Abrázame fuerte (Chicago Railers Hockey 2) 40 Capítulo cuarenta.
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40 Capítulo cuarenta.

CAPÍTULO CUARENTA.

RIVER

Las puertas del ascensor se abren y Callie sale con Nora dormida en sus brazos.

Su diminuto jersey de los Railers está arrugado por debajo de su barbilla y una pequeña mejilla se apoya en el hombro de su madre.

Respira de forma lenta y regular, con las pestañas extendidas sobre su piel sonrosada.

Cayó como un tronco a los cinco minutos de salir del parking.

Las sigo unos pasos por detrás, sin pronunciar palabra.

Todavía no, al menos.

Callie lleva callada desde que salimos del estadio.

No con el silencio de «estoy hecha polvo» ni con el de «mi niña se acaba de quedar dormida en mis brazos».

Este silencio parece más denso y pesado.

Es como si estuviese enfrentándose mentalmente a algo de lo que no estuviese preparada par a hablar.

Un pozo negro se ha instalado en mi vientre.

No vuelve la vista al recorrer el pasillo, murmurándole algo a Nora mientras la lleva al dormitorio que cada día es más y más suyo. Yo me quedo aparte y observo cómo sigue la familiar rutina nocturna. Sus manos le quitan el jersey y lo cambian por un pijama sin titubear.

Yo tengo la sensación de que se está conteniendo el tiempo necesario hasta que su hija esté acostada. Y lo odio. Odio que no me cuente qué le está pasando por la cabeza.

Ella murmura suavemente al arropar a Nora. Le mete la manta por debajo de la barbilla, y le alisa el pelo con dolorosa ternura.

No creo que Callie sea totalmente consciente de lo fuerte que es.

Y no creo que yo pueda quedarme mucho más tiempo aquí, sin decir ni hacer nada.

Durante años, este ático me ha parecido demasiado grande, demasiado frío, y sobre todo, demasiado silencioso. Todo eso cambió al mudarse ellas. La tranquilidad ha sido reemplazada por el sonido de los pasitos de Nora y la risa de Callie resonando en las paredes.

Ya no es solo una casa.

Se ha convertido en un hogar.

Nuestro hogar.

Cuando ella cierra por fin la puerta del dormitorio y sale, me obligo a decirle:

—Hola —digo en tono suave, con cuidado, como si estuviese andando por un campo de minas—. ¿Va todo bien?

Su mirada no conecta con la mía al hacerme otra pregunta en vez de responder:

—¿Qué ha pasado en los vestuarios?

Confundido, me tenso.

—Zane y yo hemos tenido unas palabras.

Su mirada se clava en la mía.

—¿Le has pegado?

La verdad se me queda atascada en el paladar un instante.

—Sí, le he pegado.

Ella asiente una vez, como si esperase esa respuesta.

—¿Por qué?

De ninguna manera pienso repetir la mierda que ha soltado Zane. No dejaré que ese veneno la toque.

—Estaba mosqueado por cómo ha actuado durante el partido —le explico en vez de contárselo. No es mentira del todo, pero no se acerca a la verdad.

La decepción cruza rápidamente por su cara y yo me odio a mí mismo por no saber qué necesita de mí en este momento.

—Zane se ha puesto en contacto conmigo después del partido y nos hemos visto. Quiere que le dé otra oportunidad —admite—. Quiere que Nora tenga a su familia. Sabe que la cagó del todo y quiere arreglarlo. Solo tengo que pedírselo y romperá para siempre con Gigi.

Su voz se quiebra un poco al final, y eso es lo único que yo necesito para recorrer la distancia entre nosotros. En dos pasos estoy delante de ella, cogiéndole la cara con las manos, desesperado por recordarle todo lo que estamos construyendo juntos.

—¿De verdad es eso lo que quieres? —pregunto, intentando evitar que me inunde el pánico—. ¿Quieres recuperar a Zane después de todo lo que te ha hecho pasar?

Ella menea la cabeza.

—No lo sé. Quiero darle a Nora la mejor vida posible.

—No necesitas a Zane para crear un hogar lleno de cariño para ella. Eso ya lo has hecho tú sola.

Ella levanta la vista hacia mí. Tiene la mirada empañada y un poquito perdida. Como si estuviese delante de una puerta que le aterrase abrir, temiendo encontrarse lo que sea que le espere al otro lado.

—No sé qué hacer.

Se me atenaza la garganta.

—Lo entiendo.

—No —dice, meneando la cabeza—. No lo entiendes.

Nunca has tenido a alguien que te haya hecho pedazos y que luego haya regresado diciendo todas las palabras adecuadas.

Eso hace que tu cabeza esté hecha un lío, River.

Te hace preguntarte qué es real, qué es arrepentimiento, y si te están manipulando.

Más que ninguna otra cosa, odio que Zane siga teniendo esta clase de poder sobre ella.

Con su cara entre mis manos, apoyo la frente en la suya.

—Entonces no elijas por él —le pido con un hilo de voz—. Ni siquiera elijas por Nora. Elige lo que tú necesites, lo que te haga feliz a ti.

—Ya no sé lo que es eso.

—Si me das una oportunidad, te ayudaré a averiguarlo —le digo—. Lo único que has de hacer es confiar en mí.

Ella se apoya lentamente contra mí, como alguien probando la resistencia del borde de algo frágil pero real.

No es un sí.

Pero tampoco es un no.

Nos quedamos así durante un largo y silencioso momento. Simplemente empapándonos el uno del otro y recuperando el equilibrio en medio del silencio.

Y por ahora, eso basta.

Tiene que bastar.