47 Capítulo cuarenta y siete
CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE
RIVER
La marea de gente no se ha reducido desde que se descorchó la primera botella de champán, hace horas. Cada vez que doy un sorbo a mi cerveza, aparece alguien más, cargado con regalos de inauguración de casa.
—Tengo que decirte que la domesticación te sienta bien, Thompson. —Laiken sonríe, poniéndome una mano en el hombro—. Este sitio parece tremendamente acogedor para un tío que solía ser más bien minimalista.
Con una sonrisita, paso la mirada lentamente por la estancia.
Ya no es mi ático.
Es nuestro.
De los tres.
Una vela perfumada de azahar y jazmín está encendida sobre la encimera.
Las zapatillas con purpurina de Nora están sobre la alfombra, colocadas de cualquier manera, una de ellas en una postura que sugiere que ha salido corriendo de ellas sin dejar de moverse.
Y el libro de cocina favorito de Callie está abierto al lado de un bol de mezclar.
El aire huele a azúcar, a cítricos, y a algo que inequívocamente hace pensar en el hogar.
—Me gusta más así —le digo, y cada palabra va en serio.
El piso está abarrotado de gente junto a la que he luchado, he sangrado y en la que he confiado con cada una de las fibras de mi ser, excepto mi corazón, porque ese siempre le ha pertenecido a la mujer que está charlando al otro lado de la sala.
Steele está en la cocina, enfrascado en una discusión encarnizada con Knox sobre qué bourbon es el rey. Cada uno sostiene una botella como si fuese un trofeo, sin querer dar su brazo a torcer.
En el sofá se acurrucan Maverick y Willow, con sendas copas de tinto en la mano, y las expresiones de sus rostros haciendo obvio que están en su propio mundo.
El brazo de él descansa cómodamente por encima de los hombros de ella, y sonríe tranquilo y feliz porque sabe exactamente la suerte que tiene.
No podría haber elegido a un hombre mejor para mi hermana. Ella se merece a alguien que vea su tranquila fuerza y aprecie su suavidad. Son el complemento perfecto el uno para el otro.
Jax está persiguiendo a Sloane como un insistente golden retriever que no entiende el concepto de espacio personal.
—Tienes que dejar de mirarme así —le advierte Sloane, dejándole atrás con grandes zancadas—. O te echaré esta bebida por la cabeza.
Mi compañero sonríe, totalmente impertérrito ante su actitud de cardo.
—Si estás intentando encontrar un elemento disuasorio —dice, y deja que su mirada se desplace lentamente arriba y abajo por el cuerpo de ella con deliberada insolencia—, tendrás que hacerlo mejor que eso.
Laiken se ríe por lo bajinis, y yo hago lo mismo. Ninguno de los dos nos molestamos en ocultar lo gracioso que nos parece. Sea lo que sea lo que se esté cociendo entre esos dos, va a ser divertido presenciarlo.
Mi mirada vuelve a posarse en Callie. Lleva el pelo recogido, con unos cuantos mechones sedosos enmarcándole el rostro. Lleva un vestido negro cruzado que le marca las curvas y hace que la piel le resplandezca.
En cuanto nuestras miradas se cruzan, todo se estremece dentro de mí. No de nervios sino de certeza.
Ella siempre ha sido el desenlace de mi partida.
Aun cuando pertenecía a otro hombre.
A uno que solía ser mi amigo.
Ella se acerca directamente hacia mí, y sus dedos me acarician el brazo como si necesitase esa pequeña conexión tanto como yo.
—Creo que todos los que hemos invitado han aparecido.
Miro alrededor, a la familia y amigos que abarrotan el espacio. Gente que lo son todo para ambos.
—Estoy bastante seguro de que están todos bastante aliviados de que por fin te hayas apiadado de mí y me hayas dado una oportunidad.
—Puedo dar fe de eso, al cien por cien —dice Laiken con una sonrisa.
Los labios de Callie se curvan.
—Tal vez tendría que haber dejado de mantenerte a distancia un poco antes. Siento que me he perdido muchos momentos maravillosos.
Le rozo la punta de la nariz con los labios.
—Por mucho que eso me hubiese encantado, creo que ambos encontramos nuestro camino hacia el otro exactamente en el momento justo.
Por el rabillo del ojo, pillo a Rina lanzándole una mirada asesina a Oliver.
—Juro por Dios que si haces algún comentario más, voy a…
Oliver me lanza una sonrisa lenta sobre el borde del vaso.
—¿Qué, nena? ¿Qué es lo que piensas hacer? Cuéntame. Tengo curiosidad.
Ella entorna los ojos y su tono se hace lo bastante afilado como para ser capaz de hacerle sangre.
—¿Por qué no me provocas y lo averiguas?
Él levanta las cejas pero sin dejar de exhibir su sonrisita burlona.
—Me complicas mucho no intentar pasarme de la raya cuando me amenazas de esa forma.
Ella deja escapar un gruñido antes de girar sobre sus talones y largarse, murmurando algo por lo bajinis que decididamente no es adecuado en compañía de personas educadas.
Meneo la cabeza mientras Oliver la sigue con la mirada, divertido y fascinado a partes iguales.
—Si estás intentando predisponerla a tu favor, esa no es la forma de hacerlo.
La mirada de Oliver se desplaza hacia mi cara.
—¿Quién dice que quiera hacer eso? Tal vez me gusta estar donde estoy ahora.
Laiken resopla.
—¿Apostamos a que van a cederlo a otro equipo antes de la siguiente temporada?
Oliver se encoge de hombros y se aleja en la misma dirección en la que ha desaparecido Rina.
Aunque esté actuando como si no fuese tras ella, yo sé la verdad.
Todos la sabemos.
—Esos dos son como el agua y el aceite. —Callie inclina la cabeza a un lado mientras les observa—. No se mezclan.
—Oh, no estés tan segura sobre eso —digo con una risita, rodeándola por la cintura con el brazo y acercándola contra mí. Encaja como si ese espacio hubiese sido diseñado para ella—. ¿Estás bien?
Ella asiente y su mirada recorre lentamente la habitación. Sus ojos se suavizan al ver a los amigos, las risas, y la vida que hemos empezado a construir juntos, pedazo a pedazo.
—Lo estoy. No sabía cómo era sentirme en casa hasta ahora. Y eso tiene todo que ver contigo.
Le rozo la sien con los labios.
—No, cielo. Eso tiene todo que ver contigo.
El pulso se me acelera a un ritmo frenético. Llevo semanas planeando este momento, pero ahora que ha llegado, estoy la hostia de nervioso.
Antes de que pueda perder los nervios, le doy un último beso en la frente y luego me aparto, levantando mi copa.
—Escuchadme todos. ¿Me podéis hacer caso?
Alguien apaga la música, y el murmullo de las conversaciones se apaga hasta que la sala se queda en silencio.
Todos los ojos se vuelven hacia mí, pero los únicos en los que me estoy fijando pertenecen a la mujer que tengo a unos pasos, cuyas cejas se arrugan mientras la confusión pasa rápidamente por su rostro.
Callie se inclina hacia mí.
—¿Qué estás haciendo?
—Asegurándome de que todos sepan exactamente como me siento —digo con una sonrisita.
Me vuelvo hacia la sala y obligo a mi voz a permanecer firme.
—Cuando me mudé a este sitio hace un par de años, tan solo era un ático. Cuatro paredes frías y estériles y silenciosas, con el vacío haciendo eco. No sentí que fuera un hogar hasta el día en que Callie y Nora cruzaron la puerta.
Willow se pone una mano en el pecho y Nora corre hacia nosotros. Los labios de Evelyn dibujan una tierna sonrisa y Hugh se coloca directamente detrás de ella, con la copa en la mano y una mirada intensa.
Contemplo a los amigos que se han convertido en familia y, en el centro de todo eso, las dos personas que lo han cambiado todo para mí.
—Esta noche no es solo una fiesta de inauguración de casa —prosigo—. Es una celebración de la vida que estamos construyendo juntos.
Los ojos de Callie se agrandan cuando me dejo caer sobre una rodilla delante de su hija y meto una mano en el bolsillo de la chaqueta para sacar una cajita de terciopelo. La abro y muestro un delicado colgante con forma de corazón y las fotos de los tres en el interior.
—Nora —digo, y se me entrecorta la voz lo justo para delatarme—, no sé qué he hecho para merecerte, pero quiero que seamos familia el resto de mi vida. Si me aceptas… Esto es para ti, bichito.
Ella aplaude, chillando, y se lanza a mis brazos.
—¡Te quiero, Rivvy!
—Yo también te quiero —respondo, con voz entrecortada, contra sus rizos, abrazándola fuerte antes de dejarla de nuevo en el suelo y ponerme en pie.
Mi mirada se desliza hacia la mujer a la que llevaba años esperando, y mis manos tiemblan cuando saco la segunda caja.
Dentro hay un anillo de diamantes sencillo, impresionante y atemporal.
Igual que Callie. En el interior, hay grabadas seis simples palabras, que encierran toda la verdad que siempre he querido que ella conociera.
Donde estés tú, estará mi hogar.
—La primera vez que te vi, supe que ibas a cambiarme la vida. Y tenía razón. Me has dado amor y un propósito. Y me has convertido en padre en todas las formas que importan.
Las lágrimas ruedan por sus mejillas, y se pone las manos contra la boca.
—Quiero pasarme el resto de mi vida demostrando que te merezco —prosigo, dando un paso hacia adelante mientras los nervios me retuercen las tripas—. Así que, Callie… —Cojo aire—. ¿Quieres casarte conmigo?
Durante un segundo, ella no habla. Solo me mira fijamente, con todo su corazón brillando en sus ojos, antes de asentir.
—Sí —responde con una temblorosa exhalación—. Por supuesto que sí.
La sala estalla en vítores y aplausos. Se descorcha el champán, y resuenan las risas, pero yo solo puedo verla a ella. Lo único que siento es la forma en que encaja contra mí, con sus brazos alrededor de mi cuello, y los labios contra los míos.
La suelto solo lo suficiente como para poder mirarla a los ojos.
—Te quiero.
Sus labios tiemblan para formar una sonrisa.
—Yo también te quiero. Me has dado todo lo que ni siquiera sabía cómo pedir.
La calidez se desata dentro de mí cuando acaricio la nariz contra la suya. No hay nada que yo no le daría a esta mujer.
—Y me has dado algo que nunca pensé que tendría. Una familia. Un futuro. Una razón por la que seguir luchando cada día.
Su beso es tierno y encierra grandes promesas. Contra mi boca, murmura.
—Entonces, hagamos lo que podamos para que cuente.
En ese instante, las risas y la música se desvanecen en negro. Lo único que existe es ella. Nosotros. Y la inquebrantable verdad de que el «para siempre» no nos está esperando más adelante.
Comienza aquí mismo, en sus brazos.