42 Capítulo cuarenta y dos
CAPÍTULO CUARENTA Y DOS
RIVER
Cuando toco su lado de la cama noto que las sábanas están frías. Paso la mano por el sitio donde ella tendría que estar, buscando su calidez y sus curvas.
En este punto, es solo instinto.
Muy parecido a respirar.
Pero ella no está ahí.
Me incorporo rápidamente en la cama, con la respiración entrecortada. El corazón me golpea contra las costillas cuando recuerdo la noche pasada con vívidos flashes.
La forma en que Callie se subió encima de mí antes de que empezásemos a movernos como uno solo.
Casi como si esa fuese su elección y significase algo.
Y tal vez así fue.
Miro alrededor, al vacío que me rodea.
Por otra parte, tal vez no.
Mis pies descalzos tocan el suelo y me paso una mano por el pelo, todavía revuelto por cómo sus dedos tiraban anoche de él. Me duele el cuerpo de las mejores formas posibles, aunque también sienta como si alguien me hubiese arrancado las entrañas.
Después de ponerme unos pantalones de franela, cruzo rápidamente el pasillo hasta el cuarto de Nora. Hace un mes, era un cuarto de invitados que apenas usaba, y ahora pertenece a una niña de dos años con rizos dorados y una sonrisa que me desarma del todo por dentro.
Se me estrujan los pulmones cuando miro rápidamente en la habitación.
Nora no está.
Tal como sospechaba. Pero todo lo demás sigue aquí.
El monitor para bebés en la cómoda. La mantita peluda doblada a los pies de la cama.
El osito de peluche de los Railers que le traje la semana pasada está apoyado en las almohadas.
Y hay un par de zapatillas de deporte diminutas junto a la puerta del armario.
Todo el resto de sus cosas sigue aquí.
El alivio y la confusión arrecian dentro de mí hasta que resultan imposibles de ignorar.
Ella no se ha llevado nada.
Lo que significa que no me ha dejado.
Siempre es posible que haya salido un momento en busca de aire fresco.
De espacio y tiempo para pensar.
Aunque intenta decirle eso a la parte de mí que ya ha entrado en pánico pensando que la había perdido…
Me dirijo a la cocina, esperando encontrar una nota. Algo que detenga la espiral mental.
Pero no hay ninguna.
¿Por qué no me habrá despertado esta mañana antes de marcharse?
Da igual lo mucho que intente razonar o cuántos escenarios reproduzca en mi cabeza, el instinto sigue arrastrándome de vuelta a la misma conclusión.
Ha vuelto corriendo con Zane.
La idea se enquista como una astilla imposible de sacar de una herida.
Me pongo un vaso de agua, más por costumbre que por sed. Se queda sin tocar en la encimera. Mi mano lo está apretando demasiado fuerte para poder levantarlo. Me tiemblan los dedos. Todo mi cuerpo parece estar vibrando justo por debajo de la superficie.
Cada paso que doy hace un eco demasiado fuerte en el silencio que ella ha dejado atrás. Me parece que el espacio que me rodea está mal. Extraño. Demasiado tranquilo, demasiado silencioso. Casi como si el mismísimo aire se hubiese ranciado al no estar ella.
Cada habitación que paso me parece vacía. Como si de algún modo ella hubiese conseguido llevarse toda la calidez consigo.
¿La habré presionado demasiado?
¿La habré hecho sentirse acorralada?
¿Y si he convertido esto en una elección cuando lo único que ella necesitaba era tiempo para averiguar qué deseaba realmente?
¿Y si lo de anoche hubiese sido su manera de decirme adiós?
Rodeo el borde de la encimera con los dedos, y aprieto tan fuerte que los nudillos se vuelven blancos como si fuesen solo de hueso.
Nunca había deseado nada tanto como deseo esto.
Ni un partido.
Ni un contrato.
Ni los números de mi espalda ni el logo del equipo cosido en la parte delantera.
Quiero a Callie.
Y a Nora.
Quiero las mañanas tranquilas, las noches ruidosas, las risas desde la habitación de al lado. Quiero la rutina de tenerlas en mi espacio como si ese siempre hubiese sido su sitio.
Por primera vez desde que ella entró en mi vida, me pregunto si no me habré engañado a mí mismo creyendo en algo que jamás podría conservar.
El agudo timbre del ascensor rompe el silencio, y el corazón me golpea fuerte en el pecho. Me giro hacia la puerta mientras la esperanza me inunda.
Callie.
Ha vuelto.
No me ha dejado.
Ella…
Las puertas se abren y Willow sale primero. Su expresión cambia en cuanto me ve. Maverick le sigue con los niños.
Mi esperanza se hace añicos y el aire abandona mis pulmones como si me hubiesen dado un puñetazo en las tripas.
La mirada de Willow escanea mi cara.
—¿Qué ha pasado?
Trago saliva con fuerza. El nudo que tengo en la garganta es grande y despiadado.
—Se ha ido.
Maverick frunce el ceño.
—¿Sabéis? Esta cosa de la telepatía de gemelos que tenéis es escalofriante, joder.
Los niños entran corriendo en el ático, gritando el nombre de Nora mientras la buscan.
Sin molestarse en responder a su marido, Willow se me acerca y me rodea la cintura con el brazo antes de apoyar la cabeza en mi hombro.
—Todo irá bien, River. Sé que sí.
Asiento, aunque no la crea.
—Gracias.
Más que nunca, necesito que mi hermana tenga razón.