8 Cherry Hill
La mañana llegó de manera tranquila y silenciosa. Ni Mary Lou, ni Billy tenían mucho qué decirse luego de lo que fuese una noche más bien reveladora para ambos, y sus intercambios se limitaron a las acciones más básicas e inmediatas. Recogieron su improvisado campamento y reanudaron el cabalgar rumbo a Cherry Hill bajo un amanecer veloz y caluroso. El dulce aroma del pasto y los árboles mojados se elevaba con los rayos del sol y creaba un clima que, si bien algo bochornoso, resultaba agradablemente intoxicante y renovador de energía.
Sus pulmones se sentían más limpios, sus ánimos más relajados, y pese a sus mejores esfuerzos, no pudieron evitar comenzar a conversar del clima, de las habilidades de Billy como rastreador o incluso cocinero (lo que, naturalmente, traía sólo halagos por parte de la dulce Mary Lou), o de la excelente puntería de la joven cuando volvieron a practicar con el arma de la Sra. Rita.
¡Una! ¡Dos! ¡Tres botellas reventaron ante sus capaces manos y ojos!
Mary Lou sonrió, orgullosa y admirada por su inesperado talento, y Billy compartió el gesto, de no ser porque el andar de Mary Lou, todavía similar al de un pato mareado, le causaba un extraño encanto.
─¡¿Qué tal eso, ah!? ─presumió Mary Lou.
─¿Qué tal, en efecto? ─contestó Billy con un pequeño suspiro.
Sí, era una mujer de lo más excepcional, y por más que quiso evitarlo, no pudo resistirse a intercambiar algunas gratas conversaciones y ocasionales bromas ligeras que provocaban en la dulce Mary Lou la sonrisa más preciosa que jamás había visto.
No era precisamente la risa más delicada o femenina, sino una llena de vida. Una que estremecía todo su cuerpo y que hacía Billy reiterar su idea de que esa joven era un regalo divino.
Un regalo, claro, que no era para él. Pero ¿qué más daba? Cuando menos podía disfrutar de su trayecto junto a ella, ¿no es así?
Si había algo injusto en la vida es que los buenos momentos duran mucho menos que los malos. Las malas experiencias, los malos tragos generalmente parecían perdurar una temporada entera o incluso más, pero ¿los buenos?
Los buenos siempre se presentaban efímeros. Casuales. Similares a un sueño que cuesta creer que es real ante la amarga experiencia de lo que implica la existencia en un mundo como este; y es por eso que, antes de que Billy o incluso la misma Mary Lou se diesen cuenta, se encontraron arribando al pueblo de Cherry Hill mucho antes de lo que esperaban.
─¡No! ¡¿Un pato!? ─preguntó Mary Lou entre risas, mientras cabalgaban.
─Lamento decirlo, señora, ¡pero eso es lo que parece cuando camina! ─dijo Billy.
─¡Nunca volveré a caminar frente a usted a partir de ahora! ─advirtió Mary Lou.
─¡Por favor! ¡Lo decía como un cumplido! ─rio Billy.
─¡Bien, bien!
Entonces, los ojos de Billy se distrajeron con la presencia de un letrero que anunciaba su llegada al anticipado destino y se detuvo, serio y algo desanimado.
─¡Pero no querrá saber lo que usted parece al caminar, ¿o sí!? ─siguió Mary Lou.
─Señora… ─dijo Billy, solemne─. Hemos llegado.
Señaló hacia el letrero y la alegría y sonrisa de Mary Lou desaparecieron lentamente.
─Con que así es… ─suspiró.
─Preguntaré si saben algo, ¿de acuerdo? ─Billy se apegó a lo acordado.
Mary Lou se apegó a asentir su cabeza, y reanudaron su cabalgar al caballo.
En lo que a pueblos respecta, Cherry Hill no tenía nada de particular. En poco se diferenciaba de Villa Williams y, si uno era desconocido a ambos pueblos, uno podría jurar que eran exactamente la misma cosa. Tenían los mismos tipos de negocios. El mismo tipo de gente. Y pese a su nombre, en realidad no tenía nada que ver con las cerezas. No había granjas de cerezas, ni mucho menos negocios. Simplemente se debía a algún sujeto que pensó que sería una buena idea y eso fue todo.
La única diferencia, quizá, era su alguacil.
Mientras el hermano de Billy era uno joven y consagrado a su trabajo (quizá en demasía), el alguacil de Cherry Hill era más bien un hombre viejo, barbado, que llevaba el ojo derecho siempre cerrado y la boca torcida que no dejaba de mascar tabaco, y con un humor que parecía sacado del mismo infierno.
No le agradó la idea de que Billy y Mary Lou llegasen a su oficina y preguntasen por aquel tal Bert Daniels ni una pandilla. En cambio, sólo se limitó a decir:
─¡Como ya le dije a ese enclenque del alguacil Nelson, aquí no hay ninguna pandilla, ni ningún maldito Bert Daniels! ─gritó─. ¡No hay pandillas en mi pueblo! ¿Y saben por qué?
Billy y Mary Lou compartieron una mirada incómoda, y el alguacil escupió.
─¡Porque yo sí hago mi maldito trabajo! ¡Por eso! ─dijo.
El trío de delegados que le acompañaba, sentados a su alrededor con escopetas en sus manos y pareciendo una copia el uno del otro, resultaban ser ni más, ni menos, que sus hijos; y como todo hijo sometido a un padre como ese, sólo reiteraban lo dicho por su viejo.
─Así es, papá. Tienes razón, papá. Haces un buen trabajo, papá.
─Alguacil, por favor ─Billy dio un paso al frente─. Nadie lo está acusando de no hacer su trabajo. Tan sólo estamos buscando por el esposo de la dama aquí presente.
El ojo del alguacil se fijó en Mary Lou y la recorrió con cierta burla.
─¿Usted es la esposa de mala suerte? ─preguntó.
Sus hijos rieron a la par, soltando varios “jaja, jaja”, mientras Mary Lou se encogió en sí, incómoda por dicho título. Se limitó a asentir su cabeza, avergonzada de sí una vez más – algo que causó un pronto fruncir en el ceño de Billy. ¿Cómo podían burlarse de ella?
Entonces, él se convirtió en el siguiente objeto de burla.
─¿Y usted es el hermano mala suerte? ─siguió el alguacil.
─¡No soy su hermano! ─Billy corrigió de inmediato─. Pero sí. Supongo…
No le costaba trabajo entender de dónde provenía este sobrenombre. Sin duda Willie había advertido a ese viejo y amargado alguacil de ellos, y, una vez más, su reputación los precedía y aplastaba.
─Sí, ese arrogante del alguacil Nelson me dijo todo sobre ustedes ─siguió el viejo alguacil─. Me dijo que podrían venir por acá. ¿Y quieren saber qué más me dijo?
Billy y Mary Lou asintieron sus cabezas con derrota, y el alguacil volvió a escupir.
─¡Que los enviase de vuelta o los arrestase! ─exclamó y soltó una horrible risa.
Sus hijos, claro, la compartieron como un montón de cuervos. De nuevo, la burla hacía a Mary Lou encogerse más en sí, no sólo derrotada por la falta de resultados o apoyo, sino por todo lo que esta situación le implicaba y recordaba.
Los ojos de Billy brillaron suavemente viéndola así, conmovido y molesto como estaba de que alguien la hiciese sentir mal consigo misma. Comprendía ese sentimiento mejor que nadie y aunque ya no le importaba sentirlo él mismo, no soportaba que la hicieran sentir así.
Dio un paso al frente y dijo:
─Por favor, alguacil. No hace falta que se burle.
─¡Me burlaré lo que quiera! ─contestó el alguacil.
─Sean agradecidos que no los arrestamos ─dijo el primer delegado.
─¡¿Bajo qué cargos!? ─preguntó Billy.
─¡Mala suerte! ─burló el segundo.
Los demás volvieron a carcajear.
─¡No pueden hablar en serio! ─protestó Billy.
─¡Sí, lo hacemos! ─dijo el alguacil, con toda seriedad─. Así que si no quieren problemas, será mejor que se vaya por donde vinieron. ¿Me oyen?
No había falsedad en su amenaza, ni gentileza detrás de su ojo. Con una mirada y un suspiro compartido, Billy y Mary Lou se resignaron a asentir sus cabezas.
─¡Bueno pues! ¡Fuera de aquí! ─les dijo el alguacil, por último.
─Gracias por todo, alguacil ─dijo Billy.
¿Era sarcasmo? ¿Era amabilidad inherente? Lo desconocía, pero Billy jamás se permitía hacer notar lo mucho que alguien le afectase o hiciese enojar. ¿De qué servía darles ese placer?
Con Mary Lou, no obstante, la cuestión era diferente. Como Billy, solía hacer lo posible por ocultar cuando alguien la insultaba o hacía sentir mal, pero hubo algo en las palabras de esos hombres, en el cómo se referían a ella, que le reiteraron la creencia de ser un absoluto fracaso. Una persona maldecida con mala suerte que jamás lograría ser algo diferente. Sus dedos se pellizcaron unos a otros, ansiosos de querer distraerse de esos pensamientos, pero de nada sirvió.
Su corazón le pesaba y su nariz sentía ese desagradable calor que siempre precedía a las lágrimas.
─¡Hablando de hombres desagradables! ─dijo Billy al salir─. No se preocupe, señora. Encontraremos a su esposo así no tengamos ayuda de nadie.
Fue hacia su caballo, pero lo detuvo la imagen de una congelada Mary Lou.
─¿Señora? ─preguntó─. ¿Está bien?
─Esposa Mala Suerte ─Mary Lou repitió las palabras del alguacil, afligida.
─¡Oh, no le haga caso, señora! ¡Sólo es un viejo tonto!
─Pero ¿y qué tal si tiene razón? ─lo miró─. ¿Qué tal si soy una esposa mala suerte?
A esta altura, Mary Lou conocía ya el tipo de respuesta dulce que Billy le daría, tratando de convencerla de lo contrario. El hombre era gentil y amable, y eso era parte de su encanto, pero la amabilidad sólo sirve hasta cierto momento. Cuando se trata de enfrentar la realidad, la amabilidad se vuelve más bien un decoro sin mucho efecto, y no creyó que lo que Billy pudiese responder a esto lograría hacerla cambiar de opinión.
Se equivocó.
─¡Oh, por favor! ¡Eso es una estupidez! ─gritó Billy.
Su arrebato la hizo saltar y mirarlo con desconcierto.
─¡Disculpe que lo diga, pero lo es! ─siguió Billy─. ¡Cualquier hombre sería el sujeto más afortunado del mundo de tenerla por esposa! ¡Créame! ¡Lo sé!
¿Qué? Mary Lou se congeló ante ese comentario y casi esperó a que Billy se retractase con esa timidez que lo había definido en varias de sus interacciones, pero, de nuevo, no fue el caso.
Harto como estaba de oírla dudar de sí misma y hacerse menos, Billy sólo la agarró de la mano (algo que hizo a Mary Lou estremecerse todavía un poco más) y la llevó a su caballo. La cargó sin pedirle permiso ni concederle una sonrisa, y mostrando más bien un rostro furioso, no con ella, sino con el mundo y siguió: