1 #3
Michael está familiarizado con la escenografía necesaria para acomodarnos en un lugar acogedor, una mesa con velas y un banco enfrente del músico. Se desliza a mi lado y me pregunta si quiero algo para comer o solo una bebida.
—Solo una copa de vino tinto —digo tratando de sonar como el tipo de chica que podría preferir vino tinto o blanco. Debe funcionar bastante bien porque nadie me pide el carné de identidad.
Mientras esperamos las bebidas, Michael me pregunta:
—¿Qué instrumento tocas?
—¿Cómo sabes que toco un instrumento?
—Me doy cuenta. Tengo un sexto sentido cuando se trata de músicos guapos.
Sonríe y veo sus hoyuelos. Sube una ceja más expresiva que toda mi cara.
—Además, estás acompasando tus dedos con la música de una manera muy reveladora.
Mis mejillas se ruborizan.
—Toco la guitarra, apenas puedo llamarme músico. Soy bastante desastre en realidad.
A pesar de haber crecido rodeada de múltiples músicos, es verdad. Sueno todavía peor con los instrumentos con los que estoy familiarizada. Trato de mantenerme en la descendente ola de mediocridad y concentrarme en la parte en la que insinúo que soy guapa.
—Yo también toco la guitarra —dice.
—Sí, tenía un presentimiento.
Su mano está apoyada sobre la mesa junto a la mía. Decido armarme de valor y rozar con las puntas de los dedos los callos de su mano. El tipo de callo que consigues al intimar con instrumentos de cuerda. Él traga saliva y percibo cómo su nuez de Adán se balancea.
—No se me da mal.
—Apuesto a que sí.
¿Quién diría que pudiera gustarme una nuez de Adán? Pues la suya me gusta mucho.
Mis dedos todavía tocan su mano y él entrelaza suavemente nuestros dedos. Su mano es fuerte y cálida, cualquier centímetro de la piel es extremadamente sensible cuando nuestras pieles se tocan, como si los nervios estuvieran directamente conectados con mi estremecido estómago.
El camarero llega con nuestro vino. Michael levanta la copa con la mano que no está enlazada a la mía.
—Brindemos por ver el verdadero potencial de las imperfecciones.
Chocamos nuestras copas. Ala luz de las velas, sus ojos marrones parecen casi ámbar bajo sus espesas y largas pestañas. Su pulgar traza círculos sobre la palma de mi mano, extendiendo el calor a lo largo de mi piel. Mi respiración empieza a agitarse.
Es todo demasiado intenso, así que retiro la mano.
También instintivamente me concentro para calmar la sensación de hormigueo de mis manos.
Ese hormigueo es algo que me pasa a menudo cuando estoy nerviosa o excitada, pero no quiero preocuparme por eso ahora, aunque esté estrechamente relacionado con el motivo por el que estoy en Florencia.
Bebo un sorbo de vino. Es ácido y, sinceramente, no muy sabroso. Pero sigue siendo definitivamente mejor que la cerveza artesanal que le gusta a Kor y que finjo que me gusta para impresionarlo. Tomo otro sorbo y siento cómo calienta mi estómago vacío y mis excitados nervios.
—Pareces muy familiarizado con la zona —le digo—. ¿Vives por aquí?
—No. Vivo bastante lejos —dice sin dar más detalles. Su expresión dice que tengo razones para sentir curiosidad.
—¿Dónde es lejos?
—Dudo que hayas oído hablar de ese sitio —dice con una sonrisa que inunda también sus ojos.
¿Por qué es tan reservado?
La piedra preciosa de su pendiente brilla a la luz de las velas y siento un zumbido en mi sangre, el retorno del molesto sentimiento de antes. Él se me acercó primero. No me dice de dónde es. Sabe más sobre Historia del Renacimiento que la mayoría de los universitarios.
No, estoy siendo tonta. Me invitó a salir porque coqueteé descaradamente con él. ¿De verdad me cuesta tanto creer que alguien quiera salir conmigo sin tener segundas intenciones?
—¿Y tú? ¿De dónde eres? —pregunta Michael desviando la atención de sí mismo.
Aparto la sensación de que esto es una cosa distinta de la que es.
—Nueva York —respondo antes de beber otro sorbo de vino—. ¿Cómo sabías la existencia de este lugar?
Tal vez sea el alcohol en mi sangre lo que me anima a acercarme para que se nos oiga por encima del ruido creciente de la sala, tan cerca que nuestros muslos se rozan. Michael se inclina todavía más para responder. Su aliento me hace cosquillas en la oreja.
—He estado viniendo aquí por el pianista. Estamos considerando reclutarlo para la escuela donde trabajo.
Su nariz está tan cerca que roza mi mejilla, pero no reacciono ante el contacto físico porque estoy confundida por lo que ha dicho.
¿Reclutar para una escuela? Es demasiada coincidencia.
Pero, además, si no es universitario, ¿qué edad tiene este chico?
Supuse que alrededor de los diecinueve años.
De hecho, que fuera claramente mayor que yo me había parecido excitante, pero ¿cuánto mayor es en realidad?
Intento no mirar mientras hago de nuevo cábalas.
Cabeza llena de pelo oscuro. Arrugas alrededor de los ojos, pero solo porque está sonriendo.
Hay una cierta madurez en él que no había notado antes.
De repente, parece no tener edad, y siento pánico.
¿Cuántos años tiene? ¿Cuántos años cree que tengo?
¿Importará? Realmente no quiero arruinar esto.
—Entonces, ¿eres profesor? —le pregunto.
—Supongo que podría decirse así. ¿A qué te dedicas? Supongo que todavía estudias.
Su sonrisa es amplia y, por la forma en que pronuncia «estudias», sé que se refiere a la universidad y que se va a incomodar cuando sepa que solo estoy en el último año de instituto.
—Mmm... sí, todavía estudiando. Estoy en mis vacaciones de invierno —respondo.
—¿Qué estás estudiando? Espera, déjame adivinar... ¿Historia del Arte? —pregunta con esa sonrisa y esos hoyuelos tan juguetones. De verdad que no quiero, pero... sé que tengo que decírselo.
—En realidad, Michael, todavía voy al instituto.
Su muslo, que está apretado contra el mío, se tensa. Sus ojos se abren como platos y evalúa mi aspecto igual que yo lo hice justo antes.
—¿Cuántos años tienes?
—Casi dieciocho —digo jugando con el concepto «casi».
—Oh —se endereza, moviéndose para que ninguna parte de su cuerpo roce el mío. Siento cómo el aire frío se apodera de su calor.
—Debería de haber... simplemente supuse... Quiero decir, una mujer inteligente, hermosa, viajando por su cuenta...
El banco es estrecho y estamos muy cerca. La música está muy alta y esto es demasiado para mí. Me levanto y mi servilleta cae al suelo.
—Tal vez es mejor que salgamos a tomar el aire.
—Buena idea.
Me apresuro a adentrarme en la frescura de la noche mientras Michael deja unos euros sobre la mesa.
Me sigue cauteloso. Esquivamos a un par de fumadores y nos apoyamos en un tramo de la verja de hierro forjado.
Sobre esta, caen las hojas de una pobre planta.
Paso mis dedos por su tallo. Michael empieza a mordisquearse las uñas, luego se da cuenta y, en su lugar, saca del bolsillo una navaja suiza.
Con el dedo abre y cierra el sacacorchos. Los dos miramos hacia el suelo.
Me llamó inteligente y guapa.
Soy demasiado blanda, estoy demasiado lejos de alcanzar el canon estándar de belleza.
Tengo algunos rasgos bonitos, eso sí: unos grandes ojos marrones y una nariz respingona, también un trasero que es demasiado grande o demasiado pequeño, depende de a quién le preguntes.
Soy del promedio bonito. Pero entiendo que hay una clara diferencia entre bonita y hermosa.
Por desgracia, bonita nunca ha sido suficiente para los estándares de un chico como Kor, pero a Michael parece gustarle.
Ya no importa. La decepción me quema profundamente.
Supongo que tendría que haber sabido que Michael era demasiado bueno para ser real.
—¿Cuántos años tienes? —le pregunto al fin.
—Veintiuno.
Vale, eso no es tan malo. Salí con un estudiante de último año durante mi primer año de instituto, ahora él debería de tener alrededor de veintiuno. Kor ya tiene veinte años. Pero la marcada distancia que Michael mantiene entre nosotros manifiesta que mi edad es un duro obstáculo para él.
Sigo toqueteando la planta, enroscándola alrededor de los barrotes de la verja.
El roce me produce un plácido hormigueo en la piel de mis dedos, una sensación que estoy tan acostumbrada a reprimir que inmediatamente quito la mano de las hojas.
No sé muy bien hacia dónde mirar o qué pensar mientras el silencio se cierne entre nosotros; el buen ambiente de antes se ha esfumado, rociado con el frío de la incomodidad.
Lo fácil sería marcharme, pero no puedo. No importa cómo de decepcionada me sienta ahora mismo, el hecho de que Michael esté aquí para reclutar estudiantes no es algo que se pueda ignorar. Necesito averiguar si es la persona a quien me han enviado a buscar.
A pesar de que mis instintos se oponen a ello, alargo la mano para tocar la planta de nuevo, puedo usar la sensación para confirmar mis sospechas.
Normalmente intento evitar a toda costa el hormigueo en las manos, pero ahora hago lo contrario y dejo que fluya libremente.
Mientras lo hago, indago para obtener más información.
—Veintiuno me parece muy joven para ser profesor —digo. Resulta imposible que enseñe a gente menor que él; ese pianista, por ejemplo, era un adulto de pleno derecho.
Michael se sonroja y baja la mirada mientras dice:
—Yo era el licenciado más joven en mi campo de las últimas dos décadas.
Guapo, dulce y un prodigio. Me lo imagino.
Me pican los nervios al sentir el calor que fluye de mi mano hacia la planta.
No puedo evitar oír la voz de mi madre en mi cabeza advirtiéndome de que alguien me está observando, mi padre me dice que respire hondo y disimule.
Pero cuando Michael mira la planta, que se enrosca alrededor de mis dedos, sus ojos se iluminan de asombro.
—¿Qué haces? —pregunta.
—Solo ajusto el tallo para que tenga una mayor luz solar por la mañana.
—Ada, mírala. Estaba prácticamente muerta hace unos segundos. Ahora parece que esté a solo un día soleado para polinizar.
—Siempre se me han dado bien las plantas —digo. Es verdad, pero no es solo eso.
Esa soy yo usando las habilidades que me hacen diferente.
La anormalidad de que, si juego bien mis cartas, podría alcanzar el objetivo por el que me han hecho dar la vuelta al mundo.
La maldición que, hasta hace poco, estaba convencida de que nadie debería conocer, pero ahora puede que finalmente sea útil para algo.
Los ojos de Michael me recorren rápidamente, pero no de forma sugerente, sino más bien clínica.
—¿Te curas con facilidad? —pregunta.
La alarma se enciende en mis entrañas. Este tipo de pregunta prácticamente confirma mi corazonada.
La respuesta es afirmativa: aunque me haya lesionado muchas veces, nunca ha sido nada grave.
Como la primera vez que fui a hacer snowboard y choqué con un árbol, pero salí ilesa, o cuando me corté a través del guante con las tijeras de podar y no necesité puntos. No contesto, él insiste.
—¿Te crece rápido el pelo?
La respuesta vuelve a ser afirmativa. Mi pelo ondulado y las uñas también, no importa cuántas veces me las corte parecen constantemente crecer, crecer, crecer.
Siempre he sospechado que estos rasgos son síntomas de lo que me hace diferente, pero de la única manera que Michael podría adivinar estas cosas es si este encuentro resulta ser menos fortuito de lo que pensaba.
Aún no he respondido, pero él percibe la afirmación en mi mirada.
—Eureka —dice en voz baja. Su jovialidad ha sido sustituida por seriedad y ahora parece mayor, más de su edad.
—He estado viniendo a este lugar cada noche de la semana para contratar a un pianista cuando debería haber estado buscándote a ti durante todo el tiempo.
Esto debería ser emocionante, pero mi estómago está lleno de decepción. Yo solo quería tener una cita con un chico guapo. No un chico, me recuerdo a mí misma. Un hombre.
Y en el transcurso de nuestro flirteo no he aprendido casi nada sobre él. No sé de dónde es o lo que realmente está haciendo aquí en Italia.
Seguro que tiene que ver con el motivo por el que me enviaron a Italia.
Se me acelera el pulso. Estoy cerca de lo que vine a buscar hasta aquí, pero también estoy asustada.
Estoy sola de noche con un extraño mayor que yo del que acepté un trago y que me observa como si fuera un experimento científico. Necesito algo de espacio.
—Tengo que ir al baño —digo.
—Oh, vale, te esperaré aquí.
Vuelvo a entrar al restaurante y me abro paso entre la multitud hasta el pasillo de atrás.
Una corriente de aire, que va desde la entrada del personal hasta el aparcamiento, me produce escalofríos mientras atravieso la puerta del baño.
Dentro me echo agua fría en mis mejillas sonrojadas.
La puerta cruje y me doy la vuelta, pero no hay nadie.
Se me eriza el vello de la nuca y cierro el grifo, que sigue goteando.
Una gota.
Otra gota.
Veo que algo se mueve en el espejo, pero cuando me doy la vuelta de nuevo, no hay nada.
Busco mi teléfono en el bolsillo, intentando desbloquearlo con torpeza, asustada incluso de respirar.
Un gran brazo serpentea alrededor de mi torso.
El pánico se apodera de mí cuando mi teléfono cae y se estrella contra el suelo embaldosado.
Empujo contra mi atacante y casi consigo escabullirme de su agarre, pero entonces el dolor estalla detrás de mis ojos al recibir un golpe en la nuca. Todo se va emborronando.
Es entonces cuando me meten en una caja.