8 Cherry Hill #3
En su apresuro, Bert tomó el giro incorrecto y se encontró atrapado en un callejón sin salida. Se detuvo en seco, refunfuñando, y se llevó una mano a la cintura y una a la cabeza, abrumado, mientras oía a Mary Lou llegar detrás suyo.
─¿Qué haces aquí? ─preguntó Bert, sin voltearse.
─¡Estoy buscando por ti! ─respondió Mary Lou, con sus ojos pronto llenándose de lágrimas de confusión, ira y tristeza─. ¿Qué…? ¡¿Qué sucede!? ¡¿Por qué estabas hablando con esa mujer!? ¡¿Por qué huyes de mí!?
En realidad, no tenía qué hacer las preguntas. La reacción de Bert al verla había sido suficiente para que Mary Lou comprendiese que le había hecho una mala jugada. Terrible.
Pero, aun así, necesitaba oírlo. Necesitaba una explicación, incluso si sólo sentía a su corazón desmoronarse con cada segundo que pasaba.
─¿Por qué no estás feliz de verme? ─preguntó, en un último esfuerzo de aferrarse a su inocencia y a la promesa de felicidad que Bert le hizo.
─Estoy feliz de verte, Mary Lou ─dijo Bert, todavía sin voltear─. Es sólo que… Esto no… No es lo ideal.
Mary Lou dio un paso al frente.
─¡¿Por qué!? ─preguntó─. ¡¿Sabes lo mucho qué he buscado por ti!? ¡¿Lo que he pasado!? ¡¿Qué pasó!? ¡¿Bert…!?
Trató de poner su mano en Bert y él se apartó.
─¡Ese no es mi nombre, ¿de acuerdo!? ─dijo, finalmente dándose vuelta.
Enfrentó lo que no quería ver. Ese par de ojos azules en un mar de lágrimas al que acompañaba un cuerpo temblante, apenas capaz de procesar lo que sucedía.
─¿De qué estás hablando? ─preguntó Mary Lou.
─¡Mi nombre no es Bert y no soy tu maldito esposo! ─dijo─. Yo… Yo soy…
Bert luchó por encontrar las palabras, pero Mary Lou lo entendió.
─¿Acaso…? ¿Acaso tú planeaste esto? ─preguntó─. ¡¿El robo!?
Una sola mirada de él fue todo lo que necesitó para confirmar sus peores sospechas. Sus rodillas no aguantaron más y Mary Lou se desplomó al suelo. Su respiración se cortó, el pecho le dolió, un frío recorrió su espalda, y el mundo a su alrededor giró conforme Mary Lou entendió que el hombre que más había amado en su vida le había hecho la peor jugada de la misma, y que lo que ella era no era más que una estúpida ilusa imposible de amar.
─Mira, tienes que irte, ¿sí? ─le dijo Bert─. ¡No puedes estar aquí!
Trató de levantarla, pero Mary Lou era peso muerto.
─¡¿Por qué…!? ¡¿Por qué me hiciste esto!? ─gritó.
─¡¿Por qué crees!? ─contestó Bert─. Esto es lo que hago, ¿de acuerdo? Yo… Yo encuentro mujeres vulnerables y me aprovecho de ellas. ¡Así de simple!
─¡Me estafaste!
Bert no tuvo palabras. Incluso para él, esto era demasiado.
─¡Creí en ti! ─siguió Mary Lou─. ¡Confié en ti! ¡Y tú sólo querías mi dinero!
─Ahora, eso no es cierto, ¿de acuerdo? ─contestó Bert─. Te hice feliz por unos días y luego sólo… tomé mi parte. Eso es todo. ¡Ahora levántate y lárgate de aquí antes de que te metas en problemas peores!
La alzó como pudo, pero Mary Lou volvió a tropezar luego de dos pasos.
─¡¿Qué demonios te pasa!? ¡¿No puedes caminar!? ─volvió a agarrarla.
─¡No! ¡No puedo! ─respondió Mary Lou─. ¡Mis pies me están matando porque me dejaste en medio de la nada sin zapatos, maldito bastardo!
Comenzó a abofetearlo como pudo y Bert se apartó, dejándola caer otra vez.
─¡Basta con eso! ─gritó Bert.
Mary Lou, en sus rodillas, lo miró a sus ojos y dijo:
─Te amaba… ¿Comprendes eso? ¡Te amaba!
Bert apartó la mirada y soltó un suspiro. Sacó unos cuantos billetes de su saco.
─Mira, esto es todo lo que tengo ahora, ¿entiendes? ─le dijo─. Tómalo y vete. Vete antes de que te metas en problemas en verdad serios.
Trató de darle el dinero, pero Mary Lou lo tiró de un manazo.
─¡No quiero tu asqueroso dinero! ─gritó.
Bert careció de respuesta y de pronto…
─¡¿Qué sucede aquí!? ─la voz de Billy los detuvo.
Tanto Bert como Mary Lou voltearon para encontrar a Billy saliendo por la puerta trasera, completamente furioso. No había escuchado más que las últimas frases de la conversación entre Mary Lou y su supuesto esposo, pero eso era todo lo que necesitaba para entender que aquel bastardo le había hecho una espantosa jugada a ese ángel, y ¡oh, vaya! ¡Estaba listo para todo! ¡Mano en el revólver! ¡Furia en sus ojos!
En cualquier otra ocasión, esto habría sido algo heroico. El momento que Billy siempre buscó para demostrar su valor. Para ser un héroe. Y ni siquiera pensó en ello. Todo cuanto estaba en su mente es que Mary Lou, ese ángel en persona, la chica más dulce que jamás había conocido, había sido defraudada de la peor forma posible y que ese maldito de Bert se merecía lo que estaba por recibir.
Pero entonces, algo pasó. Apenas como Mary Lou lo vio, su rostro se llenó de horror y gritó:
─¡Cuidado, señor!
Y antes de que Billy pudiese comprender a lo que se refería, ¡una escopeta azotó en su rostro y lo dejó inconsciente! A su espalda, Hank había aparecido, acompañado del resto de la pandilla, quienes pronto se hicieron a la tarea de quitarle el arma a Billy.
─¡Señor! ─gritó Mary Lou, aterrada.
Trató ir a ayudarla, pero dos de los hombres de Hank pronto la atraparon por los brazos. De inmediato la amordazaron y ataron sus manos a la espalda.
─¡No! ─Bert trató de protestar.
Pero Hank lo detuvo apuntando el cañón de su revólver sobre su pecho.
─Te dije que teníamos que deshacernos de esta ─dijo Hank─. Tiene esa mirada de loca enamorada que no trae más que problemas. Pero no cometeré ese mismo error dos veces. ¡Llévenla a la carreta, muchachos!
Mary Lou se sacudió como pudo, intentando escapar sin suerte. Los hombres la sometieron rápidamente y se la llevaron.
Al otro lado de la calle estaba el hotel en el que se hospedaban, convenientemente ubicado cerca de un granero junto al cual yacía, ni más, ni menos, que la carreta de Bert.
Ya no contaba con las letras de su supuesto negocio y no fue difícil para Mary Lou entender por qué ese despreciable alguacil de Cherry Hill ni nadie más decía no haber visto la carreta que con tanto detalle describió.
Bert y los suyos se aseguraron de cambiar su aspecto por completo al de una carreta de campesinos; y en lo que se refería a los atuendos de los bandidos, en su momento tan llamativos con largas barbas y parches en un ojo (bueno, en el caso de Hank), todo esto no resultaba ser más que un disfraz. Una mentira para engañar a sus víctimas y a las fuerzas de la ley.
Sí. Estos hombres eran criminales profesionales, y decir que estaban dispuestos a todo era dejarlo corto. No tuvieron problema en arrojar a Mary Lou al fondo de la carreta como si fuese un costal cualquiera, y Hank incluso se rio al ver a Mary Lou tratar de levantarse y escapar, sólo para ser detenida por la mira de su arma.
─¡Ahora más te vale que no intentes nada raro o te partiré a la mitad, gatita! ─dijo.
La enfurecida Mary Lou sólo retrocedió, mirando a Bert con odio absoluto.
─Dame el arma ─dijo Bert, evitando su mirada─. Yo la vigilaré.
─¡Sí, claro! ─Hank rio, escéptico─. Tú conduce la carreta. Yo le echaré un ojo.
Hank le guiñó y se trepó a su lado. Mary Lou se arrinconó lo más que pudo, llena de miedo, enojo, y odio, todo lo cual no dejaba de comunicar a ese maldito bastardo que ahora cerraba la carreta con un rostro serio y afligido.
Como Hank ordenó, Bert se trepó al frente de la carreta y, tan pronto como sus compañeros estuvieron listos, azotó a los caballos, dejando así el pueblo con toda prisa y sin levantar ninguna sospecha.
Sí, amigos. La situación era mala para la pobre Mary Lou. Por mucho, esta era la peor experiencia en su larga trayectoria de tragos amargos con hombres imbéciles o desafortunados. No sólo le había quitado todo lo que alguna vez tuvo, ahora habría de acabar con todo lo que le quedaba.
Y, sin embargo, no era esto en lo que Mary Lou pensaba.
No. Sus pensamientos se enfocaban en el pobre de Billy, yaciendo inconsciente con un golpe en la cabeza y sin arma en un pueblo sin aliado, abandonado a su suerte. Por fin había conocido a un hombre gentil y ahora podía estar herido o incluso peor por causa suya.
Sí. No había duda de que Mary Lou estaba maldita, y todo cuanto podía pensar era que, si este era su fin, se iría del mundo causando más daño que nunca.