Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 44 Capítulo cuarenta y cuatro
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44 Capítulo cuarenta y cuatro

CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO

CALLIE

Me subo al coche y saco la dirección del nuevo rascacielos al que se mudó Zane no mucho después de empezar a grabar su reality show con Gigi.

Yo nunca he estado allí.

Cuando él tiene visita con Nora, siempre viene a mi casa.

De vez en cuando, la lleva al parque o a comer un helado, pero esas visitas son muy breves.

Entra en pánico si ella llora, se sofoca cuando se niega a comer, y no tiene absolutamente ninguna idea de qué hacer cuando está más cansada o se pone pegajosa.

No se me escapa que River es todo lo contrario. Se ha colado en nuestras vidas con una seguridad tranquila, respondiendo a las necesidades de Nora como si llevase años haciéndolo.

Y él lo disfruta.

Como si siempre nos hubiese visto como un paquete completo y nunca se hubiese preguntado si era demasiado.

Se me hace un nudo en la garganta cuando salgo del parking de detrás de la pastelería y me sumerjo en el lento discurrir del tráfico de media mañana.

Es difícil no comparar a ambos hombres.

Puede que Zane sea el padre biológico de Nora, pero River ha asumido esa responsabilidad en todos los sentidos que importan.

Ahora mismo, lo que necesito más que ninguna otra cosa es claridad.

Y la verdad.

Veinte minutos después, aparco delante de un edificio alto de acero y cristal a unas manzanas de Lakeshore Drive.

Maniobro para meterme en una plaza de aparcamiento y me quedo sentada un momento, contemplando la moderna fachada.

Unos carteles en letras doradas relucen al sol, y dos conserjes en chaqués elegantes están en posición de firmes, dispuestos a abrir las puertas con sus manos enguantadas.

Hasta desde aquí me resulta obvio que este sitio está mucho más allá de lo que yo podría permitirme por mi cuenta. Cojo el bolso y salgo del coche con los nervios poniéndose en tensión con cada paso que doy hacia la entrada.

Un guardia de seguridad con un traje oscuro me dedica un leve gesto con la cabeza al pasar, con la atención fija en la nube de fotógrafos que merodean delante de las puertas giratorias.

—¡Señorita! ¿Ha venido por Gigi?

—¿La boda sigue en pie?

—¿Puede confirmar los rumores sobre el embarazo?

Lanzan sus preguntas rápidamente, sin pausa ni tiempo de recibir respuesta.

Agacho la cabeza y empujo las puertas de cristal. El sonido me sigue como un ruido blanco que no puedo eliminar del todo.

El interior del vestíbulo es impresionante.

Los suelos de mármol relucen bajo mis pies, pulidos hasta el punto en que reflejan cada luz y cada sombra.

Unas sillas de terciopelo azul marino están dispuestas en simetría perfecta alrededor de mesas bajas con las patas de bronce y en las que hay unas revistas brillantes que dudo que nadie lea en realidad.

Por encima de todo eso, una inmensa lámpara de araña cuelga del techo con cristales que parecen gotas de lluvia, y refractan la luz en mil direcciones diferentes.

Es la clase de espacio pensado al milímetro. Mientras cruzo el vestíbulo, paso junto a dos miembros del personal de pie junto al mostrador del conserje.

Uno murmura:

—Esa gente del reality son una pesadilla. ¿Por qué ha aprobado su solicitud la junta?

—No me hagas hablar —replica el otro—. Esta tarde vuelve a venir otro equipo de cámaras. La tercera vez esta semana.

Sus voces se apagan según sigo caminando.

Me espero a medias que alguien me pare, me haga preguntas o me dirija hacia otra parte. Pero uno de los fotógrafos que hay fuera consigue colarse detrás de otro huésped, y los de seguridad se apresuran a encargarse de él.

Eso me da el tiempo suficiente para subirme al ascensor y pulsar el botón de la planta quince. Me tiemblan los dedos al despegarse del panel y las puertas se cierran con un sonido apenas audible. El ascensor empieza su silencioso y suave ascenso.

En las paredes de espejo, mi reflejo me devuelve la mirada con los hombros firmes, los ojos atentos y una boca dibujando una firme línea recta. La determinación lucha contra el temor en mi cara, y no estoy segura del todo de cuál de las dos cosas está ganando.

Cuando el ascensor se detiene, las puertas se abren a un pasillo envuelto en un lujo no estridente.

Una mullida moqueta atenúa el sonido de mis pasos, y las paredes revestidas en tonos oscuros brillan bajo la suave iluminación de las luces empotradas del techo.

Todo en este lugar irradia exclusividad y poder.

Está muy lejos del modesto apartamento que Zane solía alquilar.

No es solouna dirección postal diferente; es un mundo de diferencia.

Mi pulso vacila cuando el número de su casa aparece frente a mí, y me detengo delante de la puerta. Mi puño se queda flotando en el aire un momento, antes de que me fuerce a llamar golpeando la madera.

Silencio.

Espero diez largos segundos y luego vuelvo a llamar. Esta vez con más fuerza. El ruido es más brusco de lo que yo pretendía.

Todavía nada.

La inquietud revolotea por mi estómago, advirtiéndome de que tal vez esto haya sido un error. Pero no me he obligado a venir todo el camino hasta aquí para darme la vuelta ahora. No cuando necesito respuestas y hay tanto en juego.

Me balanceo de un pie al otro, a punto de rendirme, cuando la cerradura hace un clic y la puerta se abre.

Gigi está en el umbral, enmarcada por una decoración chic y moderna y un cálido resplandor que brota del interior de la casa. Una bata de color rosa se sostiene precariamente cubriéndole un solo hombro y exhibiendo una piel dorada y una cantidad bastante importante de escote.

Ella me mira de arriba abajo con una expresión de desinterés absoluto.

—Bueno, ¿dónde está la comida?

Pestañeo, sorprendida momentáneamente por su pregunta.

—Perdona. ¿Qué?

—El pedido —me dice, brusca—. ¿No vienes de Gold Coast Table?

—No. —Me enderezo, intentando recuperar alguna sensación de control sobre la situación—. No he venido a traer comida. Soy Callie. La madre de Nora. Nos conocimos en el evento de los Railers, el mes pasado.

Ella bizquea, y sus labios perfectamente recubiertos de brillo se retuercen ligeramente, como si estuviese intentando ubicar mi cara. No hay ni un solo atisbo en su expresión que indique que me ha reconocido.

—Oh. Vale —murmura por fin.

No puedo evitar preguntarme si recuerda que Zane tiene una hija siquiera.

La bata vuelve a resbalársele un poco, y esta vez no deja muchas dudas sobre si ella lleva algo debajo o no.

Aparto la vista rápidamente.

—¿Está Zane? ¿Puedo hablar con él?

Sin responderme, ella vuelve la cabeza y grita:

—¡Zane! ¡Está aquí esa que parió a tu hija!

Las palabras aterrizan como una bofetada. Antes de que pueda responderle, ya está alejándose sin hacer ruido con sus pies descalzos sobre el suelo pulido, dejándome ahí plantada e incómoda, en la puerta.

Solo titubeo un instante antes de entrar.

El apartamento es inmenso y está inmaculado.

Unos ventanales de suelo a techo muestran el lago a lo lejos, con la luz del sol brillando sobre el agua.

La cocina resplandece, intacta y con pinta de ser un artículo de exposición.

Todo es minimalista y de aspecto caro, desde las lámparas modernas hasta el sofá modular gigantesco en el que no parece haberse sentado nunca nadie.

Este sitio no es solo agradable. Es de alta gama. A medida, y lujoso.

No se parece en nada al lugar donde Zane solía vivir antes, ni a la modesta casita de dos dormitorios que Nora y yo solíamos llamar hogar. El contraste es extremo.

Mientras yo he estado recortando cupones y saltándome comidas para estirar nuestro presupuesto, él ha estado viviendo a cuerpo de rey.

Una punzada se me clava en el vientre.

Aunque no tendría que asombrarme, lo hago.

¿Dónde estaba todo este dinero cuando necesitaba ayuda para comprar la papilla o pagar el alquiler?

Me tomo un momento para recordarme por qué estoy aquí.

El préstamo.

Y la verdad.

Zane aparece en el pasillo, tirando de la cintura de un par de vaqueros ajustados, con el botón de arriba desabrochado. Tiene el pecho desnudo, dejando a la vista los moretones y arañazos del partido de anoche.

Se pasa una mano por el pelo revuelto y abre un poquito más los ojos al verme de pie en la entrada.

—Hola, Callie —me saluda—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Tenía que hablar contigo. Mi peso pasa incómodamente de un pie al otro.

Sus cejas se arquean.

—¿Sobre qué?

Mis pensamientos se enredan en mi cabeza, demasiados a la vez y chocando los unos contra los otros para que yo pueda entender uno solo. Me lo quedo mirando, anonada por lo diferente que es este momento del que tuvimos anoche.

Creía que él sabría exactamente por qué estoy aquí.

Que estaría esperando una respuesta.

En vez de eso, estoy delante de un hombre medio desnudo, recién salido de la cama de otra, después de que una mujer con una bata de seda me ha llamado esa que parió a su hija, y se ha ido sin mirarme dos veces.

Aunque la verdad resulte obvia, todavía tengo que preguntarle.

—Anoche… ¿Algo de lo que me dijiste iba en serio?

Cuando pestañea y se calla, mi voz se vuelve más brusca.

—¿Lo que dijiste de volver a ser una familia? ¿Algo de eso era real?

Su silencio resulta ensordecedor.

—Soy tan idiota —murmuro, más para mí misma que para él.

—Callie…

Levanto una mano para silenciar cualquier excusa patética que esté a punto de darme.

—Solo respóndeme a una cosa más, y te dejaré en paz.

Él titubea.

—De acuerdo. ¿Qué?

—¿Pagaste tú el préstamo de la pastelería?

Abre los labios como si estuviese a punto de mentir, pero una chispa de culpabilidad, demasiado fugaz como para verla bien, y demasiado conocida como para no verla, atraviesa su rostro.

Vuelve la cabeza hacia atrás, tal vez como si tuviese miedo de que alguien le oyera, antes de dar un paso adelante.

—No.

La palabra me cae como una bofetada.

—Entonces, ¿por qué me dijiste que sí?

Él se encoge de hombros, balanceando su peso de un pie al otro.

—Yo pensé…

Cuando su voz se apaga, algo dentro de mí se rompe.

—¿Qué? ¿Qué es lo que pensaste, Zane?

—Que probablemente había sido River —murmura—. Y no me gusta la idea de que vosotros dos estéis juntos. No debería ir a por alguien que es mío.

Retrocedo un paso, pasmada por tanta arrogancia.

—Yo no soy tuya. Nunca lo he sido. No puedes decidir que soy de tu propiedad.

—No lo pillas. Yo…

—No, eres tú el que no lo pillas —le corto, con el genio desatado—.

Te damos igual yo y lo que sea mejor para tu hija.

Solo te preocupas por el control, y por exhibir tu vida en algún maldito programa.

¿Cómo te atreves a intentar destruir a alguien que ha estado a la altura cuando tú ni te has molestado?

Se humedece los labios mientras titubea entre ponerse a la defensiva o resultar patético.

—Está rompiendo el código de los bros.

Dejo escapar una risita breve y sin pizca de diversión.

—Esa debe de ser la cosa más ridícula que he escuchado jamás. River ha sido amable, cariñoso y constante con Nora y conmigo. Y has intentado cargarte eso porque no podías soportar la idea de que otro hiciese lo que tú deberías haber estado haciendo desde el principio.

—Eso no es cierto…

—Lo es —le espeto—. No tienes derecho a reescribir la historia. Y no tienes derecho a mentirme y atribuirte el mérito por algo que ha hecho él.

Estoy temblando, pero no me permito echarme a llorar.

No aquí, delante de él.

—¿Sabes qué? En realidad me das pena.Mi tono se suaviza, no por simpatía, sino por compasión. Te estás perdiendo la vida de tu hija. Los momentos auténticos. Todos los que de verdad importan. Algún día te darás cuenta. Solo espero que no sea demasiado tarde para deshacer el daño que has infligido.

En vez de darle ocasión de responder, giro sobre mis talones y me dirijo al ascensor. Ni siquiera vuelvo la vista atrás cuando me llama.

Porque el hombre que me quiere de verdad ya me dijo la verdad sin tener que decir una palabra.