6 #2
—Tu ha'i es energía creativa. La antimateria es lo contrario —susurra a pesar de que a los demás pasajeros les da igual—.
Es la única sustancia existente que contrarresta el ha'i, y puede causar lesiones que las habilidades sire no pueden curar.
Nuestros laboratorios están analizando los guantes.
Seguro que los Inquisidores han logrado hacer avances tecnológicos con los años.
Es una información útil. Había descrito los guantes a las Familias durante mi interrogatorio, pero nadie parecía haber oído hablar de la antimateria.
Definitivamente, parece el tipo de cosa a las que Ozymandias Tech tendría acceso, sin embargo, cuanto más pienso en el mensaje de Izzy, más sentido tiene que Oz Tech esté detrás de los secuestros.
Viajamos en metro hasta el centro y el vagón se vacía poco a poco. Una vez que ya no necesitamos estar tan apretados, Michael se desplaza ligeramente para que ya no nos toquemos. De repente, el viaje es mucho más aburrido.
—Entonces, ¿a dónde vamos? —pregunto finalmente. Hay toda una orden histórica esperando esta respuesta.
—Tenemos que coger un tren —dice Michael—, pero la entrada a su estación es un poco... de difícil acceso.
¿Dónde podríamos tomar la línea 6 para coger un tren? Ya hemos pasado la parada de Grand Central.
—Cuando se construyó la primera línea del metro de Nueva York, los Hacedores diseñaron su propio tren desde la estación del Ayuntamiento —explica Michael—.
Por desgracia, en los años cuarenta la estación no cumplía con las necesidades de los nuevos vagones de metro, así que fue abandonada.
Tan ineficaz, tan derrochadora —dice meneando la cabeza con pesar y luciendo su sonrisa con hoyuelos.
Lo dice con orgullo, el de un niño pequeño que lo intenta, pero fracasa.
Pongo los ojos en blanco y me contengo para no volver a atacarle—.
Por suerte, todavía tenemos maneras de acceder a la estación: esta es la más sencilla.
Introduce la mano en la parte delantera del abrigo y saca una bolsa de Cheetos.
—Estoy hambriento. ¿Tienes hambre? —dice antes de coger un snack de queso naranja brillante de la bolsa, metérselo en la boca y echar la cabeza hacia atrás con un gemido demasiado sensual—.
Disfrútalos mientras puedas. En Génesis no hay delicias ultraprocesadas —añade con nostalgia, tendiéndome la bolsa.
Unos minutos más tarde la bolsa está vacía y estoy intentando lamer el colorante naranja brillante de mis manos.
La mayor parte de mis intentos es infructuosa.
Miro a Michael y veo que está lamiéndose los dedos con la misma torpeza.
Nuestras miradas se encuentran en un momento de pánico y vergüenza compartidos.
—Señoras y señores —dice la educada voz de megafonía—.
Esta es la última parada en el centro de la ciudad.
La próxima parada será el Puente de Brooklyn / Ayuntamiento en la zona alta —reconozco el aviso de toda una vida viajando en metro, pero esta vez es distinto, la voz continúa—.
Señoras y señores, cruzar de convoy a convoy no solo es peligroso, sino también delito excepto en caso de emergencia, o si lo indica un agente de policía o del personal del tren.
Me levanto para salir con los demás, pero Michael niega con la cabeza.
—Pero esta es la última parada —le digo.
—Sí, pero nosotros bajamos a la siguiente —replica mientras los rezagados se dirigen hacia la salida.
—Aléjense de las puertas que se cierran, por favor —se oye.
Me siento incómoda y un poco nerviosa. ¿No vendrá un revisor a echarnos? Al cabo de un momento, el metro se aleja del andén y atraviesa un oscuro túnel.
Pero la oscuridad no dura mucho. La luz entra por una claraboya mientras giramos hacia otra estación. Una hermosa, decorada con elaborados azulejos.
—Vamos —dice Michael enfrente de las puertas automáticas que no se han abierto porque seguimos en movimiento. Está manipulando su navaja multiuso—. Solo tenemos un momento. Prepárate para saltar.
Las puertas se abren un poco y Michael las separa más tirando de ellas con las manos.
—Voy a mantener esto abierto para ti —dice Michael con sus largos brazos en alto para que me agache debajo—. Pero tienes que saltar rápido. ¿De acuerdo?
Asiento con la cabeza, sin saber muy bien a qué estoy accediendo, teniendo en cuenta que el metro sigue avanzando por la vía.
La abertura es lo bastante ancha para que quepa su esbelto cuerpo.
Echa un vistazo a mis caderas y otras curvas y abre un poco más la puerta.
No hay tiempo para ruborizarse. Al llegar a una curva, el metro frena un poco.
—¡Ahora! —apremia Michael.
Me agarro los tirantes de la mochila y salto de la vía al andén, con el corazón latiéndome tan fuerte que temo por mis otros órganos. Oigo a Michael aterrizar a mi lado y tropiezo con él. Me sostiene mientras me tiemblan las rodillas por la inyección de adrenalina.
El vagón del metro se va chirriando por las vías.
Respiro hondo y me aferro a Michael durante un momento más.
Luego me suelto y miro a mi alrededor, descubriendo que estamos en una época totalmente distinta.
Nunca he estado en una estación de metro tan vacía, tan tranquila.
Ypermanece perfectamente conservada debajo de Nueva York. ¡Ni siquiera es un secreto!
—Nunca se usó mucho —dice Michael—. Ahora siempre está vacía, salvo por las visitas privadas puntuales. ¿No te parece que tiene mucho carácter? —pregunta, y pienso que así es—. Tenemos que coger el próximo tren, así que iremos por la ruta más rápida. Ola que opino que es ¡la ruta de la diversión!
Baja de un salto a las vías y contengo un chillido de sorpresa. Tocar los raíles de un tren resulta casi tan maleducado como mantener contacto visual con un extraño.
—Evita ese —dice Michael señalando hacia el raíl central.
No soy una experta. Acontinuación, me ayuda a bajar.
Necesito luchar contra todos mis instintos para considerar una acción tan temeraria.
Mis únicas referencias con gente que salta a las vías son muy desafortunadas: pérdidas de vidas y, lo que es peor, retrasos en hora punta.
En cuanto pasamos bajo el arco del oscuro túnel, levanta lo que parece ser la tapa de una alcantarilla. Miro por el agujero y veo... ¿un poste?
—No lo pienses demasiado, te cogeré en el fondo —dice, y se sienta, cuelga las piernas en el agujero y luego las enrosca alrededor del poste—. Espera unos treinta segundos y me sigues.
Empuja su cuerpo hacia el agujero y la oscuridad lo aspira, su ropa chirría contra el metal. Tan pronto como su cabeza está dentro, la tapa se cierra de golpe con un estruendo que resuena a lo largo del oscuro túnel.
Mi corazón se acelera ante la idea de seguirlo.
Pero el terror de estar sola en medio de una vía de metro sin saber cuándo vendrá el próximo a arrollarme es suficiente como para que me siente, mantenga la tapa abierta y envuelva las piernas alrededor del poste.
Gracias a Dios que hoy llevo pantalones.
Oh, vaya. Oh, Señor. Oh, snacks de queso que podría vomitar.
Allá voy.
El aire corre a mi alrededor mientras chillo, con los dedos ardiendo de agarrar el poste en vez de aflojarlos como debería, pero me agarro con más fuerza.
Tengo los ojos cerrados y mi corazón late errático.
Yentonces unos brazos cálidos me agarran, me sostienen.
Estoy en tierra firme. Se acabó. En realidad, fue divertido.
Todavía podría vomitar snacks de queso.
Un par de pasillos y unas cuantas respiraciones tranquilizadoras más tarde, llegamos a otro andén vacío.
—Bienvenida al Atlas —dice Michael señalando el tramo de vía que tenemos delante—. Es un sistema de tren tipo maglev de alta eficiencia que conecta a la sociedad de los Hacedores.
Paredes de cristal opaco bloquean la vía en ambas direcciones, así que no estoy segura de cómo llegaremos a alguna parte.
—¿Maglev? ¿Utiliza la levitación magnética?
Le leí al abuelo hace unos meses una noticia sobre unos empresarios que invertían dinero en Ozymandias Tech para financiar un proyecto de levitación magnética.
—Sí, los provincianos se están poniendo al día con esta tecnología. Permite viajar sin problemas a velocidades asombrosas.
El clima aquí es agradable y Michael se quita el abrigo. Lleva una elegante corbata atada al cuello y una chaqueta larga. Bueno, vaya, no se puede negar que todo este aire de profesor vintage le sienta bien. Conmigo funciona.
—Ah, aquí vamos —dice, y me giro para ver un tren que entra en la estación, a través de una abertura redonda que ha aparecido en la pared—. Son esclusas, al reducir el aire en los túneles hay menos resistencia en el tren, lo que permite una mayor velocidad.
El tren parece una bala gigante de bronce.
Se detiene ante nosotros totalmente silencioso y se abren numerosas puertas.
Entramos y el interior es aún más magnífico.
Las paredes son de madera de cerezo pulido, hay sofás y sillas tapizadas en terciopelo de tonos joya. Del techo, cuelgan lámparas de araña.
Michael se acomoda en un diván azul marino y yo suspiro en un sillón granate mientras sigo observando el ambiente. Con la luz que va cambiando a través de la ventana, me doy cuenta de que ya llevamos un rato moviéndonos.
—Si vamos tan rápido como dices, ¿cómo es que no lo noto en absoluto? —pregunto con asombro.
Michael sonríe tanto que incluso me duelen las mejillas.
—Bienvenida a los resultados de una sociedad en la que todo el mundo dedica su vida a la creatividad y la innovación —dice.
¿De verdad? Tengo curiosidad por ver cómo es el estilo de vida ideal de los Hacedores en realidad, más allá de las ventajas que tienen por el mero hecho de acaparar sus recursos.
—Puede que el Atlas no transporte ni de lejos millones al día, pero puede llevarte de Nueva York al Globe Theatre de Londres en menos tiempo del que se tarda en representar Hamlet .