41 Capítulo cuarenta y uno
CAPÍTULO CUARENTA Y UNO
CALLIE
La sala está oscura y en silencio, salvo por el suave ritmo de la respiración de River a mi lado. Está totalmente dormido, con un brazo sobre la cara y el pecho subiendo y bajando con un patrón lento y regular que debería ser reconfortante.
Y que normalmente, lo es.
Esta noche, sin embargo, la tranquilidad no consigue relajarme.
Solo hace que todo resulte más ruidoso.
Mis pensamientos no dejan de dar vueltas.
El partido.
El vestuario.
Zane.
El préstamo.
La forma en que River me ha mirado, como si yo fuese todo su mundo, aun después de habérselo contado.
Me giro hacia un lado y le observo bañado en el débil resplandor plateado de la luna que se cuela entre las cortinas. Las pestañas se apoyan en sus mejillas, una barba incipiente le oscurece la cara y tiene una mano enroscada suavemente contra su vientre desnudo.
Físicamente hablando, el hombre es hermoso.
Pero es mucho más que eso.
Es amable.
Generoso.
Fiable.
Y sigue aquí después de todo lo que le he confesado. No se ha alejado ni me ha pedido que recoja mis cosas y me largue.
Puede que Zane me haya dicho todas las cosas correctas esta noche, pero River me las está demostrando desde el momento en que abrió la puerta y nos dejó entrar a Nora y a mí.
Con cada desayuno que ha hecho.
Con cada cuento para antes de dormir que ha leído.
Con cada pequeño momento que no tenía por qué ofrecer, pero que ofreció igualmente.
Ha querido a Nora sin titubear, como si estuviese enredada en su ADN.
Y ella se ha enamorado de él totalmente y sin dudar.
Si he de ser honesta, también lo he hecho yo.
El dolorcito de mi interior se extiende tan rápido que casi me devora por completo.
La verdad es aterradora.
El corazón me martillea en el pecho cuando me enderezo en la cama. El único sonido que oigo es el ritmo lento y regular de la respiración de River a mi lado.
Con dedos temblorosos, cojo el borde de mi camiseta y me la quito por encima de la cabeza.
El fino algodón se desliza por mi piel y acaba cayendo en un montón junto a la cama.
A eso le sigue mi ropa interior, que baja por mis piernas con un levísimo murmullo de tela antes de que la deje caer al suelo.
Aparto las sábanas antes de montarme sobre él, con las rodillas apretadas a ambos lados de sus caderas.
Las sábanas susurran a nuestro alrededor.
El sonido de ese suave movimiento se amplifica por el silencio de la habitación.
River se remueve por debajo de mí, murmurando algo por lo bajo.
Su frente se arruga y luego se relaja. Su cuerpo se estira instintivamente contra el mío.
Sus párpados vibran y se abren.
—¿Callie?
Yo me inclino y le beso, saboreando cada segundo mientras sus brazos me rodean por la cintura y me atraen más hacia él. Un gemido vibra en su garganta cuando nuestras bocas se juntan.
Sus manos acarician mi piel desnuda, despertando cada nervio a su paso.
—¿Qué sucede? —me pregunta con voz ronca mientras sus labios rozan los míos.
Apoyo mi frente en la suya.
—Nada. Solo es que te necesito.
Sus manos me aprietan con más fuerza las caderas y la sensación de su cuerpo logra lo imposible y me centra del todo en el momento presente.
—Ya me tienes.
Sus palabras suenan dulces y fieras al mismo tiempo. Un salvavidas al que puedo agarrarme en la oscuridad.
Exhalo mientras mis dedos se curvan alrededor de la goma de la cintura de sus bóxers. Lentamente, se los bajo por las firmes líneas de sus caderas, más allá del poderoso contorno de sus muslos, hasta que él acaba quitándose de dos patadas.
Cambio de postura y dejo que mi cuerpo se deslice contra el grueso perfil de su polla. La fricción es instantánea y envía mil escalofríos recorriendo mi cuerpo.
Arqueo la espalda cuando todas mis terminaciones nerviosas cobran vida, atraídas por su calor.
No solo deseo a este hombre.
Le necesito. Cada centímetro, cada parte de él apretándose contra mí hasta que no quede nada entre nosotros.
Nunca había sentido que nada en mi vida fuese más correcto.
Ni más real.
Como algo en lo que nunca hubiese creído tener de verdad, pero con lo que me había topado sin querer cuando más lo necesitaba.
—Callie —gime—. Qué bueno que es esto. Qué buena estás.
Sus dedos se doblan contra mis caderas, clavándose solo lo suficiente como para no permitir que se le escape el control entre los dedos.
Cada respiración que contiene es una promesa secreta de que nunca va a meterme prisa. Que esto solo pasará según mis condiciones.
Y que eso solo me hace desearlo más.
Me muevo despacio, provocándolo, meneando las caderas hasta que estoy empapada y necesitada, hasta que cada parte de mí late con el deseo de ser colmada.
De ser suya.
Su mandíbula se aprieta, y los músculos de sus brazos tiemblan por el esfuerzo de no precipitarse, pero aun así, su mirada nunca deja de estar clavada en la mía.
Espera pacientemente.
Está firme e inquebrantable.
En vez de pedir, me ofrece cada parte de sí mismo.
Y cuando no puedo soportar otro segundo de espacio entre nosotros, cambio de postura y le guío hasta mi entrada. La gruesa punta de su polla se aprieta contra mí.
Está dura, caliente y es absolutamente perfecta.
Desciendo sobre ella, centímetro a centímetro, hasta que la tengo metida hasta el fondo y estamos totalmente conectados.
Suelto un gemido y me acomodo contra él apoyando las manos en su pecho. Él me acuna las caderas, anclándome mientras nos movemos juntos. Y en este tranquilo momento, envuelta en sombras y en todo lo que todavía no se ha dicho entre nosotros, no existe confusión alguna.
Ni miedo.
Ni pasado.
Solo esto.
Solo nosotros.