9 Descubrimientos en la Oscuridad #3
─¿Qué crees? ─contestó Dan.
No hacía falta mayor explicación. Billy sacudió la cabeza y suspiró.
─¿Y bien? ─siguió Dan─. ¿Qué pasó con la Sra. Daniels?
Billy explicó todo el asunto de manera resumida y ordenada mientras un doctor atendió el brazo de su hermano. Eso y unas cuatro tazas de café cargado lo hicieron regresar en sí y entender lo acontecido.
─¿Entonces la timó? ─preguntó el alguacil Nelson.
─¡Sí! ─respondió Billy, desesperado mientras caminaba en círculos por su celda─. ¡Debí haberlo sabido! ¡Todo era tan raro desde el inicio! La forma en que desapareció, el por qué dejaron a la Sra. Daniels. Debí haberle advertido…
─Fue raro, en efecto ─contestó el alguacil─. Lo mismo pensé en un momento, pero tampoco me pareció apropiado decírselo. La pobre muchacha tenía el corazón demasiado roto para meterle la idea de que su esposo pudiese estarle haciendo una mala jugada. En parte es por eso que no quería que viniesen, Billy.
’Si mis sospechas resultaban ser ciertas, sabía que eso la destruiría por completo o, peor aún, que ese hombre terminase su sucio acto. Mi plan era encontrarlos, arrestarlos de ser cierto, y decirle a la Sra. Daniels que su esposo había muerto, devolviéndole, con suerte, algo de su dinero.
─¡¿Y por qué no dijiste nada!? ─preguntó Billy.
─No lo sé, Billy, no lo sé ─suspiró el alguacil─. Supongo que no confiaba en ti.
Billy se detuvo, afectado por esto.
─Pero quizá debí haberlo hecho ─siguió su hermano─. Quizá de esa forma nos habríamos evitado todo este lío, y quizá la Sra. Daniels aún estaría a salvo.
Billy se recargó en su celda, derrotado y suspiró.
─Está bien, Will. Tenías razón ─dijo─. No debí haberla traído.
En varias ocasiones el alguacil Willie Nelson había visto a su hermano lamentarse por alguno de sus errores; y en varias ocasiones sabía que la culpa no era del todo suya. Sabía que no quiso dispararle al reverendo, sabía que aquella mujer sólo cayó al pozo porque alguien chocó con Billy, y sabía que Billy sólo quiso detener un asalto cuando noqueó al delegado y dejó escapar al viejo Carrigan.
Todo eso provenía del deseo de querer ayudar y de una terrible suerte; y durante todas esas ocasiones, la culpa en el rostro de Billy era similar a la de un perro arrepentido. Un ser que causaba accidentes con la mejor de las intenciones, pero que a final de cuentas era inocente. En esta ocasión, no obstante, el rostro de Billy pesaba. Jamás le había visto tan abatido, desesperado, o avergonzado, y lo cual provenía de un sincero sentimiento de culpa… y de una preocupación que iba más allá.
El alguacil soltó una risa y sacudió la cabeza.
─No, no debiste ─dijo─. Pero bueno, todos hacemos estupideces al enamorarnos.
─No estoy… ─Billy trató de corregirlo.
─Sí, lo estás. ¿Por qué otra razón habrías hecho de todo esto?
─¡Porque quería ayudarla! ¡Eso era todo! Quería ser… como tú. Un héroe.
Billy agachó la cabeza, avergonzado. El alguacil volvió a reír.
─No soy ningún héroe ─dijo─. Soy un ebrio con una placa.
Billy lo miró con cierta chispa juguetona en sus ojos.
─Se puede ser dos cosas a la vez ─respondió.
─¡Ja! ¡Imbécil! ─rio el alguacil.
─Tienes que salvarla, Will ─dijo Billy, con toda seriedad.
─No… Tenemos que salvarla, Bill ─respondió su hermano.
Billy lo miró con sorpresa y confusión, y su hermano se levantó, arqueando su espalda con dolor y sacando su brazo roto de las manos del doctor que aún no terminaba de enyesarlo.
─¡Con eso basta! ─le dijo.
─Espera, ¿a qué te refieres con que “tenemos”? ─preguntó Billy.
─¡Pues, ¿qué crees!? ─repuso su hermano─. ¡Tú causaste esto! ¡No esperarás a que yo resuelva tu desastre, ¿o sí!?
─Pues, no. Claro que no. Pero considerando mi mala suerte…
─Tu mala suerte es épica y desastrosa, hermanito.
─Tú eres el hermano menor aquí… ─suspiró Billy.
─Pero no puedes dejarla tomar control de tu vida ─siguió el alguacil─. Ese no es el Billy que conozco; y si en verdad quieres ser un héroe, su héroe…
─Eso quiero ─dijo Billy, con toda sinceridad.
─¡Entonces vendrás conmigo! ¡Hagamos de ti un héroe por un día!
Billy extendió una sonrisa, y su hermano pagó por la fianza. En cuestión de minutos, se hallaron ya sobre sus caballos, mientras el alguacil daba unas últimas órdenes a Dan.
─Si no los vimos en nuestro camino aquí, significa que debieron ir al norte ─dijo─. Reúne a todos y que nos vean en Black Bear Cross, ¿de acuerdo?
─¿Seguro que quieres ir con él? ─preguntó Dan.
El alguacil arrojó un vistazo a su hermano. Billy sonreía, tratando parecer confiable.
─Entre los dos casi hacemos un hombre ─dijo el alguacil.
Billy colgó sus hombros, expresando un gran “¿en verdad?” y su hermano rio.
─¡Estaremos bien! ¡Ve por ellos! ─dijo.
Dan se retiró de inmediato.
─En cuanto a ti, hermano mayor ─siguió Willie─. Supongo que necesitas un arma…
─No, gracias. ¡Ya tengo una! ─Billy desenfundó el revólver de la Sra. Rita.
─¡Qué rayos! ¡¿De dónde sacaste eso!?
─¡De la Sra. Rita!
─¡Eso lo explica!
Compartieron una risa y se dieron a la cabalgata bajo la luz de la luna, buscando rescatar a la dulce Mary Lou.