1 El Ángel del Corazón Roto #2
Las esperanzas de Mary Lou terminaron junto con esta frase. ¡Geoff! ¡Ese bastardo mentiroso! ¡Probó su flor y, como una abeja con aroma a whisky se fue tan pronto terminó sus asuntos!
¿Y qué si sus besos la dejaron sin aliento y si sus manos sabían recorrer el cuerpo de una mujer que ella misma? Todo había quedado arruinado por la memoria de una partida súbita y una solitaria noche.
Como sus padres, Mary Lou reclamó a Dios por su mala fortuna esa noche, pero se regocijó al volver a sentir esa suave, hedionda textura al bajar el último escalón del hotel a la calle mientras observaba el cielo estrellado.
Una vez más, había pisado en la mierda de algún animal (eso esperaba), y la esperanza regresó.
¿Sería la tercera la vencida?
La respuesta le apareció un par de días después, cuando fue a comprar algo de comida al pueblo y, en la tienda de abarrotes, cruzó miradas con un muchacho bien vestido, de ojos gentiles, sonrisa dulce, y sin aroma a licor.
Su corazón se detuvo ante esa mirada. Una sonrisa se forjó en sus labios y expandió cuando el muchacho la compartió.
Muchas veces había oído sobre ese tipo de amor. El amor a primera vista en el que dos almas parecen conocerse de toda la vida y ese debía ser el caso aquí. ¿Por qué otra razón su corazón golpearía con tanta fuerza ante un extraño? ¿Por qué sus manos empezarían a sudar y sentirse frías al mismo tiempo? ¿Por qué el mundo parecía adquirir más color de la nada?
Sí. Ese tercer muchacho debía ser el bueno. La recompensa para su mala fortuna. Sólo debía tener cuidado. No podía ser muy rápida, ni muy precavida.
Tomó la barra de manteca que necesitaba y fue con el despachador, intercambiando miradas cada vez más frecuentes con ese adorable muchacho que no le quitaba los ojos de encima mientras se aproximaba a la puerta.
¿Daría el paso? ¿Debía hacerlo? ¿Era ese el lugar para ello? El muchacho pareció tener una idea y su pie dio un paso al frente para ir a saludarla, lo que sólo causó un golpeteo aún mayor en el corazón de Mary Lou.
Luego retrocedió, no obstante. ¿Saludar a una mujer frente al despachador? Podría ser atrevido.
No. Sería mejor hacerlo afuera. Sí. Era mejor esperarla y pensar en algo qué decir. ¡Tenía que ser la frase correcta! El par mantuvo su mirada el uno en el otro conforme el muchacho salía, pensando sólo en lo bella, interesante, y adorable que parecía esa chica mientras sus propios oídos silbaban ante la emoción de encontrarla.
Claro que, quizá habría sido mejor prestar menos atención al silbido y el llamado de su corazón y más al del hombre que estaba gritando “¡ESTAMPIDA!” justo en el momento en que el muchacho salió de la tienda… y fue atropellado por un centenar de vacas histéricas.
El corazón de Mary Lou se detuvo un instante conforme el horror llenó su rostro, y el corazón del muchacho se detuvo para siempre, partiendo de este mundo lleno de un amor que nunca llegó a conocer.
De manera que no, la tercera no fue la vencida. Ni tampoco lo sería la cuarta.
Mientras la tercera fue la más recíproca (y la más breve), la cuarta careció de este sentimiento en lo absoluto, no por maldad ni egoísmo, sino simplemente porque aquel hijo de predicador que conoció en la iglesia y que tenía los mismos gustos por bailar y la ropa de alta costura, también los tenía por los hombres.
He así que para cuando él llegó, Mary Lou, ahora de veinticuatro años, se había decidido a darse por vencida en el tema del amor. Simplemente estaba harta de todo ese asunto y de la decepción, de ese punzar que le estrujaba el pecho cada que pensaba en los hombres o en la sola idea de ser amada, haciéndose en cambio a la idea a ser una solterona.
Después de todo, tenía una granja, que ahora acababa de heredar tras la súbita pérdida de su madre ante la bebida, y, pese a los temores del padre que nunca conoció, había hecho un buen trabajo con ella. Lo suficiente para sostenerse por su cuenta y vivir una vida rodeada de libros y una que otra prenda hermosa de buena calidad, y quizá eso sería suficiente para vivir, ¿cierto?
¿Quién necesitaba amor? ¿Quién necesitaba a los hombres? ¿Quién necesitaba una familia que la adorase como nunca lo fue?
En todo eso era en lo que pensaba mientras yacía sentada a orillas de un pequeño muelle en el lago, justo después del funeral de la Sra. Carter, mientras sus pies chapoteaban en el agua y su mano acariciaba un crucifijo con el que pedía a Dios la fuerza de vivir sola… cuando una sombra la cubrió como el más refrescante abrigo ante el abrumador sol.
Mary Lou volteó y encontró al causante de dicha sombra. Un hombre de 28 años, alto, guapo, bien vestido en un traje negro con corbatín, de bigote curvo y sombrero de bombín, y que la miraba con dulzura y compasión a la par en la que parecía la confianza encarnada.
─¡Mi dulce joven, parece afligida! ─le dijo─. ¿Puedo hacerle compañía?
Su nombre era Bert Daniels y el verlo ahí, llegando a su rescate mientras su mente deambulaba por los peores dolores del pasado y las más angustiantes ansiedades del futuro, hizo que el empedernido corazón romántico de Mary Lou se saltase un latido y sólo asintiese la cabeza para concederle permiso.
Bert se sentó junto a ella, y tan pronto como comenzaron a conversar, el corazón de Mary Lou se aligeró de todo su pesar.
Tan sólo había algo en él que irradiaba no sólo confianza, sino bondad y dulzura; y así, lo que había comenzado como un final triste para nuestra trágica heroína, pronto se convirtió en la promesa celestial de una nueva vida.
Una vida de constantes visitas y frecuentes salidas al pueblo, tomados siempre del brazo, y no carentes de risas, ni de buena fortuna.
Bert, un vendedor viajero para la Compañía de Elixires Mágicos Goldman, no escatimaba en dinero y siempre que iban a un lugar y otro, le compraba cualquier vestido, par de zapatos o medias que atraían la mirada de Mary Lou además de complacerla con deliciosas cenas, bebidas extravagantes (antes de Bert, Mary Lou no tenía ni la más mínima idea de lo que era la champaña), y de expertos movimientos en la cama que hicieron a Mary Lou olvidarse por completo de Geoff, Jimmy, o cualquier otro amante que alguna vez llegase a imaginar.
Sí, por una vez, la vida parecía buena con la dulce Mary Lou… pero como siempre en su trágica historia, estaría por tomar un giro durante una de sus salidas con Bert al pueblo.
─Oh, Bert ─suspiró Mary Lou, complacida tras otra enérgica sesión que le reiteraba la idea de que él era el mejor amante que jamás habría de encontrar─. Después de todo lo que he pasado, jamás pensé que podría volver a ser feliz otra vez… o alguna vez.
─Eso no tiene sentido ─respondió Bert, yaciendo a su lado y mirándola con un salvaje deseo mientras sus dedos acariciaban los brazos desnudos de Mary Lou─. Una mujer tan hermosa como tú se merece toda la felicidad del mundo, ¡e incluso más!
La besó apasionadamente, causando una gran sonrisa en Mary Lou.
─Ahora, ¿qué dices? ¿Otra vez? ─Bert jaló el cabello negro de la joven, juguetón.
─¡No, no! ─pidió Mary Lou con una risa─. ¡Necesito respirar un momento!
─¿Tú? ¿Respirar? Mi amor, pero si no es tu nariz la que recorre todo tu cuerpo.