2 Sorpresas en el Camino #2
─Quienes somos no importa ─contestó Hank─. Lo que importa aquí es lo que queremos, y eso es que todos se porten bien y nos llevemos bien, ¿entiendes, gatita?
Los ojos de Mary Lou buscaron por los de Bert.
─¿Bert? ─preguntó, aguardando saber qué hacer.
─Por favor, mi amor ─dijo Bert, nervioso─. Sólo… Sólo oigamos lo que quieren.
─¡Bien dicho, niño bonito! ─contestó Han─. Ahora, no queremos hacerles daño y menos aún queremos molestarlos, pero ustedes dos están pasando por nuestro territorio, ¡y eso no es gratis!
─¡¿Su territorio!? ─cuestionó Mary Lou─. ¡Esta tierra no es de nadie! ¡Es libre!
Hank soltó una risa.
─Dulce señorita, nada en este mundo es libre ─contestó─. Ni mucho menos gratis. ¡Incluso ser enterrado cuesta unos cuantos billetes!
Sus hombres soltaron una risa y Hank dio un paso al frente.
─Así que, si morir cuesta algo, vivir debe costar un poco más, ¿no cree? ─siguió─. De manera que, si quieren seguir su bonito romance y toda esa plática sobre bebés, más les vale que nos entreguen todo su dinero y joyas, ¡y entonces nos iremos!
─¡No tenemos joyas! ─dijo Mary Lou.
─Y sin embargo no dices nada del dinero…
─¡¿Bert!? ─Mary Lou volteó a verlo otra vez.
Su esposo la abrazó con más fuerza, observando a los hombres con seriedad.
─Lo siento, mi amor, pero creo que es mejor que hagamos lo que dicen.
─¡Pero…! ─Mary Lou trató de protestar.
─¡Mary Lou, por favor! ─Bert la interrumpió─. ¿Quieres que muramos? ¡¿Qué nos maten justo cuando nuestro amor estaba por florecer!?
Mary Lou miró a los hombres y luego a Bert, y sacudió su cabeza.
─Entonces démosles lo que quieren ─dijo Bert.
─Estoy asustada ─dijo Mary Lou.
─No temas ─respondió Bert─. Estoy aquí para protegerte.
Mary Lou esbozó una pequeña sonrisa. Bert echó un vistazo a los bandidos.
─De acuerdo, hombres, ustedes ganan. ¡Tengan!
Bert les lanzó su cartera. Mary Lou trató decir algo más, pero Bert la detuvo apretando su hombro. El detalle no escapó el ojo de Hank.
─¿Es todo? ─preguntó.
─…Sí ─contestó Bert.
Los grandes ojos de Mary Lou miraron de Bert a Hank, a Bert otra vez. Sus labios temblaron ante lo que podría suceder al siguiente su momento y esto hacía a su cuerpo traicionarla con temblores – todo lo cual hizo a Hank sonreír.
─Preguntaré de nuevo ─dijo, con su arma apuntando al rostro de Bert─. ¿Es todo?
El ceño de Bert tembló conforme luchaba por mantener su valentía. Miró a su esposa, luego al bandido, y asintió su cabeza. Hank soltó una risa.
─Respuesta incorrecta ─dijo el bandido.
Su dedo empezó a apretar el gatillo, cuando Mary Lou saltó al frente.
─¡Espere! ¡No! ¡Por favor! ─dijo─. ¡Tenemos más dinero!
Bert la jaló por el brazo, tratando de detenerla.
─¡Mary Lou, no!
─¡No me importa el dinero siempre y cuando estemos a salvo! ─dijo Mary Lou─. ¡Tenemos más dinero! Se lo daremos todo, sólo, por favor… No dispare.
─Con que sí, ¿eh? ─rio Hank─. ¡Bueno, gatita, ve por él!
Mary Lou le concedió una sonrisa a Bert como si le asegurase que todo estaría bien, y corrió a la carreta mientras el par de hombres sostenían una mirada desafiante. Hank sonreía, Bert apretaba el ceño, conflictuado.
Mary Lou se abrió paso entre los sucios maleantes que no dejaban de apuntarle. Sacó su bolso de debajo de su asiento y regresó con Hank.
─¡Tenga! ─le dijo─. ¡Es todo lo que tenemos! ¡Mil dólares!
Hank alzó sus cejas con impresión.
─¡Pues si seré maldito! ─exclamó, sorprendido.
Bert dio ahora un paso al frente, tratando de quitárselo de la mano.
─¡No puede hacer esto! ─dijo.
Justo entonces, las armas volvieron hacia Bert.
─¡Bert, no! ─Mary Lou trató de detenerlo─. ¡Está bien…!
No logró detener a Bert. En cambio, fue el golpe del revólver de Hank sobre su nuca lo que la hizo detenerse a ella. De un instante a otro todo se oscureció y justo conforme oyó a su esposo llamarla por su nombre una vez más, Mary Lou cayó inconsciente.
****
Hay quienes dicen que cuando estás enamorado, la vida se siente como un sueño. Lo que no te dicen es que las pesadillas también cuentan como sueños, y en el rato que siguió a la envolvente oscuridad de la inconsciencia, los sueños de Mary Lou la hicieron repasar toda maldita experiencia que había tenido en el tema del amor, desde el estúpido de Jimmy rechazándola, el desgraciado de Geoff abandonándola en el hotel, el pobre diablo sin nombre que quedó hecho guisado tras la estampida, el prohibido hijo del reverendo, hasta ese tremebundo de Hank McGinley asaltándolos tras una tarde de intentar concebir un hijo. Sí, la vida de Mary Lou se sentía como una pesadilla constante… y ahora estaba por despertar.
El sol brillaba. El cielo se extendía azul y eterno. Las aves cantaban, y todo parecía de ensueño sobre el bosque hasta el momento en que Mary Lou se levantó con un susto:
─¡BERT! ─gritó a la brevedad.
Le tomó un momento darse cuenta de que acababa de despertar y el lugar en el que se encontraba. Echó un vistazo alrededor sólo para encontrarse en medio de un bosque, sola, con unas cuantas de sus prendas esparcidas por doquier, una fogata extinta, y ninguna señal de los maleantes, Bert, sus caballos, ni de la carreta.
─¿Bert? ─Mary Lou le buscó conforme un pánico cada vez mayor se apoderaba de sí─. ¡¿Bert!? ¡¿BERT!? ¡Ouch!
Acarició su nuca y un par de gotas de sangre aparecieron en sus dedos. Esto le causó cierto desconcierto, pero no la impidió seguir llamándolo:
─¡¿Bert!? ¡¿BERT!? ¡BERT! ¡BERT! ¡BERT!
Logró incorporarse con esfuerzo, mareada como estaba del golpe. Descalza y torpe, caminó en círculos, aun llamando en vano por su esposo y sólo encontrando en su lugar el rastro de las dos ruedas de la carreta, dirigiéndose rumbo a lo profundo del bosque.
Siguió el rastro por unos cuantos pasos, pero conforme el pasto y las hojas silvestres comenzaron a multiplicarse, se volvió inútil. No podía seguir un rastro. No así. No en su situación. Sus labios temblaron con miedo, sus ojos se llenaron de lágrimas, y sus rodillas le fallaron, haciéndola caer con torpeza mientras seguía gritando:
─¡Bert! ¡Bert! ¡BERT!
Junto a ella apareció un papel doblado. Lo tomó y conforme lo leyó, sus lágrimas se soltaron como cascadas. Era su certificado de matrimonio y ahora lloraba y gritaba a todo pulmón, clamando por el esposo perdido y la vida que se le acababa de escapar de las manos.
─¡Bert! ¡No!
Sí, la mala suerte había seguido a Mary Lou una vez más, y esta vez peor que antes, con un dulce esposo raptado por malditos maleantes, y sin un centavo en el bolsillo. ¿Acaso podía ser la vida más cruel?
Sí. Por si llevarse a su marido y su medio de transporte y robarse todo su dinero no había sido suficiente, esos despreciables hombres también habían saqueado sus pertenencias. Todos aquellos preciosos vestidos que el buen Bert le había comprado se habían evaporado y, con ellos, todas sus botas y calzado. Incluso ese par que ella había comprado durante su juventud y que solo usaba en ocasiones especiales estaban ahora desaparecidas.
¿Por qué? ¿De qué les servían a esos hombres? Tal vez eran pervertidos o quizá tenían alguna mujer esperándolos en casa a la cual habrían de consentir. Esta idea molestó a Mary Lou todavía más. ¿Cómo es que incluso los maleantes tenían mejor suerte en el amor que ella?
Recuperó lo que pudo. Un par de medias, unos vestidos viejos, y una maleta incapaz de cerrarse bien, y se sentó en una roca a hacer lo posible por poder llevarlo todo. De nada sirvió. La maleta no dejaba de abrirse. Se le ocurrió entonces usar las medias como cuerda, y al fin tuvo un equipaje listo y tan digna de ella como ella era del amor.
Miró a sus pies desnudos y suspiró.
─¿No pudieron dejar unos malditos zapatos? ─se quejó.
Echó un vistazo más a su certificado de matrimonio. Las lágrimas volvieron a juntarse en sus ojos. Luchó por evitarlas. De nada sirvió. Llenaron sus rosadas mejillas en instantes, pero no tenía caso quedarse sentada a lamentarse por lo ocurrido.
No, señor. Su esposo la necesitaba y pensó que, si había sido su mala suerte o, incluso, su estupidez de insistirle hacer un bebé en medio de un solitario bosque, era su responsabilidad recuperarlo.
Cierto era que ella nada sabía de seguir rastros, ni siquiera de viajar por el bosque o el campo. Pero cuando menos podría regresar sobre el camino por el que viajaron el día anterior y buscar ayuda en alguno de esos pueblos por los que pasaron a la distancia.
Sí. Alguien ahí debería ayudarla a rescatar a su esposo.
Con ese plan (o esa esperanza) en la mente y en su corazón, Mary Lou emprendió su viaje rumbo al pueblo más cercano. Sin zapatos ni sombrero, con el rostro lleno de lágrimas y un dolor en su pecho, pero con toda devoción de salvar lo único bueno que alguna vez había tenido en su vida.