Academia de musas 1. Exilio 5
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Duermo durante toda la mañana y una parte de la tarde siguiente.

Me sienta tan bien despertarme en mi propia cama.

.. Desde la escuela primaria, cuando mis padres se separaron, mi madre y yo hemos vivido con mi abuelo en su vieja mansión del Bronx.

Si alguna vez pudo tener algún lujo, se desvaneció hace mucho tiempo, pero me encanta estar aquí.

Estoy tan agradecida de volver a casa que casi se me olvida que estoy a punto de dejarlo todo atrás, que los unicornios quizá existan o que posiblemente una secuestradora multimillonaria me persiga.

Avanzo grogui por los pasillos empapelados en busca de cafeína, pero me detengo al pasar por la habitación de mi madre y oigo que levanta la voz. Nunca pierde la calma, a menos de que esté hablando con mi padre. Pero si él tuviera la línea telefónica operativa, ya me habría llamado.

Tras el divorcio, mi padre tuvo una especie de crisis de la mediana edad y recorrió como mochilero todo el mundo.

Suele trabajar en granjas de permacultura en medio de la nada sin servicio telefónico.

Oal menos eso es lo que creo. Estoy bastante segura de que está actualmente en Centroamérica.

La última vez que supe de él fue en otoño, justo antes del Año Nuevo judío.

La llamada duró apenas diez segundos, todavía alcanzo a recordarla:

—Hola, papá.

—Hola, hijita. Solo llamaba para desearte un feliz shana tova.

—Gracias, igualmente.

Pausa incómoda.

—Quizá esté sin cobertura más tiempo de lo habitual a partir de la próxima semana.

—De acuerdo.

—Pero iré a verte en cuanto pueda.

—Eso estaría bien.

—Adiós, hijita, te quiero.

—Yo también te quiero, papá, y te echo de...

«Clic».

Teníamos tanto que decirnos cuando era más joven, pero ahora es como hablar con un extraño. Eso si hablamos. Su previsión de que estaría más tiempo fuera ha demostrado ser un acierto.

Mi madre vuelve a alzar la voz:

—¿Al menos, no podrían probar primero el tratamiento estándar aunque sea improbable que cambie el pronóstico?

Eso no suena bien. Me acerco a hurtadillas a la puerta para escuchar mejor.

He visto cómo las ojeras de mamá han aumentado en los últimos meses (tanto como lo permite el bótox) y he oído sus conversaciones en voz baja con el doctor Ambrose.

Si me dieran un dólar por cada vez que la he pillado con el abuelo y los dos se han callado de golpe.

.. No soy idiota, sé que el abuelo está enfermo, y sé que debe ser algo serio.

Ha perdido un montón de peso en los últimos meses y apenas come.

Pero nunca había oído palabras aterradoras como «tratamiento» y «pronóstico» hasta ahora.

Ojalá me dijeran lo que está pasando en lugar de ocultármelo todo, como de costumbre.

Mi madre levanta la voz y exclama:

—¡No, no puedes analizar la sangre de Ada! ¡No la metas en esto!

¿Cómo? ¿El abuelo necesita una transfusión de sangre o un donante?

¿Por qué no les dejaría analizar mi sangre? Con gusto daría mi sangre para ayudarlo. Trato de oír más, pero mamá se ha calmado y solo distingo murmullos entrecortados, algo sobre los trasplantes de células madre y luego la palabra de dos sílabas que más me temía: cáncer.

Parpadeo para no llorar, apretando tanto los puños que las uñas se me clavan dolorosamente en las palmas. Sabía que el abuelo no se encontraba bien, pero me habían asegurado que era algo típico de la gente mayor. Nada grave.

Los pasos de mamá se hacen más fuertes y me escabullo antes de que me pille. De inmediato, me dirijo hacia la terraza acristalada, donde sé que encontraré al abuelo. Le gusta que le haga compañía; dice que les gusto a sus plantas y que crecen mejor cuando estoy cerca.

La terraza acristalada es luminosa y entra la luz del sol de la tarde.

El aire es fresco y respiro el olor de los recuerdos creados en esta habitación.

Desarrollé mi interés por las plantas gracias a mi abuelo: trasplantando plantas de áloe vera, intentando cuidar orquídeas, podando el rosal favorito de mi abuela. ..

El abuelo está sentado leyendo el periódico en su sillón favorito, por el que trepan las enredaderas por la tapicería. Hace unos meses, si hubiera entrado en este momento, lo habría encontrado con la muñeca hundida en la tierra. Sin duda parece enfermo. Peor que antes de irme de viaje.

—Buenos días, mi reina —dice cuando me ve acercarme.

—Hola, abuelo.

Le beso la mejilla y me siento a su lado en un taburete. Agarro su mano curtida. Sus huesos son tan ligeros. Sus ojos centellean y su piel se arruga cuando sonríe. Está más delgado, más demacrado, menos vibrante. Parece estar... marchitándose.

—Algo te preocupa.

—Solo tu salud, abuelo.

—¿Mi salud? No te preocupes por mí, simplemente tengo la edad que tengo.

¿Qué se supone que debería contestar a eso? ¿Preguntarle si se está muriendo?

—Tu madre me ha comentado que puede que vayas a la universidad antes de lo previsto. ¿Estás contenta?

Después de lo que acabo de descubrir, es difícil que me importe Génesis o cualquier otra cosa relacionada con las Familias.

—No estoy segura —le digo.

—¿Por qué no?

—No sé si estoy hecha para eso.

—Tonterías. ¿No eres mi nieta? —pregunta dándome un golpecito en la nariz—. En esta familia sabemos llegar hasta la cima y convertirnos en lo que estemos destinados a ser.

A pesar de que los demás no hayan creído en mí y me haya acostumbrado a ello, el abuelo siempre ha tenido una confianza inquebrantable en mí. Sonrío débilmente, no quiero decepcionarlo con mi baja autoestima.

—Tu madre también era insegura a tu edad —dice el abuelo.

—¿En serio? —pregunto, ya que esa sería la última palabra que usaría para describir a mi tan centrada madre.

—Oh, sí, ella lo pasó fatal durante meses antes de decidirse por ir a una escuela de negocios.

—¿Cómo se decidió?

Él se ríe entre dientes.

—Creo que eligió lo contrario a lo que tu abuela o yo hubiéramos hecho nunca.

No sé si está bromeando. Estamos conectados con la orden a través del linaje de mi abuela, para quien fue muy importante que su hija fuera un miembro activo de la Cámara Interior. Pero siempre había tenido la impresión de que eso era lo que mi madre quería también.

Si me pongo empática, me siento mal porque mamá tenga que vivir con unas exigencias aún más altas que las mías.

Nunca conocí bien a mi abuela, ya que murió muy poco después de que yo naciera, pero fue una experta asesora política de las Naciones Unidas y también tocó para la Filarmónica de Nueva York de adolescente.

Yel abuelo tiene un doctorado y fue un epidemiólogo de renombre mundial hasta que se retiró.

Al parecer, viajó mucho por trabajo, así que no pudo participar en todas las actividades de las Familias que dominaban la vida de mi madre, y los dos nunca estuvieron tan unidos como lo está conmigo.

Es bueno saber que mamá no siempre lo ha tenido todo tan claro. Tal vez su cara más rebelde fue la que la llevó a casarse con un músico como mi padre.

—Ven, lee conmigo —dice el abuelo.

Leer con el abuelo es un ritual diario. Mi padre solía tocar música cada noche hasta que me dormía, y cuando se fue no pude pegar ojo durante una semana.

El abuelo empezó a leerme. Cada noche, hasta que empecé a leerle yo a él.

Echo mucho de menos a mi padre, pero nunca me ha dolido demasiado porque el abuelo siempre ha estado ahí en su lugar.

Pero ahora podría perderlo a él también.

Si el abuelo ve que se me llenan los ojos de lágrimas, no lo admite.

Se limita a pasarme el periódico.

El abuelo está suscrito al menos a diez periódicos locales y extranjeros y los lee todos. Dice que es importante estar al tanto de lo que pasa en el mundo. Por lo general, eso significa saber lo mal que están las cosas y lo incapaz que soy yo de cambiar algo, así que prefiero ignorarlo todo.

Como era de esperar, los titulares son desalentadores. El aumento de mortalidad de personas sin hogar durante los meses de invierno, los refugiados que mueren por una pandemia o un famoso científico desaparecido y dado por muerto.

Mientras leo, los párpados del abuelo se van cerrando y pronto se queda dormido. Al menos parece cómodo. Me seco las mejillas con la manga, mientras veo cómo mis lágrimas han manchado el papel del periódico.

Odio sentirme indefensa.

Sal, el ama de llaves del abuelo que es ya básicamente parte de la familia, viene con un paquete en la mano. Dejo el periódico y me levanto para darle un abrazo.

—Bienvenida de nuevo —susurra para no despertar al abuelo.

—Hola, Sal.

La abrazo y respiro su particular aroma a lavanda y a jazmín.

—Acaba de llegar esto para ti por correo.

Me pone el paquete en las manos. Está envuelto en un grueso papel marrón y en letra de imprenta dice: «SOLICITUD AL INSTITUTO GÉNESIS».

Al cogerlo, mi corazón se acelera.

Tal vez ya no deba seguir desprotegida.

Michael me dijo que tengo habilidades curativas. Los Hacedores han avanzado eones en medicina. ¿Podrían sus conocimientos ayudar al abuelo?

Cuando Kor dijo que emplearíamos los conocimientos de los Hacedores para ayudar a nuestro mundo, eso había sido inspirador, pero puramente teórico.

Esto es personal.

Cuando Sal abandona la estancia y veo cómo el abuelo sigue durmiendo, abro el paquete con las manos temblorosas.

Dentro hay un cubo. Es del mismo tamaño que la caja de música que mi padre me regaló de niña y que descansa en mi mesilla desde entonces.

La caja de música resulta ser una comparación acertada porque, al girar el cubo entre mis manos, suena una amalgama de tonos musicales.

Cada una de sus paredes es de un material diferente.

Una cara es tan transparente como el cristal, otra es de madera, otra de resina ambarina, otra de arcilla parecida a la de la paloma de Michael, otra de algún tipo de metal, y la última es de seda.

Al pulsar una pared, cada una toca una nota musical distinta. Agito la caja, pero no se oye nada desde dentro. La pongo a contraluz e intento mirar a través de la pared de cristal, pero no veo nada. Creo que es un puzle.

Por supuesto, una simple solicitud sería demasiado pedir por parte de una misteriosa escuela. Sencilla, como las de las universidades estatales que ocupan espacio en el primer cajón de mi escritorio.

Levanto el cubo, lo sacudo y presiono cada lado, creando una melodía a partir de los diferentes sonidos. ¿Quizá hay un código musical que tocar para desbloquearlo? Nada de lo que intento funciona. Ni siquiera sé si abrir la caja es el objetivo.

Estoy harta de que todo el mundo sea tan críptico. Me invaden las ganas de simplemente echarla por la ventana y ver qué pasa cuando se estrelle contra el pavimento, pero me contengo.

Utilizo un bolígrafo e intento encajar la punta entre las paredes del cubo, pero no cabe.

Miro por la habitación en busca de otra cosa para probar.

La vieja máquina de coser Singer de mi abuela está en un rincón, no es más que un adorno.

Me acerco a ella y rebusco en sus cajones.

Hay carretes de hilo, dedales e innumerables botones sueltos.

Allí, en la esquina, encuentro lo que busco: un alfiletero empalado con múltiples alfileres y agujas.

Me siento cerca de la ventanilla con una aguja de coser e intento clavarla por el lado sedoso del cubo, que emite una nota fuerte y discordante hasta que lo suelto, pero el tejido es sorprendentemente fuerte.

Introduzco la aguja por una arista de las paredes de la caja, insertando la punta un centímetro, pero se niega a moverse.

En un intento de hacer palanca para separar dos caras del cubo, presiono la aguja con fuerza, pero salta y se me clava en el pulgar.

«Auch » .

Qué tontería. Un puntito de sangre brota del pinchazo y gotea sobre la madera de la caja. Trato de limpiarlo al instante, pero la cara de madera se abre.

¿Mi sangre acaba de abrir la caja?

No estoy segura de que importe teniendo en cuenta que, aparentemente, la caja está vacía.

Miro en el interior, examinando los reversos de las seis paredes diferentes. No hay nada. Intento tocar las notas musicales, pero ahora que la caja está abierta, no funcionan. La frustración hierve en mí. Si hay una prueba más, me echaré a gritar.

Mi rabieta se interrumpe con el zumbido de mi teléfono y mi cólera se calma, sustituida por inquietud cuando veo que se trata de un correo electrónico de la oficina de admisiones del Instituto Génesis.

Lo abro y veo en la parte superior el logotipo de una figura andrógina, sin duda basada en el Hombre de Vitruvio , el dibujo de Da Vinci de un cuerpo humano superpuesto a otro: cuatro brazos, y cuatro piernas perfectamente proporcionados. El correo electrónico dice así:

Estimada Ada Castle:

Nos complace notificarle su admisión en el Instituto Génesis. La matrícula, el alojamiento y la manutención se incluirán como parte de una beca completa durante su formación académica. Esperamos con impaciencia su respuesta.

Atentamente,

Maestro Michelangelo Loew, Enlace con la Comunidad

Me meto en su página web. En ella aparece en grande « INSTITUTO GÉNESIS: PARA ALUMNOS SUPERDOTADOS », con el mismo logotipo. El sitio tiene un aspecto normal, como cualquier otro colegio privado. Pero yo sé que no es así.

Por un instante me planteo borrar el correo y esconder el cubo en el fondo de la papelera.

Nadie tiene por qué saber que me han admitido.

Podría ir arriba ahora mismo y rellenar las otras solicitudes para la universidad.

Un inútil grado de artes liberales y una vida de deuda estudiantil todavía podrían ser mías.

Y no tendría que pensar en robarle nada a nadie.

El recuerdo de cómo me sentí cuando vi las estatuas de los prisioneros de Michelangelo se apodera de mí. Miro el periódico sobre la mesita, los titulares llenos de calamidades. Observo cómo el pecho del abuelo sube y baja de manera constante, sabiendo que su salud empeora día tras día.

O podría decidir dejar de estar desprotegida.

Un hormigueo de calor punza las cicatrices de mis palmas y esta vez no lo reprimo.