7 Dudas de una Caja Escondida
Encontrar un alma afín a la tuya ciertamente es una de las cosas más raras que le pueden pasar a uno. Dicen que los copos de nieve nunca son iguales y lo mismo puede decirse de la gente. Sí, quizá a veces haya algunas cosas similares. Ideas e intereses en los que coinciden – o incluso más que eso. Puede que haya una persona que piense y sienta lo mismo que uno respecto a todo, y, aun así, siempre puede haber problemas de compatibilidad.
Percepciones diferentes que, como el primer copo de nieve que cae en la montaña, se convierte en el origen de una avalancha que destruirá una relación de confianza y amor.
Quizá entonces la cuestión no sea tanto de encontrar a alguien que sea exactamente a ti en todo, pero sí que sea alguien con quien se sea capaz de encajar, incluso a pesar de las diferencias.
Por lo tanto, la afinidad no recae únicamente en gustos o ideas, sino en sentimientos y emociones. Experiencias compartidas que les ayudan a crecer como personas y a afrontar los desafíos de la vida. Quizá esa sea la definición de un alma afín.
Pero he aquí lo verdaderamente curioso de todo este asunto de las almas afines: una vez que la encuentras, entonces todo lo demás deja de sentirse como un problema. De pronto, todo parece más fácil. Más ligero. Más llevadero. Y la razón de esto es lo más bonito de todo, y es que tu alma ya no se siente sola… y eso, compañeros, es una de las mejores y más extrañas emociones que se pueda afrontar.
Y en esa tarde lluviosa, mientras cabalgaban por el bosque, esa inesperada ligereza fue la que se apoderó de la dulce Mary Lou y el gentil Billy mientras cabalgaban con prisa para escapar de las cortinas de lluvia que azotaban a su alrededor.
De pronto, ni el mal clima, ni su falta de experiencia, ni el desafío al cual se enfrentaban, ni siquiera su mala suerte parecía gran cosa ya. Por una vez en mucho tiempo, uno y otro se sentían capaces de lograr aquella locura de misión, incluso si no comprendían del todo el porqué.
Para Billy, la ligereza venía del clima. Sí, hacía frío y había leído en algún lugar, tiempo atrás, que el frío evitaba que la gente pensase con claridad. Todo cuanto tenía en su mente era encontrar un refugio donde resguardarse de la lluvia.
En cuanto a Mary Lou, la ligereza venía de otra cosa. De algo que no podía explicar, ni siquiera pensar.
Era una idea dentro de un pensamiento en la nube de su imaginación muy metida en su subconsciente, de alguna forma conectada a su lastimado corazón. Pero era algo que, inesperadamente, la tenía acariciando su dedo anular, dejando de extrañar, por un momento, el anillo que apenas unos días atrás le había hecho tan feliz.
Todo cuanto ella sabía era que, por la razón que fuese, se tratase de mala suerte, estupidez, o mera empatía, su corazón golpeaba ligeramente más fuerte al momento de ver hacia Billy.
Se percató de este extraño sentimiento y frunció el ceño, confundida. ¿En qué rayos estaba pensando? ¡Eso era un pecado y no necesitaba más problemas con Dios! Sacudió su cabeza y se esforzó por distraerse preguntando lo primero que se le vino a la mente:
─¿Puede seguir un rastro bajo la lluvia?
─¡No es el rastro lo que me preocupa, señora, sino encontrar un refugio!
Billy se detuvo súbitamente, arrojando un vistazo a su alrededor.
─¡No me molesta algo de lluvia! ─dijo Mary Lou, antes de estornudar.
─A mí sí ─respondió Billy─. No puedo tenerla enferma, ¿o sí?
¡Ah! ¿Por qué su amabilidad resultaba tan adorable?
Una ridícula sonrisa apareció en los labios partidos de Mary Lou y, por un momento, ese pensamiento en la nube de su imaginación muy metido en su subconsciente, de alguna forma conectado a su lastimado corazón, casi hizo una conexión prohibida e incómoda en su mente, de no ser porque el muchacho dijo lo que necesitaba oír en ese momento:
─¡Algo huele mal!
─¿Ah? ─Mary Lou regresó su mente al momento y la realidad, casi ofendida.
─¡Creo que es una cueva! ─dijo Billy─. ¡Por aquí!
─¡¿Puede oler una cueva en la lluvia!? ─cuestionó Mary Lou, ya siguiéndolo.
─¡Claro! ¡Soy un buen rastreador! ─presumió Billy.
De nuevo, la sonrisa. De nuevo, un latido ligeramente más fuerte. Y ¿por qué de pronto la súbita mención de una cavidad en un ambiente húmedo le causaba un cosquilleo en lugares que prefería no mencionar? ¡Sacrilegio!
Mary Lou volvió a sacudir la cabeza y se concentró en todos los buenos recuerdos que tenía con Bert para no pensar en idioteces que podrían meterla en problemas.
Al cabo de unos minutos llegaron a la cueva, ubicada junto a un pequeño risco, y en ella se refugiaron por el siguiente rato. La lluvia seguía cayendo a cántaros y no parecía que se fuese a calmar por unas horas.
Era, por lo tanto, un buen lugar para recuperar energías, entrar en calor, y quitarse las prendas para dejarlas secarse – todo lo cual, por alguna razón, ponía a Mary Lou más nerviosa que la naturaleza de su misión.
Trató lo posible por controlarse. Se sentó junto a una fogata que Billy preparó sin ningún esfuerzo (el maldito era bueno para muchas cosas útiles, ¿quién lo diría?) y calentó sus manos frotándolas entre sí.
Se evitó de mirar a su compañero y limitar sus interacciones a sólo alguno que otro asentir de su cabeza, en cambio centrando su atención en sus lastimados pies. Aún seguían rojos y llenos de llagas, pero al menos el pisar tierra fría y húmeda los relajaba.
Billy, por su parte, se aseguró de que los caballos estuviesen protegidos de la lluvia, y regresó a la cueva con una manta que protegió del agua bajo su gabardina. Cuando menos no se la ofrecía y eso ya lo evitaba lucir caballero… ¿o no?
─¡Aquí tiene, señora! ─Billy se la entregó sin más.
─Ah… gracias ─Mary Lou contestó.
─La vi temblando y, como dije, no podía dejarla resfriarse.
El pobre muchacho no imaginaba que sólo la mitad del temblar de Mary Lou provenía de frío y no de un nerviosismo causado por la sombra de un pensamiento absurdo. Pero bueno, una manta era una manta, y Mary Lou no se evitó de usarla para envolverse en ella. Su fuerte aroma a caballo y sudor sin duda resultaban en algo que iba en contra de lo que no quería pensar y eso ayudaba también.
Entonces vio al pobre Billy sacudiendo su ropa como podía.
─¿Qué hay de usted? ─preguntó.
─¡Oh, estoy bien! ─dijo Billy─. ¡Esta gabardina es lo suficientemente gruesa como para albergar a un tejón!
Qué estúpida expresión. Aun así, Mary Lou sonrió, curiosamente inspirada.
─No importa ─dijo Billy, sintiéndose tonto─. Estoy bien.
Se sentó del lado opuesto de la fogata y, de la nada, sacó una cafetera de metal y dos pequeñas tazas de aluminio con las que se dedicó a preparar un poco de café – todo, claro, con una sonrisa en su rostro. ¿Acaso no era un desgraciado? ¿Por qué Mary Lou no podía quitarle la mirada de encima? ¿Por qué brillaban sus ojos? Las mismas preguntas hicieron a Billy retroceder un paso, temiendo estar haciendo algo que la molestase.
─¿Qué? ─preguntó.
─Nada ─Mary Lou apartó su mirada.
─¿La estoy molestando?
─¡No! ¡En lo absoluto! Es sólo que… ¡sin duda está lleno de sorpresas, señor!
Billy sonrió, halagado y sacudió la cabeza.
─Nah. Sólo he aprendido suficientes trucos para sobrevivir acá afuera ─dijo.
─Claro. ¡Todo un vaquero! ─contestó Mary Lou.
Billy rio suavemente, parcialmente inspirado, parcialmente apenado.
─Claro… ─se limitó a responder.
─¿Puedo preguntarle algo, señor? ─Mary Lou no contuvo su curiosidad.
─¡Adelante!
─¿Cómo es que no está casado?
Esto borró la sonrisa del rostro de Billy, congelado por un momento.
─Digo, si no le molesta que pregunte ─añadió Mary Lou.
─No me molesta ─dijo Billy─ Bueno, supongo que… Simplemente no es la vida para mí, ¿sabe?
─No va con la vida del vaquero, ¿eh? ─bromeó Mary Lou.
─Sí… Exactamente.
Billy le concedió una sonrisa. pero su mirada se perdió en el fuego, triste.
─Bueno, por lo que sirva, creo que usted sería un gran esposo ─dijo Mary Lou.
Esto trajo cierta ligereza al rostro de Billy.
─Pues, ¡gracias, señora! ─dijo─. ¡Usted sin duda es una esposa grandiosa!
Mary Lou sonrió suavemente. De nuevo, era hermoso recibir un cumplido.
─Queremos tener un bebé, ¿sabe? ─siguió, tratando distraerse de lo grato que era que alguien, que él en particular le dijese algo así─. O dos. O tres. O veinte.
Miró a la distancia, recordando su última noche con Bert y suspiró.
─Lo lamento. Sólo digo tonterías ─dijo.
─No, está bien ─respondió Billy─ ¡Debería tener tantos bebés como quisiera!
Mary Lou le concedió una sonrisa y luego un silencio llenó la cueva. Ni uno ni otro sabía qué decir a continuación.
Cualquier otra pregunta respecto a Bert parecería invasiva y, honestamente, de pronto se convirtió en algo de lo cual Billy no quería saber más.
Decirle cualquier otra cosa a Billy respecto a sus ideas, intereses, o pasado sólo ponía a Mary Lou en peligro de volver a tener una respuesta amable y encantadora, o, peor aún, un halago que sonría genuino y que traería a su corazón un calor mayor a esa fogata.
No. Era mejor dejar que la lluvia y la cafetera fuesen las que hablasen, cuando menos por un rato. Cuando la segunda silbó, Billy les sirvió a ambos un poco de café.
─¡Gracias! ─dijo Mary Lou, tomando la taza con ambas manos.
─¡El placer es todo mío! ─respondió Billy.
Agh, ¿no podía ser menos amable? De nuevo, el silencio tomó lugar y a Mary Lou no le desagradó esto. Pero, desde luego, Billy, siempre atento, tenía que preguntar:
─Y, uh, ¿cómo siguen sus pies?
─Mejor, gracias ─dijo Mary Lou─. Crecí en una granja, así que estoy acostumbrada.
─¡Oh, yo también! ─dijo Billy.
Desde luego, debían tener otra maldita cosa en común.
─Vivía en la granja de mi padre hasta que, uh, algo pasó ─siguió Billy.
─¿Su mala suerte comenzó? ─Mary Lou bromeó con ligereza.
Billy rio suavemente.
─¡Honestamente creo que eso comenzó el momento en el que nací! ─dijo.
─¡Ya somos dos, entonces! ─contestó Mary Lou.
Brindaron con sus tazas de café y luego Mary Lou se cuestionó qué estaba haciendo.