Absolutamente Dulce Mary Lou 5 Talentos Naturales
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5 Talentos Naturales

Dicen que el amor es capaz de lograr lo imposible. Cambia mentes, conmueve los corazones más agrios, e incluso mueve montañas. ¿O acaso eso era la fe? Daba lo mismo. Para Mary Lou, la idea del amor era tan o incluso más grandiosa que la fe misma. Su base. Después de todo, ¿cómo podía alguien esperar algo con tanto deseo si no era motivado por la fuerza del amor?

Sí, para ella amar era lo mismo que creer. Creer que se podía cambiar algo. Lograr algo. Hacer lo imposible. ¿Salir ella misma en búsqueda de su esposo raptado, siendo alguien sin experiencia en viajar, ni mucho menos en pelear? ¡Parecía una locura!

Pero, de nuevo, con la fuerza del amor, se sentía capaz de lograrlo. ¿Qué más daba si el buen Doctor Turner le había ordenado mantener el reposo, evitar el sol, y el esfuerzo físico? Ella sabía que moriría de tristeza antes que de insolación, y no iba a sentarse a esperar en una cama mientras la gente se reía de ella en lo que un alguacil desesperanzado rescataba al amor de su vida.

¡No, señor! Con la ayuda de ese torpe, pero aparentemente buen pistolero de Billy Nelson, Mary Lou estaba más que dispuesta a hacer lo jamás pensado para redimirse ante Bert, Dios, y, quizá, finalmente encontrar la felicidad que le había eludido toda su vida.

Si bien el agotamiento de su viaje la hizo dormir profundamente luego de acordar su trato con Billy, no tuvo problema en despertar antes de que saliera el sol. Se vistió con las prendas que la amable Sra. Rita le consiguió, y aunque sus pies, ahora llenos de ampollas, le causaban un dolor casi paralizante con cada paso que daba, haciéndola avanzar de forma torpe y tambaleante, similar a un pato ebrio, se apresuró a bajar las escaleras y salir del hotel antes de que cualquiera pudiera intentar detenerla. Sabía que lo harían. Sabía que le dirían que era una idea estúpida y peligrosa, pero ¿acaso no era esa la esencia misma del amor?

Entonces ¿qué más daba? Su conspiración con Billy le había instruido estar lista para el amanecer, y, fiel a su palabra, el muchacho la aguardaba a la entrada.

Como Mary Lou, Billy se encontraba también emocionado y más que dispuesto a lograr esa hazaña.

Su experiencia como rastreador no era poca. A menudo le había servido para cazar conejos o incluso servir de cierta ayuda en grupos de búsqueda, si bien rara vez formaba parte de lo que seguía en tales ocasiones. Pero esta situación podría marcar la diferencia – o, cuando menos, eso esperaba.

Si lograba rescatar al pobre Bert, quizá podría ser un héroe, al menos por un día y al menos para una persona, y eso, consideraba, sería suficiente para andar por la vida sin que todas aquellas burlas y comentarios que la gente siempre le soltaba le afectasen.

Por una vez, podría demostrar que estaban equivocados. Que él no era una broma, ni mucho menos un inútil.

Esta era la oportunidad que había esperado toda su vida, y le agradecía a Mary Lou, ese infortunado ángel que la vida había abatido tanto como él, por tal confianza.

Claro, como todo hombre, se evitaría de decírselo en persona. No. Eso lo haría parecer débil o desesperado, ¿cierto? No. Lo mejor que podía hacer era probarse a sí mismo con heroicas acciones y una misión exitosa.

¿Y el primer paso? Llegar a tiempo.

Billy aguardó afuera del hotel con dos caballos por unos minutos, admirando el nacer de los primeros rayos de sol (algo que siempre alegraba su corazón, ante la promesa de un nuevo comienzo), cuando oyó a la dulce Mary Lou salir, dando pasos torpes y pesados. El dolor que esto le causaba era más que evidente y Billy no se evitó de preguntar:

─¿Está segura de querer venir?

─Sí. Está bien ─respondió Mary Lou, ahogando su dolor─. Puedo caminar.

─Bueno, cuando menos déjeme ayudarla con eso ─Billy señaló su maleta.

Sí, era la misma maleta destruida y atada por dos medias que Mary Lou arrastró todo el día anterior. Para muchos, eso sería basura, pero era todo lo que le quedaba en el mundo.

─No es necesario… ─Mary Lou trató de detenerlo.

Pero fue demasiado tarde. Billy tomó la maleta de sus manos y la ató al caballo que había preparado para Mary Lou – y no sólo esto. Pese a una pronta objeción llena de nervios tras su “ayuda” el día anterior, Billy cargó a Mary Lou entre sus brazos y la sentó en el corcel.

─Gracias ─dijo Mary Lou, soltando un suspiro de alivio.

¡Cuando menos esta vez no la había estrellado contra nada!

─¡No es problema! ─contestó Billy con una gran sonrisa.

Era una sonrisa gentil, dulce, del tipo que pocas veces se ven en la vida, y que causó una respuesta recíproca en la joven. Sí, torpe como podía ser, no había duda de que ese joven tenía un corazón gentil y atento y… esperen, ¿qué fue eso?

De un momento a otro, la puerta del hotel se azotó ante la salida de la Sra. Rita.

─¡Oigan, ustedes dos! ─los llamó, en su pijama─. ¡¿Qué creen que hacen!?

Como un par de niños traviesos descubiertos por su madre, Billy y Mary Lou dieron un pequeño brinco de susto.

─Vamos a encontrar al esposo de la Sra. Daniels ─dijo Billy.

Los grandes ojos de la Sra. Rita miraron a Mary Lou con preocupación.

─Le agradezco todo lo que ha hecho por mí, Sra. Rita, pero mi esposo me necesita ─explicó Mary Lou.

─Pero ¿y qué con el alguacil? ─preguntó la Sra. Rita.

─¡Estoy seguro de que apreciará algo de ayuda! ─aseguró Billy.

La Sra. Rita miró con mayor preocupación y duda a Billy.

─¿En verdad crees que es algo prudente, muchacho? ─le preguntó.

─Creo que es más prudente que tenerla encerrada con sus pensamientos ─dijo.

La Sra. Rita regresó su atención a la inquieta Mary Lou.

─Sí, puede que tengas razón con eso ─respondió la Sra. Rita─. A veces una mujer tiene que hacer lo que una mujer tiene que hacer, ¿ah, cariño?

Le guiñó el ojo a Mary Lou, causándole una dulce sonrisa.

─Sólo ten cuidado, ¿quieres, muchacho? ─le pidió a Billy.

─¡No tema Sra. Rita! ─dijo Billy, trepando a su caballo, heroico y confiado─. ¡“Cuidadoso” es mi segundo nombre!

Ahora fue él quien guiñó el ojo a la Sra. Rita, lo que sólo le causó aún más nervios.

─Claro… Escucha, cariño, lleva esto ─la Sra. Rita fue con Mary Lou.

Debajo de su brazo cargaba un pañuelo envolviendo lo que resultaba ser un enorme revólver que concedió a Mary Lou.

─¡Cielo Santo! ─exclamó Mary Lou, desconcertada.

─¡Wow! ─coincidió Billy.

─Le perteneció a mi pobre esposo. ¡Dios lo tenga en su gloria! ─explicó la Sra. Rita─. Lo usé varias veces durante la guerra para defenderme de hombres desgraciados.

─En verdad no creo que sea necesario… ─Mary Lou trató discutir.

─¡Sí, lo es! ─insistió la Sra. Rita─. Hay muchos hombres malos allá afuera y, uh, incluso con la ayuda de un buen muchacho con el buen Billy aquí, una dama necesita toda la protección que pueda conseguir, ¿entiendes a lo que me refiere?

Mary Lou apretó sus labios, aún algo partidos e inflamados.

─Creo que sí ─dijo─. Gracias, Sra. Rita.

Sujetó el arma con ambas manos y la guardó junto a su asiento.

─¡El placer es todo mío! ─dijo la Sra. Rita─. ¡Bueno, adelante! ¡Deben ganarle a ese sol, ¿cierto, Billy!?

Lo miró con cierto desafío. Uno y otro sabían que lo que en verdad quería decir era que tenía que ganarle a su hermano. Si este los descubría, los enviaría de vuelta de inmediato o incluso peor. El tiempo era, por lo tanto, crucial.

─…Claro ─dijo Billy─. ¡Sígame, señora!

Billy tomó la delantera y Mary Lou le siguió, agradeciendo una vez más a la Sra. Rita con un gesto de su cabeza. La buena Sra. Rita les concedió una sonrisa confiada y les despidió con la mano.

Luego, conforme los vio desaparecer calle abajo, su sonrisa se convirtió en un rostro de angustia, temiendo por ese par de almas fracasadas adentrándose a la crueldad de un mundo que no perdonaba los descuidos. ¿Lograrían su misión o era esta la última vez que los había visto?

Su corazón le pesó, pero sabía que era inútil tratar de disuadir a un tonto de una idea, y más aún, a un corazón roto e inquieto. Si esto era lo que debía pasar, que así fuese. Quedaban en las manos de Dios, el destino, y su ingenuidad.

A través de la mañana, Billy y Mary Lou recorrieron todo el camino que ella realizó la jornada anterior, y Billy no pudo evitar una profunda impresión ante el hecho de que ella lo había hecho a pie y sin zapatos.

Claro, él sabía bien las consecuencias que esto le habían dejado. No eran difíciles de ver. La pobre muchacha seguía roja como un bistec sin freír. La piel de sus mejillas, frente y brazos estaba partida y comenzando a despellejarse. Y pese a haberse hidratado lo suficiente, sus labios seguían agrietados casi al punto de sangrar.

Pero, aun así. ¿Andar todos esos kilómetros por su cuenta, sin detenerse, ni beber agua?

Billy había oído historias de feroces hombres sufriendo y muriendo por mucho menos que eso. ¿Cómo era posible que ella, una muchacha esbelta y sin experiencia, lograse eso?

Todo cuanto pudo pensar era que la fuerza del amor ciertamente era increíble y que ese tal Bert era el sujeto más suertudo del mundo. ¿Cómo podía alguien amar a otra persona con tanta fuerza?

Claro que, en el tema del amor, Billy tampoco era un experto, así que todo esto bien podría tratarse de un gesto común (uno que en su vida pensaba poder experimentar).

Pero, de una u otra forma, no había duda de que Mary Lou era digna de absoluta admiración.

─¿En verdad caminó todo esto, usted sola? ─no pudo evitar preguntarle.

Mary Lou lo miró con desconcierto. ¿Por qué era tan impresionante? Asintió su cabeza suavemente y respondió:

─Es correcto, señor.

─¡Impresionante! ¡Y descalza, además!

Mary Lou soltó una pequeña risa.

─Mis pies me arden terriblemente ─dijo.

─¡Puedo imaginarlo! ─siguió Billy─. ¡Nunca he oído de alguien hacer algo así!

─¿No? ─Mary Lou no pudo evitar la sorpresa de este comentario.

─¡En lo absoluto! ¡Es única en su tipo, señora

─Gracias ─sonrió Mary Lou.

Sintió su corazón calentarse, desconocida a los cumplidos, en especial a los que parecían genuinos.

─Usted también, dicho sea de paso ─continuó Mary Lou─. Ayudar a una pobre mujer indefensa a hacer algo como esto. No todos los hombres lo harían, ¿sabe?