Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 45 Capítulo cuarenta y cinco
93%

45 Capítulo cuarenta y cinco

CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO

RIVER

Es como si llevara horas paseándome por el ático. Para un lado y para el otro. Una y otra vez. Como un hombre a punto de hacerse añicos, porque así es exactamente como estoy.

Fuera, la ciudad resplandece bajo la cegadora luz del día, a través de los ventanales panorámicos.

El sol rebota en las torres de cristal, pero yo apenas capto el paisaje.

Todo ese brillo se me hace borroso, una mancha al otro lado del cristal, como una acuarela abandonada bajo la lluvia.

He dejado de verlo. He dejado de sentir nada salvo la agitación inquieta que me consume por dentro.

Todavía llevo el teléfono en la mano, con la pantalla iluminada con el resplandor de la aplicación de compartir ubicación, y lo aprieto con fuerza.

Odio haberme pasado el día mirándolo, como un puto obsesionado.

Odio lo mucho que he necesitado confirmar que ella está a salvo.

Más que eso, odio haberme visto reducido a observar un puntito parpadeante para saber si ella va a regresar conmigo.

Esta mañana, estaba en la pastelería.

Durante unas horas, mi corazón frenó el ritmo y mi cerebro se calmó. Me he dicho a mí mismo que estaba donde tenía que estar. De vuelta en el ritmo de su propia vida. Rodeada por las mujeres que siempre le guardan las espaldas.

Pero entonces el puntito se ha movido.

Hacia la dirección de Zane.

Y así, sin más, el mundo se me ha puesto del revés. Ya tenía las llaves en la mano y el cuerpo casi en la puerta antes de que mi cerebro se hiciera cargo. Las ganas de presentarme allí hecho una furia y s acarla de su lado casi me devoran por completo.

El puto Zane Holloway no se la merece.

Ni a Nora.

Nunca lo ha hecho y nunca lo hará.

Por mucho que todos mis instintos me griten que luche por ella, esta no es una batalla que pueda ganar usando la fuerza bruta.

No con Callie.

Ella no es ningún problema que yo pueda resolver, ni un premio por el que competir. Es una mujer que ha tenido que ser fuerte por un tiempo malditamente largo. A la que han decepcionado, abandonado y dejado de lado más veces de las que yo probablemente sepa.

Y si hay una cosa que he aprendido desde que ella y Nora entraron en mi vida, es que la única forma d e que esto funcione es que ella me elija por voluntad propia.

No porque yo le suplique o me presente con una lista de razones por las que debería hacerlo.

Sino porque lo siente y lo desea tanto como yo.

Así que esperaré.

Aunque me mate.

Lo que podría llegar a ocurrir.

He repasado todo lo de anoche una y otra vez en mi cabeza, en un bucle doloroso e infinito.

La forma en que se subió encima de mí como si me necesitase tantísimo como yo siempre la he necesitado.

La forma en que sus ojos permanecieron conectados con los míos, cargados con todo lo que no nos hemos dicho en voz alta.

Y luego se ha ido.

Sin una nota, sin una explicación.

Solo un espacio vacío donde solía estar su calidez.

El recuerdo de ella en mi cama sigue flotando a mi alrededor, como el humo. El tacto de su piel, la forma en que gimió diciendo mi nombre, la confianza en cada suspiro y en cada vez que arqueaba su cuerpo.

Todo me pareció tan real, maldita sea.

Aunque tal vez no lo suficiente.

Me paso una mano por el pelo y me vuelvo hacia las ventanas, intentando respirar a pesar del dolor que me atenaza. Entonces oigo llegar al ascensor. El sonido atraviesa el silencio igual que un disparo, dejándome congelado en el sitio.

Un instante después, las puertas se abren y Callie sale por ellas. Lleva el pelo recogido en una coleta floja y las mejillas enrojecidas por el frío.

Parece cansada.

Hermosa.

Tan dolorosamente familiar que me deja sin aliento.

Deseo rodearla con mis brazos y no soltarla jamás.

Pero me quedo quieto donde estoy. Si este es el momento en que ha venido a decirme adiós, necesitaré hasta el último gramo de control que me queda para no hacer nada y aceptarlo.

Ella me mira a los ojos desde la distancia. Puedo ver el titubeo en los suyos. Pero también algo más firme. Una tranquila determinación que no había visto antes.

—¿Dónde está Nora? —pregunto.

—Con mis padres. Tenía que hablar contigo. A solas.

Se me para el pulso y vuelve a arrancar.

Bueno, joder.

Eso no puede ser nada bueno.

Las ganas de acercarme más ganan la partida y doy un paso cauteloso hacia ella.

—¿Estás bien?

Ella asiente, solo una vez.

—Ahora sí.

Esas dos palabras casi me hacen caer de rodillas.

Pero aun así, no sé adónde quiere llegar con esto. No sé si está aquí para quedarse o para decirme adiós. Y esa incertidumbre me destroza.

—¿Por qué no me lo habías contado?

La adrenalina corre por mis venas. No necesito que me explique esa pregunta. Ya sé a qué se refiere.

Doy otro paso.

—Nunca quise que sintieras que me debías nada. Si me elegías, debía ser porque tu corazón no te permitiese hacer otra cosa y porque el mundo te parezca más agradable y tranquilo cuando estamos juntos. Porque estar conmigo te resultase tan natural como respirar.

Incapaz de contenerme, atravieso la distancia que quedaba entre nosotros.

—Quería que fuese porque me quieres tanto como yo te quiero a ti.

Y ahora, estoy plantado justo delante de ella.

Cuando la miro a los ojos, lo veo.

Todo lo que he estado esperando.

Todo en lo que he tenido miedo de creer.

—Sí, te quiero —me confiesa.

Pestañeo, casi temiéndome habérmelo imaginado.

—¿En serio?

Sus labios se curvan.

—Sí. Te quiero, River.

Lo dice como si fuese la verdad más simple del mundo.

Y tal vez lo sea.

Tal vez siempre lo haya sido.

La emoción me aprieta por la garganta.

—Dilo otra vez, cariño.

Ella se acerca más, apoyando las palmas de sus manos contra mi pecho.

—Te quiero.

Cierro los ojos mientras sus palabras se derraman sobre mí, abriéndome de formas que nunca había pensado que fuesen posibles.

Dejo caer la frente sobre la suya.

—Menos mal, Callie, joder.

Sus dedos se curvan agarrándose a mi camiseta.

—Estaba tan asustada… —admite—. No de ti. Nunca de ti. Pero sí de dejar a alguien entrar hasta el fondo y luego perderlo. O de volver a fiarme de la persona equivocada.

—Eso jamás va a pasarte conmigo.

—Ahora ya lo sé. —Coge aire y se echa un poco para atrás.

Lo suficiente para mirarme a la cara con los ojos brillantes—.

Siempre has estado ahí. Todas y cada una de las veces.

Cuando necesitaba ayuda, cuando necesitaba silencio, cuando ni siquiera sabía lo que necesitaba…

Ahí que te presentabas. O ya estabas esperando.

—Siempre —digo con voz ronca—. Y volvería a hacerlo. Una y mil veces.

Ella sonríe a través de las lágrimas.

—Hasta cuando no me lo merecía.

—No hagas eso. —La cojo de la barbilla y le paso el pulgar por la mejilla—. No vuelvas a decir eso jamás. Tú te mereces cada puta cosa buena que este mundo tiene que ofrecer.

Su garganta se mueve cuando traga.

—Zane decía todas las cosas adecuadas, pero nunca ha hecho lo que debía. Ni por Nora ni por mí. Pero tú sí. En todos los momentos y formas que cuentan.

—Nunca dejaré de hacerlo por ti —le prometo—. Me da igual lo difícil que se vuelvan las cosas. Estoy contigo en esto. Por completo.

Ella entierra la cara contra mi cuello, con el cuerpo temblando en mis brazos, como si por fin estuviese notando el peso de todo lo que ha soltado. Le acaricio la espalda, deseando reconfortarla.

—Quería decírtelo esta mañana. Pero necesitaba tiempo para pensar. Y tenía que estar segura.

Me aparto solo lo necesario para mirarla, y le acaricio la mejilla con los dedos.

—¿Y lo estás?

Asiente con firmeza.

—Ya me he hartado de cuestionarme lo que tenemos. Y de dejar que el miedo hable más alto que el amor.

Le planto un beso en la frente.

—Estupendo. Solo debes saber que no pienso irme a ninguna parte. —No puedo evitar mirar fijamente a la mujer que lo ha cambiado todo para mí. Todo mi mundo—. Jamás lo haré.