6 El Rastro a Cherry Hill #2
Billy echó un vistazo alrededor, armado y listo para todo, cuando la agrupación de jinetes apareció ante ellos. ¡Era el alguacil Nelson y su grupo de búsqueda! Tanto Billy como Mary Lou soltaron un suspiro de alivio. El alguacil, no obstante, estaba furioso.
─¡¿Qué carajo crees que estás haciendo aquí, Billy!? ─le preguntó.
Billy trató de mantener la calma.
─¡Sólo lo mismo que tú, hermanito! ─dijo─. ¡Ayudando a la señora! Acabamos de descubrir que el rastro de los maleantes se dirige a Cherry Hill y…
─¿Y qué? ¿Ibas a llevarla a ella ante una peligrosa pandilla? ¿Tú?
El grupo de búsqueda soltó una risa. Billy bajó la mirada, afligido.
─¿Qué se supone que significa eso? ─preguntó Mary Lou.
─Nada ─dijo Billy.
─¡Significa que está viajando con el hombre más inútil desde el sujeto que decidió venderle pantalones a las mujeres! ─siguió el alguacil.
Mary Lou frunció el ceño, confundida.
─Ahora, eso no es cierto ─discutió Billy.
─¡Lo es y lo sabes! ─insistió el alguacil.
Sacó su cantimplora y le dio un sorbo largo, mientras Mary Lou miraba al pobre Billy.
─¡Y si usted cree tener mala suerte, señora, es porque no ha conocido a mi hermano! ─siguió el alguacil─. ¡Todo lo que toca se va al carajo!
─¡Ahora, ESO no es cierto! ─reiteró Billy, ofendido.
─Entonces ¿quién confundió al Reverendo por un faisán?
El grupo volvió a reír y Mary Lou sólo pudo ver cómo Billy se encogía más y más.
─Eso no es lo que pasó… ─dijo Billy.
─Claro. Síguete diciendo eso, hermano ─contestó el alguacil.
Una vez más, el grupo rio y Billy sólo se empequeñecía más en sí como un armadillo.
Ahora bien, esta no era la primera vez que Billy era ridiculizado por su hermano menor y sus amigos enfrente de una dama… pero sí fue la primera en la que dicha dama no siguió la risa de sus compañeros y en cambio dijo:
─Disculpe, alguacil, pero no me parece que esté siendo muy amable.
Esto tomó por sorpresa a todos, pero más aún a Billy. ¡Alguien lo estaba defendiendo!
─¡No me importa si no lo es! ─dijo el alguacil─. Mi trabajo es proteger a la gente y si los dejo ir a hacer la estupidez que se le haya metido en la cabeza a mi hermano, estaría haciendo lo contrario de eso. ¡Así que vuelvan al pueblo! ¡Ambos!
─Pero… ─Mary Lou trató de protestar.
─Yo encontraré a su esposo, Brett ─la detuvo el alguacil.
─Bert. Su nombre es Bert ─lo corrigió Billy, para sorpresa de Mary Lou.
─Bert. Brett. ¡Lo que sea! Lo encontraré y lo traeré de vuelta. ¡Sólo no se metan en problemas! ─dijo el alguacil antes de dar otro sorbo a su bebida.
Decir que su actitud le disgustaba a Mary Lou sería dejarlo en corto.
─Creí que no le gustaba hacer promesas, alguacil ─dijo, frunciendo el ceño.
─Lo que no me gustan son los problemas, y el que él esté aquí afuera es justo eso ─respondió el alguacil─. ¡Váyanse! ¡Y Dios me ayude si los veo por aquí otra vez! ¡Muchachos! ¡Vayamos a Cherry Hill!
Billy jadeó con burla al oír cómo su hermano tomaba su idea sin darle el más mínimo de crédito y se internaba de vuelta al bosque junto a sus hombres. Mary Lou, por su parte, no les apartó la mirada de encima, todavía furiosa y aún más decidida.
─¿Y ahora qué, señor? ─le preguntó a Billy.
Pero Billy no respondió de inmediato. Algo en su interacción con su hermano había tocado una fibra interna y sensible que lo hacían dudar de lo que estaba haciendo.
─Quizá él tenga razón ─dijo─. Quizá debería llevarla de vuelta al pueblo. Dejar que él se haga cargo.
─¡¿Qué!? ─gritó Mary Lou─. ¡¿Por qué!?
─Usted lo oyó. Quizá estaría mejor sin mí.
Billy hizo a su caballo dar media vuelta y andar en la dirección contraria con una pose más bien derrotada.
Sí. Quizá el alguacil tenía razón. Quizá era mejor dejarlo a él, un hombre experto, valiente, y muy hábil en el tema de combate, rescatar al buen Bert y evitarle a Mary Lou más decepciones de las que ya había afrontado.
Mary Lou, no obstante, pensó justo lo contrario.
─¡Vamos! ─reclamó─. ¡¿No hablará en serio, o sí!? ¡Prometió que me ayudaría!
─Y es lo que hago. La llevaré al pueblo y…
─¡Pero usted lo prometió…!
─¿Qué quiere de mí, señora? ─preguntó Billy, mirándola a los ojos─. Usted habla mucho de tener mala suerte. Bueno, yo soy la peor suerte que podría alguna vez tener.
Mary Lou cerró sus labios, sintiendo lástima por él.
─Ellos tienen razón ─siguió Billy─. Cada vez que intento ayudar a alguien, sólo les causo sufrimiento. Y por lo que veo, usted ya ha sufrido suficiente, así que no le hace falta más. No le hago falta yo. Mejor volvamos y… dejemos que ellos sean los héroes.
Una vez más, Billy se giró, listo para rendirse. Mary Lou procesó todo lo que se le había dicho… y su cuerpo se llenó de ira.
─¡No! ─gritó otra vez.
Billy se detuvo en seco y la miró con miedo.
─¡No! ─reiteró─. ¡Necesito encontrar a mi esposo!
─Ellos lo harán por usted ─dijo Billy.
─¡Lo lamento, pero no sé si puedo seguir confiando en ellos!
─¿Se refiere al alguacil?
─¡A los hombres! ¡Todo cuanto hacen es mentir y engañar y cambiar de idea como se les place! ─reclamó Mary Lou.
Esta última parte hizo a Billy desviar la mirada, afectado.
─Ahora bien, acepté su ayuda porque pensé que usted era diferente ─Mary Lou siguió, fúrica─. Pero si no lo es, bueno, ¡entonces quizá sí esté mejor sin usted! ¡Pero yo buscaré y rescataré a mi esposo! ¡Buen día!
Hizo girar a su caballo y comenzó a cabalgar rumbo a la pradera. Billy la siguió.
─¡No estará hablando en serio! ─le dijo─. ¡No puede pelear con toda una pandilla usted sola!
─¡¿Por qué no!? ¡Tengo un arma! ¡Una grande! ¡Y al parecer soy buena con ella!
─¡Sí, pero eso no es suficiente! ¡Necesita un plan y…!
─¡Ya se me ocurrirá algo!
─¡¿Qué cosa!?
Mary Lou se dio media vuelta, mirándolo con furia.
─¡No lo sé! ─dijo─. ¡No pretendo tener todas las respuestas como ustedes los hombres! ¡Pero me las arreglaré! ¡Ahora, váyase y tenga buen día!
Comenzó a cabalgar más rápido y Billy se detuvo, viéndola irse.
─¡Esa no es la dirección correcta! ─le gritó.
─¡No me importa! ¡Me las arreglaré! ─respondió Mary Lou.
Se detuvo y echó un vistazo alrededor, tratando de adivinar dónde quedaba Cherry Hill. Billy soltó un profundo suspiro y fue tras ella.
─¡Señora, por favor! ¡Espere! ─le dijo─. ¡Yo la ayudaré!
La alcanzó rápidamente y Mary Lou le arrojó una mirada dudosa.
─Conque sí, ¿eh? ─preguntó.
─Lo haré ─insistió Billy─. Lo lamento. Soy un hombre de palabra y si digo que haré algo, lo hago. Así que si quiere encontrar a Bert…
─Eso quiero.
─Entonces lo haremos.
─¿Y qué hay de su “mala suerte”? ─cuestionó Mary Lou.
Billy soltó un suspiro.
─Me temo que dejarla ir sola podría ser la segunda peor cosa que me podría pasar en la vida, así que… ─contestó.
Mary Lou frunció el ceño una vez más, interesada en saber más, pero no queriendo preguntar en ese momento. No era la ocasión adecuada. Con un suspiro respondió:
─Bueno… vamos, entonces.
─Pero es por acá ─Billy señaló la dirección contraria por la que Mary Lou iba.
Con una pose digna, Mary Lou asintió la cabeza y tomó la delantera.
─Gracias ─dijo.
Billy simplemente respondió con un asentir de su cabeza y la siguió. Sin que ninguno de los dos se diera cuenta, una diminuta sonrisa apareció en los labios de ambos, gustosos de poder continuar con lo que muchos llamarían una misión patética y suicida, pero que para ellos era la viva promesa de una redención a una vida llena de fracasos y decepción.