Absolutamente Dulce Mary Lou 9 Descubrimientos en la Oscuridad
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9 Descubrimientos en la Oscuridad

De manera que eso había pasado. La dulce Mary Lou y el valiente Billy Nelson habían logrado encontrar al infame Bert Daniels luego de días de ardua búsqueda y no poco sufrimiento, todo para que aquel tan llamado rapto, ese suceso traumatizante que había tenido a la pobre joven sufriendo pesadillas y reclamándose sin parar por su infortunio y llorando con miedo por lo que podría haberle causado al tan llamado mejor hombre del mundo, no fuese más que una mentira. Un engaño descarado y cruel que se había convertido de un momento a otro de la mejor experiencia en la vida de Mary Lou, a la absolutamente peor. Humillante, absurda y abrumadora.

Y en el caso de Billy no era mucho mejor. Sí, quizá él no conocía a Bert. Quizá él no tenía razones para confiar en él. Quizá incluso las tenía para desconfiar. Al final de cuentas todo ese asunto de la ausencia de un rastro que demostrase el más mínimo esfuerzo de ser llevado por maleantes, especialmente luego de ver cómo dejaban inconsciente a su adorada esposa, le había hecho dudar de la naturaleza del suceso. Pero también le había fallado.

Prometió ayudarla. Protegerla. Defenderla del peligro, quizá no en persona, pero sí hacia sus interiores, y cuando más lo necesitó, cuando más tenía oportunidad de demostrarle al mundo y a sí mismo que no era un fracaso de hombre, fue dejado fuera de combate en un instante. ¿Qué clase de persona era esa? ¿Qué clase de hombre era Billy? Un inútil.

Cuando menos así se sintió conforme despertó horas después del golpe, tirado en el callejón detrás del bar, con un terrible dolor de cabeza y una desorientación en general. Para entonces era ya de noche y el ambiente nocturno había llegado como siempre. Música y risas se oían en el bar. La gente se agrupaba para descansar. Y a nadie le parecía importar un hombre tirado detrás de un barril. ¿Alguien lo había visto siquiera? No parecía ser el caso. Así de importante y destacado era. Podía desaparecer y a todos les daba lo mismo.

─¿Señora? ─Billy la buscó de inmediato.

Pero de Mary Lou no había ni una seña. No. Lo único que Billy encontró fue a un niño afroamericano de unos siete años, comiendo una manzana sobre uno de los barriles, mirándolo con curiosidad como si se tratase de un animal herido.

─¿Está ebrio, señor? ─le preguntó.

─No, yo… Yo soy Billy ─respondió Billy.

Poco a poco su mente recreó los acontecimientos y trató de levantarse, torpe y lento.

─Puede haber ebrios que se llamen Billy ─señaló el niño.

Billy sacudió la cabeza, sintiendo el dolor pesarle como si tuviese un yunque en su nuca. Luego notó que su revólver había desaparecido y, de inmediato, todo volvió a su mente. ¡Mary Lou estaba en problemas!

─¡La mujer! ─exclamó─. ¡¿Dónde está!?

El niño sólo se encogió en hombros. ¿Qué podía a saber él?

─¡Tengo que ver al alguacil! ─dijo Billy y se marchó a toda prisa.

─¡Ebrios! ─el niño sentenció, sacudiendo la cabeza y comiendo su manzana.

Con pasos pesados y torpes, Billy se abrió paso por la calle. La gente se apartó, creyéndole, al igual que el niño, un ebrio cualquiera. Le reclamaron y le insultaron, pero, como siempre, no le importó. Lo único que le importaba era la mujer y llegar con el alguacil para pedir por auxilio.

Irrumpió como un toro mareado y gritó de inmediato:

─¡Estaban aquí! ¡La pandilla de Bert Daniels!

─¿Ah? ─contestó el viejo y amargado alguacil.

─¡Se llevaron a la Sra. Daniels!

Billy tropezó entonces sobre el escritorio y luchó por levantarse.

─¡¿Qué carajo crees que haces, muchacho!? ¡¿Acaso estás ebrio!?

─¡Debe ayudarla, alguacil! ¡Por favor!

─¡Primero buscabas por el Sr. Daniels y ahora es la Sra. Daniels! ─se mofó el alguacil─. ¡Ojalá te decidieras!

Sus hijos delegados, que no parecían haberse movido de sus asientos en toda la tarde, rieron una vez más, y finalmente decidieron ayudar a Billy a incorporarse.

─¡Fue él! ─dijo Billy─. ¡Él se la llevó!

─¿Un hombre se llevó a su propia esposa? ─se mofó un delegado.

─¡Vaya sorpresa! ─se mofó otro.

Todos volvieron a reír.

─¡No lo entienden! ─Billy se zafó─. ¡Él estaba trabajando con ellos! ¡La engañaron para quitarle todo su dinero!

─¡Curioso! ¡Generalmente son las mujeres las que hacen eso! ─dijo otro delegado.

Volvieron a reír y Billy volvió a ignorarlos.

─Ellos… Ellos me golpearon en la nuca y se llevaron mi arma, ¡y luego se la llevaron! ¡Por favor, alguacil! ¡Tiene que creerme! ¡Ella lo necesita!

Billy lo agarró por las prendas y el alguacil percibió un curioso aroma viniendo de Billy.

─Hueles a alcohol, muchacho ─dijo─. ¿Has estado bebiendo?

─Quizá lo entendiste mal y no pudiste soportar ver a esa mujer irse con su esposo ─sugirió uno de sus delegados. ¡Todos vimos cómo la mirabas!

Billy guardó silencio por un momento y luego sacudió su cabeza.

─No, yo… Eso no es cierto ─dijo─. Ella… Ella está en peligro.

Soltó al alguacil y se dejó caer en una silla, tratando organizar sus pensamientos.

─Si lo que dices es cierto y la Sra. Daniels regresó con su esposo… ─dijo el alguacil.

─¡Él se la llevó! ¡No es lo mismo!

─…entonces creo que es problema de ellos, y no suyo. No, el suyo es uno mayor.

Billy frunció el ceño, confundido. Antes de que pudiera preguntar a qué se refería, los delegados lo tomaron por los brazos y lo arrojaron a una celda, donde habría de pasar la noche como todo ebrio buscapleitos.

─¡No! ¡No hagan esto! ¡Por favor! ─Billy forcejeó, sin éxito─. ¡Me necesita!

Lo encerraron, soltaron una risa, y se marcharon. Sólo uno se quedó atrás, con un consejo que venía de todo corazón:

─Mi hermano en Cristo, de un hombre a otro, por Dios Santo, sólo olvídate de ella.

─¡No es eso! ─contestó Billy─. No es… eso.

Pero sí era eso. Lo era. Lo comprendió conforme pronunció esas palabras y cayó en sus rodillas. Sus deseos de querer rescatar a la dulce Mary Lou no eran meramente heroicos.

Sí, le preocupaba su bienestar. Sí, era lo correcto a hacer. Pero iba más allá de eso y no tenía nada que ver con convertirse en un héroe, ni demostrarle nada a nadie.

No. Había un sentimiento y una razón más fuerte para querer salvarla. Uno antiguo como el tiempo y capaz de mover montañas. Era amor.

Conforme Billy yació ahí, en sus rodillas, con la nuca pulsándole con dolor, y mientras las burlas de esos cuervos de la ley se oían en el cuarto adjunto, el caballero de pobre armadura comprendió que ese bicho se había apoderado de él y que estaba enamorado.

Lo pensó, lo dijo hacia sí, y lo confirmó. Amaba a la dulce Mary Lou… y eso sólo hacía todo este asunto uno todavía peor porque ahora, por su fracaso, por su absurda idea de querer ayudarla y de asegurar que la reuniría con su esposo, aquella chica estaba ahora en un peligro mortal, si es que seguía con vida en lo absoluto.

─Oh, Billy… ¿Qué has hecho? ─se lamentó, llevándose las manos al rostro.

¿Seguía Mary Lou con vida?

La respuesta era sencilla. Por suerte para ella, alguien con tan terrible mala suerte no se escaparía tan fácilmente de otra situación de mierda.

No. Mary Lou estaba sana y salva… a su manera.

La pandilla de Hank había cabalgado hasta al anochecer y luego se detuvieron en algún punto de la pradera en el que habrían de pasar la noche. Hicieron una fogata y armaron un campamento sencillo a su alrededor, y luego sacaron a Mary Lou de la carreta.

Su boca seguía amordazada y sus manos atadas a su espalda, y a Hank esto le encantaba.

─¡Vaya, ¿no es eso algo para romperles el corazón!? ─se mofó.

Mary Lou sólo le miró, furiosa pero como impresionada. Por más peligro en el que pudiese estar, para ella, Hank no era más que otro imbécil en una interminable fila de cretinos que se habían creído muy listos por burlarse de ella.

─¡No te preocupes, gatita! ─Hank le empujó la nariz con su dedo índice─. ¡Todo acabará muy, muy pronto! ¡Lo prometo!

“Gatita”. ¿En verdad eso era lo mejor que se le ocurría? ¿No tenía otra frase?

Para este punto, Mary Lou estaba ya agotada de esa expresión, pero quizá lo que resultaba más frustrante era saber que su vida estaría a punto de terminar a manos de un hombre que no se le ocurría más de una frase supuestamente ingeniosa para llamarla.

Y luego estaba Bert. Ese descarado hijo de perra que se movía detrás de Hank como un perro con la cola entre las patas, y que no dejaba de mirarla hasta cuando ella le devolvía el favor y entonces se encogía en sí como un niño regañado. ¿Qué hombre era ese?

─¿Y bien? ─le preguntó Hank─. ¿Quieres hacer los honores o tengo que hacerme cargo de tus errores, como siempre?

Hank le ofreció su escopeta y Bert mordió sus labios, inquieto.

─¿No podemos hacerlo mañana? ─preguntó.

─¡¿Mañana!? ─Hank alzó su ceja, con duda.

─Sí, quiero decir… El pueblo no está tan lejos y ese hombre, quizá esté buscando por ella. Si lo hacemos aquí, podría venir por nosotros. Si tan sólo nos la llevamos, bueno, quizá piense que sólo nos contentamos y que eso fue todo.

Bert miró brevemente a Mary Lou, quien no podía creer lo que decía. ¡Vaya cinismo!

─Hm, puede que tengas un buen punto ─dijo Hank.

Colocó el cañón de su escopeta sobre su hombro y pensó un poco más.

─De acuerdo. Mañana ─dijo─. Cabalgaremos hasta el mediodía y luego TÚ te encargarás de la gatita o los enterraré juntos. ¡¿Me oíste!?

Bert se limitó a asentir su cabeza, nervioso.

─Muy bien. ¡Muchachos! ¡A cenar! ─gritó Hank.

Ataron a Mary Lou a un árbol, le dejaron la boca amordazada, y se dieron a la tarea de preparar un poco de carne y algo de café, comiendo y conversando como si el tener que matar a una mujer que sólo buscaba reencontrarse como su esposo al día siguiente no fuese nada del otro mundo.

Tal vez no lo era.

Después de todo, ¿qué tenía ella de especial?

Todo lo que alguna vez pensó que tenía de bueno había desaparecido de su mente en un momento. Este era, por mucho, el punto más bajo de toda su vida.

Ahondemos en ello.

Hay momentos en la vida cuando te das cuenta lo tonto que has sido. Momentos en los que entiendes que no eras un lobo en una cacería, sino más bien un mapache que está a punto de ser convertido en un sombrero.