú.

Reconozco lo que está fuera de mi liga cuando lo veo.

No debería mirarlo, pero creo que es justo decir que hay un cierto nivel de atracción que es tan inalcanzable y que excusa los buenos modales.

El chico me mira con sus ojos azules como el hielo. Lleva un pendiente ámbar en el lóbulo derecho. Probablemente sea un año o dos mayor que yo, aunque ya no me fío de mi radar de edad. Se levanta y me tiende la mano.

—Raphael Vanguard —dice como si debiera reconocer el nombre.

—Ada Castle —le digo, pero, cuando le alargo la mano en lugar de estrechármela, la sujeta y se inclina para besarme los nudillos. Aunque sus labios apenas me tocan, el calor me quema la piel, y la base de mis dedos se calienta con ese pinchazo familiar para el que ahora tengo nombre: ha'i.

Sus ojos se abren como platos y luego se dirigen hacia mi mano derecha, que acaba de soltar, y después hacia mi oreja derecha.

¿Es posible querer ser una prenda de vestir? Ahora mismo me gustaría ser la chaqueta de cuero de Raphael Van- loquesea . Parece muy acogedora descansando sobre esos hombros esculpidos.

—Castle —dice—. Nunca había oído ese nombre. ¿Eres de las Islas Brumosas? —pregunta, e incluso su voz es perfecta. Es profunda y suave con un casi imperceptible acento extranjero que me recuerda a pasteles de lujo y pijamas de seda.

—Soy de Nueva York —respondo.

El brillo coqueto de sus ojos se apaga y su expresión se torna amarga.

Se limpia la mano en sus pantalones perfectamente entallados. Me arden las mejillas y se me retuercen las tripas, aunque no tengo ni idea de por qué debería avergonzarse. Vuelve a su asiento, ignorándome, y su belleza ahora me transmite frío y peligro.

—Bueno, encantada de conocerte —murmuro sintiendo el impulso de huir.

Como no responde, me doy la vuelta y regreso por donde he venido, esforzándome por mantener un ritmo normal en lugar de echar a correr, que es lo que quiero.

Me aseguro de hacer una parada al lavabo.

En realidad, no necesito ir, pero... Prefiero lo que sea antes que decirle a Michael que necesito ir al baño otra vez, así que fuerzo el acto.

Para cuando vuelvo con Michael, el tren está entrando suavemente en otra estación. Michael está profundamente dormido con la cabeza echada hacia atrás y las piernas abiertas.

Ligeramente, le toco el hombro con la mano y se despierta sobresaltado. Parpadea, mira a su alrededor y exclama:

—¡Ah, estamos en casa!

Tal vez él esté en casa, pero yo estoy lejos, muy lejos de la mía.