Academia de musas 1. Exilio 6
15%

6

Tres días más tarde, estoy deambulando por una de las galerías de arte contemporáneo de las Familias a la espera de que me lleven hasta Génesis.

He pasado una mañana agotadora en las oficinas de arriba recibiendo instrucciones de los miembros de las Familias, quienes me trataban como a un niño al que no se le debía confiar ninguna información. Como si pudieran lograr esto sin mí.

También he estado despierta media noche con Kor, quien me ha dado un conjunto de instrucciones aparte del Oculus.

Todavía me estremece que el Oculus sepa siquiera que existe alguien como yo. Yo pensé que trabajaban con gente más como... No sé, el papa y la CIA. Pero, al parecer, también trabajan con Kor, y, por extensión, con su amiga.

Además de aprender sobre los Hacedores, quieren que les encuentre cómo acceder a la escuela. También creen que existe alguna forma de ritual o dispositivo que otorga a los que no son sire la capacidad de crear y utilizar ha'i. Debo confirmar si existe y reunir la información necesaria para robarlo.

Porque su servidora también es ahora una ladrona, supongo.

Me detengo ante un cuadro de un ángel que está volando.

Las pinceladas capturan el movimiento de sus alas extendidas, y la imposibilidad de su belleza vívida y etérea.

Ya me lo conozco bien, es de Kor, uno de los más antiguos.

El mundo del arte reconoció el talento de Kor hace años, pero ahora, con su fama musical, el valor de su obra se ha disparado.

Recuerdo el momento en el que Kor terminó este cuadro.

Lo miró con nostalgia, luego se cuestionó a viva voz si su chica perfecta era demasiado perfecta para este mundo.

Eso fue cuando todavía esperaba que se diera cuenta de que yo era su chica perfecta.

Incluso años más tarde, con ese vago deseo persiguiéndome, no puedo olvidar la angustia que sentí al saber que jamás sería lo suficiente para él.

Definitivamente, no soy un ángel.

El familiar taconeo y el sutil aroma a bergamota y a azahar hacen que me gire con una agradable sorpresa.

—¿Pensabas que no vendría a despedirme? —pregunta mi madre.

—Nos despedimos anoche.

Mamá había pedido una ridícula mezcla de mis tres lugares favoritos de comida para llevar y habíamos cenado con el abuelo, Sal y Kor. Había sido muy agradable, aunque no fue lo mismo sin Izzy.

—Dame un voto de confianza —dice cuando me abraza—. Ya te echo de menos.

Yo también ya la echo de menos. Echo de menos la relación que solíamos tener en comparación a lo ocupada y distante que se ha vuelto. Siempre ha sido una adicta al trabajo, pero estos últimos meses ha pasado al siguiente nivel.

—Sabes que lo único que quiero es lo mejor para ti, ¿verdad?

—Claro, mamá —digo mirando su sedosa americana de color champán, que permanecerá impoluta al final del día.

Me besa en la cabeza—. Ada, lo digo en serio.

Nunca habría permitido que te enviaran a esa escuela solo para ser su chica de los recados.

Solo te dejo ir porque considero que te irá bien aprender de esa gente.

Pongo los ojos en blanco. Te dejo ir. Quizá podría confiar más en mí para que tome mis propias decisiones, en vez de intentar microgestionarlo todo.

Sé que intenta ser amable, pero sus palabras son un alivio para mí.

Podré desarrollar al fin algún talento real, diluyendo su cutre creencia de que jamás lograría nada significativo para las Familias.

Kor dijo que esto es lo más importante que las Familias han hecho y, sin embargo, mi madre solo me ve como su chica de los recados.

Ella pensará que es porque nunca he estado a la altura de sus estándares de excelencia.

Es la más perfeccionista; desde su aspecto hasta su ingesta nutricional, pasando por la redacción de sus mensajes de texto.

Todo debe ser perfecto, perfecto, perfecto.

Todo lo que no sea excepcional es un fracaso.

Para ser justos, nunca me lo ha dicho directamente, pero es claramente la misma exigencia que se inflige, así que asumo que me ve como un barco a la deriva.

Aun así, la estrecho con más fuerza.

Nuestro abrazo se interrumpe con el zumbido de su teléfono, que la avisa de una importante reunión. Con un último beso, se marcha a toda prisa.

Me doy la vuelta para mirar la calle desde la cristalera de la galería.

Las aceras rebosan de peatones abrigados y apresurados por afrontar el día.

Yo debería ser uno de ellos. La escuela se reanudó a principios de esta semana y resulta extraño no volver a la rutina familiar de exámenes de matemáticas y libros por leer.

Me pregunto si me arrepentiré de haberme perdido la graduación.

Esperaba un vehículo, así que Michael me pilla por sorpresa al otro lado del cristal, de pie, con el pelo alborotado por el viento. Abro la puerta de un empujón.

—Hola —me dice con su sonrisa de hoyuelo a hoyuelo.

Si se pregunta por qué le he pedido que se reúna conmigo en una galería en lugar de en mi casa, no lo menciona. Todas nuestras interacciones están siendo observadas a través de cámaras de seguridad para que el resto de la Cámara Interna lo analice todo de Michael.

—¿Lista para salir? —pregunta con misterio.

—De ninguna manera —respondo mientras contradigo mis palabras y salgo a la fresca mañana, enrollándome la bufanda alrededor de la cara para protegerme del viento cortante.

Un mensajero me recogió ayer el equipaje.

Kor sospecha que querían analizar lo que me llevaba, así que hoy solo cargo con mi mochila.

Mi móvil está escondido dentro de una caja de tampones.

No me dijeron explícitamente que no lo llevara, aunque me dejaron claro que no habría cobertura, pero sigue pareciéndome una mercancía ilegal.

El teléfono por satélite, escondido junto a mi móvil, es definitivamente una mercancía ilegal.

Uno de los expertos en tecnología de las Familias había volado desde Bélgica para dármelo y enseñarme a usarlo.

Pensé que conocer a un experto en tecnología significaría conseguir todo tipo de artilugios de espía, pero no.

Solo un teléfono por satélite que me han dicho que jamás use.

Se ve que les preocupa que no sea seguro y que la señal pueda ser interceptada, pero quieren que tenga una vía de escape para contactarles en caso de emergencia.

Cuando le pregunté acerca de las cámaras espía y dispositivos de grabación, el técnico me dijo que la cámara de mi teléfono sería más que suficiente.

Cuando le pregunté acerca de las gafas de visión nocturna, me preguntó por qué necesitaría ver en la oscuridad en lugar de pulsar el interruptor de la luz. Qué falta de imaginación.

—Me alegro mucho de que todo esto haya salido bien y de que tu familia lo haya aprobado —dice Michael mientras nos dirigimos hacia el oeste, sorteando una montaña de bolsas de basura.

—¿Hacerles creer que he conseguido una beca completa en un colegio privado de élite? Fue fácil —digo sin mirarle a los ojos mientras se me escapa la primera de muchas mentiras—. La página web y las llamadas telefónicas fueron muy convincentes.

—Sí, tenemos una oficina provincial que se encarga de las tapaderas —añade Michael antes de detenerse en la esquina, esperando obedientemente la señal de paso a pesar de que no hay tráfico en sentido contrario. Intento reprimir mi instinto neoyorquino de ir deprisa.

—¿Hay muchos? Me refiero a reclutas que necesiten tapadera.

—No muchos en los últimos años. Fingir muertes es nuestro método más común.

Bueno, eso es morboso. La señal se pone en verde y seguimos caminando.

—No se alienta a los reclutas a mantener vínculos con el mundo provincial, por lo que la muerte suele ser la solución más sencilla.

—Pero ¿se me permitirá volver de visita? —pregunto mientras mi corazón se estremece con la necesidad de esa garantía.

—Como eres joven y estás en peligro, se hará una excepción contigo.

No sé hacia dónde esperaba que me llevara, probablemente a un aeropuerto, pero no esperaba bajar al metro.

Y,sin embargo, aquí estamos, en el abarrotado andén de la línea 6, que va hacia el centro.

Aquí el clima es mucho más cálido que afuera y con la ropa de invierno me estoy sofocando.

Me siento como si me hubieran metido en un microondas: partes mías demasiado calientes y partes mías que todavía continúan descongelándose del frío.

No echaré de menos la especial temperatura de los andenes del metro mientras esté fuera.

—Qué sistema tan terriblemente ineficaz —dice Michael con voz molesta mientras mira a su alrededor.

No me gusta que nadie, por muy adorable que sea su pelo al viento, menosprecie mi ciudad.

—Este sistema ineficaz transporta a millones de personas cada día —respondo secamente.

Su sonrisa se ensancha, pero cuando se da cuenta de que no le sonrío, su mirada se vuelve pensativa.

—Tienes razón. Es asombroso e ineficaz a la vez.

El metro llega y está lleno, pero nos las arreglamos para pillar dos asientos en los que sentarnos.

En las paredes del vagón, hay una serie de anuncios con brillantes letras rojas de «RIGHTEOUS», el nuevo single de Korach Chevalier, con su cara mirando a los viajeros con romántica tristeza.

Uno pensaría que ya estoy acostumbrada, pero no es así.

Cuando nos alejamos de la estación, el vaivén del vagón y la presión de los cuerpos me empujan contra Michael.

Con cada golpe de nuestros muslos y el choque de nuestros hombros, cada vez me gusta más este ineficiente medio de transporte.

Puedo tener muchas reservas sobre el tipo, pero no dejará de ser atractivo.

—¿Cómo tienes las manos? —me pregunta Michael en un momento dado.

—Bien. Con una cicatriz. Nunca había tenido una antes.