10 En el Corazón de los Malafortunados
En la oscuridad de la noche, Mary Lou había logrado encontrar inesperado reposo. Todavía convencida de que podía morir feliz por encontrar el amor correcto incluso si nunca lo hubiera podido vivir plenamente, la joven había dejado de pensar en su mala suerte para abrazar lo único bueno que tenía en su vida. Al final de cuentas, si esta estaba por terminar, ¿de qué servía irse hirviendo en ira contra el mundo y lamento por uno mismo? No. No le daría tal satisfacción a la existencia.
Había llegado como un bebé infeliz, pero se iría como una mujer feliz, pasase lo que pasase; y cuando se decidió a que ella decidiría el cómo se sintiese pese a la terrible situación en la que se encontraba, entonces todo lo demás dejó de importarle. Así, pues, que logró dormir tranquilamente, conciliando incluso sueños dulces. Sueños de amor y felicidad en compañía de ese ingenuo Billy Nelson y ella viviendo en una granja con un montón de hijos, lejos del mundo y de toda su crueldad.
¿Quién sabe? Quizá eso era el cielo. Quizá eso era lo que le aguardaba más allá del sueño eterno.
Si era así, bien. Si no, cuando menos lo experimentaba en su sueño y eso era suficiente. Era una alegría suficiente para partir. Para dejar este cruel mundo atrás. Para vencer esa maldición que la vida le había puesto, a su manera.
Pero era, a fin de cuentas, Mary Lou, y eso significaba una sola cosa: si existía forma en la que ella pudiese ser feliz, un hombre tenía que venir a quitársela de inmediato.
Esto pasó cuando sus plácidos sueños fueron brutalmente interrumpidos por el sonido de alguien cortándole la cuerda que la amarraba al brazo y luego, por un empujar a su hombro, obligándola a despertar y regresar a esta pesadilla que conocía como realidad.
¡Era Bert!
─¡¿Qué crees que estás…!? ─Mary Lou trató de preguntar.
Bert le cubrió la boca y la detuvo.
─Shh ─murmuró─. No podemos despertarlo. Vamos.
La liberó de sus ataduras en manos y pies y la levantó. ¡Maldito! ¡¿Cómo se atrevía a rescatarla en medio de lo que era el último buen sueño que alguna vez tendría!?
Oh, esperen. ¿Estaba rescatándola?
A Mary Lou le tomó más de un momento comprender que esto era lo que pasaba.
─Mira, lo siento, ¿sí? ─le dijo Bert─. No soy realmente un hombre malo. Tan sólo…
Mary Lou soltó una risa escéptica.
─¡Te robaste todo mi dinero! ─gritó en un susurro─. ¡Me prometiste todo y…!
─¡Lo sé!
─¡Te robaste mi ropa!
─¡Ya sé!
─¡Y mis zapatos! ¡¿Para qué querías mis zapatos!?
─¡Esos fueron ellos! Pensaron que podríamos venderlos. Además, yo te compré mucha de esa ropa, así que basta…
─¡No toda! ¡Había cosas ahí que me pasé años tratando conseguir y…!
─¡De acuerdo! ¡De acuerdo! ¡Basta! ─pidió Bert─. Mira, en verdad, si sirve de algo… En verdad amé hacerte el amor.
Mary Lou le soltó una bofetada que lo dejó atónito.
─Me rompiste el corazón ─dijo Mary Lou.
Bert la miró en silencio por un momento y asintió la cabeza.
─Quizá, pero estás mejor ahora, ¿no? ─dijo─. Tú misma lo dijiste.
Mary Lou agachó la mirada, un tanto avergonzada. Era cierto.
─Así que vuelve con el hombre que en verdad amas y olvídate de nosotros ─siguió Bert─. Por tu propio bien.
Mary Lou lo miró de nuevo, un tanto movida por su gesto.
─Pero ¿y qué hay de ti? ─preguntó.
─Yo no soy el hombre para ti, cariño ─respondió.
─¡No, ya sé que no! Pero… ¿Qué pasará contigo?
─Eh, me las arreglaré. Puedo con ellos y…
¡BANG! ¡Un disparo de Hank derribó a Bert en el acto y Mary Lou se congeló!
─¡Sí, no contaría con eso! ─gritó Hank.
Bert gritó y se llevó la mano a la parte baja de su espalda, herido.
─¡Maldito traidor! ─gritó Bert.
─¡Oye, yo no soy el que está rompiendo nuestro acuerdo! ─contestó Hank─. Ahora, ¡hasta aquí llegaste, Romeo!
Hank apuntó su revólver al rostro de Bert, listo para terminarlo, cuando Mary Lou se interpuso entre ambos.
─¡No, por favor! ─dijo─. ¡No lo mates!
─Me parece que ya hemos pasado por esta situación antes, gatita ─dijo Hank─. Y no terminó muy bien para ti. ¿En verdad quieres arriesgar tu vida por esta rata pestilente?
Mary Lou volteó hacia Bert. Sí, ya no lo amaba. Sí, sabía ya el tipo de hombre que era. Sí, estaba furiosa con él. Pero ¿eso ameritaba dejarlo morir? Tan sólo no iba con su naturaleza. Tan sólo no era lo correcto a… ¡Un momento! ¿Qué era eso que Bert desenfundaba por debajo de su manga? ¡Un revólver de dos balas!
Mary Lou se congeló, comprendiendo lo que estaba por suceder.
─Por favor, no ─dijo─. ¡No quiero que nadie muera a causa mía!
─¡Entonces escogiste al hombre equivocado! ─respondió Hank.
Su dedo estaba por jalar el gatillo para terminarla, cuando Bert gritó:
─¡Abajo, Mary Lou!
La derribó de una patada ¡y soltó un balazo en Hank!
─¡Ah! ─gritó Hank mientras caía y azotaba en el suelo.
De inmediato, el resto de la pandilla reaccionó.
Bert actuó con prisa. Disparó una segunda vez… y eso fue todo. Su arma sólo tenía dos balas. ¿Era un arma inútil? No del todo. ¿Podía tener algo mejor? Sin duda.
Pero Mary Lou no dejaría que las cosas terminasen así, con ella y su patético esposo siendo balaceados por una banda cualquiera. Aprovechó los dos segundos de confusión que siguieron al segundo disparo de Bert y agarró el revólver de Hank.
De inmediato soltó un par de disparos en dirección a la pandilla, no con intención de matarlos sino meramente de asustarlos.
Funcionó. La pandilla se agachó y ocultó como pudo, y en ese breve lapso, Mary Lou aprovechó para ayudar a un muy sorprendido Bert a levantarse.
─¡Vamos, levántate! ─le dijo─. ¡Tenemos que irnos!
Lo llevó hasta su caballo, sin que él dejase de mirarla con estupefacción.
─¡¿Dónde aprendiste a hacer eso!? ─preguntó.
─¡Aparentemente es un talento natural! ─dijo Mary Lou con todo orgullo.
Las balas volaron sobre ellos.
─¡Ahora cabalga! ¡Yo te cubro! ─dijo.
Con ella a su espalda (y bastante dolor punzando en su herida), Bert azotó las riendas de los caballos y el par salió disparado del campamento mientras Mary Lou volvía a soltar un par de disparos a la pandilla.
Hank se levantó entonces, sosteniendo su lastimado hombro izquierdo.
─¡¿Qué carajo!? ─gritó─. ¡Vayan por ellos!
La pandilla se hizo de sus caballos y una persecución tomó lugar.
Mary Lou y Bert cabalgaron por el vasto campo bajo la luz de la luna, algo lo cual hizo a la joven pronto pensar y decir:
─¿Sabes? Esto habría sido muy romántico ¡si no fueses todo un maldito canalla!
Bert la miró sobre su hombro, todavía incapaz de creer lo que sucedía.
─¿Por qué haces esto, Mary Lou? ─preguntó─. Pudiste irte por tu cuenta.
Mary Lou lo miró con seriedad.
─Seguimos siendo esposo y esposa ─dijo─. Por ahora, cuando menos.
Bert sonrió, enternecido e inspirado por su respuesta y Mary Lou compartió el gesto cuando, ¡BANG! ¡BANG! ¡Balas volvieron a volar sobre ellos!
─¡Más rápido! ─gritó Mary Lou.
Bert trató ir más rápido, pero el dolor comenzaba a paralizarlo. Mary Lou soltó un par de disparos más y derribó a uno de sus perseguidores.
─¡Le di! ¡Billy estaría tan orgulloso! ─dijo.
Oír ese nombre trajo un dolor diferente al rostro de Bert, pero no se detuvo. Tenían que escapar de ahí cuanto antes.
*****
¿Qué sucedía con Billy entre tanto? Luego de abandonar Cherry Hill en compañía de su hermano, los dos jinetes cabalgaban a toda velocidad en dirección al norte. Billy iba al frente, más determinado y ansioso que su hermano, quien comenzaba a temer por las expectativas de lo que fuesen capaces de lograr.
─¡Sabes que esto no será sencillo, ¿cierto!? ─dijo el alguacil─. ¡Podríamos pasar toda la noche buscando y no hallar nada! ¡Lo importante aquí es seguir…!
Billy se detuvo súbitamente, oyendo algo a la distancia.
─¡Shh! ¿Oyes eso? ─preguntó.
El alguacil se detuvo también y prestó atención. ¡Disparos sonaban cerca!
Los hermanos compartieron una mirada y no lo pensaron dos veces, pronto redireccionando a sus caballos hacia el origen del tiroteo.
Desde luego, este se trataba del de Mary Lou, la cual se hallaba en un problema.
─¡Nos quedamos sin balas! ─advirtió a Bert.
─¡Trata con esto! ─Bert trató de quitarse su cinturón y dárselo a Mary Lou.
No obstante, el dolor de su herida punzó con más fuerza al sentir el cinturón rozarle y, en cambio, sólo pudo gritar y perder control del caballo.
─¡Bert! ─exclamó Mary Lou, preocupa.
Trató de ayudarlo, pero no sirvió de nada. Un mal jalar de las riendas hizo al caballo detenerse bruscamente y caer de costado, derribando a Bert y Mary Lou consigo. Una nube de polvo se alzó a su alrededor y por un momento hubo un silencio.
─¡Bert! ¡Bert! ─la voz de Mary Lou sonó entre su tos.
Había azotado sobre su costado y estaba de lo más adolorida, pero no le importó. Se arrastró hasta su esposo, quien se retorcía con dolor a unos pasos de ella.
─¡Mary Lou! ─contestó Bert, lleno de dolor─. ¡Ten! ¡Sálvate!
Le concedió su cinturón con sus balas.
─¡Oh, Bert! ─Mary Lou lloró, preocupada.
Sí, era un bastardo, pero estaba intentando ser mejor persona, ¿cierto?
─¡Lo siento, Mary Lou! ─Bert acarició su rostro suavemente─. ¡En verdad!
Sí, la gente hace cosas curiosas cuando están listos para partir a la eternidad; y, por un breve momento, Mary Lou logró incluso olvidar todas sus malas jugadas para compartir un suave apretar de manos con el que estaba preparada a despedirlo para siempre… ¡cuando Hank y su pandilla los rodearon!
Mary Lou trató recargar su revólver con las balas de Bert, pero un disparo de Hank se lo arrebató de las manos.
─¡Ah-ah! ¡Ya no más de eso, ¿oíste, gatita!? ─gritó Hank.
Sí, Mary Lou estaba ahora desarmada, en sus rodillas, junto a un esposo falso herido e inútil, rodeada por cuatro crueles bandidos y, sin embargo… ni una sola lágrima brotaba de sus ojos. No por ellos. No. No les daría esa satisfacción.
En cambio, escupió al suelo y les dijo:
─¡¿Pues qué espera!? ¡Termine con esto!
Hank soltó una gran carcajada.
─¡En verdad la subestimé, gatita! Pero tiene razón. Esto se acaba aquí y ahora…
Apuntó su arma al rostro de Mary Lou, listo para terminarla… ¡cuando un disparo le dio por la espalda y lo derribó de su caballo!