Academia de musas 1. Exilio 3 #3
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He estado demasiado distraída para darme cuenta del hambre que tenía. Me tomo mi tiempo para comer las galletas y acompañarlas con el té. AMichael no se le da bien quedarse sentado y quieto: se pasa las manos por el pelo, se muerde las uñas y tamborilea los dedos sobre las rodillas.

—Sabes que pareces un loco, ¿verdad? —le pregunto de la forma que lo haría cualquier adolescente que no hubiera crecido en las Familias—. ¿Sociedades ocultas, conspiraciones de siglos y todo eso?

Detiene sus dedos y se gira para mirarme.

—Entiendo que es difícil cuestionar todo lo que has aprendido. Yhay mucho más que todavía no te he dicho. Si vienes conmigo a Génesis, podré mostrártelo todo.

Es la invitación exacta que estaba esperando y suena increíble, pero el secuestro ha mermado mi entusiasmo.

Los ojos de Michael se iluminan y su hoyuelo hace acto de presencia.

—Tienes que saberlo: Michelangelo era un Hacedor.

Eso sí que llama mi atención.

—¿Cómo?

—Sí, y también un sire, estaba en la academia antes de la Inquisición.

Él y otros, quienes no querían abandonar sus vidas, optaron por quedarse y renunciar a la previa actividad de los Hacedores considerada herética.

Cada vez que contemplo sus estatuas de prisioneros, veo el tipo de lucha vital que eligió.

Como si fuera él quien está atrapado en un estado inacabado, confinado por las nuevas reglas del mundo, confinado mientras que la mayoría de sus compañeros Hacedores se habían ya marchado.

Es irritantemente adorable cuando se apasiona por el arte. Yesto es algo nuevo que no había oído jamás. Las Familias adoran algunos maestros históricos, seguro, pero no de la misma manera que lo hacen los exiliados.

—¿Y qué otras celebridades históricas te gustaría reivindicar? —pregunto.

—Muchas. Da Vinci, Ada Lovelace... los dos Hacedores.

—Increíble —musito. Pienso en si lo sabrán las Familias.

—Es verdad. Da Vinci fue otro de los que se quedó atrás. Ada fue una sire reclutada ya de anciana; no murió siendo joven como dice su historia. Uno de sus descendientes directos es mi maestro del gremio.

Esto va mucho más allá de lo que creía saber. Mi mente se acelera, intentando reorganizar lo que cree que es verdad.

—Mira, si todavía no te he convencido, al menos entiende lo siguiente —y espera a que lo mire, la expresión de sus ojos se ha vuelto alarmante.

El calor de su cuerpo está demasiado cerca del mío en la cama—: alguien ha estado secuestrando sire por todo el mundo, pero los Hacedores pueden mantenerte a salvo.

¿Y por qué alguien capturaría unos sire? Me pregunto si está relacionado con lo que vi en el libro y en la insistencia de mis padres por reprimir mis habilidades.

—Tu secuestro significa que los Inquisidores saben quién eres, lo que significa que sigues siendo un objetivo.

—Espera, ¿Inquisidores? ¿De quiénes estás hablando?

—Nunca se detuvo al grupo principal de Inquisidores a los que se encargó cazarnos. Nuestros antepasados esperaban que se olvidaran de nosotros, pero no sucedió. Ellos transmitieron el odio a su progenie, y desde entonces nos hemos estado escondiendo de ellos.

Bueno, al menos en eso anda totalmente equivocado. He oído historias de las Familias sobre los Inquisidores y, definitivamente, ya no existen. Pero alguien intentó secuestrarme. ¿Quién querría hacer daño a los sire?

—Ada, ¿no entiendes que estás en peligro? Tenemos que llevarte al Instituto Génesis lo antes posible.

«Lo antes posible». De ninguna manera voy a salir del país con este... extraño.

—No puedo ir contigo ahora —le digo.

Se frota la frente como si así fuera a encontrar las palabras para convencerme.

—Por favor —dice—, te secuestraron porque eres una sire. Puedo ayudarte.

«Sire». Sigue siendo extraño tener un nombre que designe lo que soy.

Intento invocar el caliente hormigueo entre mis dedos, pero no pasa nada.

Quiero saber cómo controlarlo. Yles quiero demostrar a las Familias que soy digna de ser una de ellos.

Pero no debería tomar ninguna decisión impulsiva por mi cuenta.

Siento que mi secuestro no forma parte del plan.

He dado con el reclutador, tengo la invitación y ahora debo largarme de Italia.

Solo espero que el rechazar irme con Michael no me haga perder mi oportunidad.

—Te creo, pero necesito ir a casa con mi familia antes de tomar cualquier decisión definitiva.

—Eso es justo —dice Michael resignado—. Te enviaré una solicitud formal para Génesis y espero que elijas venir.

Me alivia saber que su oferta está abierta, pero es más seguro fingir indiferencia que decir la verdad.

—Lo pensaré —digo.

—Hasta entonces —su tono se agudiza— no puedes contarle a nadie nada de esto.

—De acuerdo, nada de escondidos durante cientos de años, nada de persecuciones de gente peligrosa, lo pillo.

—Hemos permanecido ocultos durante mucho tiempo, pero las cosas han cambiado en las últimas décadas. Tu mundo tiene aviones, satélites e internet; por lo que ocultar un secreto se ha vuelto más complicado. Hablar con cualquiera es correr un gran riesgo. ¿Puedo confiarte estos conocimientos?

—Sí —digo desviando la mirada hacia las cicatrices de mis manos.

—Bien. Porque no quiero tener que pasmarte.

Levanto la vista bruscamente.

—¿Pasmarme? —El pavor se agita en mi vientre.

—¿Podemos fingir que no lo he mencionado?

—Michael, ¿qué significa eso?

—Pasmar a alguien es hacerle olvidar.

El pavor me sube hasta la garganta y me pongo de pie, alejándome unos pasos de él.

—Odio pasmar a la gente, pero a veces es necesario. No te preocupes. No te lo voy a hacer.

—¿Puedes robar recuerdos?

—No, no, es solo una mezcla en el té...

—¿Ibas a drogarme? —digo mirando horrorizada mi taza vacía.

—¡No! —dice antes de levantarse, pero no se mueve hacia mí, solo alza las manos en señal de tregua—. Ada, cálmate. No voy a pasmarte. Voy a asegurarme de que llegas bien a casa y luego esperaré que vengas a Génesis cuando estés lista.

Respiro hondo. Dice que no me ha echado nada en el té y no me queda otra opción más que creerle.

—De acuerdo.

Ya ha salido el sol; la mañana ilumina la habitación y me doy cuenta de lo completamente agotada que estoy.

Necesito dormir y luego pensar en todo con la cabeza despejada y con copiosas cantidades de cafeína.

Michael saca una cartera de cuero del bolsillo de su chaqueta, la abre y saca un papel blanco con pliegues. Es un pájaro de origami.

—Todavía me preocupa dejarte ir sabiendo que los Inquisidores te están buscando. Coge esta paloma y úsala si me necesitas.

Aunque sé que no son estos los Inquisidores que me buscan, parece que alguien sí que lo hace, así que debo tener cuidado.

Le quito el pájaro y con el tacto descubro que no es de papel, sino de algo parecido a la arcilla ligera.

Michael se acerca y acaricia el pico del pájaro.

Las alas se despliegan y empieza a volar.

El pájaro se eleva sobre la palma de mi mano y revolotea con la cabeza sin rostro, moviéndose de izquierda a derecha. Me impresiona su delicada belleza.

—Es como magia —digo asombrada.

—O ciencia avanzada —dice Michael guiñándome un ojo—. Este es un gólem de paloma mensajera. Me encontrará dondequiera que esté, en cualquier parte del mundo. Escribes un mensaje dentro o simplemente lo envías si estás en peligro. Basta con tirar de su cola y sabrá encontrarme.

—Eso es... imposible.

—Tu noción de lo que es posible e imposible está a punto de cambiar —dice Michael con una sonrisa. Un extraño sentimiento crece en mi pecho, me cuesta respirar, ya sea por asombro o por miedo, no lo sé seguro.

—Este gólem utiliza la magnetorecepción, la misma fuerza que permite a las palomas navegar usando la energía magnética de la Tierra. Es algo completamente científico.

Se acerca y acaricia de nuevo el pico del pájaro, que se pliega y vuelve a caer en mi mano. La mano de Michael desciende y lo presiona contra mi palma. Sus dedos son cálidos y fuertes. Trato de ignorar la creciente tensión que me invade cuando sus ojos se encuentran con los míos.

—Prométeme que enviarás la paloma si me necesitas y que la mantendrás contigo en todo momento mientras corras peligro.

—Vale —le digo, bastante segura de que estoy en riesgo; eso sí, aunque no sé de qué.