Absolutamente Dulce Mary Lou 1 El Ángel del Corazón Roto #3
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1 El Ángel del Corazón Roto #3

Bert mordió el hombro de Mary Lou, apretando su nariz contra el cuello de la joven para recalcar su punto mientras la joven sólo reía y se cubría el rostro con la mano.

─¿Dónde aprendiste todo eso? ─preguntó Mary Lou, cambiando de opinión de inmediato─. Espera. Mejor no me digas. No quiero arruinar tan bello momento.

─Tienes razón como siempre, mi amor.

Bert besó la mano de Mary Lou. Ella mordió su labio inferior, encantada por un momento… para luego voltear, afligida y casi a punto de llorar.

─¿Sucede algo, mi amor? ─preguntó Bert.

─Oh, Bert, es sólo… No importa.

─No, no. Dime ─Bert siguió besando su mano.

─Es sólo… una tontería.

─Nada es una tontería viniendo de ti ─insistió Bert.

Mary Lou miró a sus ojos. Parecían sinceros.

─Es sólo que… tengo mala suerte en el amor ─dijo─. Desde siempre. Cada vez que encuentro alguien a quien amar, algo pasa y se van. O mueren.

El rostro de Bert mostró terror por un instante, pero se mantuvo calmado.

─Vamos, eso no tiene sentido, mi amor ─le dijo.

─¡Lo sé! ¡Pero pasa! ─insistió Mary Lou─. Una y otra vez. Mi mamá solía decir que yo me traje esto encima porque soy la razón por la que mi padre nos abandonó.

─Me temo que no entiendo ─Bert frunció el ceño, confundido.

─No importa. Es sólo que… temo. Temo que esto sea demasiado bueno para ser real.

─¡Pero lo es! ─dijo Bert, besando su mano una vez más─. ¡Es real, mi amor! Y como dije, tú te mereces esto y más. ¡Mucho más! Y quiero dártelo. TODO.

Mary Lou volvió a mirar sus gentiles ojos.

─¡Oh, Bert! ─exclamó, encantada, y lo besó.

─Sin embargo… ─dijo Bert, tras el beso.

─¿Oh? ─el corazón de Mary Lou empezó a doler de nuevo.

─Me temo que, tan encantadoras como este par de semanas han sido, puede que necesite partir pronto ─dijo─. Como vendedor viajero, mi trabajo está en el camino.

No había palabras suficientes para describir la decepción que cubrió el rostro de Mary Lou en ese instante.

─¿En verdad…? ¿En verdad tienes que irte? ─las lágrimas volvían a juntarse.

─Tengo que, mi amor ─dijo Bert─. Mi compañía, esos buenos sujetos de la Compañía de Elixires Mágicos Goldman, son buena gente y todo, pero me necesitan trabajando. Y me apena decir que me he quedado aquí más de lo que debería…

Su mano no dejaba de acariciar el brazo de Mary Lou.

─Ya veo ─dijo Mary Lou.

Llevó sus manos a su rostro, afligida. ¿Acaso otra vez iba a perder a su hombre?

Entonces Bert dijo algo que no esperaba:

─Sí, y… Y por eso me preguntaba si tal vez… Si tal vez te gustaría acompañarme.

Mary Lou se descubrió el rostro a la brevedad, mirándolo con sorpresa.

─¿Qué? ─exclamó.

─Quizá podrías venir conmigo ─dijo Bert─. Yo, yo podría proveer por ti y podríamos viajar juntos. ¡Ver el país!

Mary Lou sacudió la cabeza, tratando de entender.

─No… No lo sé ─respondió─. Tengo mi granja y…

Bert la tomó de la mano y miró en sus grandes ojos azules.

─Amor mío, ¿en verdad quieres pasar el resto de tu vida en una granja? ─preguntó─. Lo siento, pero eres mejor que eso. Tú, ¡tú mereces ver el mundo! No pasar tus días empujando a su buey y ensuciando tus pies con estiércol.

Mary Lou titubeó con la cabeza – ese era un buen punto.

─Bueno, tal vez ─dijo─. Pero, aun así, quiero, quiero casarme y tener una familia y…

─¡Pues hagámoslo!

─¿Ah?

─¡Casémonos, Mary Lou! ¡Casémonos y tengamos un montón de hijos, y viajemos todos juntos a través del país, salvo por las partes peligrosas, claro está!

Mary Lou soltó una risa, queriendo creerle.

─¿En verdad? ─preguntó─. ¿Hablas…? ¿Hablas en serio?

─¡SÍ! ─insistió Bert─. Mary Lou, yo he querido decirte esto desde hace unas semanas, pero tenía miedo de que fuese muy repentino. Pero yo… ¡yo te amo!

Los ojos de Mary Lou brillaron con esperanza.

─¿En serio? ─preguntó.

─¡Sí! ¡Lo juro por Dios y todos sus ángeles! ¡Te amo, Mary Lou! ¡Te amo y quiero hacerte mi esposa!

Del saco que colgaba en una silla junto a la cama, Bert sacó una pequeña caja y de ella, un anillo que brilló bajo la luz de las velas. Mary Lou jadeó con sorpresa.

─¿Qué dices? ─preguntó Bert, con la mirada fija en ella.

Los ojos de Mary Lou se llenaron con lágrimas de felicidad y de inmediato respondió:

─¡Oh, Bert!

Lo besó y lo que siguió no podemos describirlo porque esta es una lectura decente, pero ahí estaba. Las palabras que siempre quiso oír. La propuesta que siempre ansió. De un momento a otro, su sueño se había vuelto realidad.

No queriendo desperdiciar un solo día más (menos aún bajo la presión en la que se hallaba el buen Bert), Mary Lou vendió su granja al día siguiente y al que le siguió de esto contrajeron matrimonio. Decir que la dulce Mary Lou brillaba de alegría en su vestido de novia y que los ojos de Bert la miraban como el mayor tesoro del mundo sería quedarse cortos.

Pero había pasado. Mary Lou finalmente tenía lo que siempre anheló y conforme el reverendo pronunció las palabras sagradas y sus labios se unieron con los de Bert, la promesa de una nueva vida llena de alegría parecía extenderse a sus pies.

Claro que poco se imaginaba que este sería el inicio de todos sus problemas.