3 El Caballero de Armadura Torpe #2
Sus labios partidos dibujaron una preciosa sonrisa, convencida de su delirio, y jaló a Billy hacia sí. El muchacho se resistió, incómodo. Nunca en su vida una mujer, ni mucho menos un ángel lo había deseado de esa forma, y aunque en otro escenario le habría encantado recibir tal atención, sabía que no era lo correcto. Él no era el hombre que Mary Lou llamaba y toda la situación lo empezaba a poner más nervioso.
─Eh… ¿señorita? ─Billy trataba zafarse de sus agarres.
Para sorpresa suya, ese ángel parcialmente inconsciente y delirante tenía más fuerza de lo que parecía. ¿Acaso era la fuerza del amor o tal vez tenía algo que ver años de trabajar arando tierra con un buey inútil y cagón? Fuese lo que fuese, jalaba a Billy hacia sí como una araña a punto de devorarse un mosquito.
─¿Por qué me llamas así? ─preguntó Mary Lou─. ¡Soy yo! ¡Tu esposa! ¡Ven, amor!
─¡Señorita…! ─fue lo último que Billy alcanzó a decir.
De un momento a otro, Mary Lou lo había atrapado en sus brazos y apoyaba sus secos y partidos labios sobre los del muchacho… justo cuando el Doctor Turner regresó.
─¡Wow, Billy, ¿qué diablos!? ─gritó de inmediato.
Billy empujó a Mary Lou y se apartó, aterrado.
─¡No es lo que parece! ─dijo.
─¿Ah? ─preguntó Mary Lou, confundida.
Las borrosas siluetas ante sus ojos comenzaron a cobrar forma real y ante ella la imagen de Bert desapareció para ser reemplazada por la del pobre Billy. Con terror en su corazón y un frenesí de energía, Mary Lou saltó de la silla médica y se apartó.
─¡Hey, esperen! ¡¿Quiénes son ustedes!? ¡¿Dónde estoy!? ─preguntó.
─Te dejo a solas con ella dos minutos ¡¿y esto es lo que haces!? ─reclamó el Doctor.
─¡Yo no hice nada! ─Billy se defendió─. ¡Ella me besó!
─¡¿QUÉ!? ─gritó Mary Lou.
─Ajá ─el Doctor seguía escéptico.
─¡Señorita, por favor! ─pidió Billy─. Diga, ¡dígale al doctor lo que pasó!
─¡¿QUIÉNES SON USTEDES!? ¡¿DÓNDE ESTOY!? ─siguió Mary Lou.
─Soy el Doctor Carlton Turner, señorita ─dijo el Doctor─. Y está en mi oficina, en el pueblo de Villa Williams. Este… caballero aquí es Billy Nelson. Él la encontró y la trajo.
─¡Correcto! ─dijo Billy─. Llegó hace como una hora y se desmayó, ¿recuerda?
Poco a poco, los eventos se aclaraban en la mente de Mary Lou.
─Sí ─dijo─. Sí, recuerdo algo de eso.
─¡Y yo no la besé! ─siguió Billy─. El Doctor me dijo que la vigilase y usted despertó y me jaló y…
─Claro, una mujer sin fuerza alguna te jaló hacia ella. Seguro, Billy ─dijo el Doctor.
─¡Es cierto! ¡Por favor, señorita! ¡Dígale al doctor lo que pasó!
Mary Lou cerró los ojos, tratando de organizar sus pensamientos.
─¿Lo…? ¿Lo llamé “Bert”? ─preguntó Mary Lou.
─¡Sí! ¡Eso es justo lo que hizo!
Mary Lou soltó una risa triste y una lágrima escapó de su ojo izquierdo.
─Entonces está en lo correcto ─dijo─ Eso es lo que pasó. Y lo lamento.
Su fuerza desapareció y cayó al suelo. Tanto Billy como el Doctor la ayudaron a sentarse de vuelta en la silla médica, y el Doctor le ofreció un poco de agua.
─Gracias ─dijo Mary Lou, y bebió con desesperación.
─De nada ─dijo el Doctor─. Ahora díganos, por favor, ¿qué pasó?
─¿Quién es Bert? ─preguntó Billy.
─Él… Él es mi esposo ─dijo Mary Lou─. Fuimos atacados por una pandilla a unos kilómetros de aquí. Ellos… ¡Ellos se lo llevaron!
─¿Se lo llevaron a él y no a usted? ─preguntó Billy, confundido.
─S...Sí ─dijo Mary Lou─. Se llevaron todo nuestro dinero. Mi dinero. Todo lo que tenía en el mundo. Él, él trató de detenerlos y entonces ellos… Él…
’Bueno, no estoy muy segura de qué sucedió exactamente. Alguien me golpeó en la cabeza y me desperté varias horas después, sola, sin dinero, ropa, zapatos, ni marido.
Las lágrimas volvían a juntarse en sus ojos y Billy le tomó la mano, con empatía. Mary Lou le miró con sorpresa y apartó su mano hacia sí, todavía abochornada por haberlo confundido con Bert, y Billy retrocedió un paso, no queriendo incomodarla, mientras el Doctor le echaba un vistazo a la nuca de la mujer. Ciertamente había un chichón en medio de todo ese sudoroso nido de águila que tenía por cabello.
─Dice la verdad ─dijo el Doctor.
─¡Claro que la digo! ─se defendió Mary Lou.
─Disculpe, señora, no quise ofenderla ─siguió el Doctor─. Iré por el alguacil. Billy, tú llévala al hotel de la Sra. Rita. Ve si le pueden preparar un buen baño y conseguirle algo de comer, ¿de acuerdo?
Pese a que la idea de ver al alguacil había causado una clara incomodidad en Billy, haciendo su postura recta y tensa, no rechazaría ser de utilidad para variar.
─¡Claro, Doc! ─dijo, con una sonrisa─. ¡Venga, señora!
La ayudó a levantarse y caminar. Cada paso era una agonía para Mary Lou.
─Y, eh, no más besos, ¿oíste? ─bromeó el Doctor.
─¡Yo no hice nada! ─se quejó Billy una vez más.
Acompañó a Mary Lou al exterior, donde la turba de la gente seguía mirándola con intriga y curiosidad, formulando incontables teorías sobre su persona. Desde luego, al momento en que Mary Lou hizo presencia ante ellos se voltearon con un terrible intento de aparentar discreción, pero la joven tenía problemas más grandes que unos entrometidos. ¿El principal, aparte de un marido secuestrado y toda su fortuna robada? El sentir que sus piernas se derrumbaban con cada paso que daba.
Billy se percató de su malestar y le preguntó:
─¿Puede caminar, señora?
─Me duelen los pies. Terriblemente ─contestó.
─¡De acuerdo!
Con una sonrisa heroica, Billy la cargó entre sus brazos, tomándola por sorpresa.
─¡No hace falta…! ─Mary Lou trató de detenerlo.
─¡Está bien! ─respondió Billy.
Su sonrisa daba confianza. Era dulce, amable, y digna de un héroe. Mary Lou la compartió, sintiéndose segura… por tres segundos, tiempo que le tomó a Billy estrellarle la cabeza contra el letrero del consultorio del Doctor Turner.
─¡Ouch! ─exclamó Mary Lou.
─¡Oh, lo siento, señora! ¡No lo vi! ─dijo Billy.
Dio un paso hacia atrás con nervios, tratando de evitar que Mary Lou volviese a golpear su cabeza con el letrero, pero en cambio haciéndola azotar sus pies descalzos y heridos contra unas macetas que colgaban por el lado contrario de la entrada.
─¡Ah! ¡Mis dedos! ─gritó ahora Mary Lou.
─¡Lo siento! ¡Lo siento! ─siguió Billy.
Su rostro se enrojecía cada vez más conforme sus nervios crecían y le hacían retroceder con una torpeza que igualmente se incrementaba con cada paso.
Abochornado como estaba, fue incapaz de darse cuenta de que su siguiente paso era sobre un escalón, y esto causó que el desafortunado muchacho tropezase y cayese de sentón en la tierra, mientras la aún más desafortunada Mary Lou salió volando de sus brazos y terminó en un charco de lodo.
─¡Oh, no! ¡Lo lamento! ¡Lo lamento! ─dijo Billy─. ¡Déjeme ayudarla!
Corrió a su rescate, pero Mary Lou había tenido suficiente.
─¡Está bien! ¡Puedo sola! ─dijo Mary Lou, escapando de sus brazos.
─¡Cuidado, señora…! ─Billy trató de detenerla de dar otro paso.
No funcionó. Una vez más, Mary Lou se encontró pisando excremento, esta vez de caballo y demasiado fresco para su agrado. Conocía esa sensación y ni siquiera tuvo que mirar abajo para saber lo que había pasado. Sólo se congeló, apretó los ojos y dijo:
─Oh, no… ¡No otra vez!
A su alrededor, la gente miraba y los niños se reían en carcajadas, mientras Billy volvía a su lado, apenado y dispuesto de ayudar como siempre.
─¡Aquí! ¡Déjeme ayudarla! ─dijo.
Mary Lou se dio a las lágrimas una vez más mientras Billy la volvía a cargar entre sus brazos y la llevaba al hotel de la Sra. Rita.
─¡Está bien, señora! ¡Estará bien! ─seguía asegurándole.
Pero ¿cómo podría ser ese el caso? Mary Lou había oído la expresión “Llover sobre mojado” varias veces, pero ¿esto? Esto era un diluvio sobre un océano de infortunas. Se estaba ahogando y a Dios le parecía divertido arrojarle cubetas de agua en la cabeza. ¿Por qué no podía tener un respiro? Lloró sobre el hombro de Billy mientras oía las carcajadas de sus espectadores, y sólo pudo pensar que toda su vida era una broma de mal gusto para una audiencia cruel y de apetito feroz.