9 Descubrimientos en la Oscuridad #2
Lo que es curioso de esos momentos es cómo ponen las cosas en perspectiva. De repente, la idea de estar tocando en la puerta celestial del Gran Hombre allá arriba no parece tan mala, de no ser porque implica que pasarás la eternidad como un maldito tonto.
Hay cosas peores que la muerte, eso es seguro, y amar a la persona incorrecta es algo que seguramente está en lo más alto de esa lista.
Y en esa fatal noche, Mary Lou maldijo su estúpido corazón por haberse enamorado; y como pasa cada vez que se persigue al conejo equivocado, su mente comenzó a deambular por un profundo agujero de pensamientos que sólo la hicieron desear que ese atroz destino que el maldito Hank le había prometido llegase más pronto.
El por qué alguna vez quiso ser amada era algo que simplemente ya no entendía.
El amor no le había traído nada más que dolor, y lo único que pudo pensar era que quizá ella era una de esas vacas que van a tirarse de un precipicio.
Se imaginó a sí misma al borde de uno. Mirando el vacío eterno a un paso de distancia. ¡Cuán tentador era! ¡Cuán tentadora era entregarse a la locura, a la angustia, al sufrimiento, a la muerte de todo placer en vida que implicaba el amar a alguien!
Pero entonces algo pasó.
De entre todas las malas experiencias que había pasado y que volaban su mente como demonios crueles y burlones, hubo una que no le causó dolor, incluso si era la única en la que nunca se atrevió a pensar de verdad.
Se imaginó cayendo así al vacío y siendo atrapada por Billy… y fue ahí que toda esa angustia, ese pesar, y ese remordimiento pasó de un momento a otro, comprendiendo que, a final de cuentas, estaría bien, incluso si no lograba escapar de esos malditos cuervos criminales que cenaban y hablaban a unos metros de ella.
Fijó su mirada en Hank, ya sin fruncir el ceño ni mostrando la más mínima pizca de ira o enojo, sino únicamente de resolución.
─¡¿Y tú qué diablos miras!? ─le preguntó Hank.
Mary Lou no respondió. En cambio, lo miró con toda calma.
─Mira, gatita, sé lo que debes estar pensando, pero esto no fue personal ─dijo─. No eres la primera muchacha ingenua e ilusa que Bert tima, y si juega sus cartas correctamente, tampoco serás la última. Él sólo lo hace para sobrevivir. ¡Carajo! ¡Todos lo hacemos! Así que déjate de ese acto de víctima con el corazón roto, ¿quieres?
Mary Lou pronunció algo incomprensible bajo su mordaza.
─¿Qué? ─preguntó Hank.
Mary Lou volvió a pronunciarlo, sin que una sola palabra se le comprendiese. Hank indicó a uno de sus hombres que le quitase la mordaza y continuó.
─¿Qué decías? ─preguntó.
─No tengo el corazón roto ─respondió Mary Lou.
─¿No lo tienes? ─rio Hank─. ¿Entonces viajaste todo este camino para encontrar a un hombre al que no amas?
─No, sí encontré al hombre que amo ─dijo Mary Lou─. Sólo que no es él…
Todos los ojos cayeron en un congelado Bert. Sus compañeros se burlaron.
─¡Pues, ¿qué tal eso, Bert!? ─se mofó Hank─. ¡La gatita viajó todo esto sólo para decirte que no eres lo suficientemente bueno para ella!
La pandilla soltó una brutal carcajada y Bert agachó la mirada, afligido.
─Supongo que eso hará tu tarea mañana más fácil, ¿eh? ─siguió Hank.
Bert no tuvo nada que decir al respecto.
─¡Bueno, bien por ti por olvidarte de ese cretino tan fácilmente, gatita! ─dijo Hank─. Pero qué malo que no te diste cuenta antes.
Mary Lou se encogió en hombros.
─Al menos moriré sabiendo lo que es amar a la persona correcta para variar ─dijo.
─Pero no lograrán estar juntos ─señaló uno de los hombres de Hank.
─¿Y qué? ─repuso Mary Lou, con toda calma─. ¿Quién dice que el amor verdadero es para siempre? Quizá todo eso es sólo mierda, perdonen mi lenguaje. Quizá la vida no es más que un montón de tragedias, y todo lo que puedes hacer es tratar de disfrutar los pocos rayos de sol que te lleguen. Y si eres lo suficientemente afortunada para apreciarlos, entonces al menos podrás morir con un corazón feliz. Y, por lo tanto, puedo decir que finalmente soy lo suficientemente afortunada para morir con un corazón feliz.
La pandilla se miró entre sí, sorprendida, mientras Bert sólo la observó, sorprendido por la genuinidad con lo que decía esto y lo feliz que se veía.
─¡Nunca he conocido a una mujer tan feliz de morir! ─rio Hank─. ¡Eso sólo prueba que hay una primera vez para todo! ¡Gatita, sin duda eres única en tu tipo!
─Y tú no eres más que otro hombre despreciable en una larga fila de hombres despreciables que me han acompañado toda la vida ─respondió Mary Lou─. Pero, de nuevo, todo ha valido la pena porque ahora sé lo que significa ser afortunada y… quizá… incluso amada ─sonrió con absoluta dulzura.
Hank realizó un brindis en su honor, en parte burlón y en parte honesto. Bert, por su parte, sólo continuó viendo a la resuelta y relajada Mary Lou. Jamás la había visto así. Feliz, sí. Emocionada, también. Pero ¿serena y en paz con el mundo? No.
Por una extraña coincidencia, su corazón le dolió en el momento y una rara tristeza se apoderó de él, y se apartó del campamento para entender su mente.
*****
Curiosamente lo que traía paz a Mary Lou en su momento de mayor angustia estaba de lo más angustiado tratando de liberarse para ir a rescatar a aquello sin lo cual jamás se volvería a sentirse tranquilo. Forzando una espuela en el cerrojo de su celda, Billy hacía su mayor esfuerzo por lograr escapar de la prisión de Cherry Hill.
Su cabeza aún le dolía, pero cuando menos el mareo había desaparecido y pese a no tener una idea precisamente clara de qué hacer si lograba salir de ahí, sí sabía que no descansaría hasta encontrar a Mary Lou.
No se atrevía ni a pensar que ella no siguiese con vida. Debía estarlo. Su historia no podía terminar así. Se merecía algo mejor que eso, y en su corazón hacía un pacto con Dios. Si lograba rescatarla, si hacía que saliera sana y salva de su precaria situación, entonces todo lo demás en su vida estaría perdonado. Nunca se volvería a quejar, ni volvería a reclamar, y pasaría el resto de su vida agradecido, incluso si no llegaba a compartirla con Mary Lou.
Entonces, un milagro llegó. Un milagro ebrio, grosero y problemático llamado Willie.
A las afueras de la comisaría, el alguacil de Villa Williams arribaba en compañía de uno de sus delegados, abrazando lo que era un brazo roto, mientras arrastraba palabras y se quejaba.
─¡¿Quién anda ahí!? ─preguntó uno de los delegados de Cherry Hill.
─¡No dispare, delegado! ─dijo el compañero de Willie─. ¡Sólo somos nosotros! ¡El alguacil Nelson se rompió el brazo y…!
─¡Estoy bieeen! ─el alguacil lo empujó─. ¡Soy el alguacil de…!
Se balanceó sobre su caballo y casi se cayó, de no ser porque su compañero lo sostuvo. Lo que fuese que estuviese por decir, desapareció de su mente, regresándolo a ese estado de confusión tan común entre los ebrios.
─¡Está borracho! ─gritó el delegado.
─¿Cómo cree que se rompió el brazo?
─De acuerdo. Entren. Les conseguiré ayuda.
El compañero de Willie lo ayudó a bajar de su caballo – a tropezones, claro, y casi incapaz de sostenerse, pero llevándolo hasta la entrada de la comisaría, mientras el delegado de Cherry Hill soltaba una risa de mofa.
─¡Supongo que es de familia! ─dijo.
El compañero de Willie frunció el ceño, confundido. ¿A qué se refería?
La respuesta se presentó al entrar a la comisaría y encontrar ahí a Billy mientras hacía su mejor esfuerzo por abrir la celda. Como siempre, su mejor esfuerzo no servía de nada.
─¡No estaba haciendo nada! ─Billy se apartó con nervios al ver que alguien entró.
─¡¿Billy!? ─exclamó el compañero de Willie.
─¡¿Dan!? ─contestó Billy, también confundido.
─¡¿Qué rayos estás haciendo aquí!? ─preguntó Dan─. ¿Dónde está la Sra. Daniels?
─Es una larga historia. Tendrás que sacarme…
El alguacil Nelson vio entonces a su hermano y sonrió, inesperadamente feliz.
─¡Holaaa, hermano! ─gritó─. ¿Qué haces aquí? ¿Te arrestaron por mala suerte?
Se rio y cayó de sentón en una silla.
─¡Ouch! ─gritó, sintiendo una vez más el punzar de su brazo roto.
─¿Qué le pasó? ─preguntó Billy.