43 Capítulo cuarenta y tres
CAPÍTULO CUARENTA Y TRES
CALLIE
Después de dejar a Nora en casa de mis padres me voy directamente a Lakeshore Sweets.
Este sitio es el único rincón de mi vida que he construido totalmente por mi cuenta. Los hornos. Las recetas. Madrugar y quedarme hasta tarde. Hay un ritmo en el trabajo de hornear que normalmente reduce el ruido de mi cabeza.
Harina. Azúcar. Mantequilla.
Remover. Hacer bolitas. Hornear.
Es fácil, tranquilizador y predecible.
Pero no hoy.
Da igual cuántos muffins mezcle o cruasanes enrolle, mis pensamientos no se quedan quietos. Siguen volviendo a anoche igual que una canción reproduciéndose en bucle.
A la cara de River cuando daba vueltas sobre el hielo.
A Zane mirándome desde el otro lado del estadio.
Al momento en que la boca de River se unió con la mía en la oscuridad.
Por mucho que quiera quitármelos de encima y centrarme en la masa que tengo entre manos, los recuerdos no se quedan callados.
Son ruidosos y enmarañados.
Y están ocupando demasiado espacio en una mente que normalmente encuentra solaz en la precisión.
Dos horas más tarde, la puerta de la tienda se abre con una ráfaga de aire que me provoca un escalofrío por la espalda. Sloane entra rápidamente, bien embutida en un chaquetón verde oliva encima del jersey, y con las mejillas coloreadas por el viento.
Se detiene en seco al verme detrás del mostrador y sus ojos se estrechan.
—Oh-oh. ¿Tan mal estás que has recurrido al horneado antiestrés?
Levanto la vista de la bandeja de rollitos de canela que estoy glaseando y me obligo a sonreír.
—Esto no es ningún horneado antiestrés.
Su bolso resuena en el mostrador cuando lo deja encima, con fuerza.
—Por favor… Te tengo demasiado calada para no saber qué cara pones cuando se te va un poco la olla.
—Tengo una pastelería —le recuerdo, señalando con la mano hacia la caja registradora—. Estas cosas hay que hacerlas. Ya tenemos pedidos que entregar.
Ella arquea una ceja.
—Callie. Es miércoles. Todos los pedidos están preparados. A menos que alguien haya hecho un encargo para una fiesta de la que no sé nada, nadie necesita doce bandejas de rollitos de canela para antes de las diez de la mañana.
Mira alrededor, contemplando los cruasanes que se están enfriando en las bandejas y la tanda doble de muffins de la mesa de preparación.
—Por lo que parece, ya llevas un buen rato por aquí.
—Desde las cinco —confieso.
—Eso me dice todo lo que necesitaba saber —dice, retorciéndose para quitarse el abrigo mientras empuja las puertas batientes de la cocina—. Voy a escribir a las chicas.
—Sloane —me quejo—. Eso no es…
Ella hace un gesto negándose a seguir escuchándome y saca el móvil como alguien que pide refuerzos en una escena del crimen. Sus dedos vuelan por la pantalla.
Sloane: SOS en la pastelería.
Lilah: *Ay, Dios mío. ¿Qué pasa? Si todavía ni me he levantado de la cama.*
Rina: Iba hacia el estadio, pero me pasaré por la pastelería. Que haya café. Y una de esas marranadas de canela. Extra guarra.
Sloane: Chica… Todas sabemos cómo te gustan las cosas guarras.
Rina:
Lilah: Es demasiado temprano para esto.
Yo pongo los ojos en blanco, pero no puedo contener una sonrisita. Una de esas que se te escapan aun cuando todo en tu interior te parezca retorcido y confuso.
Da igual lo malas que se pongan las cosas, estas mujeres se presentan siempre.
Y de algún modo, saber que están de camino hace que todo me parezca un poquito más tolerable.
—Si ni siquiera te he contado nada —digo.
—No hacía falta —replica Sloane, sacando una taza del armario—. Ya llevamos reuniones nocturnas con vino y de post-ruptura suficientes para que yo reconozca todas las señales clásicas.
Me da una taza de café recién hecho antes de guiñarme un ojo.
—Bébete eso. Hablaremos cuando llegue toda la tropa.
Cuarenta minutos después, la pastelería vuelve a estar tranquila.
La hora punta matinal ha dejado tras de sí un mostrador de bollería vacío, con solo unas cuantas migas perdidas por ahí.
Me reúno con las chicas en la mesa junto a la ventana, donde Lilah y Rina ya están sentadas con una bandeja de dulces entre ellas.
Lilah desmonta un cruasán con los ojos clavados en mí.
—De acuerdo. Escúpelo.
Me deslizo en el asiento vacío y rodeo la taza con las manos. El calor se cuela en mis dedos, pero no llega del todo hasta mi pecho.
Las tres me observan sin juzgar. Solo una preocupación firme y paciente. Que aprecio más de lo que ninguna de ellas pueda entender.
Dejo escapar aire lentamente.
—Es Zane.
Rina gruñe y pone los ojos en blanco.
—¡Cómo no!
Sloane se reclina en su silla y se cruza de brazos.
—¿Qué ha pasado?
—El tío fue un capullo total con River en la pista de hielo —murmura Rina—. Estuve así de cerca de bajar hasta allí y darle una paliza con su propio palo.
—Eso sí que habría pagado por verlo —dice Lilah, resoplando.
Rina arquea una ceja.
—¿Y ahora me lo dices?
Lilah levanta su taza y su mirada se desliza hacia la mía.
—Lo siento. Me he distraído con la imagen mental. Por favor, continúa.
Una esquina de mi boca tiembla. Aún en estas circunstancias, consiguen hacerme sonreír. Pero es un gesto que desaparece tan rápido como llegó.
Dejo la taza sobre la mesa y digo lo que he estado guardándome toda la mañana.
—Anoche, después del partido, Zane me dijo que quiere que volvamos. Que quiere que seamos una familia de nuevo, por el bien de Nora. Que ha cambiado.
El silencio que sigue a eso es instantáneo y cargado.
Al principio, ninguna de las tres habla, y no las culpo.
—También ha pagado el préstamo de la pastelería —añado—. Enterito. Lakeshore Sweets ahora es mía. Libre de cargas.
Rina es la primera en recuperarse. Se sienta más derecha y dice:
—Eso es inesperado. —Su gesto cambia y frunce el ceño—. ¿Y qué pasa con Gigi? ¿No se suponía que ella era el amor de su vida de reality? —Hay una pausa—. Un momento. —Saca el móvil y empieza a escribir—. Creo que en Railers Rumors pusieron fotos de ellos dos en un club después del partido.
Yo pestañeo.
—¿Estás segura de que son fotos de anoche? Tal vez sean antiguas.
Ella me pasa el móvil y en cuanto mis ojos se posan en la primera imagen, se me hace un nudo en el estómago. Él lleva el labio herido y la misma ropa que después del partido.
Y hay al menos media docena de fotos. En cada una de ellas, Zane y Gigi están el uno encima del otro, apretados, riendo, besándose, como si en el mundo no existiese nada más allá de la cámara y de la atención que esta conlleva.
Mientras miro las fotos, siento como me golpea todavía más confusión.
¿Por qué se molestaría en mentirme?
No entiendo nada.
Lilah estira el brazo y me aprieta la mano sobre la mesa.
—Lo siento, Callie. Sé que te dijo todas las cosas correctas, pero creo que no estaba siendo sincero.
—No —murmuro—. La verdad es que no lo parece.
Sloane inclina la cabeza y pregunta con voz suave:
—¿Estás segura al cien por cien de que ha sido él quien ha pagado el préstamo?
Levanto la cabeza de golpe.
—Eso me dijo cuando le pregunté.
Rina y Sloane se miran con gesto sabio y silencioso. Es suficiente para que una oleada de inquietud me recorra.
—Callie —dice Rina, suavemente—, yo comprobaría esa información antes de dar por buena su palabra.
Le doy un sorbito a mi café para ganar un momento para mí pero en vez de reconfortarme, me abrasa toda la garganta.
—Tal vez lo que tenga que hacer sea hablar con Zane —digo, dejando la taza en la mesa.
—Creo que eso es buena idea —asiente Lilah.
—Llevas años pidiéndole que se implique —añade Sloane—. ¿Y solo ahora que has empezado algo con otro hombre se decide de repente a actuar?
—Sinceramente —interviene Rina—, no estoy convencida de que él haya hecho otra cosa aparte de enturbiar las aguas porque no le gusta ver cómo pasas página. No tiene nada que ver con Nora y sí con el control.
Lilah arranca otro pedacito de cruasán.
—¿Qué opina River de todo esto?
Se me atenaza la garganta.
—River ha sido todo lo que Zane nunca fue. Es estable, y amable. Nora le adora. Y yo… —Mis palabras se van apagando—. Creo que me estoy enamorando de él.
Lilah me frota la espalda con un movimiento circular.
—Entonces, permítete enamorarte.
—No es tan simple —admito.
—Sí que lo es —dice Rina, con tono brusco pero no borde—. Zane habla de buenas jugadas. River las vive. El uno interpreta un papel. El otro es de verdad.
—No necesitas a alguien que diga que ha cambiado —añade Sloane—. Necesitas a alguien que te lo demuestre cada día sin pedir nada a cambio.
Me quedo mirando fijamente mi café mientras sus palabras se instalan en mi cabeza, más potentes de lo que me esperaba.
—Me resulta difícil creer que Zane fuese capaz de mentir sobre lo de pagar mi préstamo. Que se atribuyera el mérito de algo que hizo otro hombre.
En el momento en que esas palabras salen por mi boca, ya siento como la duda se cuela en ellas. Si hay algo que siempre se le ha dado bien a Zane es retorcer la realidad para que encaje en su propia narrativa.
—Eso es exactamente lo que tienes que averiguar —dice Lilah, suavemente—. Te mereces la verdad, para poder tomar una decisión basada en hechos, no en suposiciones.
La puerta se abre, y yo levanto la cabeza de golpe, con una chispa de esperanza prendiendo antes de que pueda detenerla. Pero solo es el repartidor, sosteniendo en equilibrio una caja de leche y nata.
El aire que he estado conteniendo se me escapa tembloroso y me pongo la mano en el pecho, como si eso fuese a calmar el fuerte golpeteo que siento allí.
No lo hace.
Hago en automático las tareas de firmar el albarán, sonreírle amablemente y darle las gracias, pero mis pensamientos son un lío.
Siguen atascados en la llamada de teléfono del banco.
En el peso del préstamo pendiendo sobre mí durante años.
Y en el hombre callado y seguro que ha dado la cara por mí de formas que yo nunca había pedido pero que necesitaba desesperadamente.
En el fondo, en un rincón de mí que era consciente de la verdad mucho antes de que la lógica la alcanzara, yo ya sabía quién había pagado la deuda.
No fue Zane.
Fue River.
Siempre ha sido River.
El hombre que dejó que mi hija y yo nos mudásemos a su casa sin titubear. Que me ofreció su cama, su confianza y su protección sin necesitar nada a cambio.
El hombre que no tenía necesidad de decir lo correcto, porque sus actos siempre han hablado más que sus palabras.
Ha estado ahí.
Todas y cada una de las veces.
Sin preguntas ni condiciones.
Y de repente, el peso de las mentiras que Zane me ha estado colando me resulta sofocante.
—Sloane —digo con voz queda, dejando el café sobre la mesa—. ¿Te importaría quedarte a vigilar la pastelería un ratito? Tengo que ocuparme de una cosa.
Ella estrecha los ojos, ya percibiendo la dirección que está tomando esto.
—¿A dónde vas?
—A casa de Zane —digo, levantándome ya y desatándome el delantal—. Es hora de que tengamos una conversación sincera.
Sloane asiente.
—Por supuesto.
—Yo también me quedaré a ayudarla —dice Lilah, levantándose y recogiendo tazas vacías—. Ve a por tus respuestas.
—Lo mismo digo —salta Rina, sujetándose ya el largo cabello oscuro en una cola de caballo en lo alto de la cabeza—. De todos modos, hoy ya estaba en modo evitación a tope.
—¿Oh? —Lilah sonríe traviesa—. Déjame adivinar… ¿Oliver ha averiguado por fin lo que significa que le subasten?
Una lenta sonrisa juega con las comisuras de los labios de Rina.
—Bingo. La cara que puso fue impagable. Hacía semanas que no me reía tanto.
Una sonrisa reticente me curva los labios, y meneo la cabeza.
—Qué mala eres.
—Culpable —dice Rina con cero remordimientos—. Él tendría que intentar recordar eso más a menudo.
—Gracias —les digo a todas, mirándolas una por una. Su apoyo no es ostentoso, pero sí sólido y estable.
Muy parecido al de River.
Mientras voy hacia la puerta, Rina me grita:
—Avísanos si necesitas refuerzos. Solo lo digo medio en broma.
—Lo tendré en cuenta —respondo, volviendo la cabeza, mientras el alivio me inunda.
Por primera vez en todo el día, me siento un poco más centrada y un poco menos como si me estuviera descosiendo por las costuras.