6 El Rastro a Cherry Hill
Hay momentos en la vida en los cuales un hombre debería saber cuándo callarse. Después de hacer enojar a una mujer vulnerable, incluso si fue por algo que venía con la mejor de las intenciones, es algo que sin duda tendría que estar a la cabeza de esa lista. Por suerte para Billy Nelson, él tenía un largo historial de hacer enojar a los demás, siempre por las mejores intenciones. Si la dulce Mary Lou tenía razón en que Dios la castigaba con su mala suerte en el amor, entonces el Buen Señor había decidido condenar a Billy a una vida de fracasos en casi cada posible aspecto que se pudiese imaginar, y aquí convendría hacer una breve pausa para ahondar en la patética y lamentable vida del bienintencionado compañero de nuestra desafortunada heroína.
Todo empezó cuando nació – aunque, quizá, sería mejor esperar a que él mismo les cuente de esto un poco más adelante en la historia.
Por ahora, sólo digamos que ese muchacho de cabello dorado y sonrisa noble tuvo la mala fortuna de crecer sin madre (y de ser él mismo el responsable de esto) y con un padre atormentado que no dejaría de verlo como la fuente de todos sus males.
Si bien el viejo Nelson tuvo la fortuna de volver a encontrar el amor unos años más tarde, en la forma de una dulce maestra que le trajo una renovada energía y que le dio la familia que siempre quiso con un segundo hijo que era capaz de hacer todo lo que el buen Billy no podía, su atención hacia su primer vástago nunca fue la mejor.
Mientras que Willie se convertiría en su orgullo y alegría, y no dudaría de pasar tiempo con él cada que podía, a Billy no le prestaría atención. No de esa forma, y no por falta de esfuerzo por parte de Billy.
De hecho, el joven terminó pasando la mayor parte de su infancia buscando la atención y cariño que su hermano recibía. Deambularía por la casa como un fantasma al que sólo se le dirigía la palabra para hacer esto o aquello, y él lo haría y con todo gusto, con una gran sonrisa y una profunda ilusión en ojos, siempre esperando oír las palabras “Bien hecho”. Pero esto nunca llegaría. No de su padre.
No. Los halagos iban siempre dirigidos a Willie.
¿Él? Él había aprendido a cazar faisanes a los cuatro años; y cuando Billy vio a su padre abrazar a su hermano menor con todo el orgullo del mundo en dicha ocasión, trató hacerse de un poco de su atención replicando la misma acción de cazar un ave estúpida y torpe.
En cambio, un mal paso hizo que terminase disparándole al reverendo local y ser así expulsado de la iglesia. Y para desgracia suya, ni este fue el único evento en el que su apresurada torpeza le metió en problemas, ni su única víctima en búsqueda de querer hacer un bien. No, las cosas empeorarían luego de esto, y no importaría lo mucho que lo intentase, simplemente no lograría tener un respiro.
A los quince trató de ayudar a apagar una casa en llamas y terminó arrojando a una mujer al pozo.
En su defensa, mucha gente corría a su alrededor y en lo que él terminaba de sacar una cubeta llena de agua, un corpulento hombre le pasó de lado y lo hizo retroceder y tambalearse hasta finalmente chocar con la preciosa Annie Williams, la chica más hermosa del pueblo y su amor imposible (especialmente luego de ese incidente).
¿Sus intenciones fueron buenas? Sí. ¿Realmente era su culpa? No del todo. Pero ¿pasó? Sí, y luego de ello, nadie le volvió a pedir ayuda en lo absoluto.
Trató de enmendarse unos años después cuando se encontró a un hombre de cara feroz forcejeando con un anciano a las afueras de un banco por una bolsa de dinero, e intercedió, valientemente, soltando un golpe al rostro del hombre de cara feroz. Un hombre así sólo podía ser un bandido, ¿cierto?
Miró al anciano de rostro gentil y este le concedió una sonrisa para luego treparse a un caballo con los brazos bien abrazando la bolsa de dinero, y darse así a la fuga.
En lo que Billy procesó la rareza del incidente, la súbita aparición de un alguacil herido buscando por el anciano y preguntando por ese maldito anciano le hizo comprender la naturaleza del evento, y lo curioso que eran las apariencias.
Así que sí, algunos infelices están destinados a ser caballeros con corazones de oro, pero de terribles armaduras, y Billy era uno de ellos.
Hacer enojar a la gente por tratar de hacer algo bien era algo a lo que ya estaba terriblemente acostumbrado, pero ¿cuál era la alternativa? ¿Ser un cretino que sólo se preocupaba por sí mismo? Peor aún, ¿un maleante?
No. Billy simplemente no podría vivir así, y prefería la incomodidad de tener que callarse y apartarse de la vista pública luego de cometer una bienintencionada estupidez a hacer algo que fuese en contra de su naturaleza.
Por otro lado, aún después de una vida de ser una decepción para todos, incluido él mismo, había algo en esta particular joven que se sentía diferente y que lo hacía esforzarse en no decepcionarla.
No. Por fin había alguien que lo necesitaba y que estaba dispuesta a dejarlo ayudarla y tenía que cumplirle, costase lo que costase.
─De acuerdo, señor, aquí es donde pasó ─dijo Mary Lou.
Para entonces habían llegado ya justo al lugar en donde todo ocurrió, ese claro en el bosque que pasó de ser una situación de ensueño a una absoluta pesadilla para la dulce Mary Lou, y que la hacían encogerse en sí con el acecho de sus recientes recuerdos.
─Con que así es ─contestó Billy, tratando de concentrarse─. De acuerdo. ¡A darle!
Bajó de su caballo de un brinco y comenzó a estudiar el terreno.
─¿Puedo ayudarlo de alguna forma? ─preguntó Mary Lou.
─No, no. Yo… Yo puedo con esto ─dijo Billy.
Le concedió su siempre confiada sonrisa, la cual ella compartió de pura cortesía. Los recuerdos no la dejarían disfrutar nada de este momento.
Por su parte, Billy se arrodilló en el suelo y analizó cuidadosamente el prado, la tierra, el lodo, y las hierbas, pronto encontrando el tan dichoso rastro.
Mientras Mary Lou había sido capaz de reconocer los rastros de la carreta de Bert, Billy pudo dar con los pasos de la pandilla, de Bert, de la misma Mary Lou, y hacerse de una clara idea de lo acontecido.
Todo confirmaba lo dicho por la joven, que ella y su esposo habían sido tomados por sorpresa luego de hacer el amor, que un grupo de hombres surgió del bosque, que ella trató de detenerlos, y que finalmente fue derribada de un golpe a su nuca.
Lo que no comprendió fue la falta de forcejeo. Generalmente, si alguien era secuestrado o si alguien se metía en una pelea, la tierra y el pasto mostraba el paso de pies arrastrados o de cuerpos caídos.
Pero de esto no había nada. Todos los pasos masculinos desaparecían únicamente en dirección a la carreta, y luego los rastros de la carreta desaparecían bosque adentro.
Lo único que Billy pudo imaginar es que Bert había sido sometido de la misma forma que Mary Lou y que lo cargaron consigo a la carreta, aún si no había pisadas que se mostrasen más pesadas que otras, ni de pies arrastrados.
Por otro lado, habían pasado ya dos días del enfrentamiento y el clima y los animales de la zona bien podrían haber alterado la escena del crimen, así que no tenía mucho caso pensar en detalles y sólo concentrarse en la dirección hacia la cual la carreta había desaparecido.
Mary Lou, por su parte, sólo lo observaba a la distancia, genuinamente impresionada de su capacidad de ver y leer lo que ella no podía. Nunca en su vida había visto a un rastreador trabajar y, por un momento, se sintió en buenas manos.
Sí. Ése era el hombre que podría llevarla con su amado Bert. Sonrió suavemente mientras veía a Billy trabajar, y luego desvió su atención a cualquier otra cosa cuando Billy regresó hacia ella.
Entonces el viento volaba, empujando un cielo nublado que amenazaba con una poderosa lluvia que hacía a Billy moverse con más prisa e inquietud.
─¿Y? ─le preguntó Mary Lou─. ¿Cree poder encontrarlos?
─Eso creo ─respondió Billy─. Lo bueno aquí es que se llevaron la carreta.
─¿Eso es bueno?
─En este caso en particular, lo es. Los rastros de vagones son más fáciles de seguir.
─Sí, pero ¿y qué tal si solo intentan crear un rastro falso? ─preguntó Mary Lou.
─No creo que ese sea el caso, señora ─dijo Billy─. Algo me dice que ellos podrían haber desaparecido más fácil sin él. Si lo tomaron, es porque lo querían, y dudo mucho que lo dejasen en cualquier parte así nada más por todos los problemas que esto les traería. De manera que lo más probable, considerando nuestra ubicación, es que se hayan dirigido rumbo a Cherry Hill.
─Cherry Hill… ─Mary Lou repitió las palabras como si evocase una revelación.
─Es un pueblo pequeño a medio día de aquí ─dijo─. Es el más cercano.
Billy se trepó de vuelta a su caballo y rascó su mentón, todavía pensando.
─Lo que aún me parece extraño es que se lo llevasen a él y no a usted ─dijo.
Mary Lou consideró esto por un momento.
─Bert es un hombre valiente ─dijo─. Quizá trató de pelear con ellos luego de que me golpeasen. Usted no lo conoce. ¡Es muy apasionado!
Billy pensó al respecto.
─Tiene razón ─respondió─. No lo conozco.
Algo en él lo hacía dudar.
Ni la respuesta de Mary Lou ni los rastros le daban una buena impresión, pero ¿qué más podía hacer? Suspiró, resignado y dijo:
─En fin, debemos apurarnos, señora. ¡Una tormenta se aproxima!
─¿Una tormenta? ─Mary Lou preguntó, inquieta y mirando hacia el cielo.
El par se dio de vuelta a cabalgar.
─Sí, ¡pero no tema! ─reiteró Billy─. ¡Lo encontraremos!
Una vez más le concedió una sonrisa que trató animarla. Una vez más falló.
─Deje de hacer eso ─pidió Mary Lou─. Prometerme cosas.
─¿Es eso algo malo? ─preguntó Billy.
─…Tan sólo no quiero terminar decepcionada. Eso es todo.
─Hago lo mejor que puedo, señora…
─Lo sé. No es usted. Es sólo que…
De pronto, Billy se detuvo, distraído por un sonido aproximándose.
─Shh. ¿Escuchó eso? ─preguntó.
Mary Lou prestó atención al sonido y pronto se reveló. ¡Era un grupo de caballos aproximándose a toda velocidad! Con preocupación en su rostro, Billy desenfundó su arma.
─¡Quédese detrás de mí, señora! ─pidió.