4 El Acuerdo #2
─Pero ¿lo encontrará? ─preguntó Mary Lou, mirándolo a los ojos.
El alguacil desvió la mirada hacia el Doctor y la Sra. Rita.
─Bueno, no me gusta hacer promesas ─respondió─. Las encuentro… hirientes. Pero haré lo mejor que pueda y, uh, de una u otra forma daremos con estos hombres. Eso puedo garantizarlo.
Los hombros de Mary Lou se hundieron conforme sentía la esperanza abandonarle.
─Entre tanto, quédese aquí tanto como necesite ─siguió el alguacil─. Pida lo que guste. No se preocupe. Todos los gastos corren por nuestra cuenta.
─Por su cuenta querrá decir ─corrigió la Sra. Rita.
─…Eso es justo a lo que me refería, Sra. Rita. Sí.
La Sra. Rita le guiñó el ojo a Mary Lou, tratando de calmar la situación, pero de nada sirvió. La joven seguía en la misma pose, tensa y derrotada.
─¿De acuerdo, Sra. Daniels? ─reiteró el alguacil.
Mary Lou consideró estas palabras y sus opciones y sólo se encogió de hombros, resignada. ¿Qué más podía hacer o pedir?
─Muy bien ─concluyó el alguacil─. Entonces…
─Esto es mi culpa, ¿no es así? ─lo interrumpió Mary Lou.
El alguacil frunció el ceño con confusión. ¿A qué se refería?
─Estoy maldita ─siguió Mary Lou─. Cada vez que encuentro a quien amar, algo malo pasa, y claro que cuando encontrase al hombre de mis sueños, ¡terminaría siendo secuestrado! ¡Oh, Bert!
Una vez más, las lágrimas. El alguacil Nelson sacudió la cabeza y suspiró antes de sacar una cantimplora (llena de whisky) de su saco y darle un sorbo.
─Mujeres… ─sentenció.
─Hombres ─lo corrigió el Doctor Turner.
El alguacil le volvió a arrojar una mirada de advertencia y señaló con su dedo.
─Hoy no, Doc. Hoy no ─le dijo.
El alguacil dio otro sorbo a su cantimplora y se levantó, listo para irse.
Afuera de la habitación, un curioso Billy había escuchado toda la conversación y tan pronto como oyó a su hermano incorporarse, se retiró corriendo.
─Échenle un ojo, ¿de acuerdo? ─pidió el alguacil al doctor y la Sra. Rita.
─¡Haré lo que pueda, alguacil! ─contestó la Sra. Rita.
─Con eso bastará. Doc.
El Doctor asintió su cabeza y el alguacil se retiró.
─Tranquila, señora ─le dijo la Sra. Rita a Mary Lou, con un tono maternal al cual la joven no estaba nada acostumbrada pero que lograba confortarla─. ¡Encontrarán a su esposo y volverán a estar juntos antes más rápido de lo que le toma a un puerco comer! Sólo espere y vea ─le arrojó otro guiño.
Por una vez en su vida, era agradable sentir un tipo de apoyo, en otra ocasión, Mary Lou habría querido quedarse a conversar más tiempo con esa simpática señora que, por su edad y buena altura, la hacían sentirse como una muchacha. Pero en esta, simplemente no era posible. Todos sus pensamientos y preocupaciones regresaban una y otra vez al pobre de Bert. ¿Lograría verlo de nuevo? ¿Volverían a estar juntos? ¿La perdonaría por su desafortunada naturaleza?
*****
A las afueras, el atardecer caía. Un precioso cielo de tintes naranjas y rosados cubrían el pueblo y el desierto y pradera a los alrededores, pero al alguacil Nelson esto le daba lo mismo.
Le echó un vistazo como si fuese cualquier otra cosa y se dio de nuevo a la bebida, pensando en la trágica historia de Mary Lou. Sin duda había oído incontables historias tristes y lamentables, pero la suya estaba completamente en otro nivel. No sólo era deprimente, sino absurda.
¿Cómo podía alguien experimentar tanta mala fortuna? Sin duda el Buen Señor tenía un raro sentido del humor y todo cuanto él podía hacer era tratar de enmendar las cosas de alguna forma. Por otro lado, ¿qué se puede hacer cuando el destino está claramente en contra de uno?
Se lamentó por la dulce Mary Lou, pensando que ella se merecía algo mejor y que todo aquel asunto seguía siendo de lo más raro, pero decidiendo que él no era nadie para juzgar. Él mismo contaba con su propia historia de decisiones incorrectas y presiones inesperadas, así como también de remedios cuestionables, y todo cuanto podía decir es que así eran las cosas y punto. Un trago más lo calmaría – o eso pensó hasta cuando oyó a su hermano preguntarle:
─¿Vas a ayudarla?
El alguacil dio un pequeño brinco de susto, encontrando a Billy sentado en una silla junto a la entrada, limpiando su siempre brillante revólver plateado.
─Haré lo que pueda, sí ─contestó el alguacil.
─Tiene el corazón roto, Willie. Necesitas hacer más que eso ─dijo Billy.
─¿Me estás diciendo cómo hacer mi trabajo?
─Alguien tiene que.
El alguacil sopló una risa y dio otro sorbo a su bebida.
─Aléjate de esto, Billy ─le dijo─. Esto es para hombres, no… lo que seas tú.
Billy soltó una carcajada y sacudió la cabeza, viendo a su buen hermano, aquel respetable alguacil, retirarse rumbo a la comisaría con pasos torpes, algo ebrio ya. Entonces soltó un suspiro, inquieto, y pensó. ¿En verdad era ese hombre la mejor opción para aquella desafortunada mujer? ¿En verdad sólo podría apartarse al cruzar caminos con alguien en tanta necesidad de una ayuda real e inmediata?
Adentro del hotel, la hora feliz había llegado.
La gente bebía, oía música, y parloteaba sin fin, con varios de ellos usando los dos incidentes de Mary Lou como el mayor tema de conversación. El primero, su enigmática llegada.
¿De dónde venía? ¿Por qué venía en tan malas condiciones? ¿Quién era? La mitad de la gente expresaba genuino interés y desconcierto, mientras que la otra mitad aprovechaba para decir cualquier tontería que se les viniese a su mente, desde haber sido echada de su casa hasta tratarse de un fantasma.
El otro incidente era el que correspondía a su salida con Billy, el cual sólo era tratado por todos como tema de burla. No sólo repetían lo ocurrido con el lodo y el estiércol, sino que añadían más detalles. Decían que Mary Lou cayó de cara al excremento y que este era de puerco, que Billy trató de ayudarla y sólo la sumergió más en la mierda, o que Mary Lou se había desmayado al ver a Billy.
El muchacho estaba acostumbrado a este tipo de comentarios y ya no le importaban. No si se referían a él. Pero ¿a ella? ¿Reírse o mofarse de una mujer que acabase de pasar tal traumatizante situación? Eso hacía a su corazón sentirse un poco más pesado, y no soportaba la idea de sentarse ahí a esperar por los próximos días o semanas mientras todos esos despreciables rumores continuaban propagándose. Algo tenía que hacer.
Por fortuna para ella, Mary Lou no alcanzaba a oír ninguno de estos comentarios desde su habitación, y lo poco que oía, lo ignoraba.
Sus pensamientos estaban más bien metidos en una recreación de tal terrible incidente, oyendo en su mente las frases de todos los involucrados:
─Estoy aquí para protegerte ─oía la voz de Bert.