4 El Acuerdo #3
─¡Bueno, gatita, ve por él! ─oía a Hank.
Y luego se oía a sí misma gritando:
─¡BERT!
Las lágrimas volvían a cubrir sus mejillas, ahora enrojecidas por la insolación, y sacudió su cabeza, tratando con todas sus fuerzas de no sucumbir en la desesperación.
─¡Por favor, Bert, perdóname! ─dijo, llevándose las manos al rostro─. ¡No debí haberte jalado a mi mala suerte!
Entonces… alguien golpeó a su puerta. TOC-TOC.
─¡Adelante! ─dijo Mary Lou, obligándose a reponerse en un momento.
Había pasado un rato desde que el alguacil se fue y su corazón, aquel órgano que siempre espera por lo mejor incluso en el peor de los momentos, latió con fuerza con la idea de que quizá, tal vez, posiblemente algo habría pasado y pudiese oír buenas noticias.
Prestó su atención a la puerta con el deseo de que el alguacil entrase y dijese que habían encontrado a su esposo o que, cuando menos, estarían por salir en su búsqueda.
En su lugar entró Billy, cargando un plato de sopa. La esperanza desapareció del corazón y del rostro de Mary Lou quien, una vez más, se encogió en una pose derrotada.
─Soy yo, señora ─dijo Billy, siempre sonriente y amable─. Sólo quería ver cómo estaba y, uh, traerle un poco de sopa. ¡Cortesía de la Sra. Rita!
─Sólo déjela donde sea. Gracias ─dijo Mary Lou.
Billy entró cautelosamente. No era difícil decir o imaginar que ella estaba en un mal lugar. Dejó la sopa en una mesa junto a la cama y esperó un momento.
─Y, eh, ¿cómo le va, señora? ─preguntó.
─El alguacil dice que formará un grupo de búsqueda ─respondió Mary Lou, sin una sola pizca de optimismo, ni levantar la mirada.
─¡Eso es bueno! ─dijo Billy, animado─. Sí. El alguacil, él es, ah, un buen hombre. ¡Él la ayudará! ¡Téngalo por seguro!
Le extendió una sonrisa, buscando darle ánimo. De nuevo, no sirvió.
─Sí. Bueno… Quería saber si… ─dijo Billy.
─Mi mamá tenía razón, ¿sabe? ─Mary Lou lo interrumpió, de nuevo metida en sus pensamientos intrusivos─. Dios me odia. Lo hace. Es por eso que no puedo encontrar amor. ¡Tan sólo desearía que no arrastrase a tal gentil alma a esto!
─Nah, vamos, señora. No diga eso ─respondió Billy─. Usted me parece una dama decente y, eh, estoy seguro de que el Buen Señor la ama.
Mary Lou sacudió su cabeza, con su mirada pérdida en el vacío.
─Sólo hay un hombre que podría amarme ─dijo─. El hombre más gentil que haya conocido. ¡Y ahora podría estar muerto!
Una vez más, las lágrimas. Billy dio un paso al frente, conmovido. Nunca había soportado ver a una mujer llorar y a esta, menos aún.
─Vamos, no diga eso ─dijo─. Usted no sabe…
Mary Lou lo miró con toda la seguridad del mundo.
─¡Pero sí sé! ─respondió─. ¡No trate de convencerme de lo contrario, señor! ¡Estoy maldita! ¡Lo estoy! ¡Todos me abandonan o mueren, o Dios sabrá lo que le pasó al pobre Bert!
─El alguacil lo encontrará…
─¡No, no lo hará! No con mi suerte. Ni siquiera es su jurisdicción. Él mismo lo dijo. Tan sólo… lo he perdido.
Billy no lo soportó más. Una fuerza salvaje se apoderó de él y dijo:
─No, no lo ha perdido ─su voz sonó con certeza.
Se arrodilló al lado de Mary Lou. Puso sus manos sobre las de la joven, lo que, de alguna forma, le impidió el llanto por un momento y continuó:
─Yo la ayudaré a encontrarlo ─dijo.
Mary Lou miró los gentiles ojos de Billy.
─…¿Usted? ─preguntó.
Billy se puso de pie, todo heroico.
─¡Sí! Puede que no lo sepa, pero en realidad soy un gran rastreador y un gran vaquero. ¡Sólo pregunte y vea! ─lo pensó mejor─. O quizá no, porque no quiero, uh, asustarla con algunas de mis historias. ¡Pero puedo hacerlo, sin duda!
Mary Lou lo miró, tratando de leer sus intenciones.
─No tengo dinero si eso es lo que le interesa ─dijo.
─¡Oh, válgame Dios, no! ¡Por favor, no! ─dijo Billy─. No es por eso que estoy haciendo esto. Tan sólo… quiero ayudarla.
─…¿Por qué?
─Bueno, porque… ¡soy un buen hombre! Y mi corazón tan sólo no resiste ver a alguien en tal predicamento ─respondió.
─Pero ¿es bueno con las armas? Porque esos hombres…
Billy desenfundó considerablemente rápido e hizo girar a su revólver plateado.
─Wow… ─exclamó Mary Lou con genuina admiración.
Billy guardó el revólver de vuelta en su cinturón y sonrió, orgulloso.
─Nada mal, ¿ah? ─presumió.
─Nada mal…
Mary Lou estudió a Billy con sus ojos y apretó sus labios, aún partidos.
─De acuerdo. Quizá pueda ayudarme ─dijo.
Billy soltó una palmada sobre su propia pierna, celebrando.
─¡Yija! ─exclamó.
─Con una condición, claro ─añadió Mary Lou.
─¡Usted dígala, señora!
─Que yo vaya con usted.
Billy retrocedió un paso, sintiéndose insultado.
─¿No confía en mí? ─preguntó.
─No es eso ─dijo Mary Lou─. Es sólo que… esto es mi culpa. Mi problema. Yo causé esto y necesito arreglarlo. Además, Dios prohíba que algo le pase a usted… Tan sólo no podría vivir conmigo misma.
Billy consideró esto por un momento y asintió la cabeza.
─…De acuerdo. Eso suena justo ─dijo.
─Entonces, ¿tenemos un acuerdo? ─preguntó Mary Lou.
Extendió su mano hacia él y Billy la estrechó.
─¡Tenemos un acuerdo, señora! ─respondió Billy.
Y el par compartió una sonrisa.