Absolutamente Dulce Mary Lou
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1 El Ángel del Corazón Roto
¿Alguna vez has tenido mala suerte en el amor? ¿Alguna vez has tenido grandes esperanzas por un amor eterno, sólo para verlas aplastadas como un pez en la boca de un oso? Bueno, entonces quizás te has encontrado en la misma situación que la joven que estás a punto de conocer – o quizá no tan mala, pero sin duda es posible que comprendas esa sensación. Esa angustia decepcionante, enloquecedora, que te parte el corazón y te hace desear nunca haber nacido. Si es así, si has experimentado eso, o si te duele incluso el pecho sólo por leer estas palabras, bueno, entonces déjame contarte la historia de la más dulce, pero más trágica chica que alguna vez conocerás.
Su nombre era Mary Lou Carter y era, por toda la definición de la palabra, el más desafortunado ángel que el buen Señor alguna vez envió a la Tierra.
Todo empezó cuando nació.
Hija de un granjero, su nacimiento se convirtió en la más grande decepción de su padre cuando este descubrió que no iba a tener un varón. ¡No bromeo!
Tan pronto como ese pequeño ser salió de las entrañas de su madre con un grito y toda la emoción de formar parte de un mundo que nunca la favorecería, la sonrisa del viejo Carter se evaporó al instante, en cambio haciéndolo dejar su cabaña, prenderse una pipa, y preguntarse por qué Dios le haría tan mala jugada.
En su defensa, el hombre siempre había soñado con tener un hijo que lo ayudase a arar la tierra y preservar su nombre, y una mujer, en su mente, jamás sería capaz de lograr ninguna de estas dos cosas.
Desde luego, siempre existía la posibilidad de volverlo a intentar, pero sabiendo que las probabilidades de que su siguiente bebé fuese un varón serían las mismas que con la pequeña Mary Lou, con el peligro de que el riesgo se duplicase al tener dos hijas, perdió todo interés en reproducirse con su esposa. Curiosamente, su libido no se vio afectada, sólo redirigida a ocasionales profesionales que podía ver cuando iba al pueblo, cada vez más seguido, y viendo su bolsillo más vacío.
¡Pero bueno! Por fortuna esta no es la historia del viejo Carter. No necesitamos más historias sobre hombres atormentados que engañan a sus esposas y se desinteresan de sus vástagos, ¿o sí?
Lo único que diremos es que, para fortuna del viejo bastardo, la llegada de la Guerra Civil sin duda le vino como el mejor de los motivos para decir “adiós” a su devota esposa e infortunada hija, y convertirse así en el primer hombre que abandonaría a la pequeña Mary Lou. Si logró salir con vida o no de aquel conflicto bélico es algo que jamás se supo pero que, para la familia Carter, no hizo ninguna diferencia.
Ni las lágrimas de su esposa ni la pequeña mano de Mary Lou que buscaba aferrarse a su padre como si le implorase que se quedase significaron algo. El hombre sólo se dio vuelta y desapareció en el horizonte como el fantasma en el que se convertiría de ese día en adelante.
Ni madre ni hija perdieron la esperanza de que el viejo Carter regresase algún día, pero al no recibir cartas, ni información alguna sobre él, la desesperanza sólo creció en el corazón del par; y pese a los mejores esfuerzos de la dulce Mary Lou de convertirse en un rayo de luz para su madre, esta nunca logró ignorar el hecho de cómo había cambiado su vida desde que esa masa de energía y amor llegó. Los besos del viejo Carter dejaron de buscar sus labios, y sus manos dejaron de recorrer su cuerpo.
En sus ojos, el amor se mostró cada vez menos, y lo que alguna vez fue un hombre bromista, se convirtió en una figura seria y taciturna que dejaba la habitación cada que Mary Lou entraba en ella. ¡Esa maldita mocosa! ¡¿Cómo se había atrevido a nacer mujer!?
Como Carter, la madre de Mary Lou reclamó a Dios por esa pequeña maldición y conforme se dio a la bebida, también se entregó a una larga serie de insultos que marcaron la infancia de la joven:
─¡Tu padre se fue por tu culpa! Y por eso, ¡nunca nadie te amará!
Aun así, la dulce Mary Lou nunca dejó que esto la afectase – o, cuando menos, no más de lo que quería demostrar, y creció para convertirse en una feliz, enérgica mujer que haría lo mejor posible. De largo cabello negro, a menudo demasiado rebelde para dejarse ser peinado apropiadamente, ojos azules como el más bello río que se admirase, y complexión mediana y esbelta, Mary Lou trabajaría lo más duro en la granja que su padre les dejó, se esforzaría cada día por cuidar y atender a su madre, y simplemente le sonreiría a la vida, esperando por lo mejor, incluso si la vida le diese mierda a cambio.
¡Y vaya que se la dio, y en más de una forma!
Con poco dinero y gustosa de cuidar las escasas pertenencias que tenía, Mary Lou optaba por trabajar el campo usando únicamente un overol y una camisa, ambos pertenecientes a su padre y que le quedaban demasiado grandes, a menudo descalza para no echar a perder su único par de zapatos y para evitarse la incomodidad de usar botas de hombre que la hacían más lenta. Nunca le había molestado sentir la tierra o el pasto bajo sus pies, pero aborrecía pisar los desechos de su buey, y, para su poca fortuna, esto ocurría más de lo que quisiera. En su opinión, esto seguía siendo mejor que arruinar sus zapatos. Limpiarse los pies le tomaba sólo unos minutos. Los zapatos no tendrían solución.
Además, tenía esperanza. En más de una ocasión había oído que pisar en mierda le daría buena fortuna en el amor, y cuando ese vecino simplón de dientes chuecos, Jimmy Williams, apareció justo después de pisar en un deshecho recién evacuado, su corazón latió con fuerza.
¿Sería posible? ¿Acaso había mejor suerte si se pisaba en excremento sin zapatos? La sonrisa de Jimmy ciertamente le hizo creer que este podría ser el caso, y cuando el muchacho comenzó a visitarla más regularmente, se convenció de tal buen augurio.
¡Caray! ¡Incluso le llevaba flores silvestres!
¿Acaso no era eso digno de la mejor novela romántica? ¿Qué más daba si sus dientes apuntaban en direcciones opuestas y la lastimaban al morder sus labios durante sus escapadas románticas al granero? ¡Era un muchacho y gustaba de ella! ¿Acaso necesitaba algo más?
Entonces pasó que durante su tercer encuentro apasionado sobre el heno, la mano áspera del muchacho encontró su camino al pecho de Mary Lou, haciéndola soltar una risa.
─¡Te dije que quiero esperar! ─dijo Mary Lou, sonrojada y de alguna forma halagada. Era agradable pensar que alguien la consideraba tan hermosa para no controlarse.
─¿Hasta cuándo? ─preguntó Jimmy, con su aliento aún oliendo al par de huevos crudos que tomó como desayuno.
─¡Hasta cuando nos casemos! ─respondió Mary Lou─. ¡Te lo dije!
─Creí que estabas bromeando ─contestó Jimmy, decepcionado.
─¡¿Por qué bromearía respecto a eso!? ─siguió Mary Lou─. Mira, Jimmy, te amo y sé que tú me amas a mí. Somos lo mejor que nos ha pasado el uno al otro.
Lentamente, la mirada de Jimmy se disipaba en el vacío, frustrado.
─Todo lo que hay que hacer es esperar a que nos casemos y una vez que Dios nos dé su bendición, entonces podremos… ─Mary Lou siguió y siguió.
Finalmente, Jimmy se levantó y se fue caminando.
─¡Espera! ─Mary Lou corrió tras él, aterrada─. ¡No te vayas! ¡Jimmy!
─¡No voy a esperar! ─contestó Jimmy─. ¡Mi prima me deja verlas e incluso tocarlas!
─Espera ¿qué? ─Mary Lou se detuvo, confundida.
Jimmy no elaboró en esto, sólo desapareciendo del granero y de toda visita. Terminó casándose con su prima y luego de esto Mary Lou no quiso saber más, reprochándose por no haber cedido en aquella calurosa tarde de verano, y esperando que la próxima vez que encontrase alguien a quien amar, las cosas fuesen diferentes.
No lo fueron.
Desafortunadamente para ella, las cosas sólo irían en picada desde ahí. Pues cada vez que un hombre llegaba a su vida, tardaba menos y menos en irse.
Pasó con Geoff, el más atractivo y galante pistolero de veintiocho años con el que cruzó caminos poco después de cumplir diecinueve. Alto, fuerte, serio, y con una reputación de haber acabado con tantos criminales como de mujeres con las que había estado, Mary Lou se sintió dichosa de recibir su mirada, su interés, y su invitación a cenar. Un hombre así, de tanta buena reputación y habilidad sin duda sería buen material de esposo, ¿cierto? Cedió, por lo tanto, a sus encantos, y cuando descubrió el éxtasis de perder su flor no pudo más que decir:
─¡Dios mío! ¡Eso fue celestial!
─Lo sé ─fue todo lo que contestó Geoff, haciéndose de un cigarro a su lado.
Por la mente de Mary Lou mil cosas pasaron. Al fin era una mujer. Al fin había encontrado un buen hombre. Al fin podría tener la familia que siempre quiso. Mordió su labio inferior al visualizar todo esto y abrazó al fuerte como un tronco, bello como un ángel Geoff.
─¡No puedo esperar a que hagamos esto por el resto de nuestras vidas! ─exclamó Mary Lou─. ¡Vamos a tener tantos bebés! ¡Dios Santo!
La sonrisilla desapareció del rostro de Geoff. ¿Familia? ¿Bebés? Eso no era lo suyo.
─Oh. Sí ─dijo─. Escucha, tengo algo qué hacer.
Se escabulló de los brazos de la joven con rapidez.
─¿Oh? ─exclamó Mary Lou.
─Olvidé que tengo este, eh, bandido que debo atrapar ─se explicó Geoff mientras se vestía a toda velocidad─. Eh, lo haré muy rápido y regreso, ¿de acuerdo?
Aunque decepcionada por verlo partir, la promesa de que volvería causó en Mary Lou una gran sonrisa conforme dijo:
─¡De acuerdo! ¡Aquí te espero!
─Ah. Bueno.
Geoff salió y Mary Lou esperó. Al no regresar en ocho horas, comprendió que algo había pasado. Primero temió que la misión de Geoff hubiese sido más peligrosa de lo esperado, y su corazón se apretó con dolor ante la idea de que resultase herido o peor. Con sólo una bata de baño, Mary Lou bajó las escaleras corriendo y preguntó a la gente si alguien sabía qué había pasado con él.
─Oh, se fue esta mañana a toda velocidad ─le dijo una mesera.
─Pero ¿sabe cuándo volverá?
─No creo que vuelva. Pagó por su cuenta y se fue.
─Pero ¿y el bandido que tenía que atrapar? ¿Dijo algo de eso?
─¿Los Dalton? Los mató hace una semana.