8 Cherry Hill #2
─¡Así que olvídese de viejos alguaciles apestosos y sus hijos descerebrados, y de cualquier otro idiota que alguna vez le haya dicho algo así, y sólo vamos a encontrar a su maldito esposo que ya estoy harto de verla sentirse menos! ¡Joder!
Billy trepó a su caballo y se quedó quieto como una estatua por un momento, refunfuñando por todo lo acontecido, mientras Mary Lou sólo lo miraba con asombro.
─De acuerdo… ─dijo Mary Lou.
─Lo siento ─dijo Billy con un suspiro─. Es sólo que… se merece más que eso.
Mary Lou se mantuvo en silencio, todavía tratando de organizar sus pensamientos. Honestamente, estaba en blanco.
─¿Vamos? ─preguntó Billy, mirándola de nuevo.
Mary Lou se limitó a asentir su cabeza y, una vez más, el par reanudó su andar… sin notar que, en la esquina al otro lado de la calle, un hombre alto y robusto se había detenido al verlos salir de la comisaría.
Ausente de su parche y de la barba que tanto la caracterizó durante su asalto, lucía casi irreconocible, pero ahí, a unos metros de ellos, estaba Hank McGinley; y tan pronto como vio a Mary Lou adentrarse al pueblo, se movió con prisa.
*****
Billy y Mary Lou cabalgaron lado a lado, en un embriagador silencio mientras los pensamientos de ambos volvían a su desagradable encuentro con aquel alguacil. Billy, estremecido como estaba tras su arrebato, veía a una Mary Lou que llevaba un rostro casi imposible de leer. No lucía ni triste, ni abatida, pero tampoco se mostraba inquieta o decidida. No. En su interior, una batalla de duda parecía estarse librando y para Billy eso sólo significaba una cosa: él le estaba fallando.
─Sé lo que está pensando ─dijo Billy, agotado.
─¿Lo sabe? ─preguntó Mary Lou, con sorpresa.
─Sí…
Mary Lou lo miró con terror por un instante.
─Le preocupa que haya cometido un error ─dijo.
Mary Lou suspiró, aliviada. Ese muchacho podía ser bueno en muchas cosas, pero entender lo que pasaba por la mente de una mujer o, al menos, ella, no lo era.
─Le preocupa que la haya traído al pueblo equivocado. ¡Que me equivoqué en cuanto al rastro! ─siguió Billy─. Pero sé lo que le digo. Este es el único lugar al que pudieron haber venido. Alguien debió haberlos visto, y no descansaré hasta que los encontremos.
Esto parecía más bien una promesa que se hacía a sí mismo. Mary Lou no tenía nada qué decir al respecto. En lo más mínimo había cuestionado sus habilidades, y mucho menos aún lo culpaba a él por su fracaso con ese amargado alguacil. Pero había algo de verdad en las sospechas de Billy y es que esa actitud distraída y confundida que llenase el rostro de Mary Lou sí se debía a él… sólo que no de la forma en la que él pensaba.
En toda su vida, Mary Lou nunca había oído a nadie reclamarle con tanta fuerza sus propias críticas hacia sí, ni mucho menos sus lamentos. Incluso Bert, cuando se enteró de la tan terrible suerte que aquejaba a la joven, sólo disminuyó el asunto como si fuese alguna tontería casual. Un pensamiento fugaz que no merecía más atención.
¿Pero Billy? Billy parecía en verdad estar dispuesto a ir a la guerra con tal de demostrarle que estaba equivocada. Que, si bien ella había tenido infortunadas experiencias en el amor y en la vida en general, no eran culpa suya; y, más importante aún, que su presencia era capaz de traer fortuna a alguien. De hacerle la vida mejor a otra persona.
Bert muchas veces expresó que la amaba y que su presencia lo hacía feliz, pero nunca se jactó de que ser el hombre más afortunado en el mundo gracias a ella. ¿Por qué Billy sí?
¿Por qué parecía tan convencido en sus palabras? ¿Y por qué parecía tan molesto y frustrado al pronunciarlas? No parecía estar tratando de ser meramente amable con ella, ni de reconfortarla.
No. Lo que dijo venía de un lugar en lo profundo de sí. De un lugar doloroso y que conocía una verdad que ella no. Si él, que la conocía apenas de un par de días y que no esperaba nada a cambio, podía estar tan seguro de que ella era capaz de traer alegría y propósito a otra persona, ¿cómo es que ella no lo había podido siquiera concebir?
¿Acaso mentía? ¿Estaba confundido? ¿O es que veía algo que ella desconocía?
La mente de Mary Lou se sintió como un panal lleno de abejas inquietas y su corazón pesó como una roca arrojada al lago, y no se sintió con ganas de decir nada por un rato.
En cambio, fue Billy quien, tras unos minutos, rompió el silencio al decir:
─Creo que ahí podrían ayudarnos.
Señaló un bar y el par se detuvo frente a este. Una vez más, la ayudó a descender. Mary Lou ni siquiera podía decir gracias, ni mucho menos mirarlo al rostro.
Billy atribuyó esto a la decepción que estaba seguro ella experimentaba respecto a él, y fue incapaz de esbozar la más mínima sonrisa, afligido de no poder cumplirle.
Aun así, la sostuvo de la mano para ayudarla a caminar con mejor equilibrio del caballo al interior del bar.
─¿Está segura de que no prefiere esperar afuera? ─preguntó Billy.
─No quiero estar sola en este momento ─respondió Mary Lou.
Su andar todavía se asemejaba al de un pato, pero ninguno de los dos lo mencionó.
─Muy bien ─suspiró Billy─. Bueno, siéntese mientras yo investigo.
Mary Lou asintió su cabeza y lo vio moverse por el bar con cierta velocidad. Billy había notado la presencia de un grupo de hombres jugando billar y ese siempre era un buen lugar donde comenzar a hacer preguntas.
Experto como era de ocultar sus emociones, dibujó una gran sonrisa en su rostro y saludó a los hombres con un animado:
─¡Howdy!
El grupo de hombres sólo soltó una risa ante su ridícula presentación, dándole la espalda en lo que reanudaban su juego, pero Billy insistió, hablando relajado y casual.
Había algo en esa actitud, en esa capacidad de ignorar las burlas y de mantener una estúpida sonrisa pese a la hostilidad de los demás, que traía un agradable calor al corazón de Mary Lou. Un calor que iba además acompañado de una sonrisa imposible de evitar y que volvía a provocar a ese pensamiento oculto en una idea a la sombra de una confusión en la mente de la joven. Quizá no era tan malo pensar que…
─¡Bueno, hola ahí, preciosa! ─la voz de un hombre arrogante sonó a su espalda.
Las divagaciones mentales de Mary Lou se disiparon al encontrar a un hombrecillo flacucho y en traje blanco que ahora la rodeaba, quitándose el sombrero.
─Hola… ─contestó Mary Lou, incómoda, pero no desconocida a esa actitud.
─Dime, ¿qué trae a un fino pedazo de pan como tú a un lugar como este?
¿En verdad la había comparado con un pan? ¿Qué significaba siquiera eso?
Mary Lou había experimentado ese tipo de encuentros en incontables ocasiones y ya sabía hacia donde iba esto. Suspiró y contestó:
─Sepa por favor que no vengo sola. Aprecio el esfuerzo, pero por favor, váyase.
El hombre siguió la mirada de Mary Lou y encontró a Billy, ahora desafiando a los hombres del billar a un partido a cambio de información.
─¡¿Ese payaso!? ─se mofó el hombre─. ¡Pff! Una dulce niña como tú debería estar con un hombre que sepa… tenerte cerca.
La agarró de la cadera y la jaló hacia sí. Mary Lou, increíblemente incómoda, empujó su mano y escapó de su agarre, caminando con un pato.
─Si me disculpa ─le dijo.
─¡Maldita mujerzuela! ─el hombre escupió al suelo y se apartó.
Mary Lou fue al lado contrario de la barra del bar. Todavía sintiendo que agonizaba con cada paso que daba, se dejó caer en el asiento más apartado y volvió a mirar hacia Billy, sólo sintiendo cómo su corazón se volvía más y más pesado.
─¿Te traigo algo, cariño? ─preguntó el cantinero.
─Whisky. Puro ─respondió Mary Lou.
En realidad, no estaba acostumbrada a beber. De hecho, despreciaba el alcohol. En su experiencia, sólo le había hecho ver cómo los hombres perdían su mente y sus escasos modales y los volvía en bestias brutas con menos consideración de la que ya tenían, por no decir además de ser lo que muchas veces causó que su madre le dijese las peores cosas que una hija podría escuchar.
Pero ¡carajo! ¡No soportaba todo el escándalo que saturaba su mente y su corazón! Necesitaba un respiro, así fuese uno inconsciente.
El cantinero se apartó y Mary Lou llevó su rostro a sus manos, abrumada, cuando de pronto… una inesperada voz sonó detrás suyo.
─¡Pues, naturalmente, viajar ofrece toda la clase de emocionantes oportunidades!
Mary Lou se descubrió el rostro, paralizada por la sorpresa. Esa voz era familiar. Más que eso. Era una voz que había estado rondando su mente cada día desde que lo conoció y, más aún, en el último par de días. Pero no podía ser posible, ¿o sí?
Se volteó sobre su asiento y así encontró a ni más, ni menos, que Bert Daniels, sentado casualmente en una mesa, mientras conversaba con una joven rubia que lo miraba con absoluto encanto mientras él le acariciaba la mano con un juguetón dedo meñique.
Mary Lou jadeó y exclamó, confundida:
─¡¿Bert!?
Como ella, Bert se congeló al escuchar esa voz. Esa voz que muchas veces le proclamó su amor y le habló de tener bebés, formar una familia, y haber hallado la dicha en vida gracias a él. Conforme vio a Mary Lou, su rostro se puso pálido y sintió su equilibrio desaparecer por la ventana.
─¿Bert? ¿Estás bien? ─preguntó la joven que lo acompañaba.
El tacto de su cálida mano sobre la suya, ahora helada ante esa presencia, lo trajo de vuelta al momento.
─Escucha, eh, debo irme ─fue todo lo que fue capaz de decir.
─¿Qué? ¿Por qué? ─preguntó la rubia, pero Bert no dio respuesta.
En cambio, sólo se levantó con pasos torpes y se echó a correr de inmediato.
─¡¿Bert!? ¡Bert! ─Mary Lou corrió tras él al instante.
─¡Se equivoca de hombre, señora! ─dijo Bert─. ¡Tenga buen día!
Salió disparado por la puerta trasera. Ahora bien, Mary Lou podía ser dulce, de buen corazón, y quizá un tanto inocente, pero no era ninguna tonta y ni de broma se dejaría engañar por tal estúpida respuesta y reacción. Ignoró la agonía que sus pies le traían y siguió a su esposo rumbo al callejón, mientras que Billy apenas lograba entender lo que ocurría.
─¡Bert, sé que eres tú! ─le gritó Mary Lou en el callejón─. ¡¿Qué sucede!? ¡Soy yo!