46 Capítulo cuarenta y seis
CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS
CALLIE
River entrelaza nuestros dedos y al subirnos al ascensor privado, me apoyo en su costado, apretando la mejilla contra su hombro. Todavía tengo el corazón acelerado por todo lo que nos hemos dicho antes, y las verdades que por fin hemos expresado en voz alta, pero ya no es por temor o incertidumbre.
Es por expectación.
Cada paso, cada piso que ascendemos, me parece un avance hacia algo nuevo. Algo que lleva años creándose entre nosotros.
Cuando las puertas se abren en la azotea, se me corta el aliento por la vista que me recibe al otro lado.
El espacio está adornado con guirnaldas de luces parpadeantes, colgadas de los árboles que bordean una piscina rectangular.
El resplandor que lanzan es suave y dorado, pintándolo todo con una luz ambarina que resulta irreal.
Una exuberante vegetación rodea el espacio.
Palmeras en macetas y jardineras altas provocan la ilusión de que es un jardín secreto escondido por encima de los edificios de la ciudad.
Hay unas cuantas esculturas de piedra asomando por entre el follaje.
Es como si la azotea entera hubiese sido diseñada para ser un espacio onírico.
En cuanto doy un paso, River se inclina y me levanta en sus brazos sin esfuerzo alguno. Me sujeta con fuerza y firmeza, como si yo fuese algo valioso que no fuese a dejar escapar jamás.
—¡Oh Dios mío! —exclamo, mientras intento digerirlo.
—Esto es todo para ti —murmura él, rozándome la coronilla con los labios—. Para nosotros. Sin ruido, sin presión. Solo tú y yo.
Algo dentro de mí se desmorona y se acelera, todo a la vez, mientras él me lleva hacia el agua. Hay unas hamacas colocadas estratégicamente alrededor, con unas estufas que ahuyentan el frío de la noche. Él me da un beso suave en los labios antes de dejarme en el suelo suavemente.
Sus manos encuentran el borde de mi jersey y sus dedos remolonean solo por un instante. Aunque no me pregunta, yo asiento.
Ese es todo el permiso que necesita antes de levantarme lentamente el jersey. Las yemas de sus dedos recorren suavemente mi piel cuando el jersey se desprende de mi cuerpo. Su contacto deja un rastro de calor tras de sí y despierta algo en lo más profundo de mí.
Se inclina y me besa el hombro, la clavícula y la suave curva de mi pecho a través del sujetador. Cada centímetro que descubre, lo bendice con sus labios.
—Eres tan hermosa, maldita sea —murmura contra mi piel, como si fuese una verdad que necesita que yo crea.
Tiemblo bajo el peso de sus palabras, sus manos, la forma en que sus ojos se quedan clavados en mí. Me hace sentir como si fuese el centro de todo su mundo. Como si siempre hubiese sido de esa forma y es ahora cuando yo me estoy enterando.
Se arrodilla delante de mí, bajándome las mallas centímetro a centímetro antes de posar los labios sobre el hueso de la cadera. Y luego más abajo, hacia la parte interna del muslo. Yo me estremezco cuando su cálido aliento me araña la sensible piel.
—Estoy nerviosa —confieso—. ¿Y si alguien más quiere usar la piscina?
River levanta la vista, sonriente.
—Nadie va a subir aquí, cariño. —Me pasa las manos por la parte de atrás de las pantorrillas, arriba y abajo, con caricias tranquilizadoras—. ¿Este oasis? Me pertenece a mí. Es de acceso privado. Nadie puede subir aquí sin que yo lo sepa. Es solo para nosotros.
Sus manos se apoyan en mis caderas, y sus pulgares me acarician suavemente.
—Hay lámparas calefactoras en los bordes y la piscina está a unos estupendos veintinueve grados todo el año. Puse las luces el verano pasado. Nunca había traído a nadie más aquí arriba. —Me sostiene la mirada—. Lo creé pensando en ti.
La tensión se escapa de mis músculos y me siento colmada de gratitud.
Con los ojos clavados en los míos, desliza los dedos bajo el elástico de mis bragas.
—¿Todo bien?
Asiento, suspendida en un espacio entre la incredulidad y el deseo.
—Todo bien.
Me vuelve a besar.
Esta vez más abajo.
Un gemido se me escapa cuando me levanta sin esfuerzo y me lleva hasta una de las mullidas hamacas junto a la piscina. En cuanto me deja ahí, el aire cálido me envuelve, pero es su boca lo que hace que un escalofrío baile descendiendo por mi piel.
Me besa por el tronco, deteniéndose en la curva de mi vientre. Sus labios se entretienen ahí, y cuando habla, es un juramento con voz suave que me quema de dentro a afuera.
—Algún día, pronto, crecerás con mi bebé dentro. Quiero ver cómo cambia tu cuerpo de la forma más milagrosa y saber que lo hemos creado nosotros. Quiero darle a Nora un hermanito y construir una vida juntos. Nunca había deseado eso con nadie más, Callie. Solo contigo.
Es todo lo que siempre había deseado escuchar. Antes de que pueda decirle que yo también quiero eso, él se mueve más abajo, colocándose entre mis piernas.
—River… —Mis manos se deslizan en su pelo, anclándome a él. Su boca encuentra mi centro.
Me toca como si nunca hubiese deseado ninguna otra cosa, y me saborea como un hombre que se estuviese muriendo de hambre.
Me adora con la lengua. Cada lametón, cada caricia, es una declaración de amor silenciosa.
Sus manos me sostienen como si este momento importase más que cualquier otra cosa en el mundo.
Y me doy cuenta de que así es.
Me está memorizando, y yo le estoy entregando cada pedazo de mí misma sin temor ni dudas.
Mis caderas se levantan de motu propio, persiguiendo esa presión, ese ritmo, mientras él gime contra mí.
Cada sonido que hace está impulsado por una devoción hambrienta.
No tardo mucho en correrme en medio de una marea de sensaciones.
El grito que se me escapa hace eco en el cielo nocturno.
Rebota en el acero y en los pilares antes de desaparecer arrastrado por la brisa otoñal.
Apenas he conseguido recuperar el aliento cuando River se levanta y se quita la ropa, prenda a prenda, hasta que está de pie delante de mí, gloriosamente desnudo. Las luces decorativas brillan contra las duras líneas de su pecho, los tatuajes de su piel, y el deseo que arde en sus ojos.
Es impresionantemente guapo.
Fuerte.
Y lo que es más importante, es mío.
Este hombre es mío.
Me siento lentamente y absorbo su belleza masculina antes de ponerme de rodillas. No rompo el contacto visual ni una sola vez mientras cojo su gruesa erección con la mano y la guío hasta mi boca.
El sonido que se le escapa está repleto de deseo y ganas acumuladas.
—Dios, Callie —gruñe, metiéndome los dedos en el pelo. La forma en que me agarra no parece brusca; es casi como si necesitase sostenerse a algo en este momento.
Me tomo mi tiempo, adorándole con el mismo nivel de atención que él me ha dedicado a mí. Cada lametón de mi lengua, cada pasada de mis labios, le cuenta lo que no he dejado de sentir desde el momento en que su boca tocó la mía.
Todas las emociones que tenía demasiado miedo de admitir, hasta para mí misma.
Te quiero.
Te quiero.
Te quiero.
Sus músculos se tensan bajo mis manos y su respiración se vuelve entrecortada cuando le empujo más cerca del límite. Su otra mano tiembla contra mi mandíbula y cuando por fin se corre, es gritando mi nombre con un ronco grito en sus labios.
River me mira como si yo lo fuese todo.
Y cuando me incorporo, su boca se posa sobre la mía en un beso profundo que me consume.
Uno que siento como un gracias y una promesa todo en uno, antes de cogerme en sus brazos y llevarme hasta la piscina.
En el momento en que mi piel toca el agua, un escalofrío me recorre el cuerpo.
No es por la temperatura sino por el peso de su mirada.
El calor d e sus ojos me hace sentirme expuesta aunque siga sumergida.
Me coloca sobre su regazo en el centro de la piscina, sujetándome por las caderas mientras se hunde lentamente dentro de mí.
Necesito estar todavía más cerca, así que le rodeo por los hombros y le aprieto fuerte.
Solo quiero grabar a fuego todos los detalles de este momento en mi memoria.
El peso de su cuerpo, lo profundo de su amor, la forma en que nos movemos juntos como si hubiese estado escrito que tenía que ser así.
Hace unos meses, no podría haberme imaginado un futuro con River.
Ahora no me puedo imaginar uno sin él.
Su boca encuentra mi cuello, mi mandíbula, el sitio que me hace temblar justo por debajo de mi oreja.
—Te quiero —confiesa—. Llevo tanto tiempo queriéndote.
—Yo también te quiero.
Sus brazos me aprietan con más fuerza mientras seguimos moviéndonos. Con el agua, las guirnaldas de luces y las estrellas, este momento parece casi mágico.
Hacemos el amor como dos personas que por fin han encontrado lo que jamás creyeron que tendrían.
Cada caricia es segura, cada beso firme, porque él siempre ha sabido que yo era suya, y yo por fin estoy preparada para admitir que él es mío.
Y cuando me atrae contra él después, no me parece un final. Parece como el principio de todo.