Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 48 Capítulo cuarenta y ocho
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48 Capítulo cuarenta y ocho

CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO

EVELYN

La terraza de la azotea está tranquila.

Felizmente tranquila.

El ático de debajo vibra con la risa, las copas chocando entre sí y el ritmo de la música, palpitando, mientras la celebración prosigue.

Pero, ¿aquí arriba?

Solo estamos yo, las vistas de los rascacielos de Chicago y el susurro de la brisa de otoño rozándome la piel. La noche es inusualmente cálida, un pequeño regalo a estas alturas de la estación. Si tuviese que apostar, diría que es una de las últimas.

Me acerco al borde que rodea la azotea. Mis tacones resuenan contra la piedra del suelo.

Tomo aire lentamente, perfumado por el follaje verde que enmarca la terraza.

Árboles en macetas, hiedra trepadora y estallidos de flores de temporada.

La ciudad se despliega delante de mí, un mar de luces centelleantes que se extiende en el horizonte hasta el infinito.

Solo en medio de esa paz comienza a aflojarse el nudo de tensión que se ha formado dentro de mí.

Cuando oigo la campanita del ascensor sonar a mis espaldas, se me para el aliento. No necesito volverme para ver quién es. Se me pone la espalda tiesa y los hombros tensos, de forma instintiva. Hugh Landry sale del ascensor y entra en mi momento de paz robada.

Da igual adónde vaya, él siempre me encuentra.

Últimamente, me parece algo más intencionado.

No me habla, solo se mueve hacia mí con pasos lentos y calculados, hasta que su presencia se alza imponente a mi espalda.

Alto, de hombros anchos y con una masculinidad decidida y sin complejos.

Vivir con él ha supuesto una prueba para mi fuerza de voluntad que nunca había pedido tener que pasar.

Compartir casa con Hugh tendría que haber sido algo simple.

Pero ha resultado ser todo lo contrario.

Sobre todo después de verle descalzo, con el pelo todavía revuelto por el sueño, la piel húmeda de la ducha, y una toalla colgando suelta de sus caderas. Cierro los ojos e intento apartar esa imagen antes de que se me quede aún más clavada y cause más daños.

Escucho el roce de la tela cuando se detiene detrás de mí.

Su voz está peligrosamente cerca de mi oreja.

—Pensé que te encontraría aquí arriba.

Yo aprieto los labios, negándome a darle la satisfacción de una respuesta.

Él se acerca lo suficiente como para que su calor corporal se me meta debajo de la piel. Lo bastante cerca para que mi respiración se haga irregular, a pesar de todos mis esfuerzos.

—Es divertido —dice, con la voz teñida d e humor—. Para ser una mujer que afirma que no me soporta, no dejas de acabar estando en todos los sitios en los que yo quiero estar.

Su nariz me roza la curva de la mejilla antes de dibujar la línea de mi mandíbula.

Yo lucho contra el escalofrío que intenta traicionarme, y pierdo la batalla.

—Dijiste —susurro— que no me tocarías a menos que te lo suplicase.

Su risa es intensa y cálida, y se desliza por mi espalda como si fuese de seda.

—Tienes razón. Lo hice.

—Eso no va a ocurrir jamás —añado rápidamente, aunque me suena más a advertencia para mí que para él.

—No pasa nada. —Su voz suena ahora todavía más cerca y más grave—. Llevo años esperando esto. Si tengo que esperar un poco más lo haré. Por ti vale la pena.

Él se acerca más, y coloca una de sus grandes manos en la barandilla, a solo un par de centímetros de la mía.

Aprieto los dedos en un movimiento reflejo, pero me niego a moverme.

La tensión zumba en el aire y mi mirada desciende hacia el minúsculo espacio entre nuestras manos.

—Todavía llevas el mismo perfume de jazmín —murmura.

—Sí --respondo, tensa, sorprendida y un poco desconcertada de que se acuerde de algo así.

Él se inclina hacia adelante, y su aliento se extiende por mi cuello.

—Siempre me hace volver a los veranos en el lago y a la primera vez que me besaste.

—Tú fuiste el que me besaste primero —contraataco, sin pensar.

Su carcajada es grave y ronca.

—Probablemente tengas razón en eso. Aún entonces, no podía sacarte de mi cabeza. Eso no ha cambiado en todos estos años.

Me quedo helada.

—Hugh…

—Recuerdo cada segundo que pasamos juntos, Evie —dice—. Sé que cometimos errores, pero no es demasiado tarde para nuestro final feliz.

El pulso se me desboca peligrosamente por debajo de la piel.

—Miro a esos chicos de ahí abajo —prosigue— y les envidio. No tienen miedo de arriesgarse o de darle una oportunidad al amor.

—¿Amor? —Trago saliva—. Creo que debes de estar delirando.

—En absoluto —dice con sencillez—. Lo que sí hago, sin embargo, es ser paciente.

Me armo de valor antes de volverme a mirarle.

—Si estás esperando que olvidemos lo que ocurrió después de ese verano…

—No es posible olvidarlo —me interrumpe con voz queda y la mirada firme e intensa—.

Si pudiese volver atrás y hacer las cosas de nuevo, lo haría sin dudarlo.

Había personas que no querían que estuviésemos juntos y les permití salirse con la suya.

Les permití que me arrebatasen lo único puro que había en mi vida.

Es un remordimiento que me acompañará para siempre.

—No —digo con suavidad—. No es posible reescribir la historia. Por mucho que cualquiera de los dos deseara que eso fuese posible.

Una breve oleada de tristeza me causa una inesperada punzada, pero aparto la emoción a un lado, antes de que pueda arraigar.

—Lo sé —dice él—. Créeme.

Cuando estoy pensándome apartarme y dejar esta peligrosa cercanía atrás, él dice:

—Si pudiera tocarte, empezaría justo ahí.

Su dedo flota por encima de mi hombro desnudo, lo bastante cerca como para poder notar el calor que desprende por encima de mi piel. Aunque no haga contacto, mi cuerpo reacciona igualmente.

—Recorrería cada centímetro de ti hasta que te olvidases de todo salvo de este momento.

Me quedo paralizada, con el pulso desbocado, cuando su mirada desciende hasta mis labios entreabiertos.

Durante un instante aterrador e inconsciente, deseo recorrer la distancia que nos separa.

Quiero sentir su boca sobre la mía, obligándome a olvidar el pasado.

Cada razón y cada herida que alguna vez nos separó.

En vez de eso, me echo para atrás, con un paso tembloroso, hasta que noto la barandilla contra la espalda.

—No lo hagas.

—No he roto las reglas —dice él después de un instante—. Por mucho que lo haya estado deseando.

Cada terminación nerviosa cobra vida cuando levanto la barbilla.

—Obligarme a que me mudase contigo fue una idea desastrosa.

—Quizás —admite él, con los ojos clavados en los míos—. Pero era decisión mía. Y tú te estás quedando sin razones para seguir fingiendo que ya no sientes nada por mí.

Odio que tenga razón.

Peor aún, odio que me cosquillee la piel donde su aliento la ha tocado, y que todavía pueda oler su colonia de cedro con notas cálidas de ámbar. Y que incluso ahora, desee algo más.

Él retrocede por fin, dándome el espacio que necesito desesperadamente pero que en realidad no deseo.

Y entonces, justo antes de darse la vuelta, dice:

—Tienes que entender una cosa, Evie. No pienso irme a ninguna parte.

Le veo alejarse mientras mi pulso sigue galopando y el calor estalla bajo mi piel. Cada pedazo de mí está en guerra contra la única parte que importa.

La que todavía le desea.