Absolutamente Dulce Mary Lou 4 El Acuerdo
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4 El Acuerdo

Sentada en la escalera trasera del hotel de la Sra. Rita, en lo que era más bien un callejón discreto y apartado de la mirada pública, Mary Lou se lavó los pies con agua caliente y bastante jabón. Contando con demasiada experiencia en el tema de pisar en mierda toda su vida, la joven se había vuelto ya una experta. Había personas que eran expertas en el tema del amor o en el de la seducción. Había personas cuya mayor preocupación en la vida era pensar qué cocinarle a su amado, qué ropa usar, o llegar tarde a una reunión social, y que incluso podían sentirse aburridos de esto. Personas que lo daban por sentado como si encontrar amor, ser feliz, tener un hogar, ropa, o amistades fuesen cosas que vienen incluidas en la vida como si nada.

Y había personas que veían y pensaban en todo eso como un tesoro. Un sueño. El más grande que se podría tener. Mary Lou ciertamente pertenecía a este grupo, y conforme se quitaba el jabón por tercera ocasión de sus pies y veía cómo ese vestido rosa que había comprado apenas una semana atrás y que adoraba por su belleza y encanto se había convertido ahora en un estropajo sucio, roto, lleno de lodo y excremento, se preguntó por qué era esto.

¿Por qué otra gente podía recibir tanto tan fácilmente, y por qué parecía ser castigada cada vez que buscaba sentir amor o ser feliz? Ni siquiera podía buscar por ayuda para salvar a su esposo raptado sin tener que pasar por el ridículo. ¿Acaso esa sería su vida por siempre? ¿Una mala broma tras otra?

La llegada de Billy con otra cubeta de agua ardiendo la distrajo de su embriagante autocompasión.

─Aquí tiene otra cubeta, señora ─le dijo.

─Gracias… ─respondió Mary Lou sin voltear a mirarle.

─La Sra. Rita dice que puede tomar un baño también si gusta, siempre y cuando, ya sabe, se lo quite todo ─siguió Billy.

Mary Lou le arrojó una mirada fatal que lo hizo encogerse en sí mismo.

─Lo tendré en consideración ─fue todo lo que sus labios partidos dijeron.

─Bien. De acuerdo. Ah, de nuevo, lo siento por…

─No es su culpa ─Mary Lou lo detuvo, continuando su limpieza─. Sólo… tengo mala suerte. Eso es todo.

Las palabras “mala suerte” hicieron a Billy fruncir el ceño y mirar al suelo, incómodo.

─Nah, vamos ─discutió─. Estoy seguro de que eso no es cierto. Sólo está teniendo un mal día. A todos nos pasa.

Sonrió, buscando animarla. No funcionó.

─Sí, claro. ¿Es así como llama al casarse con el amor de su vida y vender su hogar sólo para ver cómo se lo llevan unos malditos maleantes justo el día después de su boda, llevándose toda tu ropa, zapatos, sombreros, y abandonándote a morir en medio del bosque, forzándote a caminar descalza por Dios sabe cuántos kilómetros sólo para terminar pisando excremento de caballo y ser objeto de burla? ¿Un mal día?

Billy apretó los labios y dejó que un segundo pasase en silencio.

─…Tal vez ─dijo.

Mary Lou sopló una risa y sacudió su cabeza.

─¿Está casado, señor? ─le preguntó.

─Eh… no.

─Bueno, quizá no es para todos.

Billy frunció el ceño, preguntándose qué quería decir. Lo ignoró.

─No se preocupe, señora ─dijo─. ¡Estoy seguro de que encontrará a su esposo! ¡Y pronto además!

─Gracias…

Billy asintió con la cabeza y dio media vuelta. No tenía más qué decir. ¿Qué podía? Billy sabía que las palabras sólo funcionan por un instante, pero no resuelven nada, y en el caso específico de Mary Lou, resultaban más inútiles que un sombrero hecho de tortuga. Se dispuso a entrar de vuelta al hotel cuando Mary Lou, percatándose de los esfuerzos del hombre, hizo una pausa a su limpieza para decirle, con toda sinceridad:

─Señor… Gracias, en verdad.

Tomado por sorpresa, Billy sólo le concedió una sonrisa y entró al hotel. Quizá había hecho algo bien. Sí, tal vez la pobre chica terminó un poco más lastimada y sucia de lo que estaba cuando llegó, pero ¿acaso alguien más se atrevió a correr a su auxilio? ¿Acaso alguien más la llevó al doctor? ¿Acaso alguien más la cuidó por un par de minutos, antes de ser confundido por su esposo y meterse en una situación de lo más embarazosa? No. Por un momento, Billy logró sentirse bien consigo mismo.

Luego vio a la figura del alguacil William T. Nelson sentado en la barra del bar y su sonrisa se desvaneció en el instante.

Decir que había un problema entre ellos era quedarse corto, y aquí habría de ahondar un poco en la relación entre estos dos polos opuestos.

Mientras Billy era a menudo un objeto de broma en la comunidad local, incluso pese a sus más sinceros y mejores esfuerzos, William T. Nelson era justo lo contrario.

Una figura de confianza. Seriedad. Alguien a quien se podía acudir en momentos de necesidad y que se sabía resolvería el problema. No sin razón se le había erigido como alguacil por voto popular.

Si esto estaba en los planes del buen William quien era, curiosamente, tres años más joven que su torpe hermano, incluso si se parecía cinco años mayor, era algo que se desconocía.

Como todo hombre real, era callado, taciturno, y absolutamente estoico.

Si la comunidad lo necesitaba, él haría lo que se le pidiese y se evitaría de decir lo que pensase – al menos en ese tema en particular. Cuando tenía que hablar sobre su hermano, entonces sus opiniones eran de lo más claras, justo como ocurría momentos antes de que Billy entrase.

Llevado al hotel por el Doctor, el alguacil Nelson conversaba con este y la Sra. Rita, una mujer entrada en sus cincuentas, alta, fuerte, de buen humor pese a haber visto demasiado del mundo, acompañados de algunos cuantos tragos.

─¡Esa pobre muchacha! ─dijo la Sra. Rita─. ¡Dios bendiga su corazón! ¡Hay demasiados hombres sin corazón allá afuera!

─¡Dígamelo a mí! ─rio el Doctor Turner.

La Sra. Rita compartió la risa. Ni uno ni otro eran desconocidos a la maldad de los hombres, especialmente en los temas del corazón.

─Cálmese, Doctor Turner ─dijo el alguacil─. Estoy aquí por la chica. ¿Dónde está?

La Sra. Rita y el Doctor Turner compartieron una mirada incómoda.

─Afuera, con Billy ─dijo la Sra. Rita.

El alguacil se ahogó con su bebida por un segundo.

─¡¿Con Billy!? ─preguntó─. ¡¿La dejaron sola con él, luego de todo lo que le pasó!?

─Vamos, alguacil. Billy es un buen muchacho ─dijo el Doctor Turner.

─¡Ser bueno es una cosa, ser un inútil es otra! ─siguió el alguacil─. ¡Mi hermano es tan servicial como una garrapata en el trasero!

Justo entonces Billy entró y un silencio llenó el lugar. El alguacil desvió la mirada, no queriendo retractarse, mientras la Sra. Rita extendió una sonrisa amable.

─¡Hey, Billy! ¿Cómo está esa chiquilla, eh? ─preguntó la Sra. Rita.

─Casi lista para entrar, Sra. Rita ─dijo Billy, ignorando lo dicho por su hermano.

─¡Bien! El alguacil está aquí para ayudarla ─siguió la Sra. Rita.

Billy arrojó un vistazo a su hermano mientras este empinaba otro trago.

─¿Una vez que se termine la botella? ─preguntó Billy.

El alguacil le arrojó una mirada feroz al instante.

─Quizá ─respondió el alguacil─. Si fueses un hombre real sabrías que esto ─sacudió la botella de whisky a su lado─, es lo que le da a un hombre su fuerza. Su valor. Pero tú no sabes nada de eso, ¿o sí?

─Si te refieres a tener que beber una pócima mágica para ser lo que no soy, entonces no. No necesito eso ─contestó Billy.

La Sra. Rita se terminó su propio trago y se puso entre ellos.

─De acuerdo, muchachos, suficiente ─les dijo─. Billy, ve a tomar un baño si gustas. ¡La casa invita, por todas tus acciones heroicas!

El alguacil arrojó una gran sonrisa burlona. Billy la ignoró, siguiendo a la Sra. Rita.

─Gracias, Sra. Rita ─le dijo─. Y, uh, dígame si puedo ayudar con algo más.

Billy desapareció escaleras arriba mientras su hermano gritó:

─¡Si quieres ser de alguna ayuda, aléjate de esa mujer!

─Tranquilo, alguacil ─le dijo el Doctor.

─¡Imaginen tener tan mala experiencia y terminar siendo rescatados por mi hermano! ─siguió el alguacil─. ¡Ahora eso sí es mala suerte!

Justo como el alguacil soltó otra risa, Mary Lou entró. De nuevo, un silencio incómodo tomó lugar, con el alguacil, el doctor, y la Sra. Rita mirando a la desafortunada muchacha.

─¿Alguacil Nelson? ─preguntó Mary Lou, con cierta decepción.

─Eh, sí. Sí, ese soy yo ─el alguacil se levantó─. Dígame cómo puedo ayudarla.

─¿Por qué no dejamos que la muchacha coma algo antes y se ponga más cómoda y entonces hablamos, ah? ─propuso la Sra. Rita─. ¡Le tengo un vestido preparado y un buen bistec en camino!

Tanto Mary Lou como el alguacil Nelson concordaron en que esto era una buena idea, y una vez que Mary Lou subió a la habitación que la Sra. Rita le había preparado, se cambió de prendas a un vestido viejo pero cómodo de color rosa con azul, y se sentó en la cama a comer el pedazo de bistec y varias tazas de agua y café que la Sra. Rita le preparó, entonces explicó su desafortunado incidente con Hank al alguacil.

─Y eso fue todo ─dijo al final─. No, no sé a dónde se fueron, o qué hicieron con mi Bert. Pero necesito encontrarlo, alguacil. Él, él es un buen hombre, pero no es un hombre de acción, me temo. Me angustia mucho pensar qué le podrían hacer.

─Ya veo ─contestó el alguacil Nelson mientras acariciaba su bigote y pensaba.

El asunto ciertamente le parecía trágico y de lo más extraño.

Como a Billy, le llamó la atención el hecho de que los maleantes decidiesen llevarse a Bert y no a Mary Lou quien, por su naturaleza de esposa, parecía un material de rescate más interesante que el de un vendedor viajero.

Por otro lado, Bert era un conocido vendedor de una importante compañía, así que quizá la idea de que los maleantes tratasen de negociar un rescate con la Compañía Goldman no resultaba tan descabellada. Consideró que quizá podría ser de ayuda ponerse en contacto con ellos o, cuando menos, seguir los rastros, pero sabía que, pese a sus mejores esfuerzos, lograr cualquier cambio en un futuro próximo sería más bien difícil.

─Bueno, para serle honesto, Sra. Daniels, ni siquiera estoy seguro si esto es mi jurisdicción ─le dijo─. Pero, uh, le prometo que trabajaré en ello. Reuniré un grupo de búsqueda y veremos qué pasa.