5 Talentos Naturales #2
─¡Pues ni tan indefensa! ¡Ya no más! ─bromeó Billy, señalando el revólver.
Mary Lou soltó otra risa, una más fuerte.
─Eso fue increíblemente amable de parte de la gentil Sra. Rita, pero me temo que es inútil ─dijo Mary Lou─. ¡Nunca he disparado un arma!
─¡¿No!? ─exclamó Billy, con sorpresa─. ¿Ni siquiera durante la guerra?
Mary Lou sacudió la cabeza. Billy se detuvo.
─¡Válgame, pues! ¡Tenemos que cambiar eso!
Mary Lou trató de disuadirlo por un momento, pero no pudo ignorar el hecho de que, dada la naturaleza de su misión, convenía bastante aprender a manejar un arma, incluso si uno de sus más grandes temores era quitarle la vida a alguien.
Deseaba de todo corazón no tener que hallarse en tal escenario, pero, claro, si su vida o, más aún, la de Bert, dependían de eso, no tendría más oportunidad.
De manera, pues, que aceptó las enseñanzas de su bienintencionado compañero. Se detuvieron en algún punto de la pradera y Billy formó una fila de rocas y botellas vacías, mientras Mary Lou, nerviosa como estaba, sujetaba la gigantesca arma otorgada por la dueña del hotel entre ambas manos, a unos metros de distancia.
─¿Está seguro de esto, señor? ─le preguntó.
─¡Absolutamente! ─dijo Billy─. Toda persona necesita saber cómo disparar.
─Pero no soy una persona violenta.
─¡No importa! ¿De qué otra forma va a ayudarme a pelear contra esa pandilla si no sabe cómo usar un arma?
─¿Cree que tengamos que pelear con ellos? ─preguntó Mary Lou, inquieta.
─¿No lo cree usted?
Mary Lou consideró esto por un momento y asintió la cabeza.
─¡Ahí tiene! ─siguió Billy─. Ahora, no es tan difícil. Sólo es cuestión de plantar bien sus pies en el suelo y…
─Duelen.
─Tendrá que lidiar con ello. Plántelos firmes.
Billy plantó sus propios pies en el suelo, con fuerza, y Mary Lou copió su pose.
─Sostenga su arma con fuerza ─siguió Billy─. Apunte.
Billy demostraba con acciones todo lo que hacía, y Mary Lou lo seguía.
─Deje salir un respiro ─continuó.
Hizo lo propio y Mary Lou lo copió.
─Y… ¡apriete el gatillo! ─dijo, por último.
Uno y otro apretaron sus respectivos gatillos y… sólo una botella fue derribada por una bala – la de Mary Lou. La joven tambaleó y se esforzó por no caer, sintiendo un ardiente líquido recorrer de las plantas de sus pies hasta las rodillas que casi la hacían gritar, pero se mantuvo en su pose, y cuando vio lo que logró, una gran sonrisa llenó su rostro y la hizo olvidarse de toda molestia.
─¿Lo logré? ─preguntó.
Billy miraba con la boca abierta, tan sorprendido como ella.
─Sí… ¡Sí, lo logró! ─dijo, con una sonrisa─. ¡¿Qué tal eso!? ¡Tiene talento nato!
Mary Lou compartió la sonrisa. Por una rara vez en su vida, se sintió orgullosa de sí misma. Claro, era en algo que le disgustaba, pero no estaba mal ser útil de vez en cuando, ¿o sí? Miró entonces la botella a la que disparó Billy, intacta.
─Oh… el viento ─dijo Billy, agachando la mirada con vergüenza.
─…Claro. Sí ─Mary Lou prefirió seguirle la corriente.
─A veces la más mínima variación en el aire ─Billy trató seguir justificándose.
─Eso he oído, sí.
─Podría tratarlo de nuevo, pero… no quiero desperdiciar más balas.
─¡Tiene sentido! ─Mary Lou le concedió una gran sonrisa.
Billy la compartió, incómodo.
─Deberíamos seguir ─dijo.
─Desde luego ─Mary Lou le siguió, de nuevo caminando como pato.
Una vez más, Billy la ayudó a treparse al caballo en una actitud ahora callada y taciturna, mientras su compañera mantenía una sonrisa amable y atenta.
─Resulta que no necesitaba que le enseñaran ─dijo Billy─. ¡Mire nada más!
─No, no ─corrigió Mary Lou─. Usted… Usted me enseñó bien. De no haber plantado bien mis pies en el suelo, ¿quién sabe qué habría ocurrido?
─Cierto… ¡Cierto! ¡Eso es cierto!
El buen ánimo volvió a Billy. Cuando menos podía ser un buen maestro, ¿cierto? Trepó a su caballo con renovada energía y su mirada se distrajo con la eterna pradera verde que se extendía ante ellos hasta donde la vista alcanzaba a ver.
─¡Mire eso, ah! ─dijo─. ¡No es una mala vista!
Mary Lou echó un vistazo al campo y sonrió.
─Es hermoso, sí señor ─respondió.
─Sí ─siguió Billy─. Un hombre decente podría hacerse de una buena vida aquí. Comprar una granja. Conseguirse una esposa. Unos niños.
Sonrió hacia sí, inspirado y dejándose llevar por algunas dulces fantasías que no le fueron difíciles a Mary Lou de notar y que le causaron una sonrisa suave y honesta. Podía comprender la belleza y añoranza de este sueño.
Luego, una sombra de duda llenó los ojos de Billy y se obligó a decir:
─¡No yo, claro! ─dijo.
Mary Lou salió de sus pensamientos y regresó su atención al muchacho.
─No. Me temo que estoy un poco demasiado acostumbrado a la vida del vaquero ─Billy siguió─. ¡Viajar! ¡Conocer lugares! ¡Vivir peligrosamente!
Sí. El muchacho trataba con demasiada fuerza de hacerse la idea de ser un hombre fuerte y errante, del tipo del que se cuentan historias y generan admiración, y, de nuevo, Mary Lou podía percatarse de lo que intentaba. ¿Para qué contradecirlo?
─La vida sencilla no es para todos, cierto ─dijo.
─¡Está en lo correcto, señora! ─siguió Billy─. ¡No lo es!
Billy le concedió una sonrisa. Mary Lou la compartió a medias, luego perdiéndose en sus propias preocupaciones.
Por un momento, se maldijo por no haber sido más inteligente y pedirle a Bert que se quedase con ella a atender su granja. Eso habría evitado muchos problemas. Sí, quizá era menos emocionante que viajar por el país, pero al menos no se encontrarían en esta situación, ¿o sí?
Nunca se consideró como una persona ambiciosa. Lo que le pedía a la vida no era demasiado y, sin embargo, cuando tuvo la oportunidad de tener lo que quería y ser feliz, tuvo que dejarse llevar por la fantasía.
¡Maldita sea! ¿Cómo pudo ser tan estúpida? ¿Tan descuida? Quizá se merecía todo lo que le pasaba, ¡y aún peor! Sus pensamientos comenzaron a divagar más y más, y Billy se percató de ello.
─Y, uh, ¿por qué no me cuenta un poco más de su esposo? ─preguntó, tratando de distraerla─. ¿Es un buen hombre?
Su táctica tuvo éxito y Mary Lou salió de sus divagaciones para responder:
─El más gentil que haya existido.
Una sonrisa se dibujó en sus labios conforme pensó en Bert.
─¿En verdad? ─preguntó Billy─. ¿Por qué lo dice?
─Bueno… fue lo suficientemente amable para amarme. Nunca antes me pasó.
─¡¿En verdad!? ─exclamó Billy, mirándola con absoluto desconcierto.
Mary Lou, avergonzada por la reacción, sólo asintió la cabeza.
─Vaya… ¡Lo siento, señora, pero me cuesta creerlo! ─contestó Billy─. ¡Usted es toda una belleza y un encanto de lo más dulce, si no le importa que lo diga!
Le concedió una sonrisa y un guiño, tratando de ser amable. Esto, no obstante, no aterrizó bien en su compañera, quien de inmediato frunció el ceño y detuvo su caballo.
─¡Ahora, no se haga de ideas raras, señor! ─dijo─. ¡Puede que mi esposo no esté aquí, pero soy una mujer casada y me tomo mis votos muy en serio!
Billy se detuvo con el pánico de un ciervo a punto de ser cazado. Había cometido un terrible error y lo comprendió de inmediato.
─¿Qué? ¡No! ¡No intentaba…! ─trató de defenderse.
─Si lo que usted busca es una aventura de una noche con una muchacha vulnerable, ¡lamento decirle que no la conseguirá de mí!
─¡No! ¡Yo…!
─¡Estoy demasiado familiarizada con hombres arrogantes aprovechándose de mí y no pasará de nuevo! ¡No, señor!
─¡No! ¡Mis disculpas, señora! ¡No es lo que intentaba decir! Tan sólo quería decir que… Bueno, ya no sé qué estaba intentando decir. Sólo… Sólo sigamos adelante, ¿sí?
Mary Lou lo estudió con los ojos. El muchacho estaba rojo de vergüenza y era incapaz de sostener su mirada. Su arrepentimiento parecía honesto y le dio el beneficio de la duda. Con un asentir de su cabeza dio aprobación para reanudar su viaje.
─Mi esposo es un gran hombre ─siguió Mary Lou.
─Estoy seguro de que así es ─contestó Billy.
─Puede que no lo crea, pero no siempre he tenido la mejor de las suertes con los hombres. Todo lo contrario, de hecho ─su voz tembló revelando lo mucho que esto le pesaba─. Y Bert es lo mejor que me ha pasado en la vida. Quizá lo único bueno. Lo amo profundamente y él me ama a mí, y vamos a tener una gran y hermosa familia. Así que, por favor, señor, guárdese sus preguntas.
Mary Lou le arrojó una mirada sobre el hombro y Billy se limitó a asentir la cabeza, pensando en lo curioso que era que ella tuviese un talento natural en disparar y él en hacer enojar a la gente. Sin duda, la vida tenía un raro sentido del humor.