3 El Caballero de Armadura Torpe
A través del bosque, la pradera y el desierto, la dulce Mary Lou arrastró sus pies bajo un sol abrasador que parecía penetrar su piel. De repente, ya no extrañaba las nubes en el cielo, y se lamentó que la única nube que continuaba siguiéndola fuese la de su terrible suerte. ¿Acaso no podía ser feliz? ¿Era mucho pedir? ¿Por qué cada persona que había conocido, del hombre más respetable al sujeto más despreciable, eran capaces de encontrar alguien con quien ser felices, menos ella?
¿En verdad Dios la castigaba por haber nacido mujer? ¿Cómo podía ser eso su culpa? Pensó en lo fácil que habría sido su vida de ser hombre, y luego se cuestionó si, siendo hombre, ella se interesaría por una mujer como ella. Probablemente no.
Después de todo, ¿qué tenía ella para ofrecer más allá de amor? No se consideraba demasiado atractiva – o, cuando menos, siempre se había visto rodeada de mujeres mucho más bellas. ¿Su personalidad? A menudo era menospreciada y objeto de broma. No. ¿Quién podría quererla por eso? ¿Experiencia en la cama?
Era lo mismo que con su atractivo. Siempre habría alguien más experta en eso. Más emocionante. Más excitante. No, ella no tenía nada que ofrecer. Nada sobresaliente. Nada interesante. Si ella fuese hombre, se buscaría alguien mejor, y su corazón se rompió al darse cuenta de que no era lo suficiente buena ni para sí misma.
No. La única persona en el mundo capaz de valorarla más de lo que merecía acababa de ser secuestrada por causa suya, y su corazón le pesó aún más al pensar que ese dulce, inteligente, increíble hombre de Bert Daniels podría ahora estar en peligro, herido, o incluso muerto sólo por haberle concedido el favor de amarla.
Se maldijo a sí misma por haber llegado a la vida del buen Bert, y lo único que le daba fuerza era la idea de tener que enmendarlo. Era lo mínimo que podía hacer.
¿Qué más daba si sus pies se quemaban con cada paso sobre la ardiente arena? ¿Si se le clavaban piedras o ramas y la hacían sangrar? ¿Si sus labios se partían y si sentía su lengua erosionarse? ¿Si la cabeza le dolía a un nivel que nunca consideró posible y si le pitaban los oídos? Nada de eso debía ser tan malo como lo que le pudiese estar pasando a Bert.
Lo imaginó atado de manos, amordazado, golpeado, herido, incluso enterrado, y esa angustia, ese enojo, esa tristeza le daban fuerza para dar otro más y luego otro, hasta que finalmente, luego de casi siete horas caminando, las siluetas del pueblo más cercano se mostraron ante ella como un espejismo que danzaba ante ella. Deseó con todo su corazón que no fuese sólo una ilusión y con renovada energía apresuró sus pasos torpes.
Por una vez en su vida, la fortuna le sonrió.
El pueblo no era un espejismo. Todo lo contrario. Era tan real como el inherente sufrimiento de la existencia, aunque quizá no tan viejo.
No. Este era un pueblucho que llevaba, cuando mucho, un par de décadas. Contaba ya con todos los edificios y negocios básicos que uno pudiese necesitar (una comisaría, un hotel, un bar, y un banco para guardar dinero o para robarlo, además de otras cuantas cosas más), y una población aproximada de trescientas personas. Sus calles eran polvosas pero amplias y saturadas de caballos, carretas, y hombres y mujeres de todos los caminos de la vida. Era, pues, un pueblo común y corriente llamado Villa Williams, en el que todo el mundo parecía tener algo qué hacer.
Todo el mundo, excepto él.
A las afueras de una tienda de abarrotes cerca de la entrada del pueblo, un hombre rubio de veintinueve años con rostro gentil (quizá demasiado para su entorno), vestido en polvosas ropas cafés, algo dañadas por el tiempo y las aventuras que su dueño había afrontado con el paso de los años, aguardaba sentado con toda la calma del mundo, mientras presumía sus habilidades con el revólver a un grupo de mocosos locales.
Su nombre era Billy. Billy Nelson, y en su dedo índice hacía girar un vistoso revólver plateado.
─¿Ven? ─dijo a los niños─. Si practican cada día, algún día podrán hacer esto.
─¡Wow! ─exclamaron los niños a la par.
─¿Has matado muchos hombres, Billy?
Billy soltó una pequeña risa, algo presumida.
─Ahora, no quiero causarles ninguna pesadilla ─dijo─, ¡pero he tenido mi buena parte de enemigos derrotados, déjenme decirles! Eso sí, todos malos.
Una sonrisa apareció en su rostro, disfrutando la admiración… por un segundo.
─Mi papá dice que nunca has matado a ningún hombre ─dijo entonces otro niño, quitándole la sonrisa de encima─. ¡Dice que ni siquiera has estado en un tiroteo!
─Ahora, eso es una tontería ─respondió Billy, ofendido─. ¡Claro que he estado en tiroteos! ¡Y duelos! ¡En cientos de ellos! ¡Y he matado muchos hombres! ¡Miles!
Los niños se miraron entre sí, no creyéndole ya ni una palabra.
─¡Fuera de aquí, mocosos! ─Billy los alejó con la mano.
Los niños se fueron, mofándose de él. Billy miró su resplandeciente arma y la limpió aún más, mientras se defendía de sus pequeños atacantes.
─Claro que he estado en tiroteos ─dijo entre dientes.
De pronto, algo extraño sucedió. De un momento a otro, todo ese escándalo de gente entrando y saliendo de negocios y parloteando a su alrededor desapareció, reemplazado en cambio por jadeos de sorpresa e inquietud ante la presencia de una mujer abatida por el sol, descalza, y herida, que llegaba al pueblo jadeando. ¡Era Mary Lou!
─¡Ayuda! ¡Ayuda! ─exclamó, casi sin aliento.
La gente se miró entre sí, confundida y dudosa de qué hacer, justo un momento antes de que la pobre muchacha se desvaneciese en el suelo, apenas consciente.
─¡Señorita! ─gritó entonces Billy, siendo el primero en correr a su ayuda.
El resto le siguió, manteniendo algo de distancia ante la extraña. A Billy no le importó esto. La volteó sobre su espalda y revisó su estado vital, de inmediato preguntando:
─¡Señorita! ¡Señorita, ¿está bien!? ¿Puede oírme?
Mary Lou estaba prácticamente inconsciente. Con sus ojos entrecerrados y labios partidos e inflamados por la insolación, sólo murmuraba lo único que le importaba:
─Bert… Bert… Ayuda…
Y eso fue todo. Mary Lou cayó en la inconsciencia absoluta una vez más.
─¡Necesita ayuda! ─dijo Billy.
La cargó entre sus brazos y se abrió paso entre la curiosa multitud para correr a la oficina del Doctor Turner. Poco le importaban los comentarios de la gente a su alrededor que, de pronto, parecían menos interesados en la desmayada extraña y más en la persona que la cargaba, con muchos de ellos gritándole a la joven tener cuidado con esa broma de hombre. No. ¿Qué más daba si la gente le llamaba torpe o inútil? Él estaba haciendo más que ellos y lo sabía, y eso lo que le importaba.
Irrumpió en la oficina del único médico de color en todo el condado, explicando lo ocurrido, y de un momento a otro, los dos hombres colocaron a la dulce Mary Lou en una silla médica, con el Doctor Turner dándose a la inmediata tarea de revisarla mientras Billy se apartaba unos pasos, sólo en caso de que todos esos comentarios respecto a su torpeza e inutilidad tuviesen algo de razón.
─Y bien, ¿quién es ella, Billy? ─preguntó el Doctor.
─¡No lo sé! ─contestó Billy─. ¡Apareció de la nada! ¿Será un fantasma?
─Lo dudo, Billy ─dijo el Doctor─. Pero su misterio explica demasiado.
Una turba de gente podía verse al otro lado de su ventana, echando un curioso vistazo a la chica del vestido rosa, y luego actuando de manera “casual” ante la mirada del Doctor. Evitándose de los espectadores, el Doctor cerró la cortina y regresó su atención a su inesperada paciente.
Revisó su frente, su temperatura, su pulso, sus labios partidos, y sus ojos inconscientes mientras Billy aguardaba en un rincón, más angustiado que curioso.
─¿Se pondrá bien, Doc? ─preguntó.
─Bueno, no va a caminar a ningún lado en un rato ─el Doctor señaló los sangrados pies de la joven─, pero se pondrá bien. Sólo necesita reposo y agua. Mucha.
─Bien. ¡Bien! ─exclamó Billy con un jadeo de alivio─. ¡Imagine andar por ahí así!
Se sentó al lado de Mary Lou, admirándola con intriga y cierta fascinación. Si el cielo era real, esa muchacha ciertamente era un ángel – uno que se estrelló con el sol y la tierra en su llegada, pero un ángel a final de cuentas.
─¿Qué cree que le haya pasado? ─preguntó Billy.
─Mi suposición es que fue asaltada o escapó de un mal esposo ─dijo el Doctor─. De cualquier forma, claramente está en problemas… así que mejor aléjate de ella.
─¡Vamos, Doc! ¡Sólo quiero ayudar! ─se defendió Billy.
─Eso es justamente lo que me preocupa. Ahora échale un vistazo en lo que voy a desaguar, ¿quieres?
Billy asintió la cabeza y el Doctor dejó la oficina por dos minutos. Billy regresó su atención a la pobre joven. Cruzó sus brazos debajo de sí y apoyó su mentón sobre estos, admirándola con curiosidad y cierta tristeza.
─Pobre señorita ─dijo─. ¿Quién en este mundo le causaría tanto daño a tal ángel?
Justo entonces, la cabeza de Mary Lou se movió suavemente y sus labios partidos empezaron a murmurar algo. ¡Estaba despertando! Como un perro asustado, Billy saltó hacia atrás y llamó por el hombre más inteligente que conocía:
─¡Doc! ¡Doc, está despertando!
El doctor no apareció, pero los gritos de Billy causaron un efecto en Mary Lou.
─¿Bert? ¿Bert, eres tú? ─preguntó, con una pequeña sonrisa.
Extendió su mano, buscando por su esposo. Billy la tomó con cuidado.
─¡Está bien, señoría! ─le dijo─. ¡Está bien! ¡Está a salvo ahora!
“A salvo”. Qué bellas palabras, en especial si venían del hombre correcto. De Bert. Oírlo hacían a Mary Lou recuperar su energía y abrir sus ojos.
Su vista era borrosa luego de estar horas expuesta a la potente luz del sol en el desierto, pero no había forma en que no reconociese a esa silueta masculina parada a su lado.
¿Qué más daba si parecía un poco más robusta que de costumbre, si sus ropas eran cafés y polvosas y no un traje gris con moño, y si su cabello era rubio y no negro, y si no tenía bigote? Sólo había un hombre en el mundo que podría preocuparse por ella y ese era Bert. ¡Estaba ahí! ¡A vivo y a salvo!
─¡Oh, Bert! ─siguió Mary Lou─. ¡Estás aquí! ¡Estás a salvo!