2 Sorpresas en el Camino
Digno del final de cualquier grandiosa historia de amor, Mary Lou y Bert se marcharon rumbo a una nueva vida tan pronto como su boda terminó. Ni uno ni otro había tenido invitados. Después de todo, ninguno de los dos contaba con familia o amistades cercanas. Si bien Bert era carismático y podía hacerse del agrado de cualquiera que lo conociera, sus viajes le impedían formar relaciones duraderas y, por lo poco que había contado respecto a su casa, no tenía padres ni hermanos que lo esperasen.
En cuanto a Mary Lou, sus padres habían decidido que el exilio o la eternidad eran mejores que pasar tiempo con ella, y de amistades tampoco había mucho qué decir.
Trató en múltiples ocasiones tener alguna amiga, pero su reputación como alguien que traía mala suerte a la gente que conocía la hacían objeto de burla o rechazo, pronto convirtiéndola en una paria social que pese a sus mejores esfuerzos de generar una buena impresión y encajar, a menudo terminaba en algún rincón, oyendo a los otros reírse o hablar de ella, o en la soledad de su granja, en donde más de una vez había pensado que si ella desaparecía esa noche a nadie le importaría.
De manera que salir en un viaje con su nuevo y agraciado esposo era lo mejor que podía hacer. El sueño de su vida.
Sí, al fin había encontrado alguien que la amaba y que, con suerte, le traería unos cuantos hijos que quizá le darían ese amor incondicional del que todos hablan y que todos parecían encontrar de la nada. Además, la idea de conocer el país no le desagradaba.
Nunca se había pensado a sí misma como una aventurera. Ni siquiera se había atrevido a salir de su condado. Pero si bien la idea la ponía nerviosa, consideraba que quizá eso era lo que necesitaba. Un nuevo comienzo, lejos de todo lo que conocía. Lejos del desamor, del rechazo, de la mala suerte; y conforme dejó su condado atrás, juró que podía sentir que todo eso la abandonaba.
Se sentía más ligera, más vivaz, y capaz de hacerlo todo. La ausencia de cualquier nube en el cielo ciertamente reforzaba esta idea. No más nubes negras. No más lágrimas torrenciales. Sólo amaneceres lentos y atardeceres eternos en compañía del hombre más maravilloso que jamás había conocido.
Tan solo no podía creer su suerte, y no se detenía de reiterárselo a Bert conforme viajaban en aquella pequeña carreta de vendedor ambulante con las palabras “Compañía de Elixires Mágicos Goldman” pintadas en preciosas letras rojas a su costado.
─¡Oh, Bert! ─dijo Mary Lou─. ¡Tan solo no puedo creer mi buena fortuna! ¡Pensar en todos los problemas y malas experiencias que tuve en el amor sólo para encontrarte a ti al final! ¡Hace que todo haya valido la pena!
─¡Pienso lo mismo, mi amor! ─dijo Bert─. Ahora sólo seremos tú, yo, y el camino, ¡para siempre!
─¿Para siempre? ─preguntó Mary Lou.
─¡Por siempre y para siempre, eternamente! ─contestó Bert.
Compartieron un beso y luego Mary Lou recargó su cabeza sobre el hombro de su esposo. Amplio, cálido y de aroma a lavanda, así era como el cielo debía sentirse – o cuando menos eso quería creer.
─¡Y no puedo creer que mi granja valiese tanto, tampoco! ─siguió Mary Lou, ahora tomando su pequeño bolso de color rosa, dentro del cual un ladrillo de billetes se asomaba coquetamente─. ¡Mil dólares! ¡Por todos los cielos! ¡¿Quién lo habría imaginado!?
Bert le echó un vistazo al dinero.
─¡Te dije que tengo un buen ojo para las propiedades! ─presumió.
─¡Sin duda lo tienes! ─contestó Mary Lou, dándole otro beso.
¡Ah! ¡Qué energía recorría su cuerpo cada vez que esos labios tocaban los suyos! Si alguien le dijese que un beso de Bert le añadiría un año más de vida, lo creería; y si le dijesen justo lo opuesto, diría que lo valdría. ¿Acaso no era dulce la vida?
─Ahora, ¿qué dices si guardas ese dinero, mi amor? ─dijo Bert─. ¡No queremos atraer a ningún rufián, ¿o sí!?
─¡No, claro que no!
Preocupada, Mary Lou ocultó su bolso debajo de su asiento y se sentó en él, protegiéndolo tanto como pudiese. La acción causó una pequeña risa en Bert, considerando que la joven encarnaba la dulzura misma, y se dirigieron rumbo al bosque.
Su viaje estaba encaminado al oeste. Bert había dicho mucho de las maravillas que existían en California, particularmente en San Francisco. Casinos, grandes hoteles, gente de mundo y los más extravagantes platillos habían fascinado a Mary Lou desde la primera vez en que oyó al respecto, y no parecía un mal lugar al cual dirigirse, haciendo, claro, algunas paradas en el camino para vender ese mágico tónico que resolvía cualquier mal.
Dolores de cabeza, de estómago, tos, problemas en la cama, todo era solucionado con un solo sorbo del elixir. La misma Mary Lou se atrevió a darle un sorbo alguna vez y si bien no padecía de ningún malestar, sí podía jurar que la hacía sentirse más ligera y animada. Sí, el láudano era capaz de crear maravillas.
Pero ninguna era más impresionante que el hombre que las vendía, y conforme su viaje continuó a través del día, también lo hicieron las preguntas y expectativas de Mary Lou.
─Y, ¿cuántos bebés crees que deberíamos tener? ─le preguntó a Bert─. Quiero decir, sé que el buen Señor nos proveerá con tantos como Él crea necesarios, pero quiero saber qué piensas.
Los ojos de Mary Lou estaban fijos en su esposo, los de él, en el camino. Cierta inquietud podía percibirse en ellos. Debía ser por su futura familia, ¿cierto?
─Eh… ¡Tantos como tú quieras, mi amor! ─respondió Bert.
Mary Lou lo miró, juguetona.
─¿En verdad? ─preguntó.
─¡Absolutamente!
─Así que si quiero… ¿tres?
─¡Entonces tres es lo que tendrás!
─De acuerdo… ¿Qué tal cinco?
─¡Suena encantador!
─¡¿Diez!?
─¡Entre más, mejor!
─De acuerdo… ¡Veinte!
─¡No puedo esperar a ver ese pueblo! ─exclamó Bert.
Mary Lou soltó una risa, encantada, y mordió su labio inferior otra vez.
─Detén la carreta ─dijo.
─¿Qué? ─preguntó Bert.
─¡Detén la carreta! ¡Quiero que hagamos a nuestro primer bebé justo aquí, justo ahora!
Bert rio, inspirado y sorprendido.
─Espera, ¿hablas en serio? ─preguntó.
Mary Lou ya desataba su precioso vestido rosa.
─¡Sí! ─dijo─. ¿No sería encantador? ¿Hacer a nuestro primer bebé justo después de empezar nuestra nueva vida juntos?
─Pues, sí, pero…
─¿Pero?
─Bueno, es peligroso hacer algo así en un lugar como este, mi amor.
Mary Lou desabrochaba sus zapatos ahora, sonriendo con inspiración.
─¡No me importa algo de peligro! ─se jactó.
─No te importa, ¿cierto? ─Bert frunció el ceño, más conmovido.
Mary Lou lanzó sus zapatos al fondo de la carreta y lo agarró del hombro, mirándolo con absoluta convicción de lo que estaba por decir.
─Cuando estás conmigo, no le temo a nada en absoluto.
Bert contempló su rostro por un momento. No había mentira ni duda detrás de ese par de ojos cristalinos, ni en esos labios suaves como el pétalo de una rosa.
Dio un trago de saliva y su ceño se frunció. Por un momento pareció afligido, pero luego extendió una sonrisa y sacudió su cabeza.
─¡Y no deberías! ─dijo─. ¡Hagamos un bebé!
Detuvo los caballos y apenas como esto pasó, Mary Lou se lanzó sobre él.
El atardecer cayó rato después y Bert y Mary Lou ahora yacían alrededor de una pequeña fogata, con sus prendas tiradas por doquier – especialmente las de la pícara y enérgica joven, que, mientras su adorado esposo terminaba de vestirse, aprovechaba para acariciarle la pierna con su pie, incitándolo a otro esfuerzo. Ese bebé debía ser creado esa noche y ella estaba dispuesta a trabajar toda la noche con tal de lograrlo.
─Calma, calma, mi amor ─rio Bert─. ¡No podemos seguir toda la noche!
─¿No podemos? ─Mary Lou lo miró desde el suelo, parcialmente cubierta con la piel de oso en la que habían consumado su amor múltiples veces y con una gran sonrisa.
─Por mucho que me gustaría complacer esa sonrisa, tenemos que comer, beber, y descansar un poco ─contestó Bert, con otra risa─. ¡Un largo día nos aguarda mañana!
Mary Lou suspiró, inspirada.
─¡Tienes razón! ─dijo─. ¡El segundo día de nuestra maravillosa nueva vida juntos! ¡No puedo esperar por ella!
─Tampoco yo, mi amor.
Bert le ofreció su mano para ayudarla a levantarse. Mary Lou le dio un beso más, volviendo a sentir que otro año de vida se le era otorgado, y se comenzó a vestir.
─En verdad tengo un buen sentimiento sobre esto ─dijo Mary Lou─. Creo… Creo que lo logramos. Creo que vamos a tener a nuestro primer hijo después de esta noche.
─¡Después de hacerlo tantas veces no lo pondría en duda! ─contestó Bert.
Le guiñó el ojo. Mary Lou sonrió y acarició su vientre, imaginando, mientras la mirada de Bert se distrajo con algo alrededor.
─Si es una niña, quiero llamarla “Helen”, por mi madre ─dijo Mary Lou, colocándose ahora su precioso vestido rosa─. Y si es un varón…
Sus ojos se posaron en los de Bert, magnéticos.
─Si es un varón, creo que debería llamarse “Bert. Jr” ─siguió─. ¿Qué dices?
Bert se congeló a esta idea, conmovido por un instante.
─…Eso sería divino, mi amor ─dijo.
─Lo sé ─siguió Mary Lou─. Lo sé y es por eso es que esto ideal ¡porque esto es justo eso! ¡Nuestro amor es divino! ¡Celestial! ¡Es prueba de que existe Dios y de que él me ama y quiere que sea feliz!
La joven se abrazó conforme pronunciaba estas palabras, sintiendo una dicha que le había eludido toda su vida. Algo en Bert lo hizo mirarla con tristeza conforme respondió:
─Sí… Sí, mi amor. Estoy seguro de que así es.
Mary Lou notó el cambio de actitud y frunció el ceño, intrigada.
─¿Estás bien, Bert, mi amor? ─preguntó─. Te ves… algo inquieto.
Antes de que Bert pudiera responder, una rasposa voz masculina sonó detrás:
─¡Él está bien!
Mary Lou saltó con miedo conforme cuatro hombres emergieron del bosque, sujetando revólveres y rifles, y mirándolos con intenciones que no eran buenas.
Al frente del grupo iba un hombre particularmente alto, robusto, y que se distinguía por su gruesa barba y un parche que cubría su ojo derecho. Su nombre era Hank McGinley, y siguió:
─¡Pero ninguno de ustedes lo estará si no hacen justo lo que les pido, ¿oyeron!?
Mary Lou corrió a los brazos de Bert, aterrada.
─¿Quiénes…? ¡¿Quiénes son ustedes!? ─preguntó.